Por supuesto, existen razones por las cuales un fluido resbala lentamente, y la explicación molecular de la viscosidad es un paso adelante. Existen razones fisiológicas por las cuales una persona se comporta de una manera que llamamos cautelosa, y —suponemos— que el fisiólogo, eventualmente, nos dirá cuáles son esas razones. Debo pedir al lector que espere hasta el capítulo 13 para considerar si lo que debe informar y analizar el fisiólogo es lo que siente u observa introspectivamente, pero puede ser apropiado comentar aquí las explicaciones que se supone da.
La exploración de la vida emocional y motivacional de la mente se ha descrito como uno de los grandes logros en la historia del pensamiento humano, pero es posible que haya sido uno de los grandes desastres. En su búsqueda de explicación interna, apoyado en el falso sentido de causa asociada con los sentimientos y las observaciones introspectivas, el mentalismo ha oscurecido los antecedentes ambientales que habrían conducido a un análisis mucho más efectivo. Decir que «matan las mentes, no los fusiles», simplemente equivale a decir que no controlaremos a los asesinos evitando que haya armas disponibles, pero en la medida en que aceptemos que las mentes matan se descuidarán otras formas de control. La objeción a las acciones internas de la mente no es que éstas no se presten a la inspección, sino que han obstaculizado el camino hacia la inspección de cosas más importantes.
La psique, como la mente, es una metáfora que se torna plausible por la aparente importancia de lo que la persona siente u observa introspectivamente, pero que está destinada a permanecer siempre en las profundidades. En cambio, el ambiente es accesible comúnmente. Necesitamos saber mucho más acerca de las contingencias de refuerzo complejas, y siempre será difícil manejar ese conjunto particular al cual está expuesta cualquier persona durante su vida, pero al menos sabemos cómo ir al encuentro de lo que necesitamos saber.
Los argonautas de la psique han navegado durante siglos en los mares tormentosos de la mente, sin ver nunca su destino, revisando de vez en cuando sus mapas a la luz de lo que parecía ser información nueva, cada vez menos seguros de estar en la ruta, y desesperadamente perdidos. No han logrado encontrar el Vellocino de Oro.
La dificultad de su situación se evidencia en la desesperación con que se ofrecen soluciones a los problemas actuales. En una misma edición de un diario se informaba acerca de los comentarios de tres rectores universitarios, que hacían las siguientes propuestas: (1) «La confianza, la esperanza, el deseo de lucha, que han sido históricamente los frutos de la fe, hoy día, con frecuencia, simplemente no existen o son muy débiles». (2) «Lo que este país necesita desesperadamente es una totalidad que coloque un rostro espiritual a la sociedad norteamericana.» (3) «Ya es hora de que Norteamérica deje que actúe su poder moral.»
Este estado de cosas se ha mantenido durante siglos. Es extraño que tantas personas inteligentes se resistan a preguntarse qué es lo que anda mal.
11. El yo y los otros
Con frecuencia se dice que la ciencia del comportamiento estudia el organismo humano, pero descuida la persona o el yo. En realidad, lo que descuida es un vestigio del animismo, una doctrina que en su forma más cruda sostenía que el cuerpo se movía por la acción de uno o más espíritus que lo habitaban. Cuando el comportamiento resultante era destructivo, el espíritu era probablemente un demonio; cuando era creativo, se trataba de un genio orientador. Existen huellas supervivientes de esa doctrina cuando hablamos de una personalidad, de un yo en la psicología del yo, de un yo que dice saber lo que va a hacer y utiliza su cuerpo para hacerlo, o del papel que desempeña una persona como persona en un drama, en el que lleva su cuerpo como un traje.
En el análisis comportamental, la persona es un organismo, un miembro de la especie humana que ha adquirido un repertorio de comportamientos. Sigue siendo un organismo para el anatomista, y para el fisiólogo, pero es una persona para aquellos para quienes su comportamiento es importante. Contingencias complejas de comportamiento crean repertorios complejos, y, como ya hemos visto, contingencias diferentes crean personas diferentes, bajo una misma piel, de las cuales las llamadas personalidades múltiples son solamente una manifestación extrema. Lo importante es lo que sucede cuando se adquiere un repertorio. La persona que afirma su libertad diciendo «Yo determino lo que he de hacer», está hablando de libertad en, o libertad a partir de una situación actual. El yo que de esta manera parece tener una opción es el producto de una historia de la cual no es libre y que, de hecho, determina lo que la persona hará posteriormente.
La persona no es un agente generador; es un locus, un punto en el cual confluyen muchas condiciones genéticas y ambientales en un efecto común. Como tal, sigue siendo indiscutiblemente única. Nadie más (a no ser que tenga un gemelo idéntico) tiene su dotación genética, y nadie más, sin excepción, tiene su misma historia personal. Por tanto, nadie más se comportará exactamente de la
misma manera. Nos referimos al hecho de que no hay nadie como ella cuando hablamos de su identidad. (El término latino «ídem» significa «mismo», y cuando se pregunta si alguien es realmente así o asá, podemos responder coloquialmente, «El mismo», o «El», o podemos decir que una persona que se queja de que sus vecinos le incomodan, es «la misma persona» que incomoda a otros.)
A continuación debemos considerar una serie de términos que describen a la persona y su relación con los otros.