De súbito una gran luz venida del cielo brilló en torno de mí, envolviéndome en sus fulgores... Los que conmigo estaban vieron, sí, la luz... Y dije...“¿Qué he de hacer, Señor?”. Y el Señor me dijo: “Levántate y sigue hasta Damasco, y allí se te dirá todo cuanto te está ordenado que hagas”. Mas como yo no veía, deslumbrado por el
resplandor de aquella luz, llevado de la mano por los que conmigo andaban, entré en Damasco.
SAULO DE TARSO Hasta aquí, nos hemos concentrado en los territorios internos problemáticos o negativos que uno puede atravesar durante la noche oscura del alma. Sin embargo, quienes viven una emergencia espiritual también se encuentran con la luz, y con los dominios celestiales y divinos en su interior. Como es de esperarse, en general estos estados presentan menos dificultades que los otros. Aunque algunas personas se sienten bendecidas por tales experiencias y están dispuestas a aprender de ellas y a aplicar conscientemente las lecciones que les brindan en su vida cotidiana, estos estados místicos “positivos” no están exentos de problemas; hay quienes se debaten en ellos, y éstos pueden convertirse en parte de su crisis de transformación. Tanto las regiones de luz como las de oscuridad son aspectos norma les e importantes de la apertura espiritual y, aunque utilicemos los términos “positivo” y “negativo”, con esto no queremos decir que unos sean más valiosos que otros. Ambas áreas son necesarias y se complementan como parte del proceso curativo. Hay quienes son capaces de conectarse con las áreas positivas o místicas con relativa facilidad en el transcurso de su existencia. Uno mismo puede experimentarlas en actividades simples o en ambientes naturales. En un pasaje inspirado de la obra de Eugene O’Neill Long Day´s into Nigth, Edmund cuenta una experiencia que tuvo al navegar en un barco: Yacía en el bauprés, mirando hacia la popa, el agua arremolinándose en espuma bajo mío, los mástiles con las velas blancas por la luz de la luna elevándose muy por encima de mí. Me emborraché con el bello ritmo cantor de todo eso, y por un momento, me perdí a mí mismo; de hecho perdí mi vida. Era libre Me disolví en el mar, me convertí en las velas blancas y la espuma voladora, en la belleza y el ritmo, en la luz lunar y el barco y el cielo débilmente estrellado. Sin pasado ni futuro, en una paz y una unidad y una alegría salvaje, dentro de algo más grande que mi propia vida, o la Vida Humana, o la Vida misma. En Dios, si se quiere... Como cuando el velo que cubre las cosas es corrido por una mano invisible. Por un segundo, todo tiene sentido. Quizás uno también descubra las regiones de lo trascendente sin esperarlo, durante un ejercicio físico como la danza o el deporte. Tal vez esto se deba a la concentración focalizada en la actividad, al esfuerzo corporal o a una aceleración del ritmo respiratorio; los mismos elementos se utilizan en técnicas desarrolladas por muchas prácticas de meditación que nos permiten ir más allá del mundo común y lógico. La basquetbolista Patsy Neal escribe en Sport and Identity: Hay momentos de gloria que van más allá de la expectativa humana, más allá de la habilidad física y emocional del individuo. Algo inexplicable se apodera de uno y sopla vida en la vida conocida... Llamémoslo estado de gracia, o acto de fe... o un acto de Dios. Está ahí, y lo imposible se hace posible... La atleta va más allá de sí misma; trasciende lo natural. Toca un pedazo del cielo y se convierte en recipiente de un poder cuya fuente es desconocida. Algunos tienen experiencias místicas durante la meditación, y otros como parte del proceso de transformación dramático y avasallador de una emergencia espiritual. Estos estados sobrevienen de manera súbita, exigen toda la atención y cambian radical y completamente la percepción de ano mismo y del mundo. Pero cualesquiera sean las formas en que lo Divino se introduce en la vida de una persona, comparten ciertas características generales
LA NATURALEZA DE LA EXPERIENCIA TRASCENDENTAL O MISTICA
Las emociones y sensaciones asociadas a los reinos interiores celestiales son en general totalmente opuestas a las que se encuentran en las regiones oscuras. En vez del dolor de la alienación, uno es capaz de descubrir una sensación envolvente de unidad e interconexión con toda la creación. En vez de miedo, uno se siente infundido por el éxtasis, la paz y una profunda sensación de ser contenido por el proceso cósmico. En lugar de experimentar la “locura” y la confusión, se hallan la claridad y la serenidad mental. En vez de una preocupación
