El auto-control plantea la misma pregunta que el auto- conocimiento: ¿quiénes son el yo que controla y el yo controlado? Y, de nuevo, la respuesta es que son repertorios de comportamiento. El auto-control intelectual discutido en el capítulo 7 supone cambiar una situación hasta que aparezca una respuesta que solucione un problema, y el repertorio de solución de problemas hace más efectivo al repertorio que contiene la solución correcta. Los dos repertorios se distinguen muy fácilmente en el auto-control ético. El yo controlado se compone de lo que significativamente se llama comportamiento egoísta, producto de los reforzadores biológicos a los cuales ha llegado a hacerse sensible la especie a través de la selección natural. El yo que controla, por otra parte, se construye principalmente por acción del ambiente social, que tiene sus razones
egoístas para enseñar a una persona a alterar su comportamiento de manera que se haga menos aversiva y, posiblemente, más reforzante para otros.
Con frecuencia se representa el auto-control como la manipulación directa de los sentimientos y de los estados de la mente. Una persona puede cambiar su mente, usar su fuerza de voluntad, detener sus sentimientos de ansiedad y amar a sus enemigos. Lo que realmente hace es cambiar el mundo en el que vive. Tanto en el auto-control intelectual como en el ético, analiza las contingencias y puede extraer y aplicar reglas. Pero, en este sentido, sería muy poco el auto-control que se podría aprender en el lapso de una sola vida. De ahí el valor de la sabiduría popular, de las reglas de sentido común, de los proverbios, las máximas y otras normas que deben seguirse para ajustarse de manera más fácil a las contingencias que describen. La Regla de Oro constituye un ejemplo ilustrativo. Sería imposible producir una tabla de mandamientos aplicable a todas las cosas que hacen las personas y que afectan a los otros; pero para descubrir si un acto particular tiene probabilidad de recibir castigo por afectar aversivamente a otros, se pide al individuo que examine el efecto que tendría sobre sí mismo. Esta es la forma primera y negativa de la regla, pero la persona puede buscar también efectos reforzantes. La regla total le dice que no actúe si el efecto le resultara aversivo a sí mismo, y que actúe si el efecto le resultara reforzante. Nótese que no se le pide que examine sus sentimientos supuestos, ni que prediga los sentimientos que su comportamiento induciría en otros; se le pide que vea si ésa es la clase de consecuencia por la cual ella actuaría. Cuando examina ese efecto sobre sí misma (como cuando recuerda su historia y generaliza a partir de ella), bien puede responder a las condiciones de su propio cuerpo en lugar de responder a los cambios inducidos en su comportamiento. Las condiciones sentidas en asociación con los reforzadores son prominentes; pero el auto-control se interesa por las consecuencias, muchas de las cuales se deben a la acción de otros, y la regla se aplica más exactamente si la persona recuerda, no lo que ha sentido, sino lo que ha hecho cuando otros le han tratado de una manera dada.
Existen ciertas técnicas bien conocidas de auto-control diseñadas para poner en juego la historia de una persona con el fin de compensar un efecto aversivo. Por ejemplo, el tomar bebidas alcohólicas tiene frecuentemente dos consecuencias opuestas: un
refuerzo inmediato y un castigo demorado. Después de recibir castigo, la persona puede «decidir» que no bebe más. Una resolución es una especie de regla elaborada por la persona misma, diseñada para ampliar hacia el futuro el efecto del castigo, pero en una ocasión posterior el efecto reforzante inmediato puede todavía imponerse. Recordar la resolución es un signo de auto-control, aunque posiblemente sea inefectivo. Tal vez sea más efectivo evitar las situaciones en las cuales es probable que se caiga en la bebida («evitar la tentación»). Una técnica común de auto-control intelectual consiste en preparar una situación —por ejemplo, un estudio en el cual existan pocas interferencias para una determinada clase de comportamiento—. La clausura o la condición del ermitaño tienen efectos similares en el auto-control ético. El artista que pinta con minuciosidad fotográfica está bajo el control poderoso de un modelo, pero si puede poner en juego su historia personal, su obra manifestará una especie de generalidad, porque estará menos estrechamente adherida a una situación. Habrá extraído «lo esencial», atenuando el control ejercido por el contexto presente. Este mismo principio subyace a la práctica del zen, en la cual, por ejemplo, el arquero aprende a minimizar los rasgos particulares de un solo caso. Se dice que, tanto el artista como el arquero, «trascienden» la situación inmediata; llegan a «desprenderse» de ella.
