5.2. LA ECONOMÍA MUNDIAL DURANTE LA SEGUNDA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
6.1.1. Países deudores: la Europa de entreguerras
La concentración de los países beligerantes en el esfuerzo militar supuso la paralización de su acti- vidad económica y la interrupción de las relaciones económicas internacionales. El PIB de Europa cayó
por debajo del nivel de 1913 y se estima que, en promedio, éste no volvió a alcanzarse hasta 1924, casi seis años después de haber finalizado las hostilidades, aunque con notables diferencias entre países. Las dificultades para recuperar el nivel de producción se explican por las pérdidas de capital físico y huma- no y por el elevado coste de reasignación de recursos tras la guerra.
Por lo que respecta al capital humano, en conjunto las bajas, contando la población civil y la mili- tar, representaron el 3,5% de la población europea de 1913 (sin contar Rusia). Las pérdidas militares fueron mayores que en el conjunto de todos los enfrentamientos armados del siglo XIX. La calidad del capital humano también se deterioró, pues la mayor parte de las bajas tuvieron lugar entre la pobla- ción en edad de trabajar, es decir, entre activos cualificados. Por otro lado, se estima que se perdió en torno a 1/30 parte del stock de capital físico original, sobretodo en infraestructuras y equipo de trans- porte, edificios y plantas industriales. La estructura productiva de las economías se dirigió a atender las demandas bélicas (construcciones metalmecánicas, producción de hierro y acero, construcción de buques), todo lo cual supondría después elevados costes de reasignación de recursos productivos para restablecer la producción.
La reconstrucción iba a exigir un notable esfuerzo presupuestario a partir de 1919. Los gobiernos se encontraron con dificultades para afrontarlo, pues la forma en que se había financiado el conflicto restringía las posibilidades de obtener nuevos recursos. En los pocos años transcurridos entre 1913 y 1918, el gasto público pasó de estar por debajo del 10% del PIB, a alcanzar niveles del 15% (Estados Unidos, Canadá, Australia, Japón…), del 35% (Reino Unido), o incluso el 50 % (Francia y Alemania). La financiación de ese volumen de gasto se hizo mediante la subida de impuestos, el endeudamiento del Estado y la creación de dinero. De las tres alternativas, la primera fue la menos utilizada; la mayor parte recayó sobre el endeudamiento del Estado y sobre la financiación inflacionista del déficit público.
Con cargo a deuda los bancos centrales emitieron y pusieron en circulación nuevos billetes, dotan- do de liquidez a los gobiernos de sus países. Esta forma de financiar el déficit público se conoce como monetización de la deuda. En síntesis consiste en que el banco central descuenta, de forma automática, deuda pública por billetes nuevos. Tiene la ventaja de facilitar al gobierno medios de pago, pero tiene la desventaja de generar efectos distorsionadores sobre la economía. Pues el aumento de la cantidad de dinero en circulación provoca inflación y lleva a la depreciación del tipo de cambio.
En los primeros años de la guerra, las presiones sobre el tipo de cambio pusieron en cuestión la ca- pacidad de los países para mantener sus compromisos de pertenencia al patrón oro, ya que ello exigía una paridad fija respecto al metal y mantener unas reservas del mismo suficientes para garantizar la libre convertibilidad de la moneda en oro. La proporción entre las reservas de oro y el dinero en circu- lación era cada vez menor, debido tanto a las salidas de metal destinadas a saldar el déficit comercial causado por los gastos de guerra, como al aumento de la cantidad de dinero en circulación por la mo- netización del déficit público. La reducción de las reservas metálicas minaba la confianza en la moneda y forzaba su depreciación en el mercado monetario internacional. Como consecuencia, el sistema de patrón oro dejó de funcionar poco después de 1914.