apremiante por la muerte, uno se puede conectar con un estado que se percibe como eterno, comprendiendo que uno es, a la vez, su cuerpo y todo el resto de lo existente. Debido en parte a su naturaleza inefable e ilimitada, los dominios di vinos son más difíciles de describir que las regiones oscuras, aunque por tas y místicos de todas las épocas han creado hermosas metáforas para aproximarnos a ellos. En ciertos estados espirituales, uno es capaz de ver al medio ambiente habitual como una creación gloriosa de la energía divina, llena de misterio; todo en su interior parece formar parte de una red exquisitamente interconectada. El poeta William Blake captura así este conocimiento de lo Divino inminente: Ver un Mundo en un Grano de Arena. Y un Cielo en una Flor Silvestre, Sostener lo Infinito en la palma de la mano. Y a la Eternidad en una hora. Otras experiencias entrañan la revelación de dimensiones que uno no percibe en la vida de todos los días: trascienden el tiempo y el espacio y están habitadas por seres mitológicos y celestiales. A menudo estas experiencias van acompañadas por una intensa sensación de una fuerza espiritual de gran potencia que inunda el cuerpo. La gente percibe a las regiones místicas como permeadas de una esencia sagrada o numinosa de una belleza inimaginable, y suele tener visiones de oro, joyas resplandecientes, una radiancia extraterrenal, luminiscencias y una luz brillante. En Hojas de hierba, el poeta y místico Walt Whitman escribe: Como en un desmayo, un instante, Otro sol inefable me deslumbra por completo. Y todas las órbitas que conocí, y órbitas más luminosas y desconocidas; Un instante en la tierra futura, la tierra del Ciclo. Amén de estar llenos de una luz divina resplandeciente, los dominios trascendentes suelen ser descritos como algo más allá de lo percibido por los sentidos comunes. El poeta americano Henry David Thoreau escribe: Oigo más allá del alcance del sonido, Veo más allá del alcance de la vista, Nuevas tierras y cielos y mares alrededor mío, Y en mi día, sí, el sol empalidece su luz. Se suele experimentar lo Divino como eterno, inmutable y hiera del tiempo, como fue caracterizado por el filósofo chino Lao Tse en el Tao Te King: Existe algo inherente y natural, Que existió antes que el cielo y la tierra. Inmóvil e inapresable. Solo e inmutable; Lo penetra todo pero jamás se extingue. Puede ser considerado como la madre del Universo. Yo no conozco su nombre. Si me veo obligado a darle uno, Lo llamo Tao, y lo declaro supremo. Mucha gente que experimenta estas dimensiones interiores las reconoce corno parte de la esencia expansiva e ilimitada de cada ser humano, que queda en la sombra a causa de los problemas y preocupaciones cotidianas. Por su claridad y vividez, los estados trascendentales con frecuencia se perciben como más reales que la realidad “común”; la gente suele comparar el descubrimiento de estas regiones con el despertar luego de un sueño, el corrimiento de velos opacos o la apertura de las puertas de la percepción. En ocasiones se adquieren nuevas ideas y un conocimiento complejo de los procesos vitales de fuentes que se encuentran en el interior de la persona a las que normalmente no se accede. Así como uno puede encontrarse en la zona desolada de la muerte del ego durante la noche oscura del alma, también puede encontrarse con un tipo de muerte del ego positiva en las regiones trascendentales. Aquí, las fronteras personales se disuelven temporariamente, y uno puede sentir la unión con el inundo exterior o el cosmos. Uno de los tipos más positivos de desintegración es aquel en el que uno se pierde en lo Divino inmanente, que se revela en lo que nos rodea. Quizás se sienta que la definición de individualidad se desvanece al fundirse con el mundo conocido de personas, árboles, animales o elementos inorgánicos. Durante otra forma que toma esta experiencia, es común sentirse unido a reinos divinos que trascienden la realidad de todos los días. Lord Alfred Tennyson describe así este estado: Más de una vez. Sentado en total soledad, girando en mí. La palabra que es el símbolo de mí mismo, El límite mortal del ser se aflojó, Y se desplazó a lo innombrado, como una nube se funde con el cielo. Es frecuente que en esta experiencia se dé la muerte suave del ego, la disolución de las estructuras del ego que es necesaria para llegar a una definición más amplia del ser. El filosofo y santo indio Ramana Maharishi comparó este proceso con una muñeca de azúcar que nada y se deshace en el océano de la conciencia. Una forma más dramática de la muerte positiva del ego es un enfrentamiento con la luz, comparada por los místicos con una polilla que vuela dentro de la llama divina y es consumida en un instante. Encontrarse con lo Divino en el curso de una emergencia espiritual es sumamente curativo. Al llegar a estos estados, uno siente emociones positivas tales como el éxtasis, el arrobamiento, el gozo, la gratitud, el amor y la dicha, que