La historia personal repercute en el auto-control de otras maneras. El individuo que se resiste a «someterse» en un campo de concentración, el que no se «quiebra» ante los esfuerzos por disminuir o destruir su dignidad o su identidad, ha trascendido el contexto actual. Decir que este individuo es capaz de infundir un sentido diferente a ese ambiente equivale simplemente a decir que está bajo el control más poderoso de su historia.
Con frecuencia, al objetivo del auto-control se le llama auto- realización o auto-actualización. Parece que la auto-realización se relaciona con el logro, con evitar limitaciones y con descubrir reforzadores positivos. Parece que la actualización tiene que ver más con la maximización de las historias genética y ambiental con el fin de liberar a la persona de los contextos inmediatos. En ambos casos, el acento se pone claramente en el aquí y el ahora, en el estar o bienestar, o en el devenir momentáneo.
Recientemente se ha mostrado mucho interés en el llamado auto-control de las respuestas autónomas, tales como los cambios en
el ritmo cardíaco, en la presión sanguínea, en el rubor, o en la transpiración. A estos mecanismos reflejos se les ha llamado involuntarios, y, como vimos en el capítulo 4, parecería que esto los pondría fuera del comportamiento operante, pero se pueden preparar las condiciones necesarias para un condicionamiento operante. El comportamiento autónomo se relaciona de ordinario con la economía interna, y ha habido pocos efectos sobre el ambiente que hagan importante el condicionamiento operante de estas respuestas, pero se puede construir un indicador manifiesto de la ocurrencia de respuestas, y así se pueden establecer las contingencias operantes. Por ejemplo, un determinado ritmo cardíaco puede hacer que se encienda una luz a la cual siga una consecuencia reforzante. Pero el hecho de acelerar o desacelerar el pulso no constituye un auto-control mayor que el hecho de acelerar o desacelerar la marcha al caminar. La única diferencia consiste en que al pulso no le siguen normalmente consecuencias reforzantes que le coloquen bajo el control operante. Algunas veces, las consecuencias se hacen más evidentes en el condicionamiento operante de los músculos esqueléticos. Así pues, es más fácil aprender a mover las orejas, mirándose en el espejo para mejorar la retroalimentación, y a veces pueden aumentarse por la misma razón los leves movimientos de una pierna parcialmente paralizada.
Hasta cierto punto podemos controlar el propio impulso comportándonos de maneras que le afecten, acelerando el ritmo cardíaco con el ejercicio violento o desacelerándolo con relajación. El control operante directo del comportamiento autónomo solamente se puede demostrar cuando se elimina el control indirecto. Hace muchos años, un colega mío y yo tratamos de reforzar los cambios en el volumen del antebrazo, que presumiblemente reflejaban la relajación de los vasos sanguíneos. Uno de nosotros debía colocar su antebrazo en una manga llena de agua (llamada pletismógrafo) cuyo volumen se señalaba en un contador. Encontramos que podíamos mover el indicador en una dirección que señalaba que el volumen de nuestro brazo había aumentado, pero más tarde descubrimos que eso ocurría porque respirábamos cada vez más profundamente. Cuando dejábamos una cantidad mayor de aire residual en los pulmones, introducíamos más sangre en el brazo. Existen formas de eliminar estas respuestas mediadoras, y entonces se hace posible el control operante puro del comportamiento. Sin embargo, ése no es el tipo de auto-control que aquí nos interesa.
Cuando se han aprendido las técnicas de auto-control, ya no son necesarias las contingencias instruccionales mantenidas por la comunidad verbal. El comportamiento resultante del buen auto- control es más efectivo y, por tanto, recibe abundantes refuerzos de otras maneras. Es posible que los efectos privados empiecen a ejercer una clase de control más preciso, y en ese caso se supera el problema de los acontecimientos privados al cual hace frente la comunidad verbal. Entonces, el auto-control se toma tan automático en su dependencia de los estímulos privados como los diestros movimientos de un acróbata, pero aunque estas contingencias pueden conducir a una efectiva auto-estimulación privada, no conducen a un auto-conocimiento. Puede suceder que seamos tan inconscientes de los estímulos que utilizamos en el auto-control como de los que utilizamos cuando hacemos volteretas.