VI. PLATÓN 24 VIDA Y OBRAS
28. EL IDEAL POLÍTICO-EDUCATIVO DE LA ―REPÚBLICA‖
La exigencia educativa fue desde un principio el verdadero motor de la especulación platónica, y en lo que también continuó idealmente el pensamiento socrático. ¿Qué es la doctrina de las ideas sino una especie de firme anclaje para la concepción socrática de que la virtud es ciencia? Las ideas son el verdadero objeto de la ciencia y garantizan la posibilidad de una comunicación, de un acuerdo universal entre los hombres, a despecho de la variedad de los apetitos y la insuficiencia de la experiencia sensible. Pero se objetará que las ideas, tal y corno Platón las concibe, no pueden ser alcanzadas sino por una minoría de filósofos. En efecto, así es; pero esto para Platón no constituía una dificultad, y quizás no lo había sido tampoco para Sócrates quien insistía con tanto ahínco en la necesidad de una educación completa para todos los hombres, especialmente los gobernantes.
Platón no confía en la democracia, no sólo y no tanto por el hecho de haber nacido rico y aristócrata, cuanto porque de la democracia ha visto y ve las manifestaciones más turbias, y porque a la democracia imputa el horrible delito de haber matado al más justo de todos los hombres, al que más se esforzaba por mejorarla: su maestro Sócrates. Para Platón es preferible que las riendas del Estado estén en manos de pocos; por tanto aboga por un régimen aristocrático o incluso monárquico, y en general admira más la constitución espartana que la ateniense. Pero esos pocos tienen que ser dignos de sus funciones, deben saber en qué se cifra el bien de la ciudad y, por tanto, de todos los ciudadanos, en una palabra deben ser filósofos.
Por tanto, Platón no vuelve sic et simpliciter a la concepción tradicional de la aristocracia de la estirpe llamada a gobernar por decreto divino (en cuanto se proclama descendiente de los dioses): su aristocracia lo es del saber que él intenta definir —por lo que se refiere a los métodos de selección y educación— con un racionalismo tan radical y feroz que aún hoy sorprende, irrita y asombra al lector de la República, diálogo en el cual Platón, profundizando el concepto de justicia esbozado en su primer libro, traza un cuadro pormenorizado y completo de lo que en su concepto es el estado ideal. Por lo demás, Platón mismo, a juzgar por más de un indicio que no es el caso de mencionar aquí, parece como si quisiera dar a entender al lector que aquél diálogo es más una aventura intelectual que un programa político susceptible de ser puesto en práctica (efectivamente, más tarde, en las Leyes atenuará sus conceptos en la medida necesaria).
Platón parte del supuesto de que entre los hombres existen diferencias naturales, trasmisibles en parte por herencia, y que consisten esencialmente en el predominio dentro de cada individuo de cada una de las tres precitadas partes del alma (racional, irascible, concupiscible, de modo que se tendrá, correlativamente, una raza de oro, una raza de plata y una raza de hierro y bronce). Serán buenos regentes del estado, a condición de que se les eduque en modo conveniente, sólo aquellos en quienes predomine la racionalidad, y su virtud será la sabiduría o prudencia; buenos guerreros serán aquellos en quienes predomine la afectividad magnánima (irascibilidad) y su virtud propia será la valentía o fortaleza; por último, aquellos en quienes predomine la concupiscencia deberán esforzarse por domarla mediante el ejercicio de la templanza aunque en ningún caso serán aptos para trabajos que no sean los relativos a la producción y el intercambio de los bienes materiales (es decir, labradores, artesanos, comerciantes). La cuarta y mayor virtud, común a todos en cuanto tiende a mantener a cada quien en el lugar que le es propio, lo que hace posible la existencia del estado, es la justicia (de modo análogo, en el individuo, cada una de estas virtudes se aplica a cada una de las partes del alma y a su armonía total).
Por tanto, en el estado platónico habrá tres clases: filósofos o regentes, guerreros y trabajadores. Pero sólo existe una verdadera separación entre las dos primeras y la tercera: esta última no tiene ningún derecho ni ingerencia en la cosa pública, y sólo excepcionalmente, los individuos muy dotados podrán ser absorbidos por las clases superiores, de las cuales, por el contrario, será expulsado quien se degrada en forma irreparable. Se trata de medidas excepcionales cuyo fin exclusivo es acentuar la separación; por lo demás para evitar que las clases superiores degeneren
Platón prevé una rígida aplicación de criterios de eugenesia. En efecto, filósofos y guerreros más que dos clases son dos especificaciones funcionales de una misma clase, puesto que sólo la aptitud demostrada en el estudio determina el que los jóvenes sean destinados a una u otra función. Por tanto, se puede hablar en general de una clase superior que ejerce todos los poderes y cuyos miembros identifican los propios intereses con los del Estado, en cuanto no existen ni propiedad privada (comunismo platónico) ni familia. Verdad es que hay matrimonios, pero en apariencia se deciden por sorteo, si bien de hecho son concertados por los regentes quienes procuran unir entre sí los mejores hombres con las mejores mujeres y los peores con las peores.
