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EL SIGLO XIV 46 CARACTERES DE LA ÚLTIMA ESCOLÁSTICA

In document Abbagnano Historia de las teorías pedagó (página 132-134)

DEL TRIUNFO DEL CRISTIANISMO A LA CRISIS DE LA SEGUNDA ESCOLÁSTICA

IX. EL SIGLO XIV 46 CARACTERES DE LA ÚLTIMA ESCOLÁSTICA

Después de Occam la escolástica ya no tiene grandes personalidades ni grandes sistemas. El campo se lo disputan el tomismo, el escotismo, el occamismo, que defienden polémicamente las doctrinas de sus fundadores. Frente al tomismo y al escotismo, que representan la via antigua, el occamismo representa la via moderna, es decir la crítica y el abandono de la tradición escolástica.

La doctrina occamista, después de algunas condenas y prohibiciones eclesiásticas, se afirmó con un gran número de discípulos en las grandes universidades. Y con ella se afirmó el interés por la investigación de la naturaleza, reconocida como la más propia para las capacidades naturales del intelecto humano, frente a la especulación teológica cuyos problemas se declaran en gran parte insolubles.

Entre los primeros discípulos de Occam es de mencionar Nicolás de Autrecourt, que enseñó en París y murió en 1350. Nicolás recoge la crítica occamista a los conceptos de sustancia y causa, afirmando que no tienen otro fundamento que la experiencia y que por consiguiente no son rigurosamente necesarios. Nicolás hacía suyas también algunas tesis de la física occamista y apuntaba a un nuevo desarrollo de ésta admitiendo la realidad de los átomos y reduciendo todo lo que sucedía en el mundo a un movimiento atómico.

47. EL NATURALISMO DE LA ESCUELA OCCAMISTA

Las intuiciones de Occam sobre la física, que son el punto de partida de la mecánica y la astronomía modernas son recogidas por un cierto número de occamistas. Entre ellos figura Juan Buridán, maestro y rector de la Universidad de París, de quien se tienen noticias hasta 1358, ignorándose el año de su muerte. Buridán abraza la teoría del impetus expuesta por Occam. Esa teoría viene a ser la primera formulación del principio de inercia, fundamento de la mecánica moderna. Buridán aplica esta doctrina incluso al movimiento de los cielos: es muy posible que éstos estén movidos por un impetus o impulso comunicado por Dios y que se conserva porque no lo atenúan ni destruyen otras fuerzas opuestas. Ello vuelve inútiles las inteligencias motoras que Aristóteles había admitido para explicar el movimiento de los cielos. La astronomía moderna nació pues, de esta forma, en la escuela occamista.

Más importante es la obra de Nicolás de Oresme, fallecido en 1382. Compuso en francés varios tratados de política y economía, un Tratado de la esfera y un comentario a los libros Del cielo y Del mundo, de Aristóteles, así como también, en latín, tratados de física. Notable es su importancia en el campo de la economía política del siglo XIV, pero lo es todavía más en el campo astronómico donde se confirma como precursor directo de Copérnico. Baste mencionar los títulos de los cuatro capítulos de su comentario al Del cielo: I. Que no se podría probar con ninguna experiencia que el cielo se mueve de movimiento diurno y la tierra no; II. Que no se podría probar ni siquiera con el razonamiento; III. Diversas y hermosas razones para demostrar que la tierra se mueve de movimiento diurno y el cielo no; IV. En qué forma estas consideraciones son útiles para la defensa de nuestra fe.

De igual importancia es la obra de Nicolás de Oresme por lo que hace a las matemáticas, donde se anticipa a Galileo y Descartes. En su obra De difformitate qualitatum se sirve por vez primera de las coordenadas geométricas, que serán introducidas por Descartes, y enuncia la ley de la caída de los cuerpos, que será formulada por Galileo.

provocar, como es natural, una renovación en el espíritu de la enseñanza, que poco a poco se vuelve más y más crítica y abierta entre los cultivadores de las nuevas corrientes. Por el contrario, la enseñanza de la filosofía y la lógica, desprovista ya de la linfa vital, empieza a asumir precisamente entonces los caracteres escolásticos —en el peor sentido de la palabra— contra los cuales habría de reaccionar el humanismo.

48. EL MISTICISMO ALEMÁN

En el periodo de oro de la escolástica, la via mística se consideraba como la continuación y el complemento de la especulación racional. Pero en el último periodo de la escolástica se pone en tela de juicio o se niega la posibilidad de demostrar o entender con la razón las verdades de la fe. Las facultades naturales del hombre se estimaban incapaces de alcanzar por sí solas ni siquiera las verdades primeras y más elementales de la fe. Por consiguiente, era indispensable encontrar un nuevo fundamento a la fe y justificar a la fe en sí misma, al margen de la escolástica tradicional, si bien empleando, hasta donde fuera posible, los mismos conceptos escolásticos.

Ésta fue la vía del misticismo alemán, cuyo principal representante es Juan Eckhart (c. 1260-1327), quien perteneció a la orden dominica y enseñó en las universidades de Estrasburgo y Colonia.

Eckhart quiere justificar la fe descubriendo el punto de unión entre el hombre y Dios, pues la fe sería imposible si el hombre no comprobase en sí mismo la existencia de una relación directa con la divinidad. Pero para encontrar esa relación el hombre se debe negar a sí mismo y a su naturaleza de creatura finita, para renacer como un elemento de la vida de Dios. ―No podemos ver a Dios si no nos vernos a nosotros mismos y todas las cosas como una pura nada‖, dice Eckhart. El hombre debe hacer que se le muera en él todo lo que pertenece a la creatura para que en él viva Dios: la muerte del ser creatural del hombre es el nacimiento, en él, del ser divino. Llegado a este punto el hombre se vuelve uno con Dios, y de Él lo divide sólo una línea sutilísima: el hombre es Dios por gracia; Dios es Dios por sí mismo.

El hombre llegado a la purificación mística no hará de ella, con todo, un refugio egoísta; al contrario, su acción habrá asumido una espontaneidad casi sobrehumana y hará el bien por el goce de hacerlo, casi como si ―no hubiera cielo ni infierno‖.

49. CONCLUSIÓN

Mientras por una parte el occamismo se vuelve hacia el mundo de la naturaleza, por la otra el fervoroso e inflamado misticismo de Eckhart (y de sus continuadores del siglo XIV como Juan Tauler y Enrique Susón) establece un libre e inmediato contacto con Dios, más allá de las trabas del intelectualismo. De esa forma, el divorcio entre fe y razón parece consumarse y con ello la disolución de la escolástica que había tratado de echar un sólido puente entre fe y razón.

Pero si bien la escolástica muere en cuanto pensamiento creador, no por ello deja de seguir informando de sí a gran parte de la realidad educativa, en modo tanto más pertinaz y formalista cuanto más pierde elasticidad y fuerza. El mundo moderno tardaría varios siglos en madurar formas e ideales educativos capaces de romper los viejos esquemas de una metafísica teológica preconstituida y abrir los espíritus a la pasión por la ciencia y, al mismo tiempo, a la autonomía de la experiencia moral y religiosa.

T

ERCERA

P

ARTE

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