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EL JEQUE Y EL PATRIARCA

In document Historias Sufies (página 121-125)

Y se contó de Abdallah el Mawsulí, Dios, ensalzado sea, esté satis- fecho de él, que dijo: Vivía entre nosotros un hombre conturbado

que era llamado Rama de Sauce Llorón, y nadie podía dirigirle la palabra por lo grande de su prestigio y su santidad. Lloraba mucho, y me unieron a él los destinos en la soledad y le pregunté: Hermano, ¿qué es lo que te distrae de Él? ¿Y cuál es la causa de tu tristeza y tu aislamiento de las personas? Y me dirigió una mirada reprobatoria, luego lloró, palideció su color y se desmayó. Cuando despertó le traté afablemente con las palabras, le traté benévola- mente con el discurso y le pregunté por aquello, conminándole por Dios a que me contara la causa. Y me lo contó llorando. Dijo: Hermano, yo servía a un jeque que era de los nobles sustitutos 90, y le serví cuarenta años. Se esforzaba en la adoración, y cuando faltaron tres días para su muerte me rogó: Oh Abdallah, yo tengo sobre ti un derecho, y tú tienes sobre mí un derecho. Y la plenitud de mi derecho sobre ti es que escuches lo que te digo y cumplas mi testamento. Le dije: Sí, mi señor, de mil amores. Y declaró: Hijo mío, me quedan tres días de vida y voy a morir fuera de la religión del islam. Si muero, méteme en un ataúd con mis ropas y lleva el ataúd por la noche a la tierra tal y tal, fuera del pueblo; perma- nece allí hasta que salga el sol, y cuando veas que llega un grupo y que con ellos va un ataúd que depositan al lado del mío, coge el ataúd que traían y vuelve a la zawiya. Saca al hombre que esté en él y haz con él lo que tenías que hacer conmigo. E inquirí: Oh señor, ¿cómo así? Y dijo: Hijo mío, eso estaba en el Libro Escrito, es lo que viene en la Tabla Guardada, pues todo está en manos de Dios, tanto el pasado como el futuro 91. No se Le pregunta por lo que hace, pero ellos sí serán preguntados 92. Relató: Y cuando pasaron los tres días se agitó el sheij y cambió su color y se ennegreció su

90 Abdal, véase nota 14. 91 Corán 30, 4 92 Corán, 21, 23.

rostro, se giró hacia oriente y se desplomó sobre su rostro. Lloré intensamente por eso y me alcanzó por él de tristeza lo que sólo sabe Dios, ensalzado sea. Luego me acordé del testamento del sheij y lo metí en el ataúd y cuando llegó la noche salí hacia el lugar que me había indicado. Permanecí allí hasta que salió el sol y vi a un grupo que se acercaba con un ataúd; lo colocaron al lado del ataúd del sheij y se adelantó un hombre y trató de cargar ese ataúd, pero se lo impedí, diciéndole: No habrá forma de que lo cojas hasta que no me cuentes la historia del dueño de este ataúd. Y dijo el hombre: Sí, hermano: yo he sido siervo de este patriarca que está en este ataúd durante cuarenta años, y cuando faltaban tres días para su muerte me hizo venir y me dijo: «Hijo mío, yo tengo sobre ti un derecho y tú tienes sobre mi un derecho, y la ple- nitud de este derecho está en que cumplas mi testamento y escu- ches lo que te ordeno». Dije: Así haré. Y prosiguió: «Hijo mío, me quedan tres días de vida y moriré en la religión del islam. Cuando muera introdúceme en un ataúd con mis ropas y sal conmigo por la noche hacia tal lugar; allí encontrarás un ataúd colocado, pues coloca mi ataúd a su lado y coge el ataúd que estará allí y regresa con él a la iglesia; y lo que tenías que hacer conmigo hazlo con el ocupante de ese ataúd, pues era uno de los ‘abdal’». Y cuando pasaron tres días resplandeció el rostro del patriarca de alegría, y pronunció los dos testimonios y murió como musulmán. Yo hice lo que me había ordenado y lo traje aquí y esta es mi historia, hermano. Relató el otro: Y cargué con el ataúd que habían traído y ellos cogieron el ataúd del sheij y se fueron con él. Llegué con el otro ataúd a la zawiya, hice venir a los faquires y les abrí el ataúd, y he aquí que en él había un anciano con una luz brillante. Lo saqué del ataúd, le quité las ropas, lo lavamos los pobres y yo, rezamos por él y lo enterramos y rezamos por él, y fue un día memorable. Y esta es mi historia, hermano. Después de enterrarlo salí errante

por temor a un mal final, y esta es la causa de mi arrepentimiento. Pidamos a Dios, ensalzado sea, un buen final, y refugiémonos en Él de su astucia, su cólera y su castigo.

¡Ay del que dejó el camino de la Buena Senda y se le escapó de Ti la consecución del anhelo! A quien acudió a Tu baluarte le diste asilo. Su apoyo en Tu poder no es agraviado. ¡Cuántos virtuosos colocaron sus pies

en la noche en que vierte sus lágrimas el llorador! Y no tienen suerte, sino que a ellos

les hizo desgraciados su Señor por lo largo de la existencia. ¡Cuántos cercanos fracasaron en su creencia

y no obtuvieron sino el castigo y la venganza! ¡Cuántos lejanos recibieron lo que esperaban, y recogió al final la más alta estación [mística] quien no era de su recepción merecedor, sin que sirvan la cercanía ni el precaverse! El azote del destino no transgrede:

¡Despertad pues de vuestro sueño, durmientes! Oh pecador, levántate y discúlpate,

y arrepiéntete de tu pecado y tus prevaricaciones. ¿Hasta cuándo te veremos acudir mañana y tarde a la diversión todo el tiempo?

Conviértete y arrepiéntete a Dios, sigue el camino recto, antes de que bebas la copa de la muerte.

Y si temes la fealdad de los pecados que pasaron, deléitate en lo mejor de la creación, la luna llena, Muhammad el elegido de Háshim,

el mejor de los que peregrinaron, respondieron heme aquí y ayunaron.

Dios lo bendiga, mientras brill en

los signos precursores de la mañana y siga la oscuridad.

G

In document Historias Sufies (página 121-125)

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