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Historias Sufies

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HISTORIAS

DE

SUFÍES

al-Yafi’i

Kitab rawd ar-rayahín

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Colección Blanca 9

Título: HISTORIAS DE SUFÍES

Autor: AL-YAFI’I

Caligrafía de la portada: «quien busca, encuentra»

Selección, traducción e introducción ©SANTIAGO MARTÍNEZ DE FRANCISCO

[email protected]

© De esta edición: Mandala Ediciones, 2010 Tarragona 23, Local. 28045 Madrid (España)

Tel: +34 914 678 528 E-mail: [email protected]

www.mandalaediciones.com

I.S.B.N.: 978-84-8352-279-0 Depósito Legal:

Diseño de la colección: reiko Diseño gráfico: Violeta Cabal

Imprime: Reprográficas Malpe, s.a.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita

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De Dios venimos y a Él hemos de volver.

Corán, 2,

156

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Introducción

La aparición del islam

Sobre los mimbres de sus escasos conocimientos de las tradicio-nes judaica y cristiana, en sus vertientes ortodoxa y heterodoxa, Mahoma (570-632 d. C.) recibe la revelación del Corán entre los años 610 y 632 después de Cristo. Con ella cambiaron la mentali-dad y el modo de vida de los árabes, que pasaron de ser un conjunto de tribus idólatras enfrentadas entre sí a constituir una nación guiada por Dios que cambiaría la faz de la Tierra, desarrollando la civilización más brillante de la Edad Media. Incorporando algunas características y costumbres árabes (verbigracia la peregrinación a La Meca y el culto a la Piedra Negra, o la creencia en los genios, así como la consagración de la lengua árabe), el islam no es sino la enésima restauración de la religión eterna de la Humanidad, cons-tantemente adulterada por los hombres y conscons-tantemente purifi-cada y renovada por Dios a través de sus sucesivos profetas. El islam

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hace suyos los apóstoles del judaísmo (además, y en primer lugar, de Cristo), así como otros judeo-arábigos, e incluso se alude positiva-mente a religiones como la de los magos o la de los sabeos1.

Como dice el profesor Cruz Hernández, «el islam no puede explicarse como peculiar hijuela del judaísmo o del cristianismo, o como una simbiosis de ambos, como las especies no se explican surgiendo linealmente una de otra. Lo comprendemos mejor bro-tando como rama paralela, más o menos convergente, del común Mundo de la Profecía»2.

Islam, espiritualidad y camino sufí

El Corán, y también los hadices, colección de dichos y hechos referi-dos a Mahoma, son un vasto corpus de creencias religiosas, consejos de conducta y leyes civiles. Su resultado no es un culto minoritario sino un Estado basado en los preceptos divinos que sobrevivió a través de guerras con los enemigos politeístas y se expandió des-pués a expensas de otras civilizaciones. ¿Cómo una religión apa-rentemente tan mundana podría haber producido desde dentro una vía de contemplación mística y realización espiritual como el sufismo? Los historiadores y estudiosos occidentales tradicional-mente se han inclinado a suponer un origen exógeno para el esote-rismo islámico, bien cristiano, como asevera el padre Asín Palacios en El islam cristianizado, bien indio u oriental, como apuntan otros trabajos. Ello no empecería, no obstante, las potencialidades espiri-tuales del Corán o de las tradiciones proféticas auténticas.

1 Véase Corán, 22, 17, 2, 62 y 5, 69. Con los sabeos se identificará más tarde a los gnósticos paganos de Harrán (Mesopotamia) y a los hindúes.

2 Miguel Cruz Hernández: Historia del pensamiento en el mundo islámico. 1. Desde

los orígenes hasta el siglo XII. Alianza Universidad. Alianza Editorial, S.A., Madrid

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En efecto, junto a disposiciones legales aparecen en el Libro Sagrado historias bíblicas y otras donde se vierten aquí y allá con-ceptos metafísicos o esotéricos, como las múltiples descripciones del Paraíso, especialmente la sura del Acontecimiento, donde se distinguen los compañeros de la derecha y de la izquierda (bue-nos musulmanes y pecadores) de los adelantados o allegados, que serían los elegidos o iniciados 3. También suelen inspirarse los sufíes en el célebre pasaje del mi’rach 4 o ascensión de Mahoma, donde se alude a su viaje nocturno de La Meca al templo de Jeru-salén (para los musulmanes la Mezquita al-Aqsà) y de ahí, según la tradición, al cielo y al infierno, lo que simbolizaría el recorrido espiritual de los místicos. En el mismo Corán se hace referencia al significado oculto de algunas aleyas, y la inmanencia y el amor de Dios a los hombres se hace explícito en algunos pasajes como los siguientes:

Cuando mis siervos te pregunten por Mí, diles que estoy cerca y que escucho la oración del que ora cuando Me invoca.

(Cor., 2, 186) Porque Yo estoy más cerca del hombre que la vena de su corazón.

(Id., 50, 16) En verdad hay en la tierra signo para los que realmente creen. También los hay en vosotros mismos.¿Qué? ¿No los veis?

(Id., 51, 20-21) Dios suscitará a un pueblo al cual Él ame y del cual sea amado.

(Id., 5, 54)

3 Corán 56, 8-11. 4 Corán, 17, 1.

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Pero donde más guiños hay al tasawwuf, o esoterismo islá-mico, es en el extensísimo corpus de los hadices, tradiciones o enseñanzas del Profeta. Para la mayoría de los estudiosos occi-dentales, y algunos orientales, gran parte de estos hadices serían apócrifos, fruto de la piedad e imaginación de generaciones de musulmanes, que harían remontar esa sentencia o anécdota al Profeta a través de una larga cadena de transmisores para justifi-car tal o cual punto de vista moral o político. Incluso los compila-dores ortodoxos de hadices seguros (sahih), como Bujari, Muslim, Tirmidhi y otros, hubieron de excluir de sus colecciones algunos hadices por falsos, y otros los dejaron como dudosos o débiles (por faltar algún eslabón en la cadena transmisoria, por ejemplo). Pero puede que muchas de esas sentencias fueran efectivamente pro-nunciadas por el Profeta, entre ellas algunas sapienciales o espi-rituales. Tienen menos autoridad que el Corán, palabra de Dios para los muslimes, pero en alguno el propio Mahoma se declara inspirado, y otros, los hadiz qudsi o santos, serían palabras de Dios reveladas al Profeta.

