Para el pensamiento religioso, en su defensa de la correcta moral sexual, el Carnaval era considerado como una fuente de perversiones. Para argumentar los vicios que éste provocaba, el artículo que se reproduce explicaba cuál era el origen del Carnaval, exponiendo que era una fiesta de romana en la que se cometían los mayores pecados que el hombre podía imaginar. Al mismo tiempo, estas celebraciones encerraban peligros mucho peores, pues ayudaban a reproducir lo que el autor calificaba como el “uso de la carne”. Ayudado por los disfraces y las máscaras, que aseguraban el anonimato, las personas efectuaban todo tipo de actos lascivos e impuros:
“Estas ferias, en que el apetito se le franquea libre el paso para encender los desordenados deseos, son por su propia naturaleza, unos mal entendidos, desahogos de la melancolía, que con el disfraz de diversión, y entretenimiento, dan bastantes disgustos, y sobresaltos… En este tiempo de los antiguos, como en el nuestro, no se distinguían sexos, ni edades; ni se conocía la gravedad en los Magistrados, ni el rubor, ni la vergüenza en las mujeres; los grandes se confundían con los pequeños; los ricos, con los pobres; y finalmente, todos hacían empeño, y aun honor, de parecer lo que no eran”.6
El Carnaval no generaba una verdadera felicidad, más bien creaba una falsa satisfacción que no ayudaba a la mejora moral de la persona. Siguiendo con la descripción efectuada, en el periódico se citaba un caso flagrante que debía ser denunciado: Venecia. La lujuria y la liviandad eran dos comportamientos que tenían que ser purgados, por lo que se debía acabar con este tipo de reuniones que hacían más proclive que estos pecados fueran cometidos. Asimismo, se censuraba de forma más contundente la actuación de las mujeres, pues se decía que ellas cometían incluso más faltas que los hombres. Otro de los nefastos resultados era la confusión social que provocaba: los sexos se mezclaban (pues las mujeres vestían de hombres y viceversa), se ocultaban las edades, los estratos sociales, etc. Una indeterminación que dejaba patente una vez más
7 Tema de larga tradición en la prensa, ha sido bien estudiado en: Harrison, B. H.:
Drink and the Victorians. The temperance question in England, 1815-1872. Londres:
Keele University Press, 1971.
8 Diario de Madrid, nº 362, 28 de diciembre de 1790, Madrid.
ese ancestral miedo por parte de los sectores eclesiásticos de que el orden social se revirtiera y no fuera el esperado. De esta forma, se puede ver cómo en la crítica al Carnaval se aunaban dos variables: la alabanza al mantenimiento de las estructuras sociales características del Antiguo Régimen y la crítica a los excesos sexuales que se podían llegar a cometer al auspicio de estas festividades.
La moral sexual no solo estaba amenazada por el Carnaval, sino que las tabernas y lugares públicos también atentaban contra ésta. En la prensa se denunciaban enérgicamente los excesos que se cometían en estos espacios, que además se veían perjudicados por la presencia de las bebidas alcohólicas.7 Lo peor era que en
estos establecimientos coincidían personas de ambos sexos, por lo que aún era más fácil que se cometieran faltas contra la honestidad sexual. La presencia de hombres y mujeres era un peligro que provocaba, junto a la ingesta de bebidas como el vino, una atmósfera de relajación que debilitaba las voluntades y propiciaba el afloramiento de deseos carnales. La prensa señalaba que si ya el solo efecto del alcohol era muy nocivo para el mantenimiento de las pasiones, la proximidad física en estos espacios terminaría por encender irremediablemente la llama de la lujuria. En todo caso, la solución para tan terribles efectos parecía clara: ante la imposibilidad de luchar contra estas inclinaciones, era necesario que la autoridad, mencionada en la figura del Gobierno, acabara de raíz con estos problemas. Había que recurrir a la vigilancia y a la sanción de las conductas indecorosas para prevenirlas y eliminarlas mediante multas y castigos. Este periódico insistía en la desastrosa imagen que presentaban estos lugares:
“¿A cuántos desastres no está expuesta esta infeliz gente en semejante paraje? ¿El vino por sí solo abusado qué males no es capaz de producir? Pues junto con la proximidad de ambos sexos ¿Quién contendrá su furor o por mejor decir, los excesos de destemplanza, ira, y lascivia? Solo quien ponga en dichas oficinas públicas el debido orden, tan necesario comúnmente, y además, urgente donde, como en Madrid, es tan grande la concurrencia de ellas”.8
Es cierto que muchos fueron los artículos que se centraron en denunciar los lugares o las actitudes que provocaban esa disolución moral, pero, ¿qué más razones se promocionaban para castigar el libertinaje sexual? ¿Qué institución se encontraba en peligro si no se refrenaban las pasiones? Se consideraba que el matrimonio y la familia estaban en riesgo si no se hacían valer los valores sexuales que la Iglesia propugnaba. La lujuria y las diversiones carnales eran los grandes enemigos del matrimonio, pues provocaban que el hombre saliera de su hogar y abandonara a la familia que tenía a su cargo. Por ello, y con una clara intención moralizante, se insertaban numerosas historias para advertir a los hombres sobre la necesidad de mantener las pasiones sexuales dominadas. De esta forma, contaba un periódico el ejemplo de un matrimonio de origen inglés. El esposo, ignorante de estas máximas, creía que podía mantener el equilibrio entre la virtud
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Capítulo 7 Los peligros de los placeres de la carne: moral sexual y religión en la prensa española (finales siglo XVIII- siglo XIX) Francisco Javier Crespo Sánchez
