Todavía hoy, y quizás incluso más adelante continuaré mi libre proceso ascendente. Libre, digo, para ustedes, puesto que me es imposible indicar el origen de los fundamentos internos de las diferenciaciones que se manifestarán aquí, antes de ponerlos en obra; más bien, primero se los tengo que hacer conocer poniéndolos en obra, aunque una regla fija bien podría regir en el fondo mi proceso ascendente. Si por lo demás se comprende exactamente mi conferencia, no habrá, a pesar de la circunstancia que he mencionado en primer lugar, ningún riesgo de desconcierto; porque en lugar de los dos puntos neurálgicos L y C que establecimos al principio, tenemos dos puntos de vista: el realismo = génesis de la vida; y el idealismo = génesis del concepto. Éstos tienen que sernos ya conocidos por la clara exposición del viernes y por la repetición de anteayer; <en ellos hay que mantenerse, no en general, sino en relación al punto –tal como eran ahí comprendidos–, a la vida en sí, la cual es necesaria para que la mediación quedara vivificada; jamás, pues, nos alejaremos mucho de ellos, y posiblemente se facilitará el acto de reproducir a partir de ellos todo lo que debe establecerse, o el acto de reducir esto a ellos.> En una palabra, estos puntos de vista constituyen actualmente nuestro norte y guía hasta que lleguemos al principio que los unifica y entonces podamos prescindir de ellos inmediatamente. Haré aquí una llamada a sus facultades para que mantengan fija e inmutablemente lo expuesto, y lo consideren separadamente, independientemente de todo lo que pudiera relacionársele en la razón. Si no, se salta por encima y se anticipa nuestra investigación; y la génesis entre lo que ya ha sido captado y su miembro superior –lo que únicamente importa en verdad– no es aprehendida, y los dos puntos de vista fluyen fácticamente el uno en el otro. “Se anticipa”, digo; propiamente hablando, esto no compete al “se”, al “yo”, sino a la razón especulativa que se despliega mecánicamente.
(Y de paso, haré la observación siguiente: la especulación, una vez que está animada y puesta en movimiento –y yo sé en parte que en ustedes está puesta verdaderamente en movimiento–, es activa y viva, tanto como puede serlo siempre una asociación empírica de ideas, porque está inmersa en un éter más libre, más ligero; y una vez llegados a este [188] ámbito, es preciso estar prevenidos contra los saltos de la especulación, tanto como antes se estaba contra la obstinación del empirismo. En particular pongo en guardia contra este peligro a aquellos mismos que encuentran muy fácil el objeto de las investigaciones
presentes: les aconsejo que trabajen más a fondo; porque esta apariencia de facilidad debería originar la sospecha de que han tomado la cosa más con la fantasía especulativa que con la razón pura, en su eterna serenidad.)
Volvamos al tema.
Se nos ha patentizado inmediatamente que el en-sí es radicalmente independiente <de la visión1,> del saber o del pensamiento en que se
tiene; y por consiguiente, por el efecto esencial que le es propio –en el caso de que se le atribuya un efecto semejante–, los anula comple- tamente. En este concepto inmediatamente verdadero y claro, no éramos
nosotros, pues, quienes construíamos el en-sí; sino que éste se construía a
sí mismo –como igualmente se nos patentizó– tal como era en la construcción, en tanto que anulador del pensamiento; a este concepto desde luego estaba inmediatamente unida la intelección inmediata, la luz
absoluta, como igualmente se patentizó. El en-sí absoluto se ha revelado,
pues, como la fuente de la luz, de suerte que la luz no es algo original; éste sería ahora primero, y lleva claramente en sí la huella de un realismo superior; <por cuanto que incluso la vida (la autoconstrucción: como vida unida a ella) –que era lo absoluto del primer realismo– se patentiza como síntesis inmediata derivada del en-sí.>
Contra este realismo trata de elevarse otro idealismo, procediendo a partir del fundamento siguiente: para inteligir el en-sí como anulador de la visión, deberíamos reflexionar en ello enérgicamente. Por consi- guiente, aunque no pudiéramos negar que se construye a sí mismo y, con él, la luz, todo esto estaba condicionado no obstante por nuestra reflexión enérgica, y ésta era, por consiguiente, el miembro más elevado de todo. Esto es claramente idealismo, puesto que se basa <fácticamente> en la reflexión absoluta, y se distingue del precedente idealismo que se basaba en la reflexión de un condicionado, en la realización efectiva de una mediación para inteligir así su condición; pero ahora se basa en la reflexión del en-sí incondicionado y constituye un idealismo superior.