Si bien son claras las concomitancias cristianas, neoplatónicas, hindúes o incluso budistas de gran parte de las doctrinas y prácti-cas de los sufíes, no se puede pasar por alto la adhesión explícita de estos a las fuentes islámicas, hasta el punto de referirse continua-mente en sus escritos al Corán y el hadiz, así como a las propias revelaciones de algunos santos sufíes. Las cadenas de transmisión de las tariqas o cofradías místicas remontan de maestro en maestro hasta el propio Profeta, pasando por alguno de los cuatro califas ortodoxos, aunque la mayoría de ellas lo hace a través de Alí, quien también es el primer imam para los shi’íes 5.

5 He oído que la tariqa Naqshbandiyya, implantada en Turquía, dice remon-tarse a Abu Bakr. Más extraño me resultaría imaginarme al impetuoso Omar o al aristócrata Uthmán como maestros sufíes.

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Por tanto, el sufismo podría haberse originado bien con el propio Mahoma, como pretenden los sufíes, bien por injerto de otras tradiciones o bien por generación espontánea en contacto con estas. Ninguna de estas hipótesis es descartable. Recordemos el pasaje del Evangelio que compara el Espíritu al viento, que «sopla donde quiere 6».

¿Cuándo se puede reconocer al sufismo como algo compacto y diferenciado dentro del islam? Parece que los primeros sufíes reconocibles como tales son del siglo viii o ix después de Cristo (ii y iii de la hégira). A pesar de que el islam condenó el mona-cato, ordenó la guerra santa y trazó directrices para vivir en este mundo (aunque sin descuidar la espiritualidad), muchos musul-manes piadosos que se vieron de la noche a la mañana rodeados de las riquezas, lujos y honores que les habían proporcionado las conquistas, optaron por renunciar a ellos y consagrarse a una vida de meditación y oración. Según Nicholson, primero habrían sido ascetas y quietistas para devenir poco después místicos 7. En Persia oriental se llamaron primero ‘árif o hakim (sabios), pero pronto se generalizó el término sufí, para el que se han propuesto distin-tas etimologías, como la raíz arábiga que significa ‘pureza’, safà, o la que por el momento está más aceptada y que lo haría derivar del término árabe suf, ‘lana’, siendo sufí, o más bien mutasáwwif 8, aquel a quien se concedía el sayal de lana o jirqa, semejante al de los eremitas cristianos, que significaba la renuncia al mundo y la vinculación al maestro y a la cofradía mística. Personalmente me convence más la que lo hace derivar del griego sofós, ‘sabio’, siendo

6 Juan, 3, 18.

7 Nicholson, Reynold A.: Poetas y Místicos del Islam. Editorial Barath. Madrid, 1986, pág. 18.

8 El que se ha iniciado en el sendero del sufismo. El sufí es en realidad el que ha realizado la Identidad Suprema.

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el término árabe que designa el sufismo, sufiyya, la transliteración de la Sofía (Sabiduría) griega.

Los primeros sufíes históricos pueden rastrearse en torno a (o en connivencia con) las primeras manifestaciones de repliegue del mundo shi’í, no mucho después del asesinato del imam Husayn en Kerbela’ (680 d. C.). Hasan al-Basri (Medina 21/642-Basora 110/728) es reivindicado como fundador por la práctica totalidad de las cofradías islámicas. Propugnaba una comunidad única (ni shi’í ni sunní) y condenaba tanto la ocultación como la violencia. Se cree que el iman Alí le habría revestido del manto iniciático. De Basora fueron también Malik ibn Dinar (m. en 774) y al-Muhá-sibi (m. en Bagdad en 857). De lo que ahora es Iraq, Irán y más al este son los más importantes sufíes del siglo ix, como Abu Yazid Bistami (discípulo del imam shi’í Ya’far as-Sádiq), Sahl ibn Abad at-Tustari, Shibli, o al-Yunayd; siendo el más llamativo y el más conocido por los occidentales Husayn Mansur al-Hallach (Irán 857-Bagdad 922), que fue ejecutado por las autoridades ortodoxas por exteriorizar sus vivencias místicas, incluso más de lo que era aceptable para la mayoría de los mutasawwifún. No en vano su doctrina debía permanecer batiní (esotérica). Hubo y hay también mujeres místicas, como Rabi’a al-Adawiyya y otras que, como ella, aparecen en esta antología.

De Oriente Próximo el sufismo pasaría enseguida a Egipto con Du n-Nun al-Misri («el egipcio», 796-859), conocido alquimista y teósofo, y de ahí al Magreb y al-Ándalus, donde daría figuras de la talla de Ibn al-Arabi, «el más grande de los maestros» (1164-1240).

Normalmente los sufíes se apartaban del mundo, como Dawud Ta’i, de Kufa (m. en 778-79 o 781-82), que renunció al estudio del derecho y arrojó sus libros al Eúfrates, consagrándose a la ascesis y la vida solitaria. También al-Gazali (m. 1105) renunció a su posición de jurista para consagrarse al estudio de la teología y

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la mística, y emprender una vivificación del islam. Pero en general los místicos no desprecian la ley islámica (sharí’a) y recomiendan su cumplimiento. No obstante, en la zona que va de Irán a la India, las manifestaciones de los sufíes han sido, por así decirlo, más libres e iconoclastas, como en el caso del propio Abu Yazid o del persa Abu Sa’id ibn Abi l-Jayr, que llega a decir, en nombre de los dervi-ches vagabundos:

Nuestra santa obra no se habrá concluído hasta que yazcan en ruinas todas las mezquitas que se levantan debajo del sol. El verdadero musulmán no se manifestará hasta que sean una sola cosa la fe y la infidelidad 9.

O en el de las sabias extravagancias de Mulá Nasrudín, también conocido entre los árabes como el tonto Yuha. O las aparentemente blasfemas e incrédulas Ruba’iyyat del persa Omar Jayyam. Pero en el Magreb, y en general en el mundo árabe, la enseñanza de los maestros sufíes se ciñe lo más posible a la ortodoxia, lo mismo que hace al-Yafi’i, el sufí de origen yemení pero afincado en La Meca, que recoge las historias que ahora presentamos.

Doctrina y método sufíes

El viajero (sálik) del camino espiritual busca la transformación de su ser humano para llegar a ser lo que en realidad es, y producir su identificación con la Realidad suprema que es Dios, haciéndose real la afirmación de al-Hallach: «Yo soy la Verdad».

Esta vía se divide en etapas espirituales permanentes o maqa-mat y estados espirituales pasajeros ahwal. La meta es el conoci-miento (ma’rifa).