9 Diario noticioso, curioso, erudito, y comercial público y económico, nº 20, 24 de febrero de 1758, Madrid.
10 Diario noticioso, curioso, erudito, y comercial público y económico, nº 21, 25 de febrero de 1758, Madrid.
y el vicio, por lo que pensaba que podría ocuparse de su familia a la vez que daba rienda suelta a sus más bajos instintos. Sin embargo, la historia relataba como esto resultó imposible, pues nadie era capaz de encontrar la forma de amalgamar estos dos modelos de vida contrapuestos. El resultado fue la ruina de la familia, ya que fueron perdiendo todos los ingresos y bienes que poseían de manera paulatina:
“Pero como es imposible guardar este equilibrio, se hizo luego notorio su abandono. Desvaneciéndose, uno tras de otro, el respeto que profesaba al Público; la cortesía, y amor con que correspondía a su esposa; y la economía que había observado siempre con su reputación, y fortuna. Abandonó sus negocios: arruinó su crédito; y en menos de siete años gastó todo su caudal, y una gran parte de la dote de su mujer”.9
De hecho, frente a los buenos valores morales que este hombre representaba antes de su perversión, su falta de responsabilidad provocó otras desgracias como el escarnio público y la pérdida de sentimientos positivos con su familia. Por tanto, la castidad era el paradigma necesario para conseguir resultados virtuosos, mientras que la lujuria y la lascivia provocaban los peores efectos. El relato dedicaba también espacio a contar la historia de la esposa, que por el contrario era un modelo de correcta moralidad. Se establecía así una antítesis entre las dos imágenes que presentaban cada uno de los cónyuges, metáfora que resultaba muy útil si se atiende a la labor didáctica que ejercían estos artículos. Tras la serie de excesos cometidos por el marido, la esposa murió de pena, no sin antes redactar una carta en la que encomendaba a éste el cuidado de sus hijos. De esta forma, se sumaba un nuevo desastre a la actitud que el hombre había tomado, pues había provocado el óbito de la mujer que amaba. Continuando con la historia, tras leer la misiva el protagonista, se operó en él un cambio radical, por lo que olvidando su vida pasada, se dedicó en exclusiva a velar por su seguridad de sus hijos. El efecto de la carta resultó demoledor en la mente de este hombre, que optó por retirarse a una aldea apartada de los peligros del mundo, dejando de lado los vicios y las corrupciones morales:
“El efecto de esta carta parecerá increíble. Lo cierto es, que apenas la hubo leído, con extraordinaria vehemencia, arrebató el Padre sus hijos de los brazos de la ama, y estrechándolos apasionadamente, sin pronunciar una palabra, ni querer oír a nadie, salió intempestivamente de el cúmulo de los placeres”.10
En esa condena efectuada contra los pecados de la carne, lo que también se quería era ofrecer una imagen que advirtiera de los peligros que circundaban a la familia. No solo el hombre podía verse perjudicado por los efectos del libertinaje, sino que sus acciones tendrían consecuencias muy perjudiciales para sus seres queridos. Lo importante era, por tanto, crear un estado de opinión contrario a la libertad sexual, promocionar los modelos de sexualidad delimitados por el matrimonio y generar un tipo de sociedad
11 Giné Janer, M.: “El rol de la mujer en los relatos fantásticos del Romanticismo español”. En: Fernández, R., y Soubeyroux, J.: Historia social y literatura. Familia
y clases populares en España (siglos XVIII-XIX). Saint- Étienne: Milenio, 2001, pp.
177-191.
12 Bel Bravo, M. A.: La familia en la historia. Madrid: Encuentro, 2000, p. 195.
13 Bolufer Peruga, M.: Mujeres e Ilustración. La construcción de la feminidad en la
España del siglo XVIII. Valencia: Institució Alfons el Magnanim, 1998, p. 186; Pérez
Samper, M. A.: “Marginalidad y prostitución”. En: Morant, I.: Historia de las mujeres
en España y América Latina. Madrid: Cátedra, 2005, pp. 379-398; Borderías, C.: La historia de las mujeres: perspectivas actuales. Barcelona: Icaria, 2009.