Hemos abatido provisionalmente este idealismo, por la consideración [189] siguiente: tú, pues –le diríamos dirigéndonos a él como a una persona–, tú, pues, piensas el en-sí; este pensar es tu principio. ¿De dónde sabes esto? <Acompáñanos a tu principio.> No puedes respon- derme otra cosa, nunca aportarás otra respuesta que ésta: precisamente lo intelijo, tengo conciencia inmediata de él. Y de hecho, lo inteliges intuyéndolo, como simplemente objetivo. (Este último punto es impor- tante, y quiero explicarlo más: también en el realismo, la auto-
construcción del en-sí es simplemente inteligida; pero “es inteligida”
significa que el foco espiritual está dirigido al interior de algo vivo en sí mismo y que esto vivo arrastra consigo la intelección, relación que hemos encontrado ya varias veces en cada evidencia establecida por nosotros como evidencia genética. Y esto lo debe encontrar ahora cada uno en la intuición. Aunque seguramente la intuición objetivante parece también oscilar por encima de la génesis, sin embargo es también arrastrada hacia la génesis y con la génesis. En esta intelección parece, pues, que se indica simplemente una unificación de la forma existencial externa e interna, de la facticidad y de la génesis. No ocurre lo mismo con la intelección de su pensamiento, a la cual se refiere el idealismo. Indudablemente no vamos a pretender aquí precisamente que observemos el pensamiento como pensamiento, o sea, como generador del en-sí, en el acto de generar, como en verdad lo hacemos real y efectivamente con el en-sí en el acto de generar su construcción; más bien la intuición sólo se añade allí inmediatamente1 al pensamiento en sí opaco y establecido sólo de modo absolutamente fáctico. Por esto queda absolutamente indecisa la cuestión de saber si el pensamiento brota de esta intuición o si la intuición brota del pensamiento; o si más bien, en fin, los dos miembros serían solamente las manifestaciones de una unidad escondida en su fondo que sería su fundamento.)
Si fuera preciso expresar esta idea con más claridad aún añadiría: ¿serías capaz de pensar alguna vez de una manera verdaderamente clara
y enérgica <(y de esto se trataba aquí, pues el pensamiento debilitado y
los ensueños no se toman en absoluto en serio,)> sin tener conciencia de ello?; e inversamente, ¿podrías ser consciente de un pensamiento semejante, sin admitir que pensabas real y efectivamente?; ¿te quedaría la menor duda sobre la verdad de la expresión de tu conciencia? [190] Yo pienso que no. Por tanto, es claro e inmediatamente fáctico que no puedes separar el pensamiento efectivo de su conciencia, e inversamente; y que, en esta facticidad, tu pensamiento pone su intuición, y esta
intuición pone la verdad absoluta y la validez en sí de su expresión2; de
todos modos, no te combatimos acerca de este punto. Pero eres incapaz de indicar el miembro genético mediador de estos dos miembros disyuntos. Quedas, pues, aprisionado en una facticidad. Pero esta génesis, que ha resultado del punto de vista realista opuesto, te es contraria; porque ahí no conocemos en absoluto aquel miembro que en tu síntesis es tu pretendido pensamiento. En cuanto a lo que mencionas para confirmar esto último, lo conocemos en su principio, aunque no
1 Unmittelbar. 2 Aussage.
inmediatamente. Y digo “no inmediatamente”; no conocemos tampoco una simple conciencia que enuncie absolutamente un factum, semejante a la tuya, conforme a la explicación más precisa que acabo de hacer. Pero “en su principio”, decía: tu conciencia presupone en todos los casos luz, y no es más que una determinación de la misma; no obstante, se ha inteligido que la luz procedía ella misma del en-sí y de su autoconstrucción absoluta; pero si ella procede del en-sí, entonces éste no puede proceder a su vez, como lo pretendes, de la luz. Cuando afirmas que piensas real y efectivamente porque eres consciente de ello, debieras poner tu conciencia como lo absoluto; pero incluso la fuente de esta conciencia, la luz pura, no es mirada fácticamente –lo que nos llevaría a tu mismo plano– sino que es inteligida (lo que significa más) incluso
como no absoluta. Y así este nuevo idealismo se encuentra, en parte,
mejor determinado: incluso no pone, como parecía al principio, una reflexión que, según él, solamente recae en el pensamiento, sino que pone como absoluto la intuición inmediata de esta reflexión; es, pues, diferente del primer idealismo, incluso en su género. Y en parte es refutado como válido en verdad, aunque no sea aún derivado como manifestación1. Suponiendo que han comprendido bien este punto de vista, traten de atenerse a él y dejar de lado el idealismo inferior. [191]
Añado que acabo de tocar aquí, de paso y aliud agendo, la diferencia tan importante que separa el simple punto de vista fáctico –como el de nuestro pensamiento del en-sí– y la intelección genética –como la de la autoconstrucción del en-sí–. Según el testimonio inmediato de nuestra conciencia, nos es imposible observar nuestro pensamiento en cuanto es
pensar (verbaliter), como generación; no lo vemos más que en la medida
en que es o debe ser, y es ya o debe ser en la medida misma en que lo vemos; por el contrario, vemos el en-sí, como siendo y construyéndose a
la vez, e inversamente. Este punto, que constituye un punto superior de
disyunción de una unidad aún más alta, tendrá naturalmente que reaparecer y adquirir más importancia. Les pido entretanto que lo fijen bien en ustedes; y yo aportaré accesoriamente, para comentarlo, la siguiente observación histórica, que como tal tendrá para los interesados el valor que le puedan dar. Puede al mismo tiempo servir de prueba extrínseca, para ver si <el que capte esta crítica> me ha comprendido verdaderamente.