alivian o disuelven con rapidez estados negativos como la depresión y la ira. Sentirse dentro de una red cósmica que todo lo abarca le da a una persona que tiene problemas con su autoestima una imagen de sí expandida y fresca. Quienes tienen estas experiencias en su proceso suelen sentirse afortunados; desarrollan una visión optimista de las cosas que los acompaña en futuros desafíos. Sienten que aunque las cosas se pongan difíciles, al menos tienen una idea de adónde se dirigen. Es como tener un atisbo de la cumbre de la montaña: aunque se tenga que volver a la base para escalarla, se sabe que hay una recompensa que espera al final del viaje. Esto es preferible a pasarse meses atravesando emociones y sensaciones difíciles sin tener idea de cuál es la meta. Las experiencias positivas no necesariamente se dan como un estadio lógico en una progresión lineal, como un premio al final de una búsqueda difícil. Mucha gente descubre que debe limpiar problemas personales o bloqueos emocionales antes de que se abran estas zonas; cuando se las alcanza es factible sentir que uno se lo ha ganado gracias al trabajo duro anterior. Pero otras personas se conectan espontáneamente con zonas trascendentales dentro suyo a pesar de no haber trabajado duramente en los aspectos difíciles. En muchas emergencias espirituales se prueba brevemente y con periodicidad de estas fuentes, y se descubre que es más fácil acceder a ellas a medida que pasa el tiempo.
A pesar de las cualidades en general benévolas de los estados positivos, hay dos puntos en donde pueden surgir problemas cuando una persona tiene una experiencia mística: el conflicto de aceptar o manejar las regiones trascendentales y el problema que se da cuando la experiencia se yuxtapone con el medio ambiente. Lo que es más, en muchas ocasiones estas dos áreas se superponen.
PROBLEMAS DENTRO DE LA PERSONA
Mucha gente no se siente preparada para el alcance de las regiones de lo sagrado. Estas son realidades y estados de la mente desconocidos. Permitirles la entrada en la propia conciencia suele significar suspender tos conceptos conocidos de lo que es real. Tales personas pueden sentir también que no son lo suficientemente fuertes para soportar el profundo impacto de las manifestaciones sensoriales y físicas de las experiencias místicas y que no están lo suficientemente abiertas como para manejar su poder. El maestro espiritual norteamericano Ram Dass compara a tales personas con una tostadora, y sus reacciones con “conectar el enchufe a una corriente de 220 voltios en lugar de 110: todo se fríe”. El enorme input físico, emocional, mental y espiritual resultará avasallador, y retroceder será una reacción natural. Una respuesta similar puede darse durante una poderosa experiencia de luminosidad. A veces, la gente siente que sus ojos son demasiado débiles o están nublados para poder soportar la intensidad de la luz deslumbrante, y realmente tienen temor de quedar cegados por ella. Cuando esto ocurre, es factible sentir un gran dolor físico dentro y alrededor de los ojos. Un meditador recuerda el terror que experimentó durante una experiencia transpersonal “positiva”: “Era tan extraño... Había leído sobre la experiencia de la luz en libros sobre espiritualidad y sólo se mencionaba la felicidad que producía. Yo estaba deseando este tipo de estado desde hacía mucho tiempo, y había probado muchos tipos de trabajo interno para llegar a él. Pero cuando de hecho se dio, me produjo terror. Era atemorizante; era doloroso y terrible y maravilloso a un tiempo. Sentía que era demasiado, que no podía contener todo eso. Recordé a Moisés y la zarza ardiente, cómo era tan brillante que tuvo que volver la vista. Sentía que no estaba preparado, que no estaba lo suficientemente expandido o puro como para recibirla”. Si bien el sufrimiento que se da en un encuentro místico puede sentirse como destructivo y violento al principio, con el tiempo la gente lo reconoce como el dolor de la apertura y del crecimiento espiritual. Quizás hasta lleguen a darle la bienvenida como un signo de su conexión con lo Divino, tal como lo describe Santa Teresa de Ávila: El dolor era tan agudo que me hacía emitir quejidos, pero el deleite de este enorme dolor es tan arrasador que a uno le es imposible desear que se vaya, ni ya nada satisface al alma más que Dios. Es un dolor espiritual, no físico, aunque el cuerpo torna parte de él, hasta una parte considerable. Es un intercambio de cortesías entre el alma y Dios. La experiencia de la desintegración positiva del ego descrita anteriormente también puede traer aparejados ciertos problemas. Mientras que algunos agradecen la oportunidad de liberación y expansión, para quienes están muy apegados a sus identidades individuales este momento resultará muy atemorizante, y hasta es posible que se resistan y luchen contra él. Aunque este estado de pérdida del ego es transitorio, quienes lo atraviesan lo perciben como permanente. En el limbo que está entre lo que creían ser y en lo que se convertirán, es probable que se pregunten: “¿Quien soy? ¿Adónde me está llevando todo esto? ¿Cómo confiar en lo que me ocurre?”