14 Correo de Madrid o de los Ciegos, nº 60, 19 de mayo de 1787, Madrid.
15 Tema trabajado en Perinat, A., y Marrades, M. I.: Mujer, prensa y sociedad en
España, 1800-1939. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, 1980.
en la que se valorara la castidad. No hay que olvidar tampoco que éste no era un tema extraño para los pensadores eclesiásticos, que seguían considerando el celibato como el estado más perfecto en el que podía encontrarse una persona, como así ocurría con los sacerdotes, frailes y monjas. Por ello, se extendió esa idea antes comentada de vincular muy estrechamente las relaciones sexuales con la procreación y la creación de familias cristianas. De lo que no cabe duda es que estas historias ejemplarizantes se habían desvelado, sino como el medio más acertado, como el preferido por estos escritores a la hora de transmitir estos valores a través de la prensa.
Tema aparte representaba la relación de las mujeres con los valores de la castidad y la decencia, pues para ellas, según estos periódicos, eran mucho más importantes si cabe. La cuestión moral que más se asociaba a las mujeres era la pureza, por lo que la misión central era conducir a la doncella hasta el matrimonio en buenas condiciones morales.11 El mantenimiento del honor a través de la castidad era la clave para poder
conservar el resto de sus virtudes intactas. Además, no solo estaba en juego su honra personal, sino la de toda su familia, pues se pensaba que la virginidad, en el caso de las hijas, era el pilar sobre el que se sustentaba toda la familia.12 Se trataba, por consiguiente, de apuntalar el modelo de dominación masculina.
Por esta misma razón, la mujer casada igualmente debía seguir manteniendo en la medida de lo posible la castidad y la moralidad sexual indicada. Para conseguir esto, desde la prensa se desaconsejaba el acceso a lecturas peligrosas como las novelas, que creaban en la mujer una imagen irreal de las relaciones amorosas y debilitaban su relación con los hombres. Esa figura de la mujer profana (cuestión que había sido expuesta también por algunos pensadores ilustrados) fue el arquetipo que permitió a moralistas y predicadores, pero también a estos periodistas, escenificar ante su público esa amenaza social que la mujer podía llegar a suponer al convertirse en un reverso negativo de los valores cristianos.13
“Es bien sabido que las mujeres en general cuando son malas, los son mucho más que los hombres; pero jamás se ha podido dar la verdadera razón de este fenómeno moral. No obstante nos parece muy natural. Desde los más tiernos años se las recomienda la castidad como la primera de las virtudes. De este modo se acostumbran insensiblemente a mirar a las demás, como subalternas… ¿Quién extrañará, pues, que una vez perdida la primera virtud, no tengan cuidado en conservar las últimas?”14
El fragmento era bastante expresivo al señalar que las mujeres eran seres más proclives para la maldad y para ejecutar peores acciones que los hombres. El discurso de la Iglesia sobre la mujer transmitía esa idea del deseo inconsciente, por lo que se condenaba el cuerpo de ésta insistentemente.15 Al margen de esa
consideración, la necesidad del sexo femenino de adherirse a la castidad como salvaguarda de su moralidad y de su buen hacer en la sociedad se resaltaba como fundamental, ya que, una vez perdida ésta, el resto
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Capítulo 7 Los peligros de los placeres de la carne: moral sexual y religión en la prensa española (finales siglo XVIII- siglo XIX) Francisco Javier Crespo Sánchez
16 Tema tratado ampliamente en: Ariés, P., y Duby, G.: Historia de la vida privada.
La Revolución francesa y el asentamiento de la sociedad burguesa. Madrid: Taurus,
1991.
17 Correo de Madrid o de los Ciegos, nº 422, 24 de febrero de 1791, Madrid.
de virtudes caerían fácilmente. Para luchar contra los desórdenes de las pasiones, para guardar la pureza en definitiva, nada mejor que el recato y el pudor, auténticas bases sobre las que la mujer podía apoyarse. Frente a los pecados que el mundo ofrecía, frente a las seducciones de los hombres, las mujeres debían mostrar un comportamiento que impulsara sus intenciones de evitar la lujuria y la pérdida de su honor.