REINHOLD o, como REINHOLD afirma, BARDILI quiere erigir el
pensamiento como pensamiento en principio del ser. Su sistema se podría
mantener quizá –si se sigue la explicación más liberal de todas– en el
idealismo que acabamos de describir; y tendría que admitirse que se
refiere al pensamiento del en-sí, tal como lo hemos realizado anteayer. Pero, por una parte, está muy lejos de comprender este en-sí, como lo hemos hecho, en tanto que anulador del ver; y por otra parte, lo que es más grave, en lo que respecta a la existencia real de este en-sí –de la que no quiere oír hablar y de la que sin duda podría a fin de cuentas dar una prueba, aunque de manera fáctica, a partir de la existencia de las cosas particulares–, no se refiere en modo alguno a la conciencia, que acabo de recordar, que para él está perdida, porque ve bien que por esto se vería envuelto en un idealismo, justamente cuando parece experimentar un espanto insuperable ante todo idealismo <y por eso dije “quizá”.> Por consiguiente, en primer lugar, su principio queda suspendido en el aire; y él se esfuerza por construir un realismo sobre la nada absoluta; sólo podía estar impulsado [192] a ello por desesperación, conforme a la regla siguiente: puesto que todo lo que he intentado hasta ahora ha fracasado, entonces tiene que triunfar lo último que queda aún en mi horizonte. En segundo lugar –y especialmente a este respecto hice la observación–: como nos es completamente imposible inteligir, por medio de una ley racional absoluta, el pensamiento como pensamiento, generador, entonces naturalmente REINHOLD tampoco puede inteligirlo, ni derivar genéticamente de ello la menor cosa. Él sólo podría, pues, como lo hace por ejemplo SPINOZA, decir: como todo lo que es reside en el pensar, entonces por el hecho de que tal o tal cosa es, esto tiene que residir en el pensamiento. Pero como ciertamente é1 ha sido formado por la escuela kantiana, y luego por la Doctrina de la ciencia, no puede decirlo. Se esfuerza, pues, en derivar; pero como una empresa semejante, a poco que se tenga un sólo concepto claro, aparece totalmente imposible, resulta entonces en su sistema una oscuridad y tinieblas absolutas, hasta el punto de que nadie puede comprender justamente lo que intenta propiamente; pero si se considera este sistema a partir de la Doctrina de la ciencia y, precisamente, a partir del punto de vista que acabarnos de considerar, entonces la oscuridad se nos hace clara en su principio.
Volvamos a nuestro propósito y saquemos la conclusión. Porque de paso acabamos nuevamente de obtener una intelección muy clara de la esencia propia de la Doctrina de la ciencia, es decir, de lo que siempre les debemos a ustedes establecer, a saber: el principio. El idealismo, que ha sido refutado, erigía <la intuición fáctica e inmediata,> la conciencia inmediata, en absoluto, en fuente original y en crisol de la verdad; y por este hecho, la conciencia absoluta se mostraba en él como la unidad de toda otra conciencia posible, como autoconciencia en la reflexión. Esta constituirá primeramente uno de nuestros pilares fundamentales. Cada vez que decimos: “tengo conciencia de esto”, nuestro enunciado inviscera formalmente este mismo carácter fundamental –que acabamos
de describir– de una intuición absoluta cuyo contenido pretende valer en sí absolutamente. Tenemos, pues, que inteligir esta conciencia como siendo en su raíz autoconciencia1, en la reflexión2. Por tanto, todas las
disyunciones posibles y todos los modos posibles de la conciencia tendrían que ser derivados de la [193] autoconciencia; y así nos habríamos elevado a una unidad englobante.
