Y se contó de Muhammad b. as-Sammak, Dios esté satisfecho de él, que dijo: Muhammad b. Sulaymán al-Hashimí era de los que lleva- ban una vida más regalada de los Banu Omeyya, y el más generoso consigo mismo. Se entregaba completamente a los apetitos de su alma por toda clase de placer, en la comida, en la bebida, en el ves- tir, el perfume, las muchachas y los muchachos. No tenía otro pen- samiento ni objeto de preocupación que no estuviera en esas cosas. Era un joven hermoso, de rostro como la redondez de la luna, y la gracia de Dios se había prodigado en él. Se llevaba cada año unos trescientos tres mil dinares de oro, que gastaba íntegros en su vida y sus placeres. Tenía una terraza elevada en la que se sentaba para mirar a la gente, con puertas que apuntaban a sus jardines. Y había
construido una cúpula de marfil recubierta de plata y de oro, y él estaba sobre un lecho vistiendo una túnica de brocado y con un tur- bante sobre su cabeza coronado con perlas. Y bajo esa cúpula estaban con él sus comensales y sus contertulios. Los criados estaban de pie delante de él en una reunión fuera de la cúpula donde podía verlos. Y cuando quería escuchar a las esclavas cantoras miraba hacia la cor- tina, y cuando quería que se callaran hacía una señal con la mano hacia la cortina. Y esta era su costumbre hasta que llegaba la noche y salían los comensales y se quedaba a solas con quien deseaba. Y cuando amanecía estaba ocupado mirando a los que jugaban al aje- drez y otras cosas. No se mencionaba delante de él una muerte, ni una dolencia, ni enfermedad, ni tristeza o pesar o preocupación. Sólo se mencionaban el solaz, la alegría y los chistes, y se esparcían de las diferentes clases de perfumes y aromas lo que había en el momento. Pasaron veintisiete años, y estaba él cierta noche en su edificio abo- vedado después de la media noche cuando oyó la melodía de una voz que emocionaba de manera distinta a lo que había escuchado de sus cantoras. Y se apoderó de su corazón y se volvió conturbado por lo que había en ello. Hizo una seña a sus contertulios para que se contuvieran y después sacó su cabeza por una de las ventanas del palacio en dirección al campo abierto para oír lo que había llegado a su corazón, y entonces la melodía a veces la oía y a veces se le ocul- taba. Gritó a sus criados que buscaran al dueño de esa voz, y ese día estaba bajo los efectos de la bebida. Salieron los criados a dar vuel- tas y encontraron a un joven de cuerpo delgado y piel pálida cuyo vientre se confundía con su espalda, que llevaba dos andrajos con los que se cubría, con los pies descalzos y los labios ajados, que estaba en la mezquita manteniendo confidencias con su Señor, glorificado y ensalzado sea. Relató: Y lo sacaron de la mezquita y se fueron con él hasta que lo dejaron ante el príncipe. Y lo miró y dijo: ¿Quién es este? Dijeron: El dueño de la melodía que escuchaste. Y preguntó:
¿Dónde lo encontrasteis? Dijeron: En la mezquita, rezando y reci- tando. Y le preguntó: Ya joven, ¿qué recitabas? Dijo: Las palabras de Dios, ensalzado sea. Y le dijo: Hazme oír esa melodía. Y dijo: «Me refugio en Dios de Satanás el lapidable. En el nombre de Dios el Cle- mente y Misericordioso. Los bienaventurados estarán en el Paraíso sobre estrados desde los que mirarán. Conocerías por sus rostros la belleza del Paraíso. Se les dará de beber de un néctar sellado con almizcle, y sobre eso se disputan los disputadores, y su mezcla será de ambrosía, una fuente de la que beberán los aproximados»76. Luego añadió: Oh tú, engañado, son diferentes de tu asamblea y tu terraza, son estrados de interiores acolchados con brocado sobre camas verdes y alfombras excelentes junto a las que está Dios, ensalzado sea, sobre dos jardines en los que hay dos fuentes que manan y en los que en cada árbol frutal hay dos cónyuges no separados ni impedidos, en una vida satisfecha, en un jardín elevado en el que no oirán futilidades y en el que habrá una fuente manante, lechos elevados y copas colocadas, cojines alineados y alfombras extendidas a la sombra, fuentes y frutas de las que pre- fieren y carne de pájaros de la que tanto gustan comer, por siempre, y sombras, esa es la recompensa de los que creyeron, mientras que la recompensa de los infieles será el fuego del fuego, y ¡qué fuego!: los criminales estarán permanentemente en la gehenna, no podrán zafarse de ella y estarán allí afligidos, en el extravío y el calor, el día en que sean arrastrados al infierno a pesar suyo. ¡Gustad el contacto del fuego infernal! 77 Querría el criminal librarse del castigo ese día, con sus hijos, su compañera, su hermano, su familia que le acogería y todo cuanto hay en la Tierra. Pero le comunica Dios: ¡Quiá! Es un fuego llameante que se inclina a la crepitación. Se lamentará quien retrocedió y se dio a la fuga para amasar dinero, para despertarse en
76 Corán, 83, 22
77 Sigue de cerca la sura al-Waqi’a, Corán 56, y otros pasajes del Libro, menos de cerca en las siguientes frases.
una fatiga buscada y un castigo duro, pues fue odiado por el Señor de los mundos, y ellos no lo sacarán de allí.
Refirió: Y se levantó al-Hashemi de su asiento y abrazó al joven y lloró por su alma. Y dijo a los contertulios: alejaos de mí. Y salió al patio de su casa y se sentó sobre una estera con el joven para llorar la pérdida de su juventud y lamentarse de ella. El joven le estuvo amo- nestando hasta que amaneció, y se comprometió ante Dios, ensal- zado sea, a no volver a su desobediencia jamás. Y cuando amaneció manifestó su arrepentimiento y ordenó que le trajeran la plata, el oro, las joyas y todas las clases de ropas: lo vendió todo y lo entregó en limosna y se quitó sus propias retribuciones, y devolvió las fincas reti- radas y vendió sus cortijos, esclavos y esclavas y manumitió a quien eligiera la manumisión; donó todos sus bienes como limosna y vistió la lana áspera y comió la cebada después de haberse dado a la buena vida con las mejores comidas y bebidas. Se apegó a la mezquita y a la devoción y vivía por la noche y ayunaba por el día, hasta el punto de que lo visitaban los piadosos y justos y le decían: Sé benévolo con tu alma, pues el Señor es generoso y agradece lo poco y perdona lo mucho. Mas decía: Oh gentes, dejadme, pues yo me conozco y sé que mi pecado es enorme, pues he desobede- cido a mi Señor de noche y de día. Y lloraba a mares. Luego salió en peregrinación, descalzo y vistiendo nada más que un saco, y llevando sólo una cantimplora y un zurrón, hasta que llegó a La Meca y cumplió su peregrinación. Y permaneció allí hasta que fue llevado a la misericordia de Dios, ensalzado sea. Y solía entrar a su habitación de noche y lloraba por su alma, diciendo: Mi Señor, se fueron mis apetitos pero quedaron mis secuelas. ¡Ay de mí el día que te encuentre! ¡Ay, ay de mi página cuando sea desplegada llena de mis escándalos y mis pecados! Luego recitó estos versos:
Se alivió lo que ves de mi mal estado. ¿Hacia quién se volverá el esclavo sino a su Señor? Oh Señor de los señores, Tú eres el dotado de misericordia y perdón,
acogedor de los arr epentidos y generoso en los favores.