Adicionalmente, los integrantes del bloque aliado pasaron de ser exportadores netos de capital y de productos manufacturados al resto del mundo a convertirse en demandantes de capital y en importa- dores netos de bienes. Una parte importante de esta demanda fue satisfecha por Estados Unidos. Entre 1914 y 1917, sus exportaciones a Europa se duplicaron y su superávit comercial con el continente se multiplicó por cinco. Durante los primeros años, los países aliados financiaron su déficit comercial desprendiéndose de sus reservas de oro y de divisas y de sus posesiones de activos en el extranjero, y posteriormente con el recurso al endeudamiento con Estados Unidos. Esto suponía un cambio consi- derable en la posición de este país en la economía mundial: de ser un país periférico endeudado con
Europa, pasó a convertirse en el primer exportador mundial de bienes y en el principal prestamista a nivel internacional, con una posición acreedora frente a los aliados.
Fue en relación con el pago de intereses y la devolución de estos préstamos donde surgió una de las mayores dificultades para iniciar la reconstrucción. En la Conferencia de Paz de París que puso fin a la Guerra, Estados Unidos exigió a los países aliados la liquidación de las deudas acumuladas, y sólo mos- tró cierta flexibilidad cuando quedó probada la incapacidad de estos para afrontar sus compromisos. El total ascendía a 12.000 millones de dólares corrientes, y cerca de un 40% de las mismas correspondía a Gran Bretaña. A su vez, Reino Unido tenía una posición neta acreedora frente al resto de países alia- dos, entre ellos Francia. Pero en plena reconstrucción, la capacidad de amortización de las deudas era reducida. En estas circunstancias, los países vencedores, liderados por Francia, decidieron vincular la devolución de la misma a la imposición de indemnizaciones (reparaciones) a los vencidos, especialmen- te a Alemania, por los daños materiales causados y por las pérdidas de vidas humanas, como se había hecho a la inversa en la guerra francoprusiana (1870-1871).
El Tratado de Versalles, resultado de esta Conferencia de Paz, modificó además las fronteras de los vencidos afectando a su capacidad productiva, sus infraestructuras y sus redes de transporte y de comercio. Alemania perdió la posibilidad de mantener la conexión entre el carbón del Ruhr y el hierro de Lorena y la desmembración del Imperio Austrohúngaro desarticuló las relaciones económicas entre territorios ahora en Estados distintos (y por tanto con posibles aranceles).
Las reparaciones impuestas a Alemania representaban en torno a tres veces su PIB de 1921: un 37% exigible inmediatamente y el resto condicionado a su recuperación económica. Cada anualidad repre- sentaba un 6% de su PIB y los aliados exigieron el pago en oro. Para conseguirlo Alemania necesitaba tener un saldo de la balanza exterior favorable. Sin embargo, su competitividad exterior había quedado erosionada por la inflación durante la guerra y la inmediata posguerra.
Alemania no pagó las reparaciones, y Francia también se encontró con dificultades para cumplir los compromisos con sus acreedores. Esta situación originó fuertes tensiones políticas en Europa y obligó a Estados Unidos a flexibilizar las condiciones y a impulsar encuentros internacionales para alcanzar acuerdos, como el Plan Dawes (1924) y el Plan Young (1929). Con ellos se redujo el monto de las anua- lidades, se ampliaron los plazos para hacerlas efectivas y se restableció el crédito a Alemania para que afrontara sus obligaciones más inmediatas. La mayor parte de los préstamos que recibió se destinaron al pago de reparaciones, y sirvieron a su vez, para que los países aliados pudieran devolver sus deudas de guerra. Es decir, se generó un volumen adicional de endeudamiento que no haría más que debilitar la situación financiera futura de Alemania, aumentar su dependencia del capital norteamericano y difi- cultar la recuperación. De modo que, cuando estalló la crisis de los años treinta fue el país europeo más azotado por el paro y la inestabilidad económica.
Otra consecuencia importante fue la inflación, que en algunos países como Alemania y Austria al- canzó el nivel de hiperinflación. La principal causa de un episodio de inflación elevada es un aumento rápido y masivo de la cantidad de dinero en circulación sin crecimiento de la producción de bienes y servicios. Ello provoca una pérdida de poder adquisitivo de los ahorros y fomenta que los perceptores de rentas fijas prefieran el consumo presente y la acumulación de activos reales. Todo ello acelera la velocidad de circulación del dinero y retroalimenta la inflación. Como no todos los precios responden con la misma rapidez se distorsiona la estructura de precios relativos, lo cual desanima las decisiones de inversión productiva. Asimismo, se agudiza el déficit del Estado, pues el gasto público aumenta más rápidamente que los ingresos fiscales que suelen gravar rentas pasadas. Por último, la inflación provoca la pérdida de confianza en la moneda y en la economía del país, lo cual puede llevar a excluirlo de los mercados internacionales de crédito.