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Según el Kitab al-Luma’ de as-Sarrach, el sendero consta de las siguientes siete jornadas: 1. Arrepentimiento de la vida anterior, por lo que se decide emprender el camino poniéndose a las órdenes de un maestro (sheij). 2. Abstinencia. 3. Renuncia. 4. Pobreza. 5. Paciencia. 6. Confianza en Dios. 7. Satisfacción.

Estas etapas pueden variar de un autor a otro, pero en general el místico debe luchar denodadamente contra su alma, nafs, para eliminar de ella sus bajas tendencias, que son las que le impiden la contemplación y la unión con Dios. Se cuenta que dijo el Profeta al volver de una batalla contra los infieles: Hemos vuelto de la guerra santa menor a la guerra santa mayor 10, refiriéndose a la que se desa-rrolla en el corazón del creyente.

Hacia el exterior, el místico debe ser todo caridad, desprendi-miento y servicio a los demás. Es lo que en el Corán se llama ihsán, es decir, que adores a Dios como si Le vieras, pues si tú no Le ves, Él sí te ve a ti 11. Hacia el interior debe recogerse y practicar los medios de propiciar la iluminación divina. Medios como la oración, la vigilia, el ayuno, la meditación, el dhikr o repetición incesante de breves jaculatorias o del nombre de Dios, normalmente acompañado del ritmo respiratorio apropiado, o letanías místicas de origen corá-nico, e incluso la audición (sama’) de música espiritual, acompa-ñada o no por la danza, prácticas estas dos últimas condenadas por algunos sufíes más rigurosos.

La identificación con la Realidad suprema se describe como un faná, «extinción en Dios», que sería muy similar al nirvana budista

10 Este hadiz no aparece en la recopilación de Wensinck. Sí en la Encyclopedia of

Jihad, editada por R. K. Pruthi. Anmol Publications Pvt. Ltd. New Delhi, 110002

(India), vol. 1, págs. 60-71, donde lo cita como débil o dudoso, aunque el autor cita otro hadiz de donde entiende deducirse el término yihad como espiritual. El otro hadiz de la guerra santa mayor también aparece en diccionarios de términos sufíes.

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o vedántico si no fuera porque tiene una contrapartida optimista: el baqá o subsistencia en Dios del alma transformada. Luego puede incluso venir un nuevo descenso purificado al mundo para ayudar a los otros. Como dice Fernando Valera, los místicos musulmanes recorrían tres grandes jornadas. La primera consistía en renunciar a sí mismos; la segunda, en morar y gozarse en Dios; y la tercera, en consagrase al servicio y guía espiritual de la Humanidad 12.

Estos son los grandes rasgos del esoterismo islámico o sufismo, que el lector encontrará reflejados en estas historias.

Vida y obras de al-Yafi’i

Al-Yafi’i nació en el Yemen ca. 698/1298. Después de su primera peregrinación a La Meca inició una vida de asceta bajo la tutela del maestro sufí Alí at-Tawashi. En 1319 viajó de nuevo a La Meca para completar su formación religiosa. Allí renunció a su matri-monio para vivir como asceta en los dos santuarios, La Meca y Medina. En 1335 viajó por Palestina y Egipto. Se adhirió a la tariqa Qadiriyya (que se remonta al maestro Abd al-Qádir al-Yilani), de la cual fundó una rama, la Yafi’iyya, que todavía existe en el Yemen. De vuelta de sus viajes se estableció en La Meca, donde gozaba de prestigio y era solicitado por su conocimiento y por su dirección espiritual. Entre sus discípulos se cuenta Shah Ni’mat Allah (m. 1431), fundador de la orden Ni’matullahi, que se extendió mucho por Irán y Turquía. Murió en La Meca en 1367, y sus ropas fueron vendidas como reliquias. Al-Yafi’i enseñó sobre todo hadiz, comba-tiendo tanto el racionalismo mu’tazilí como el antropomorfismo de Ibn Taymiyya. Escribió libros sobre el sufismo, entre ellos el texto que presentamos, cuyo título original es Rawd ar-rayahín fi hikayat

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as-salihín ( Jardín de los arrayanes sobre las historias de los virtuo-sos), y que sin duda es una recopilación de relatos tradicionales. He preferido traducir Historias mejor que cuentos por el carácter pre-suntamente verídico con que el autor los presenta. También escri-bió en defensa de maestros como al-Yilani, Ibn Arabi y al-Hallach, así como numerosos poemas de índole mística.

El Jardín de los arrayanes. Texto y traducción

Conocí estos cuentos a través de la selección que de ellos publicó Emilio García Gómez en su Antología de árabe para principiantes, que aún hoy manejan los estudiantes universitarios de árabe. G. Gómez dice haber utilizado el resumen que aparece al margen de las Qisas al-anbiya’ (Historias de profetas), de Za’labi, publicadas por Alamiyya en El Cairo en 1929. La edición que yo he utilizado de esta misma Qisas al-anbiya’, sin data ni lugar de edición, es la publicada por el Hayy Abd es-Salam b. Muhammad b. Shaqrún, imprenta ‘Atif e hijo, la única que he podido encontrar en las biblio-tecas de Madrid, que es muy defectuosa, con múltiples errores de imprenta o de copia, habiendo tenido a veces que deducir qué letra o qué palabra es la que debería ir en vez de la que aparece, con muchos puntos diacríticos borrados o cambiados y por supuesto sin vocales ni signos auxiliares. Pido disculpas por los errores que puedo haber cometido, especialmente en los versos.

Para la transcripción de los fonemas de los términos árabes me he valido de los signos normales en el teclado latino, por ser difícil o muy costoso para las imprentas convencionales emplear puntos diacríticos. Para algunos fonemas he empleado grupos de letras conocidos por el lector medio, como el grupo sh que suena como en inglés o como la ch francesa; o la y, que a veces repre-senta un sonido como el de la j en francés o inglés, teniendo que

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representar otras veces ese mismo sonido por la ch para que no se lea como vocal, como en el nombre al-Hayyach, donde se daba tres veces el mismo sonido. La h es un sonido aspirado en árabe; el signo z transcribe la silbante alveolar sonora, que suena como la s francesa intervocálica, mientras que el fonema interdental de zapato se representa con th; el signo dh es un sonido fricativo alveolar sonoro, como la th inglesa en this. Este mismo fonema velarizado, he tenido que representarlo también por el signo z, en nombres árabes como zuhr (melodía). Un sonido muy caracterís-tico de la lengua árabe, el ‘ayn, fricativa faringal sonora, así como la hamza, que es más suave (oclusiva glotal sorda), los represento por el apóstrofe (‘) si van en medio de palabra, o por nada si van al comienzo. Como el sonido del artículo al se asimila a las con-sonantes llamadas solares, así lo reflejo en las transcripciones. La frecuente locución ibn, ‘hijo de’, es abreviada generalmente en b. Jaculatorias muy repetidas son a veces eliminadas o reducidas a las iniciales, por ejemplo e. s., ‘ensalzado sea’, que suele seguir al término «Dios». A menudo utilizo el vocativo árabe ya en lugar de oh. Las notas a la Introducción y al texto son siempre del tra-ductor.

