5.2. LA ECONOMÍA MUNDIAL DURANTE LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
6.1.4. El otro lado de la balanza: Estados Unidos en los felices 20
La Guerra convirtió a Estados Unidos en la primera potencia industrial, financiera y comercial. Las exportaciones de alimentos y municiones expandieron su superávit comercial con Europa. En Latinoa- mérica, los intereses norteamericanos desplazaron por primera vez a los intereses europeos. De forma que, al finalizar el conflicto Estados Unidos se había convertido en un motor esencial para la recupera- ción de la actividad económica mundial y para garantizar cierto nivel de estabilidad macroeconómica internacional.
En Estados Unidos los años veinte se caracterizaron por elevados niveles de inversión, un fuerte crecimiento de la productividad, la estabilidad de precios y el pleno empleo. El PIB creció a una tasa media anual del 4,2%. La mitad de este crecimiento vendría explicado por el aumento en la PTF (Pro- ductividad Total de los Factores). Se trató de un cambio técnico de base amplia localizado en todas las ramas del sector industrial, en la agricultura y en algunas ramas del sector servicios.
Durante los años de la Primera Guerra Mundial la agricultura se expandió y los agricultores invir- tieron en la motorización de sus explotaciones con la incorporación de tractores, trilladoras, segadoras y arados mecánicos. Durante los años veinte continuaron los avances con el uso de semillas híbridas, nuevas variedades de cultivo, y mejoras en el cuidado, reproducción y tratamiento de las enfermedades de los animales. Todo ello elevó de forma notable la productividad sectorial.
Sin embargo, los mayores avances se registraron en la industria, que explicaría el 83% del aumento agregado de la PTF. La industria generadora de electricidad, la fabricación de maquinaria eléctrica, la industria química y de derivados, la industria del caucho, la extracción y refino del petróleo y la fabri- cación de material de transporte (automóvil) fueron las de mayor crecimiento. Algunas industrias de bienes de consumo, como las de alimentación y tabaco, la de confección, la del calzado, las papeleras y la imprenta, también mejoraron su productividad mediante la aplicación de las nuevas técnicas de producción a gran escala.
En general, la mayoría de estas industrias se beneficiaron no sólo del cambio técnico específico del sector, sino también de otras innovaciones más generales, como la incorporación de nuevos bienes de equipo, nuevas técnicas de organización de la producción (taylorismo y fordismo), o las tecnologías de producción a gran escala con la incorporación de la cadena de montaje posible gracias a la generaliza- ción de la electricidad. Si en 1913 sólo el 30% de la fuerza motriz utilizada era de origen eléctrico, en 1929 superaba el 70%. Así su generalización y también la del motor de combustión interna, permitió incrementar el flujo de producción, mejoró las condiciones de trabajo, facilitó el control y manteni- miento de la maquinaria, y por consiguiente, hizo más fácil aumentar el tamaño de las plantas. A su vez, la electricidad permitió la mecanización del pequeño taller.
Además de estos avances de carácter general, también hubo un amplio conjunto de innovaciones específicas sectoriales, como las telecomunicaciones (radio, telefonía), las múltiples innovaciones de producto y de proceso en la industria química, las nuevas tecnologías en la construcción de edificios y pavimento de carreteras (autopistas), en el sector de electrodomésticos (lavadora, aspiradora, plancha eléctrica, la tostadora, el frigorífico…). Pero si algo caracterizó al cambio técnico en estos años fue su elevado grado de interrelación, lo que se conocen como los efectos de arrastre. Entre los ejemplos más destacados estaría la interconexión entre la fabricación a gran escala de automóviles, la construcción de carreteras, el nuevo trazado y asfaltado de las ciudades y el desarrollo de las industrias del caucho y del refino de petróleo.
Ahora bien, esta oleada de cambio técnico no hubiera sido posible sin el gran tamaño del mercado norteamericano, pues la mayoría de estas tecnologías exigían la producción a gran escala. La demanda crecía aupada por el aumento del nivel de ingresos de las familias. A ello contribuyeron tanto el aumen- to del nivel de empleo (la tasa de paro bajó del 19,5% de 1921 al 5,3% de 1929), como el crecimiento de los salarios reales. Pero también el desarrollo de nuevos instrumentos financieros, como las ventas a plazos que permitieron acceder a bienes de elevado precio como el automóvil. Su número por cada 1.000 habitantes se multiplicó por 2,44 entre 1920 y 1929, pasando de 76 a 187, y las líneas de telé- fono aumentaron en un 30% (gráfico 6.2). La construcción fue uno de los sectores que más crecieron hasta 1926, auspiciado por la expansión de los créditos hipotecarios que facilitaban el acceso a la compra de viviendas.
Gráfico 6.2
Automóviles y líneas de teléfono por cada 1000 habitantes en Estados Unidos
Fuente: Comin,D. y Hobijn, B. (2009). “The CHAT Dataset”, Working Papers NBER, N. 15319.
