2.3. DE LA EXPANSIÓN COMERCIAL A LA REVOLUCIÓN AGRARIA
2.3.2. El comercio transatlántico y la explotación colonial
Las distintas formas de explotación colonial respondieron a los resultados de las primeras explo- raciones, pero también a la composición de la demanda de las respectivas metrópolis. En España y
Portugal, la persistencia de altas tasas de renta condicionó una mayor demanda de metales preciosos y de producciones de lujo. Sin embargo, en las naciones que experimentaron su transición hacia la agri- cultura intensiva desde mediados del siglo XVII y apuntaban hacia un despegue demográfico sostenido, la colonización se orientó hacia la obtención de materias primas y de recursos alimentarios.
El modelo de explotación castellano consistió inicialmente en la conquista, para asegurar los princi- pales yacimientos de plata y en la implantación de una estructura administrativa y de gobierno virreinal con dos polos (Perú-Nueva España) que se ampliaría en adelante con los territorios de Nueva Granada y Río de la Plata. Los principales asentamientos se realizaron en torno a los yacimientos de plata y azogue y en los puertos de tránsito, para facilitar el traslado de los metales hacia Sevilla. La fuerza de trabajo era casi exclusivamente indígena y esclava, al menos hasta que en 1530 una encíclica de Cle- mente VII los redimiese nominalmente de tal condición.
La explotación minera, intensificada desde 1535, declinó en las tres últimas décadas del siglo XVI, cuando las minas del Potosí (Bolivia) mostraron los primeros signos de agotamiento. Por entonces, el Potosí era la ciudad más poblada del continente y su actividad movía los engranajes del Virreinato del Perú. La disminución en el rendimiento de las actividades mineras abrió paso a una segunda etapa de explotación agrícola extensiva: la encomienda, cedida en propiedad a conquistadores ennoblecidos, surgía como una traslación del mayorazgo castellano a las tierras americanas y combinaba el cultivo con la explotación de los recursos del subsuelo. Esta figura dio lugar a la hacienda, desvinculada de la concesión de nobleza, con una orientación comercial destinada satisfacer la demanda de la metrópoli de las nuevas producciones americanas.
A pesar de las medidas adoptadas por la Corona para reservarse su mercado colonial, su red co- mercial era incapaz de cubrir la creciente demanda americana y se vio constreñida a levantar progre- sivamente el control exclusivo. El final del monopolio de Cádiz quedó sentenciado con la aprobación de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. España no recobró el control de su mercado colonial hasta la década de 1740, tras los esfuerzos de Fernando VI para recomponer la flota comercial con la fundación de las Compañías de Galicia (1734), La Habana (1740) y San Fernando (1747). Pese a todo, el monopolio castellano tocaba a su fin. No podía responder por sí solo a la creciente competencia extranjera. En 1756 la Compañía de Barcelona comenzaba a traficar con las colonias. Entre 1765 y 1778 se abrieron al comercio americano trece puertos peninsulares y dos insulares; veinticuatro puertos americanos fueron autorizados a comerciar libremente.
El modelo castellano coincide a grandes rasgos con el implantado por Portugal en sus posesiones en el este brasileño. Sin embargo, los enclaves ultramarinos lusos dispersos en el África Oriental, la India y el Índico fueron el resultado de su búsqueda alternativa de una Ruta de las Especias. Portugal basó su explotación en el establecimiento de puestos comerciales protegidos por una armada solvente, del mismo modo que haría Holanda con escasa posterioridad. Gran Bretaña y Francia, por las razones expuestas, desarrollaron por su parte un modelo colonial basado en la explotación de recursos natu- rales para aprovisionar su mercado interior, en el cultivo de sustitutivos del trigo (maíz, mandioca), de producciones agrarias de alta elasticidad-renta (tabaco, café, cacao) o susceptibles de transformación con gran valor añadido como la caña dulce, la barrilla… Y el algodón.
El mercantilismo británico, fiel reflejo de las ventajas y las limitaciones de su posición en la carrera colonial, tiene su forma más primitiva en el “metalismo” o “bullonismo” (de bullion, lingote). Hasta mediados del siglo XVII, los propios mercaderes ingleses recomendaban estrictas prohibiciones a la ex- portación de metales preciosos y en el cambio exterior. Consideraban desacertadamente a la especula- ción como única causa de la inflación. Su primer gran exponente fue Gérard de Malynes, cuya doctrina fue presentada en la Lex Mercatoria de 1622.