Las historias que ahora ofrecemos, que constituyen la mayor parte de la recopilación de al-Yafi’i, tratan de la espiritualidad ascé-tico-mística musulmana, incluyendo desde problemas teológicos y milagrerías ingenuas hasta moralidades edificantes de enorme intensidad poética. Desfilan por ellas iniciados bajo la apariencia de cantantes de tabernas, sabios y sabias que pasan por locos o locas, príncipes albañiles, princesas bizantinas que se convierten al islam, ejemplos de virtud de cristianos que indefectiblemente acaban convirtiéndose al islam, discusiones teóricas entre sufíes y monjes cristianos y hechos prodigiosos o cotidianos protagonizados por místicos, así como revelaciones privadas con las que Dios se dirige a

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los santos, o estos a Él, con una proximidad inhabitual, todo salpi-cado de sermones del autor o de poemas profanos utilizados en un sentido espiritual.

Esperamos que el lector disfrute de la lectura de estas pin-torescas y edificantes historias, que pueden ayudar a ampliar el horizonte de nuestros conocimientos de ese vasto mundo que es el islam.

Santiago Martínez de Francisco Getafe, 1 de agosto de 2010

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Bibliografía

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Asín Palacios, Miguel: El islam cristianizado. Estudio del sufismo a través de las obras de Abenarabi de Murcia. 2ª edición, Ediciones Hiperión, S.L. Madrid, 1981.

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Nicholson, Reynold A.: Poetas y místicos del islam. Editorial Barath. Madrid, 1986.

Wensinck, A. J.: Concordance et indices de la tradition musulmane. E. J. Brill. Leiden, 1936-1988.

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Exordio

En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso. Alabado sea Dios, el Magnífico, el Munífico, el Misericordioso, el Clemente, el cual creó al hombre y lo adornó con la articulación del lenguaje, que favorece a quien quiere de sus seguidores y le conduce al camino de la fe, que distinguió a esta nación con la oración, el ayuno y la recitación del Corán, y suscitó en ella santos y puros, mártires y virtuosos, gente del Conocimiento dotados del mérito y la fe, cuyos pechos abrió para perdonarles sus faltas y guiarles al Camino Recto, el camino de Dios, el Glorioso, el Munífico, que les favoreció con su gracia, les prodigó de su generosidad y les escanció con las copas de su amor, bebiendo de cuya cercanía se reconfortaron los corazones y los cuerpos, y les prometió que contemplarían Su noble rostro, coronándoles con la corona de la dignidad y vistiéndoles con las túnicas de colores de Su satisfacción. Loado sea por Su mérito universal, Su generosidad magnífica y Su benevolencia antigua; Él es el Subsistente y todo lo demás es perecedero. Le adoro a lo largo

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de las eras y me vuelvo a Él arrepentido y Le pido perdón con una petición que hace innegable el perdón; y doy testimonio de que no hay más dios que Dios Solo y sin asociado, el Misericordioso, el Cle-mente, y doy testimonio de que nuestro señor Muhammad, Dios le bendiga y salve, es Su siervo y Su enviado, la mejor criatura entre los humanos y los genios. Dios mío, bendice a este profeta generoso y enviado grandioso con una bendición y una paz eternas e insepa-rables a lo largo del tiempo.

En cuanto a lo demás, he aquí unas advertencias excelsas y magníficas que transcribí del libro Jardín de los arrayanes sobre los méritos de los virtuosos, Dios nos prodigue con las bendiciones de ellos en los dos reinos y por su recuerdo haga descender hasta noso-tros las misericordias y las bendiciones. Aparecen en estas historias noticias de las señoras, virtudes de los guías y bondades de la gente de las felicidades, con relatos verídicos para que la preocupación y la cavilación se alejen de quienes las lean, y los encantos de aquellas vidas conmuevan a sus oyentes, de modo que su escucha reanime los cuerpos y su lectura aleje las tristezas. Este es el momento de comen-zar con ello, y pedimos a Dios, ensalzado sea, que nos aproveche con los santos y nos reúna con el grupo de la gente de la santidad.

Entre estas historias está lo que se contó de nuestro señor Du-n-Nun el egipcio, Dios esté satisfecho de él.

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1.

UN SUFÍ SOBRE LAS OLAS

Contó: Navegaba yo una vez por el mar y viajaba conmigo un joven de hermoso rostro. Cuando estuvimos en medio del mar el dueño del barco perdió una bolsa con dinero, por lo que empezó a inspeccionar a todo el que se hallaba en el barco. Y cuando llegó al joven para ins-peccionarle este saltó del barco para sentarse en el mar, y se elevaron para él las olas a semejanza de un lecho, y nosotros le observábamos desde el barco. Luego dijo: Señor mío, estos me han acusado y yo Te conjuro, Amado de mi corazón, a que ordenes a todas las bestias de este mar que saquen la cabeza y que en la boca de cada una haya una joya. Relató Du-n-Nun: Y no había acabado el joven de hablar cuando vimos a las bestias del mar, que habían sacado sus cabezas y en la boca de cada una había una joya que destellaba y brillaba como un relámpago. Luego saltó el joven por segunda vez del mar a las olas, empezó a andar y no se mojaban sus pies, mientras recitaba: A Ti adoramos y a Ti rendimos culto 13, hasta que se ocultó de mi vista.

Dijo Du-n-Nun: Y eso me incitó a nadar, mas recordé el dicho del Profeta, Dios le bendiga y salve: No dejará de haber en mi Comunidad treinta hombres cuyo corazón será como el corazón de Abraham, el íntimo del Clemente, y cada vez que muera uno, Dios le sustituirá con otro 14.

