Y se contó de Rafi ’ b. Abdallah, Dios esté satisfecho de él, que dijo: Me dijo Háshim b. Yahyà al-Kinani: ¿No quieres que te cuente una historia que he visto con mis propios ojos, he oído con mis oídos, he sido testigo de ella personalmente y Dios me ha aprovechado con ella? Tal vez te aproveche a ti también. Le dije: Cuéntamela, ya Abu l-Walid. Y relató: Atacamos la tierra de los cristianos el año ochenta y ocho 34, e iba con nosotros un hombre al que llamaban Sa’id b. al- Harz, y estaba dotado para la adoración, ayunaba por el día y velaba por la noche, y si marchábamos, estudiaba el Corán, y si nos dete- níamos, invocaba a Dios, ensalzado sea. Llegó una noche en la que tuvimos miedo, y salimos él y yo a vigilar a la gente, pues estábamos asediando al enemigo en una de sus fortalezas que se nos había hecho difí cil tomar. Y vi de Sa’id esa noche en la oración y en su paciencia sobre el cansancio lo que me maravilló. Y cuando despuntó la aurora le dije: Dios tenga misericordia de ti, tu alma tiene un derecho sobre ti, y si te apiadaras de ella sería mejor para ti. Lloró y dijo: Oh her- mano, sólo son alientos que son injustos con una vida que termina y unos días que se acaban, y yo soy un hombre que aguarda la muerte. Relató: Eso me hizo llorar, y le dije: Te conjuro por Dios a que entres en el campamento y descanses. Y entró y durmió un poco; yo estaba sentado fuera de la tienda y oí unas palabras dentro y sólo estaba él
en la tienda. Me acerqué a él y he aquí que reía en su sueño y hablaba. Recuerdo de sus palabras que decía: No quiero volver. Luego alargó su mano derecha como si buscara algo; después la devolvió a su sitio suavemente, mientras reía. Luego dijo: A la noche. Entonces saltó de su sueño y se estremeció. Le abracé contra mi pecho prolongada- mente y él se volvía a derecha e izquierda hasta que se tranquilizó y volvió a él su consciencia; entonces empezó a gritar La ilaha illa Allah y Allahu Akbar 35, y le pregunté: ¿Qué ha pasado? Cuéntamelo. Res- pondió: Sí. Le dije: Te oí, hermano, que decías: «No quiero volver», y te vi alargar la mano y luego volverla a su sitio con suavidad. Y dijo: No te lo contaré. Y le conjuré y dijo: Pero guárdalo en secreto. Y dije: Sí, mi señor. Entonces contó: Vi que había llegado la resurrección y la gente salía de sus tumbas y estaban inmóviles esperando la orden de su Señor. Y estando yo así llegaron a mí dos hombres tan hermosos como no los había visto nunca; me saludaron y les devolví el saludo, y me dijeron: Oh Sa’id, regocíjate, pues han sido perdonadas tus faltas, agradecido tu esfuerzo, aceptada tu obra y concedidas tus peticiones, y se te dan albricias por adelantado. Parte con nosotros para que te enseñemos lo que Dios ha preparado para ti de delicias. Y partí con ellos hasta que me sacaron de ese lugar, y he aquí que cabalgábamos unos caballos a los que ningún otro aventajaba, eran como el relám- pago raudo o el soplo del viento tempestuoso. Cabalgamos y avanza- mos hasta llegar a un palacio elevado cuyo fin la vista no alcanzaba; parecía construido de plata y tenía una luz que destellaba. Cuando llegamos a él se abrió su puerta antes de que llamáramos. Entramos y vimos lo que no se puede describir ni se le ocurre al corazón del hom- bre, pues había allí huríes, pajes y esclavos en número semejante a los astros. Y cuando nos vieron empezaron con las más bellas gracias en
palabras hermosas en distintas melodías, y decían: Este es un amigo de Dios que ha llegado, bienvenido, estás en casa.