Los episodios inflacionistas de principios de los años 1920 desencadenaron una fuerte inestabilidad tanto en el interior de los países como en los mercados monetarios internacionales. Entre 1914 y 1918 los precios se multiplicaron por dos en Francia, Italia, Reino Unido y Holanda, por tres en Alemania, y por 11 en Austria. Los aumentos más relevantes tuvieron lugar en los países beligerantes. En la inme- diata posguerra los nuevos gobiernos tenían pocas opciones para afrontar sus gastos aparte de seguir imprimiendo dinero. Entre 1918 y 1920, los precios continuaron creciendo, aunque con distinta inten- sidad según los países, tal y como se observa en el cuadro 6.1.
Algunas economías lograron contener la inflación relativamente pronto, aplicando políticas defla- cionistas: elevando impuestos, conteniendo el gasto público y encareciendo el crédito. Estas políticas llevaron a una intensa recesión económica en 1921 que afectó a Estados Unidos, Reino Unido, Holan- da, Suecia o Suiza. Otros países fueron menos agresivos en la aplicación de tales políticas y, aunque tardaron algo más, llegaron a controlar la inflación (Francia, Italia, Finlandia o Bélgica). Por último, hubo países en los que la inflación quedó fuera de control y llegaron a experimentar episodios de hiper- inflación, como Alemania, Austria-Hungría, Checoslovaquia, Polonia o Rusia.
El caso más espectacular fue el de Alemania, donde entre enero y diciembre de 1923 los precios se multiplicaron por 450 millones y, como consecuencia, la cotización del marco en los mercados interna- cionales se desplomó. La divisa alemana que previamente cotizaba a 4,2 marcos por dólar acabó con un cambio de 4,2 billones de marcos por dólar. Una barra de pan llegó a costar 105.000 millones de marcos y un litro de leche 126.000 millones.
cuadro 6.1
Índices de Precios al Consumo (1914=100) Austria Alemania Francia Italia Estados
Unidos UnidoReino Holanda Suecia
1914 100 100 100 100 100 100 100 100 1915 158 125 120 109 102 124 115 115 1916 337 165 135 155 115 143 128 130 1917 672 246 163 224 138 176 136 159 1918 1.163 304 213 289 169 200 162 219 1919 2.492 403 268 331 193 219 176 257 1920 5.115 990 371 467 194 248 194 269 1921 9.981 1.301 333 467 169 224 169 247 1922 263.938 14.602 315 467 165 181 149 198 1923 76 15.437 344 481 168 176 144 178 1924 86 128 395 580 168 176 145 174 1925 97 140 424 618 173 176 144 177 1926 103 141 560 547 171 171 138 173 1927 106 148 593 511 167 167 138 171 1928 108 152 584 503 165 167 139 172 1929 111 154 621 476 165 167 138 170
Fuente: Maddison (1991), “Historia del desarrollo económico capitalista. Sus fuerzas dinámicas: una visión comparada a largo plazo”, Barcelona, Ariel.
Al subir de forma incontrolada los precios, la capacidad adquisitiva de los salarios se reducía pues se ajustaban con cierto desfase. La inflación perjudicaba también a los ahorradores, al desaparecer el valor de sus depósitos y beneficiaba a los deudores, al reducir la carga de sus deudas en términos reales. También alteraba las decisiones de gasto y de inversión. Además, no todos los individuos tenían la misma capacidad para protegerse de ella. Los más afectados fueron aquellos con rentas bajas y las clases medias, mientras que buena parte de aquellos con mayores ingresos dispusieron de mecanismos de protección como la inversión en activos reales o la colocación de sus ahorros en el extranjero.