G

13 Corán, 1, 5

14 Hadiz dudoso. No viene en el índice recopilatorio de los hadices canónicos de Wensinck. Viene en una enciclopedia de hadices de Muh. Al-Sa’id Zaglul, que lo toma de Ithaf al-sadat al-mutt aqin de al-Zubaydi, edición Beirut, 8: 917, y de Ta’rij

Asbahan de Abi Nua’im, de Asbahan, edición Europa, 1: 180. Los abdal serían una élite de santos ocultos que gobernarían la Tierra. Según Ibn Arabi sólo serían siete.

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2.

EL AMO GENEROSO

Se contó que Ya’far as-Sádiq 15, Dios esté satisfecho de él, tenía un criado que cierto día vertió agua sobre la mano de su señor. El reci-piente cayó de su mano a la jofaina y el agua llegó a su ropa. Le dirigió una mirada reprobatoria, y dijo el criado: Oh mi señor, ¿y los que contienen la cólera? Dijo Ya’far: Contengo mi cólera. Y dijo el criado: ¿Y los que perdonan a la gente? Dijo Ya’far: Te perdono. Y dijo el criado: Pues Dios ama a los bienhechores. Dijo Ya’far: Ve, eres libre, por Dios, ensalzado sea, y te doy mil dinares de mi pecu-nio. Y estas son algunas de las generosidades y buenas costumbres de ellos; Dios, ensalzado sea, esté satisfecho de ellos.

3.

LA BALANZA

Se cuenta de uno de ellos, Dios esté satisfecho de él y nos apro-veche por él: Vi en sueños a uno de los pecadores después de su muerte, y le pregunté: ¿Qué ha hecho Dios contigo? Y dijo: Fue-ron pesadas mis obras buenas y mis obras malas, y pesaFue-ron más las malas que las buenas. Me quedé perplejo, y estando yo así cayó un envoltorio del cielo sobre un platillo de la balanza, y pesó más. Luego oí una voz que decía: Y aún si se trata de un grano de mostaza lo tendremos en cuenta. ¡Bastamos nosotros para ajustar cuentas! 16 Dijo: Luego se desató el envoltorio y había en él un puñado de tierra que yo había echado a la tumba de un musulmán. Así que

15 Sexto imam shi’í y maestro de sufí es como al-Bistami. Vivió entre 83 h/703 d. C. y 148 h./765 d. C.

(24)

Dios me perdonó por aquello y me hizo entrar al Paraíso. Mira la generosidad de Dios, ensalzado sea, y la dulzura de su benevolen-cia con sus siervos.

G

4.

LA MANSIÓN SIN TACHA

Se contó de uno de los virtuosos, Dios, ensalzado sea, esté de él satisfecho: Un rey construyó una mansión y se esmeró en su cons-trucción, la engalanó y puso en ella comida. Invitó a la gente a su casa e hizo sentarse a la puerta a esclavos y criados para que pre-guntaran a todo el que saliera: ¿Habéis visto algún defecto? Y res-pondían: No. Y no impedían la entrada a nadie, hasta que llegaron unas personas de lo más bajo de la escala social, cubiertos de andra-jos. Y cuando hubieron entrado y comieron del banquete, les salie-ron al encuentro los esclavos y criados, y les preguntasalie-ron: ¿Habéis observado algún defecto? Y respondieron: Sí, hemos observado dos defectos. Relató: Y les apresaron y volvieron con el rey, al que infor-maron de lo que habían dicho. Y dijo el rey: No me satisfaría con un solo defecto, ¿cómo voy a estar satisfecho con dos defectos? Y ordenó: Traédmelos. Los llevaron ante él y el rey les preguntó cuá-les eran los dos defectos. Y explicaron: Esta casa, ¿se vendrá abajo y morirá su dueño? Dijo el rey: ¿Conocéis una casa que no se venga abajo y cuyo dueño no muera? Respondieron: Sí. Y dijo el rey: ¿Y dónde está? Entonces le recordaron el Paraíso y sus delicias y le hicieron desearlo, y le recordaron también el infi erno y le hicieron temerlo, invitándole a adorar a Dios, ensalzado sea, a lo que respon-dió favorablemente: salió de su reino huyendo a Dios arrepentido. A Él pedimos, ensalzado sea, el arrepentimiento y el perdón.

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5.

MISTERIOSO RELEVO

Se cuenta de uno de los santos —Dios, ensalzado sea, esté de él satis-fecho— que dijo: Yo era un barquero en el Nilo que hacía pasar a la gente de la orilla oriental a la occidental. Y estando yo un día sentado en mi barca vi a un jeque de rostro resplandeciente que se acercó a mí, me saludo y me dijo: Llévame, por Dios. Respondí: Sí. Luego añadió: Y dame de comer, por Dios. Dije: Sí. Y subió a la barca y le hice pasar al lado occidental. Llevaba un hábito remendado y en la mano un bastón y una cantimplora. Y cuando se apeó dijo: Quiero confiarte un encargo. Pregunté: ¿De qué se trata? Y explicó: Mañana al mediodía me encontrarás muerto bajo ese árbol. Lávame y amor-tájame con el sudario que encontrarás bajo mi cabeza, reza por mí y entiérrame bajo el árbol, pues esa es mi tumba. Y cuando termines conmigo toma este hábito, la cantimplora y el bastón; y cuando llegue alguien que te los pida, dáselos. Dijo: Me maravillé de su caso y me dejó. Se fue y yo pasé la noche meditando. Cuando amanecí esperé la hora que me había señalado el sheij, mas cuando llegó el momento del mediodía, me olvidé, y no volví a caer en la cuenta hasta cerca de la media tarde 17. Fui a él rápidamente y lo encontré muerto bajo el árbol, y bajo su cabeza encontré un sudario que exhalaba un perfume a almizcle. Contó: Lo lavé y amortajé con él, recé por él y excavé bajo el árbol, y he aquí que hallé un sepulcro construido en mármol y lo enterré en él. Luego volví a mi sitio por la noche, llevando conmigo el hábito, la cantimplora y el bastón. Y cuando se alzó la aurora y se aclaró el aire vi que estaba junto a un joven que había llegado. Clavé mi vista en él y supe que era uno de los muchachos juglares que dan-zaban y cantaban, llevaba ropas finas, las manos teñidas y un aro bajo su sobaco. Se acercó a mí, me saludó y me dijo: ¿Eres tú Fulano hijo

17 El zuhr (mediodía) y el asr (media tarde), son dos horas del día y asimismo dos de las cinco oraciones canónicas que debe ejecutar el musulmán.