A partir del último tercio del siglo XVII se impone una versión más sofisticada del mercantilismo británico. Los nuevos asesores de la Corona perseguían una balanza comercial favorable combinando el proteccionismo con estímulos a la ocupación preindustrial. Alentaban con subvenciones la expor- tación de acabados, pero también liberalizaban la importación de materias primas extranjeras —algo impensable hasta entonces— de modo que su elaboración generase más empleo en las manufacturas y en la protoindustria nacionales. El protagonista de esta transición al “mercantilismo liberal” fue Thomas Mun, abogado de la Compañía británica de Indias Orientales. Enjuiciado tras perder dos barcos cargados de metales preciosos, evitó terminar sus días confinado en la Torre de Londres tras esgrimir una ingeniosa defensa que ha quedado plasmada en La riqueza de Inglaterra por el comercio exterior (1664). Si entra oro en Inglaterra los precios interiores crecen, las exportaciones disminuyen y las importaciones aumentan. Por tanto, todo metal precioso que entre en el país saldrá de él tarde o temprano: atesorarlo carece de sentido. La riqueza sólo puede consistir en el comercio, afirmó, creando empleo en las manufacturas nacionales. Su argumentación será depurada por la “aritmética política”, en el origen de la contabilidad mercantil. Un siglo después, David Hume (1755) y Adam Smith (1776) establecerán los fundamentos que justificarían la práctica del libre comercio como “juego de suma positiva”.
El pensamiento mercantilista británico y holandés tuvo su reflejo en las prácticas legales y organi- zativas del comercio a gran escala. Los seguros se difundieron y las compañías mercantiles florecieron desde el siglo XVII. Los comerciantes diseñaron las chartered companies: compañías de capitales con- juntos con el aval de la Corona (o del Parlamento, en el caso holandés). Esta fórmula para diversificar el riesgo las erige en empresas claramente precapitalistas.
Aunque más flexibles que las Casas de Contratación peninsulares, las compañías mercantiles tam- bién se sometían a la concesión de Cartas reales que autorizaban el monopolio de un área de comercio. Su reserva de mercado se reforzaba con las Navigation Acts, que prohibían los fletes extranjeros para el comercio colonial y de tráfico. Estas leyes de navegación respondían a la competencia entre la pio- nera Compañía Británica de Indias Orientales (1600) y su homónima holandesa (1621). Los conflictos armados entre ambas potencias fueron recurrentes (1652-54, 1664-67 y 1672-74). El blindaje legal de las compañías estimuló la construcción naval británica. A finales del siglo XVI, el tonelaje de la marina mercante inglesa era todavía menor al de la de los Países Bajos. En el XVIII, su tonelaje superaba al de Holanda, Francia, Suecia y Dinamarca juntos. Las Navigation Acts solo serán abolidas mucho más tar- de, en 1849, cuando se hicieron incompatibles con las reformas liberales. El ejemplo de estas chartered companies fue imitado por otras naciones con distinto resultado. Los franceses fundaron la Compañía de Indias Occidentales, menos exitosa que su rival británica. Algunas, como la compañía de los Mares del Sur francesa —o ya a finales del siglo XVIII, la insólita experiencia valenciana de la Compañía de la Virgen de los Desamparados— supusieron sin embargo sonados fracasos.
El comercio triangular británico, desarrollado por esas Compañías e inspirado en el modelo escla- vista portugués, es una de las claves para entender el despegue del textil algodonero y, por tanto, su pio- nera Revolución Industrial. Las colonias americanas enviaban alimentos y materiales de construcción a las Antillas, donde esclavos africanos trabajaban en la caña de azúcar y en el algodón en bruto. Los productos antillanos, junto al cuero y las pieles americanas, eran trasladados a las islas británicas para ser elaborados: ron, tejido de algodón, indianas de lana, curtidos y peletería dejaban en Londres todo el valor añadido del comercio. Una de las condiciones del éxito del tejido de algodón fue la baratura de sus inputs: el capital no salía de Gran Bretaña y la mayor parte de la fuerza de trabajo era registrada como “ébano” en un eufemismo contable.
Mapa 2.1
El comercio triangular
Fuente: elaboración propia.