Seguimos avanzando hasta que llegamos a unas asambleas de lechos de oro reluciente, coronados de joyas, rodeados de sillones de jacintos. Sobre cada lecho había una muchacha más bella que el sol y la luna, ninguna criatura podría describirla. Y en medio de ellas había una sublime, superior a ellas en altura, perfección y belleza. Y dijeron los dos hombres: Esta es tu casa y esta es tu gente, y aquí es el lugar de tu siesta. Luego se alejaron de mí. Y brincaron las mucha- chas hacia mí con la bienvenida y el saludo efusivo, como se hace con el ausente cuando vuelve. Luego me llevaron y me sentaron sobre el lecho del medio, al lado de la muchacha. Y dijeron: Esta es tu esposa, y tienes otra similar cuya espera por ti se prolonga. Le hablé y me habló, y le pregunté: ¿Dónde estoy? Y respondió: En la morada del Paraíso. Le pregunté: ¿Quién eres? Respondió: Yo soy tu esposa eterna. Dije: ¿Y dónde está la otra? Dijo: En tu otro palacio. Le dije: Pasaré este día contigo y me trasladaré mañana con la otra. Entonces alargué mi mano hacia ella y la rechazó suavemente diciendo: Lo que es hoy no, pues tienes que volver al mundo donde permanecerás tres días. Repliqué: No quiero volver. Pero insistió: No hay más remedio, y desayunarás con nosotras después de los tres días, si Dios quiere. Luego se levantaron de su reunión y me levanté a despedirlas. Y me desperté, hermano, y no tengo paciencia para esperarlas.
Dijo Háshim: Me embargó el llanto y dije: Felicidades, Sa’id, renueva a Dios tu agradecimiento pues Dios te ha revelado una recompensa por tus obras. Preguntó Sa’id: ¿Alguno ha visto lo que tú has visto? Respondió: No. Dijo: Pues por Dios, hermano, guarda el secreto de lo que has oído de mí en tanto siga con vida. Luego se levantó, se purificó y se perfumó, cogió sus armas y se dirigió al lugar de la batalla, y estaba en ayunas. Y combatió hasta la noche, después se volvió. La gente se hizo lenguas de su modo de luchar, y dijeron: No
hemos visto nada como lo que ha hecho Sa’id hoy, hasta se arrojaba bajo las fl echas y piedras del enemigo; y todos lo elogiaban. Refi rió: Y me dije a mí mismo: Si conocieran su caso rivalizarían por actuar como él. Luego se quedó rezando hasta el fi nal de la noche, y enton- ces empezó a ayunar y a combatir más intensamente de lo que lo había hecho la víspera. Dijo Abu l-Walid: Me fui con él para ver qué era de él: no cesó de arrojarse a los peligros hasta el ocaso, y no le alcanzaba ninguna de las piedras ni las otras cosas que le lanzaban, hasta que cuando se ponía el sol llegó una fl echa a su garganta y cayó derribado, y le miré y reía. La gente se alborotó y corrieron hasta él; le cogieron y le llevaron al campamento y murió, Dios, ensalzado sea, tenga misericordia de él. Y le dije: Felicidades, Sa’id, ojalá yo estu- viera contigo allí donde desayunarás esta noche. Dijo Háshim: Y se mordió el labio inferior y rió por su muerte. Dijo: Loado sea Dios, en cuya promesa creímos. Y grité: Oh siervos de Dios, este es un ejemplo para que lo pongan en obra los que obran. Escuchad y os narraré lo más asombroso que hayáis visto de este vuestro hermano. Y se reunió toda la gente y les conté su historia y lo que había sido de él. Y no he visto llantos como los de ese día. Luego exclamamos: Dios es el más grande, y las tropas se agitaron por su causa y se divulgó su historia, llegando la noticia a Maslama, al que pusimos a rezar por él. Dije: Reza por él, oh emir. Y repuso: No, que rece por él el que conoció de su caso lo que conoció. Y rezamos por él y lo enterramos en su tumba, y pasamos la noche hablando de él. Y cuando rompió el día discuti- mos su historia, y los musulmanes profi rieron un grito al unísono y cargaron contra los asociadores, y Dios, ensalzado sea, conquistó esa fortaleza aquel día por su bendición, Dios, ensalzado sea, tenga mise- ricordia de él y nos benefi cie en los dos mundos. Amén.