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de Fulano? Respondí: Sí. Dijo: Dame el depósito que se te ha con-fi ado para mí. Pregunté: ¿Y qué es? Dijo: Un hábito remendado, un bastón y una cantimplora. Pregunté: ¿Y cómo lo sabes? Dijo: Sólo sé que estaba yo ayer en la boda de Fulano bailando y cantando cuando llamó a la plegaria el muezzín y me dormí para descansar. Y estando yo dormido un hombre me despertó y me dijo: Levántate. Dios, loado y ensalzado sea, se ha llevado el espíritu del santo Fulano y te ha puesto a ti en su lugar, y el jeque te ha dejado un depósito consistente en un hábito remendado, un bastón y una cantimplora. Contó el santo: Y se los ofrecí. Entonces se quitó sus ropas y se lavó e hizo las abluciones rituales en el río, se vistió las ropas viejas y me entregó las suyas, diciendo: Da estas ropas en limosna. Luego partió y me dejó, y no se dónde fue. Me pasé el día llorando hasta la noche, y cuando me dormí vi al Señor de la Gloria que me decía en sueños: Ya Fulano, ¿acaso es duro para ti que yo sea benévolo con uno de mis siervos, que era un pecador y le acogí? Es sólo una gracia mía que concedo a quien quiero, pues mi misericordia lo abarca todo.

G

6.

EL PRÍNCIPE ALBAÑIL

Se cuenta de uno de ellos —Dios, ensalzado sea, esté de él satis-fecho— que dijo: Vivía yo en Bagdad y tenía un conventito rui-noso. Necesitaba construir un muro que se había derrumbado de él y salí hacia el punto de reunión de los albañiles para buscar un hombre que me construyera el muro. Vi a un muchacho esbelto, de rostro limpio, me acerqué a él y me detuve delante de él. Luego le pregunté: Amigo mío, ¿quieres el trabajo? Y respondió: Sí. Y dije: Ven con la bendición de Dios, ensalzado sea. Mas precisó: Con una

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condición que te pongo. Pregunté: ¿Cuál? Dijo: Que el jornal sea de un dirham y un sexto de dirham. Asentí, y él añadió: Y que si llama el muezzín a la oración me dejes rezar con la comunidad. Dije: De acuerdo. Y fue conmigo a mi casa. Me hizo un trabajo como no lo he visto igual ni mejor. Después le recordé que era la hora del almuerzo, y dijo: No. Y supe que estaba ayunando. Y cuando llegó el momento de la oración del zuhr y oyó la llamada me recordó: La condición, señor. Dije: Sí. Se desabrochó el cinturón e hizo una ablución como no la he visto mejor. Luego salió a hacer la oración con la comunidad en la mezquita. A continuación volvió a su tra-bajo, hasta que oyó la llamada del asr 18 y dijo: La condición, señor. Se la concedí y salió a rezar el asr con la comunidad, luego volvió a su trabajo. Entonces fui a él y le dije: Querido mío. El trabajo de los albañiles es hasta el asr, pero tú no descansas. Replicó: Gloria a Dios, así fuera mi trabajo hasta la noche. Cuando llegó la noche le saqué dos dirhams, y al verlos dijo: ¿Qué es esto? Respondí: Por Dios, señor, son una parte de tu jornal, porque te has esforzado en tu trabajo. Me los tiró y dijo: Por Dios, no aumentaré nada a lo convenido entre tú y yo. Le supliqué, pero no pude con él. Tomó el dirham y sexto y se fue. Al día siguiente volví al mismo lugar y no lo encontré. Pregunté por él y me dijeron: Sólo viene aquí de sábado a sábado. Y cuando llegó el sábado fui a buscarle y lo encontré. Sonrió al verme, y le dije: En el nombre de Dios, [trabajarás] bajo la con-dición que señales. Y dijo: Sí. Se fue conmigo y trabajó su jornada como anteriormente, e incluso más, le di el jornal, lo cogió y se fue. Cuando llegó el tercer sábado fui al lugar y no lo encontré; pregunté por él y me dijeron: Está enfermo en la tienda de Fulana. Era esta una anciana que tenía una tienda en el cementerio, y era célebre por su santidad y piedad. Me dirigí a ella y encontré allí al joven,

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tado sobre el suelo, sin nada debajo, salvo un ladrillo bajo su cabeza, y su rostro resplandecía de luz. Contó: Le saludé y me devolvió el saludo, y me senté junto a su cabeza, llorando por su corta edad y su alejamiento de su tierra. Entonces le pregunté: Querido, ¿necesitas algo? Me dijo: Sí, ven mañana aquí hacia el duhà 19, me encontrarás muerto: lávame y amortájame en esta tienda, y cava mi tumba en ella; no informes de eso a nadie, rompe el bolsillo de este jubón, saca lo que hay en él y retenlo contigo; cuando me entierres y acabes con lo mío, llégate a Harún al-Rashid, dale lo que habrás encontrado en el bolsillo y envíale mis saludos. Relató: Y al día siguiente llegué a la tienda y lo encontré muerto —la misericordia de Dios, ensalzado sea, recaiga sobre él—. Me entristecí mucho por él; luego empecé a lavarle y a prepararle, lo amortajé y recé por él en la tienda, y cavé su fosa en ella como me había dicho. Después rasgué su bolsillo y vi en él un jacinto que valía mil dinares. Me maravillé de aquello y exclamé: Por Dios, ha practicado en el mundo el mayor ascetismo. Y cuando terminé con él esperé la salida de Harún al-Rashid en su cortejo, le salí al paso en su camino y le entregué el jacinto. Cuando lo vio cayó desmayado y sus sirvientes formaron un círculo a mi alrededor. Cuando despertó dijo: Dejadle libre. Me tomó la mano y se fue conmigo a su salón, donde me preguntó: Hermano, ¿qué ha hecho Dios con el dueño de este jacinto? Le dije: Ha muerto en la misericordia de Dios, ensalzado sea. Después le conté toda la his-toria. Y al-Rashid empezó a llorar y a decir: Sacó provecho el hijo y se malogró el padre. Entonces llamó: ¡Fulana!, y vino una mujer que parecía una hurí; cuando me vio quiso volverse, pero al-Rashid le dijo: ¡Entra! Entró y saludó; él le arrojó el jacinto y cuando ella lo vio dio un grito y se desmayó. Cuando despertó dijo: Ya emir de los creyentes, ¿qué ha sido de mi hijo, el dueño de este jacinto? Y él

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me ordenó: Cuéntale toda la historia. Y le conté todo lo referente a su hijo, y ella empezó a llorar y a exclamar: ¡Cuánto te echo de menos, frescura de mi ojo! ¡Ojalá no te hubiera escanciado cuando no tenías quien te escanciara, ni hubiera sido tu amiga cuando no encontrabas un amigo! Luego lloró intensamente.