La castidad, la modestia y la virginidad eran los valores contrapuestos a la lujuria, la lascivia y el libertinaje. Ya fuera para proteger a la mujer, al matrimonio o a la familia, desde la prensa no se dudó en promocionar los modelos que se consideraban adecuados y sujetos a la moralidad esperada. El desprecio del cuerpo, como teoría de fondo, también quedaba presente en estos discursos, pues el conocimiento de éste podía incitar a experimentar con él y con el de otros, ya fuera a través de tocamientos sospechosos o de simples deseos y curiosidades.16 En ese contexto, lo que parece que sí quedaba claro era la intención de la Iglesia
de mantener sus prerrogativas y su control sobre un aspecto que le había preocupado desde largo tiempo. La construcción de las conciencias pasaba también por luchar contra las diversiones que tenían lugar en los bailes y celebraciones, catalizadores en cierta forma de los excesos sexuales. La presencia en los periódicos de críticas a este tipo de reuniones fue muy frecuente, denunciando no solo a las personas que asistían, sino también los actos que éstas realizaban. Es el caso del relato que exponía esta publicación, donde contaba como un joven muchacho aprendió a bailar el bolero, dedicando grandes esfuerzos para ejecutarlo de la mejor manera posible. Este chico, que gustaba mucho de estos bailes, llegó a tener una cierta obsesión por esta danza. Tanto fue así que terminó muriendo, pues su empeño le hizo caer enfermo tras el agotamiento que le había provocado tal dedicación. Esta historia, que en todo caso resultaba exagerada, pretendía una vez más mostrar los peligros de estas prácticas, ya no solo para la moralidad, sino para la propia vida. El ejemplo no solo narraba esto, sino que iba más allá al señalar que se mostraba en contra de los padres que alababan a los hijos que querían aprender los bailes de moda. Se reprobaba que los progenitores solo pensaran que el mérito se basaba en esta capacidad y no en otros elementos que sí que podían procurar la felicidad a los hijos. Igualmente lamentable eran las madres que acompañaban a las hijas a estos encuentros, animándolas y dejando crecer los malos ejemplos en su mente. En estos bailes, en los que nada era bueno, no se encontrarían enlaces provechosos:
“Yo no puedo menos de echarme a reír cuando oigo a un padre gurrumino alabar el mérito de su hijo o hijas diciendo, que bailan perfectamente, que los ha llevado a bailar el bolero a varias partes, y que lo han hecho de primor, como si en esto solo pudiese estribar el mérito. Me di gana de soltar la carcajada, por no decir otra cosa, cuando ven a las madres marchar con sus hijas a este baile y al otro, diciendo que son boleras de profesión… Y lo que es más, es oír con la serenidad que dicen, que así podrán encontrar su casamiento”.17
18 La relación del placer carnal con la cultura occidental ha sido trabajada en Muchembled, R.: El orgasmo y occidente. Una historia del placer desde el siglo XVI a
nuestros días. México: Fondo de cultura económica, 2008
19 Correo de Murcia, nº 295, 27 de junio de 1795, Murcia.
20 Martín Gaite, C.: Usos amorosos del dieciocho en España. Barcelona: Anagrama, 1987, p. 229.
El mérito y la utilidad pública no podían ni debían buscarse en estos sitios, más bien lo que se proponía era que éste se desarrollara a partir del trabajo y del esfuerzo, idea que entroncaba con muchos de los principios ilustrados. Por encima de las diversiones y de los bailes, se quería inculcar la imagen de que la principal obligación del individuo era llevar una vida lo más recta posible, colaborando con la buena marcha de la sociedad. Al margen de esas máximas que denotaban una cierta influencia del gobierno del despotismo ilustrado, los periódicos incluían otras razones que se relacionaban más con la ordenación de las pasiones.18 Ya
no solo se trataba de que los buenos matrimonios no pudieran encontrarse en estos bailes, sino que, además, había que condenar los comportamientos impúdicos que tenían lugar en los mismos. ¿Cuáles eran estos? ¿Qué conductas preocupaban a estos escritores? Evidentemente, los temas que más páginas de periódicos ocuparon fueron los que hacían referencia a los rozamientos, tocamientos y acciones inmorales que se producían con la excusa de realizar estos bailes. Según el imaginario, en estas reuniones se producían actos que perjudicaban muy gravemente a la decencia: los abrazos, los apretones, besos y otras muestras de cariño encontraban en estos saraos el espacio idóneo para aflorar. Unido a los valores que se han expresado más arriba, el recato y el honor corrían claro peligro si estas conductas tenían cabida en los bailes. Por ello, se exhortaba a las gentes para que no asistieran, pero también a los padres y tutores, que debían prohibir a sus hijos la presencia en estas fiestas. En este ejemplo, se trataba la problemática de los bailes con unas argumentaciones similares:
“Supongo que las parejas de Vmds. en las contradanzas, serían sus dos adictos petimetres, y habría aquello de mano, abrazo, apretón, y… - Ya ve Vmd. que eso es indispensable, y que si hemos de hablar la verdad, lo mejor de las contradanzas es eso; y tanto más hábil decimos que es él que las pone, cuanto las figuras son más proporcionadas para los fines expresados; porque si no hubiera ese aliciente, ya ve Vmd.,