Claramente esta conciencia es completamente una en sí y no es susceptible de ninguna disyunción interna; así pues, el pensamiento que surgía en ella, era el pensamiento del en-sí que, como en-sí, es radicalmente uno e idéntico a sí mismo; este pensamiento era, pues, también uno y la conciencia de este pensamiento no era más que la conciencia de este uno; por tanto, también una. El autós o el yo que aparece aquí es, por consiguiente, el yo puro, eternamente idéntico a sí mismo, inmutable: no lo absoluto, como se verá mejor más tarde, sino el
yo absoluto. Si debieran en el pensamiento del en-sí uno descubrirse
diversos puntos de vista de aquel yo, aunque en el trasfondo permanezca siempre el mismo en-sí uno o “es” categórico; por consiguiente, si se debieran descubrir diferentes puntos de vista del pensamiento, por tanto de la reflexión, por tanto también del sujeto que reflexiona o del yo (todos los cuales tienen que quedar en el trasfondo, como el en-sí siempre uno y el mismo), entonces, para esto sería preciso en primer lugar demostrar un principio particular de disyunción. Puede incluso ocurrir –y ocurrirá realmente– que no descubramos nunca este principio de disyunción de una manera verdaderamente genética; por necesidad captaremos artificiosamente este principio sólo de modo fáctico si quedamos obstaculizados en este yo absoluto y si no nos elevamos por encima de él.
(Haré de paso una observación histórica: se ha considerado a la
Doctrina de la ciencia –en el mejor de los casos– como ese sistema
idealista que acabamos de describir, que pone justamente al yo absoluto (caracterizado ahora con precisión), como absoluto, y deriva de él todo lo demás. Y no hay escritor que yo conozca, amigo o enemigo, que se haya elevado a un concepto superior de la Doctrina de la ciencia. Se comprende bien que la mayoría hayan quedado muy por debajo de este concepto. Si, prescindiendo del autor de esta ciencia, se diera además un concepto más alto de ella, este sólo podría encontrarse o entre los antiguos oyentes –que no obstante no lo habrían escrito (porque todo lo que se ha hecho conocer por escrito está sujeto a la regla anterior)– o bien entre ustedes. Esta observación quiere hacer ver que nadie debe
1 Selbstbewusstsein. 2 Reflexion.
buscar información sobre la esencia de esta ciencia [194] en otra persona que a la sazón no sea su autor. Pronto aparece lo errónea que es esta interpretación con sólo atenerse uno simplemente a la letra clara y decisiva de lo que sobre ello ha sido tratado en obras publicadas).
Este idealismo es refutado en la medida en que pretende poseer un valor en sí, aunque como manifestación1 y probablemente como
fundamento originario de toda manifestación debiera obtener de nuevo una existencia –según se verá–; es refutado en el fondo porque es fáctico y porque una génesis superior apunta aún a su origen. El término fáctico caracteriza un hecho; y como aquí se trata de la conciencia, este hecho sería un hecho de la conciencia. O para expresarse aún más rigurosamente: según este sistema idealista, la conciencia misma sería un hecho, y puesto que la conciencia es, según él, lo absoluto, lo absoluto sería un hecho. Pero la Doctrina de la ciencia ha explicado desde su primer momento que el w~ yeu`do" de de los sistemas anteriores consiste justamente en proceder de hechos y en poner lo absoluto en hechos; ha declarado que se funda en una Tathandlung – palabra muy alemana–, lo que he designado en estas conferencias con una palabra griega, “génesis”, a menudo mejor comprendida que la palabra alemana. La Doctrina de la ciencia se ha encontrado, pues, desde su nacimiento, más allá del idealismo que acabamos de describir. Ella lo ha indicado aún de otra manera, nada equívoca, en particular cuando habla de su punto fundamental, del yo. Jamás ha reconocido que el yo, como encontrado y percibido, fuera su principio; –porque como encontrado, no es nunca yo puro, sino solamente la persona individual de cada uno; y el que piense haberlo encontrado como puro, se encuentra en un estado de ilusión psicológica, la misma que incluso se le ha reprochado a la Doctrina de la ciencia por ignorancia del mismo principio. Asimismo, la Doctrina de la ciencia ha declarado constantemente que sólo reconoce como puro al yo en tanto que es
generado, y que lo pone en la cima de sus deducciones, y no de sí misma
como ciencia, puesto que la generación debe estar más alta que lo generado. Nuestra tarea actual se refiere precisamente a esta generación del yo, y, con él, de toda la conciencia. [195]
El idealismo que hemos recusado, mostrando que no tiene validez en sí, es idéntico a la conciencia absoluta o inmediata; por consiguiente, para expresar el tema con todo el rigor requerido, diríamos que la
Doctrina de la ciencia niega que la expresión2 de la conciencia in-
mediata tenga validez, simplemente como expresión –y precisamente
1 Erscheinung. 2 Aussage.
porque es esto–, y prueba esta negación suya; sólo así es como ella aquieta y unifica en sí a la razón. Sólo lo que es simplemente inteligible, la razón pura, queda como únicamente válida. Para que ninguno se extravíe en ningún momento siguiendo una ocurrencia que puede fácilmente imponerse aquí, añadiré en seguida una indicación, que próximamente será necesario explicar más. Podría uno, en efecto,