Y me dijo el emir de los creyentes: Hermano, este hijo mío estaba conmigo antes de que yo accediera a esta autoridad, fre-cuentaba a los ulemas y se sentaba con los santos. Y cuando accedí a esta autoridad huyó y se alejó de mí, y dije a su madre: Tu hijo se ha abandonado a Dios, loado y ensalzado sea, y sólo pueden alcanzarle las desgracias y sufrimientos más tristes. Dale este jacinto para que le aproveche en sus días de necesidad. Y se lo dio y le invitó a que lo guardara, y no hemos tenido noticia de él hasta ahora, que nos ha arrojado nuestro mundo y ha encontrado a Dios en un encuentro sin tacha. Relató: Y salí con él a su tumba y lloró largamente, y me pidió que le acompañara. Le dije: Oh emir de los creyentes, tengo en tu hijo una advertencia y una lección. Luego me alejé de él, triste por ese muchacho, la misericordia de Dios Altísimo sea sobre él y esté satisfecho de él.

G

7.

EL PROFETA Y EL BEDUINO

Se cuenta de uno de ellos, Dios, ensalzado sea, esté satisfecho de él, que dijo: Mientras el Profeta estaba dando las vueltas a la Kaaba, oyó a un beduino que decía: Oh Generoso. Y dijo el Profeta, Dios le bendiga y salve, tras él: Oh Generoso. Y pasó el beduino al lado de la esquina yemení y dijo: Oh Generoso. Y dijo el Profeta, Dios le bendiga y salve, tras él: Oh Generoso. Y pasó el beduino al lado

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del desagüe y dijo: Oh Generoso. Y dijo el Profeta tras él: Oh Gene-roso. El beduino se dio la vuelta hacia el Profeta y dijo: Oh hermoso de rostro y esbelto de talle, ¿te burlas de mí porque soy un beduino? Por Dios, que si no fuera por la belleza de tu rostro y la esbeltez de tu talle, me quejaría de ti a mi amado Muhammad, Dios lo bendiga y salve. Refirió: Y se sonrió el Profeta, Dios lo bendiga y salve, y dijo: ¿No conoces a tu Profeta, oh hermano de los árabes? Y dijo el beduino: No. Y preguntó el Profeta, Dios lo bendiga y salve: ¿Y cuál es tu fe en él? Y respondió: Tengo fe en su profecía aunque no lo he visto, y creo en su misión aunque no me he encontrado con él. Y dijo el Profeta: Oh beduino, yo soy tu profeta en este mundo y tu intercesor en el otro. Relató: Y empezó el beduino a besarle los pies al Profeta, Dios lo bendiga y salve, pero éste dijo: Oh hermano de los árabes, no hagas conmigo como hacen los bárbaros con sus reyes, pues Dios, loado y ensalzado sea, me envió como albriciador y predicador. Relató: Y descendió Gabriel sobre el Profeta, Dios lo bendiga y salve, y le dijo: Oh Muhammad, el que es Él mismo la Paz te envía la paz y te hace objeto de las salutaciones y el agasajo, y te dice: Dile al beduino que no le engañen Nuestra generosidad ni Nuestra benevolencia, pues mañana le ajustaremos cuentas por lo poco y por lo mucho, por el pábilo y la película del hueso del dátil. Y cuando se le dijo, preguntó el beduino: ¿Nos ajustará cuentas nues-tro Señor, oh Enviado de Dios? Dijo: Sí, te ajustará cuentas, si Dios quiere. Y dijo el beduino: Por Su gloria y Su Majestad, si me ajusta las cuentas yo se las ajustaré a Él 20. Y dijo, Dios lo bendiga y salve: ¿De qué le vas a echar cuentas a tu Señor, oh hermano de los ára-bes? Y dijo el beduino: Si me ajusta las cuentas por mi pecado, yo se las ajustaré por Su perdón, y si me las ajusta por mi rebeldía, yo se

20 El texto dice «no se las ajustaré», pero entiendo que es un error del copista o del impresor por lo que dice a continuación.

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las ajustaré por Su indulgencia; y si me hace responsable de mi ava-ricia, yo le haré responsable de Su generosidad. Relató: Y se puso a llorar el Profeta, Dios lo bendiga y salve, hasta mojársele la barba. Y descendió Gabriel, sobre él la paz, sobre el Profeta, Dios le bendiga y salve, y le dijo: Oh Muhammad, la Paz te envía su saludo y te dice: Oh Muhammad, reduce tus llantos, pues ya se aligeró la carga del Trono por las alabanzas de ellos. Di a tu hermano el beduino que no Me juzgue y no le juzgaremos, pues es tu compañero en el Paraíso.

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8.

EL LOCO DE DIOS

Se cuenta de Abderrahmán ibn al-Muhallab, Dios esté satisfecho de él, que dijo: Pasé cierto día por un mercado de esclavos y encontré a uno que pregonaba a un esclavo diciendo: Lo vendo a pesar de su defecto. Y pregunté al pregonero: ¿Cuál es el defecto que tiene este esclavo? Y me respondió: Mi señor, pregúntale. Me acerqué al mozo y le pregunté: ¿Cuál es el defecto que tienes? Y respondió: Mi señor, mis defectos son muchos, y no sé por cuál me han dado a conocer. Y dije al pregonero: ¿Cuál es el defecto de este mozo? Y dijo: La enfer-medad de la locura. Y pregunté al joven: ¿Cómo viene a ti esta epi-lepsia; cada año, cada mes, cada semana o cada día? Y respondió: Mi señor, cuando la enfermedad del amor se apodera del corazón, se propaga por los miembros; y cuando alcanza a las extremidades, extiende el velo del amor sobre el resto del cuerpo y golpea a la razón con el recuerdo del Amado; y le acontece al corazón una posesión total y al cuerpo el silencio, y el ignorante lo considera locura. Dijo Abderrahmán: Y comprendí que el joven era uno de los amigos de Dios, ensalzado sea, y le pregunté al pregonero: ¿Qué precio