. Habrá quienes no confíen en la realidad de las posibilidades recién descubiertas o teman que los estados que experimentan sean el signo de una enfermedad mental. Tal vez les asuste estar tanto tiempo lejos de lo normal, y hasta tengan miedo de que luego del encuentro con lo Divino habrán cambiado tanto que la gente a su alrededor se dará cuenta enseguida de que ellos son “distintos” y pensará que son especiales o locos. Puede que otros se resistan a lo trascendente, sin importar la serenidad o belleza que sientan, porque no se consideran dignos de la experiencia. Conocemos a varias personas con una trayectoria de problemas de autoimagen que se sentían poco dignas de cualquier experiencia demasiado agradable o auspiciosa. A menudo, cuanto más benévolo era su estado espiritual, más activamente intentaban resistirlo. Algunas personas se deprimen después de haber visitado los dominios de lo trascendental porque su vida cotidiana les parece insulsa y aburrida en comparación con el brillo y la liberación que han experimentado. Un terapeuta nos contó así las limitaciones del cuerpo físico después de una experiencia mística: “En ese estado luminoso, me sentía completamente libre, sin límites, rodeado y lleno de una luz brillante, inundado por una profunda paz. Cuando comencé a volver al mundo ordinario, sentí que mi nuevo ser expandido estaba siendo constreñido de vuelta en mí ser físico de todos los días. Sentí que mi cuerpo era una trampa de acero, que retenía y enjaulaba todas mis posibilidades. Comprendí que el drama y el sufrimiento de la vida cotidiana me empezaban a penetrar, y lloré ansiando volver a la libertad que había descubierto.” Realmente, algunas personas en esta situación desearán quedarse en un estado agradable de expansión, excluyendo sus responsabilidades diarias, o querrán repetir la experiencia con tal intensidad que se cerrarán a las otras etapas de su viaje espiritual, si bien no tan hermosas o extraordinarias, igualmente importantes. Como consecuencia, dejarán de cooperar con su posterior desarrollo, al resistirse y aun al juzgar todo lo que no sea tan placentero como un estado místico.
PROBLEMAS CON LO COTIDIANO
Es frecuente que la gente salga beneficiada por su encuentro con lo Divino, pero tenga problemas con su entorno social. En ciertas instancias se habla con los seres queridos sobre los poderosos estados místicos, y si la familia, los amigos o el terapeuta no comprenden el potencial curativo de estas dimensiones, no las considerarán válidas y, quizás, automáticamente se preocupen por la salud mental de su ser querido o su paciente. Si la persona que ha tenido la experiencia duda siquiera un poco de su validez, o está preocupada
por su salud mental, la preocupación de otros no hará más que exagerar estas dudas, comprometiendo, nublando u oscureciendo así la riqueza de los sentimientos y sensaciones originales. También surgen dificultades cuando los encuentros trascendentes ocurren en situaciones en los que pueden ser malinterpretados. En general, a la gente le resulta menos problemático experimentar el arrobamiento místico en los confines seguros de su habitación para meditar o en su propia habitación, que en un centro de compras o un aeropuerto. Si una persona no está en una situación en la que pueda ser contenida durante la disolución de las fronteras personales, es probable que, por un tiempo, le resulte difícil relacionarse con el mundo exterior. La coordinación física o los movimientos le causarán inseguridad, y puede parecer torpe y desorientada. Si al mismo tiempo tiene que interactuar con el mozo de un restaurante o un guardia de seguridad de un aeropuerto, esta dificultad es comprensible. Otros temen que si permiten que esas experiencias de expansión penetren en su vida, su nueva percepción les traerá responsabilidades adicionales indeseadas, ya sea hacia la gente que los rodea o hacia el mundo en general. Se preguntarán: “¿revelación significa que debo hacer algo con ella? ¿Se supone que tengo que ayudar a otra gente a ver lo que he visto? ¿Esto me da un papel especial en el mundo?”. Quizás tengan la reacción opuesta: sentirán que han sido bendecidos por la providencia divina y que por lo tanto merecen un reconocimiento especial y un status elevado que los libere de las preocupaciones comunes. Tal al vez hayan llegado a percibir auténticamente que su existencia es parte de un sistema cósmico