Los recién nacidos se quitan inmediatamente a las madres para ser educados por el Estado, de manera que los padres y las madres no sepan cuáles son sus verdaderos hijos y llamen hijos indistintamente a todos los niños de una cierta edad. Pero en efecto el Estado sólo debe educar y criar a los hijos de los mejores y eliminar o relegar a la clase inferior a los otros: de esta forma, mediante criterios que el mismo Platón parangona con los que se usan para seleccionar caballos y perros se perpetúa y mejora la superioridad de aptitudes de la clase alta, aunque todo ello no sirve más que para obtener el material humano selecto destinado a esa compleja y difícil labor educativa que es la sola capaz de dar al estado buenos regentes y guerreros.
29. LA EDUCACIÓN
Hasta los veinte años la educación que prepara para esas dos funciones (regente y guerrero) es la misma. Platón propone en primer lugar una especie de jardín de infantes (cosa que la antigüedad no conoció ni antes ni después de Platón) con juegos, cantos y fábulas debidamente seleccionadas. A esto sigue una introducción progresiva a la música con declamación de poetas de cuyas obras serán censurados los pasajes no educativos (sobre todo para evitar que los niños se formen conceptos erróneos de la divinidad) y la gimnasia. Por último, de los 16 a los 20 años habrá una especie de iniciación activa de los jóvenes en la vida militar; para ello serán llevados a los campos de batalla por sus ―padres‖ cuando ello no sea excesivamente peligroso. De los 20 a los 30 años los más idóneos estudiarán ciertas materias propedéuticas que no son otra cosa que las mathemata pitagóricas, con una división de la geometría en plana y sólida. Sólo quienes habrán confirmado plenamente sus capacidades para el estudio podrán continuarlo pasados los 30 años, hasta los 35, ejercitándose en la dialéctica, mientras que los menos idóneos serán destinados a la función de guerreros. Los aspirantes a filósofos, por el contrario, cumplidos los 35 años, deberán pasar por una especie de largo aprendizaje práctico cotno funcionarios de segundo orden al servicio del estado. Sólo a los 50 años se les dejará libres por un cierto tiempo de dedicarse a la contemplación; por último entrarán de lleno a desempeñar su oficio de filósofos-regentes. Las mujeres recibirán poco más o menos la misma educación, pero no parece preverse la posibilidad de que se conviertan en ―filósofas‖.
Por sobre la fácil ironía que pudiera suscitar semejante programa educativo es necesario subrayar que en él, en formas a veces esquemáticas y desmañadas, se hace un esfuerzo por responder a exigencias sumamente serias: una prolongada selección mediante el sondeo de las aptitudes y la educación de los intereses activamente estimulados; un concepto formativo de la cultura como adiestramiento de la inteligencia y como formación o integración de la personalidad; un reconocimiento de una mayor dignidad a la mujer que, en el estado ático y jónico, era objeto de escasa consideración y estaba prácticamente confinada en el ―gineceo‖.
Pero por encima de todo es de subrayar cómo Platón insiste una y otra vez en la necesidad de no dedicarse al estudio sin una devoción espontánea y un interés vivo, pues hacerlo por fuerza y bajo coacción es cosa indigna de un hombre libre, y por lo tanto de un muchacho destinado a convertirse en hombre libre. La educación prevista hasta los veinte años es tal que cualquier muchacho normal pueda sacar buenos frutos a condición de que ponga en ella interés y empeño: la sucesiva, si bien más abstracta y árida, se reservará a los pocos que tengan una fuerte inclinación intelectual y sean
por tanto capaces de sacarle provecho.
El arte (sobre todo la música y la poesía) desempeña un papel sobresaliente hasta los veinte años, e incluso más tarde, ya que la polis platónica, como toda polis griega, organiza toda suerte de manifestaciones artísticas, por lo común en conexión con fiestas y ceremonias religiosas. A este respecto, sin embargo, es de advertir que Platón no sólo instituiría una especie de censura sobre la poesía, sino que en general nutre, él que era tan excelso artista (sus diálogos figuran entre las más elevadas creaciones literarias que haya producido la humanidad), un sentimiento de sospecha ante la excitación de los sentimientos que provoca el arte, sobre todo el arte dramático. Llega al extremo de motivar racionalmente ésta su natural prevención formulando la teoría de que el arte, por ser imitación de la naturaleza, que a su vez es imitación de las ideas, carece de todo auténtico valor de verdad en cuanto es, precisamente, la copia de una copia.