El cambio técnico y la expansión del consumo de duraderos alteraron la fisonomía de las ciudades y los hábitos de vida. Hubo una rápida adopción del automóvil en detrimento del transporte por ferroca- rril. Esto flexibilizó la expansión de las ciudades hacia nuevas zonas residenciales más allá del trazado de las líneas de ferrocarril. La demanda de coches y de camiones condujo a una rápida construcción de carreteras y al asfaltado de las ciudades. La extensión de las redes eléctricas facilitó la incorporación en los hogares de aparatos electrodomésticos. La comunicación entre las ciudades aumentó con la difusión de la radio y de la telefonía. Y con ello, aparecieron nuevas estrategias publicitarias y de marketing que alentaban el consumo de los nuevos bienes. Algunas actividades recreativas emergieron como nuevos sectores productivos como las agencias de viajes, el cine, o la práctica de algunos deportes.
Sin embargo, la expansión albergaba importantes desequilibrios. Ya se han indicado los exteriores, pero a nivel doméstico, el crecimiento empeoró la distribución de la renta. Durante los años veinte los salarios crecieron, pero lo hicieron por debajo de la productividad del trabajo, y los precios de los productos apenas bajaron: las rentas del capital aumentaron con mayor rapidez que las del trabajo, generando una creciente desigualdad en la distribución funcional de la renta que haría peligrar la con- tinuidad del proceso de crecimiento.
En estas condiciones, la producción pasó a crecer más deprisa que la capacidad de compra de la po- blación, de modo que se produjo un exceso relativo de capitalización en muchos sectores industriales. Los sectores más afectados fueron los relacionados con los bienes de consumo duradero (incluida la construcción). Mantener las ventas exigía disminuir los precios o aumentar los salarios. Sin embargo,
la opción elegida por la mayoría fue desviar los beneficios empresariales hacia las finanzas. Una parte de estos beneficios empresariales sirvió para conceder créditos al consumo, y por tanto, para financiar las ventas de productos manufacturados a aquellos trabajadores cuyos salarios apenas crecían. Esta salida garantizó durante cierto tiempo la expansión del consumo, de forma que el 60% de las ventas de automóviles y de electrodomésticos se hicieron a crédito. Otra parte de los beneficios se destinó a financiar la inversión en el extranjero, como hemos visto en el apartado anterior, y el resto a alimentar la de compra de acciones en Bolsa que dio lugar a un proceso especulativo o a la expansión del sector de la construcción que dio lugar a un boom inmobiliario.
Uno de los sectores más beneficiados por la expansión del crédito fue el sector de la construcción residencial cuya demanda creció a una tasa media anual del 29,4% durante el periodo 1921-1925, muy por encima del crecimiento del PIB (6,4%). Hasta entonces, la demanda doméstica de viviendas había aumentado proporcionalmente con el nivel de renta y el desarrollo de los transportes, pero entre 1919 y 1929 el valor nominal de las deudas hipotecarias se incrementó un 268%. La mayor disponibilidad de capitales al acabar la Primera Guerra Mundial y la relajación de la estricta normativa hipotecaria vigente hasta 1913 permitieron expandir este tipo de activos. En adelante se amplió el capital cubierto por las hipotecas hasta el 50% del precio de compra y el periodo de amortización hasta un máximo de cinco años. Según una encuesta realizada por el Departamento de Comercio en 1934, el 23,4% de la compra de viviendas entre 1919 y 1929 se hizo con crédito hipotecario y éstos llegaron a cubrir el 85 % o más del precio de adquisición del inmueble, más allá de lo permitido por la ley.
Esto favoreció las ventas de viviendas y de terrenos, y los precios y el flujo neto de hipotecas ex- perimentaron un brusco crecimiento, alcanzando su máximo entre 1925 y 1926. Florida representa el ejemplo más claro del boom inmobiliario, donde el excelente clima invitaba a la compra de la segunda residencia a los habitantes de las prósperas ciudades del Norte. En este Estado las ventas de apartamen- tos llegaron a multiplicarse por cinco en tan sólo 14 meses, entre julio de 1924 y septiembre de 1925, y la tierra se revalorizó rápidamente al dividirse en parcelas edificables y permitir su compra mediante el pago inicial de tan sólo un 10% de su precio.
También había fuertes desequilibrios en el sector agrario. Durante la guerra los agricultores nor- teamericanos habían pedido créditos para ampliar su capacidad productiva o para mejorar sus explo- taciones en respuesta al aumento de la demanda en el mercado mundial de alimentos. Al restablecerse la producción de los países europeos, el exceso de demanda se convirtió en un exceso de oferta, los precios bajaron en términos absolutos y con relación a los precios de los productos manufacturados, y los agricultores se encontraron con dificultades para devolver sus préstamos, y entraron en una espiral de refinanciación del crédito y de creciente dependencia del sistema financiero.