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quie-res por este joven? Y dijo: Doscientos dirhams. Dije: Y veinte más para ti. Le pesé el precio y cogí al mozo y me lo llevé a casa. Allí le ordené entrar, pero rehusó, diciendo: Mi señor, ¿tienes familia? Dije: Sí. Alegó: ¿Y quién puede mirar a la mujer 21 de otro? Le dije: Te doy licencia para eso. Y exclamó: ¡Dios me libre!, pero cualesquiera que sean tus necesidades yo me haré cargo de ellas, mas a este lado de la puerta. Dijo Abderrahmán: Me marché y le dejé allí. Más tarde le saqué el almuerzo, y dijo: Estoy ayunando. Cuando se hizo de noche le saqué la cena, y dijo: Llamo a tu puerta. Y se instaló en mi casa, en el pasillo. Fui a él a medianoche y lo encontré de pie, rezando, y no me sintió. Cuando terminó su plegaria se prosternó y lloró intensa-mente, y le oí decir en sus confidencias [con Dios]: Dios mío, los reyes han cerrado sus puertas mientras tu puerta permanece abierta a los que te imploran. Dios mío, se pusieron los astros y se durmie-ron los ojos, pero Tú eres el Viviente, el Subsistente al que no cogen el sopor ni el sueño 22; Dios mío, extendiste la alfombra y cada amante se retiró a solas con su amado, mas Tú eres el Amado de los que se esfuerzan y el Compañero de los solitarios. Dios mío, si me expul-sas de tu puerta, ¿a qué puerta recurriré? Dios mío, si me alejas de tu lado, ¿en qué puerta me refugiaré? Dios mío, si me castigas, yo merezco el castigo y el bienestar, y si me perdonas, para eso Tú posees la longanimidad y la generosidad. Luego se sentó, alzó las manos, lloró y dijo: Señor mío, a ti se consagran los gnósticos, por tu merced se salvan los virtuosos y por tu misericordia se arrepienten los negligentes, oh el del bello perdón, hazme gustar la respuesta de tu perdón y la dulzura de tu indulgencia, pues si yo no soy digno de ello, Tú sí lo eres, oh poseedor de la piedad y el perdón. Dijo Abde-rrahmán: Me volví a mi sitio y no le molesté.

21 Harim o harén: esposa o esposas. 22 Corán 2, 255

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Cuando amaneció fui a él, le saludé y le pregunté: ¿Cómo ter-minó ayer? Y respondió: Mi señor, ¿acaso puede dormir quien teme al infierno y a ser presentado al Rey Omnipotente cuando al día siguiente es la reprensión por los pecados y los crímenes? Luego lloró largamente, y le dije: Eres libre, por Dios, ensalzado sea. Y lloró y me dijo: Mi señor, yo tenía dos salarios, el salario de la esclavitud y el salario del trabajo, y ya he perdido uno de ellos, Dios te preserve del calor de su Gehenna.

Dijo Abderrahmán: Le quise entregar una cantidad pero se negó a aceptarla, y dijo: El que garantiza los sustentos está vivo y no puede morir. Luego salió golpeándose el rostro y no sé dónde fue, Dios, ensalzado sea, esté satisfecho de él. ¡Ay los señores de los corazones, qué desgracia lo efímero de lo perseguido, oh recluso en la cárcel del descuido! Fui al valle de las tinieblas y vi las tiendas del pueblo 23 batidas junto a la orilla del mar, era poco de la noche lo que dormían, y escuché unos pájaros cuyos pesares estaban sobre las ramas de sus tristezas, que entonaban unas melodías y encanta-mientos pidiendo perdón [a Dios]. Y no guardaba su corazón tur-biedad y se dedicaban al Amado y triunfaban.

Y con el testimonio y la mirada este Amante con el amado acudió,

y perdonó todo lo que había ocurrido y pasado, y corrió entre los amantes Su vino,

en un beber puro cuyo esplendor casi arrebata la vista. ¡Qué suerte que se repitió para nosotros el recuerdo del

Amado!24

Ya turbaste nuestros oídos, oh músico de la pobreza.

23 Al-qawm, la comunidad de los místicos o iniciados.

24 Habib, amado o amante. Mahbub, amado en el 2º verso, es claramente pasivo y se refiere al hombre.

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Cuando uno entra en la zona de protección se inclina. No hay duda de que el Amado del pueblo ha acudido. Y entonces mira los estandartes que se han levantado. Los encabeza el estandarte de la unión que ya ha se ha

desplegado:

es la reunión de todos los hombres para el Amado, en su totalidad.

La copa circula entre ell os al alba,

y quien les escancia resplandece y no tiene semejante, a menos que se le parezca un sol sin luna.

Quien ll ega a Él pobre no encuentra rechazo,

sino a Él, que le inscribe en la multitud de los faquires. Este es el Oyente con el que se curan los pechos. Este es el Amado que deja perplejo el pensamiento. Sufí es que cuando se angustiaron sus corazones, apartó de ell os todas las dudas y preocupaciones.

G

9.

LA ESCLAVA MÍSTICA

Se cuenta de Muhammad b. Abu l-Farag, Dios, ensalzado sea, esté satisfecho de él, que dijo: En el mes de Ramadán tuve necesidad de una esclava que me preparase la comida, y vi en el zoco una esclava por la que me pedían un precio modesto: era de color pálido, cuerpo delgado y piel seca. La compré, Dios tenga misericordia de ella, y la llevé a casa. Le dije: Coge recipientes y ven conmigo al zoco para que compremos las cosas de Ramadán. Y dijo ella: Mi señor, yo estuve con un pueblo que todo su tiempo era Ramadán. Y supe que era una

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de las virtuosas. Y velaba toda la noche durante el mes de Ramadán, y cuando llegó la noche de la fi esta le dije: Vamos al zoco a comprar las cosas para la fi esta. Y preguntó: Mi señor, ¿qué cosas de la fi esta quieres? ¿Las cosas en general, las cosas de comer que se acostum-bran en la fi esta o las cosas específi cas para el retiro del mundo, el aislamiento y el vaciamiento para el servicio [divino], la privación y el acercamiento por la obediencia al Rey Glorioso con la obligación de los siervos humildes? Y le dije: Sólo quiero las cosas de comer. Y repuso: Señor, ¿a qué comida te refi eres, la comida de los cuerpos o la de los corazones? Y le dije: Descríbemelas. Y explicó: La comida de los cuerpos es el alimento habitual; en cuanto a la comida de los cora-zones, es el abandono de los pecados y la corrección de los defectos, el goce en la contemplación del Amado y la satisfacción de alcanzar lo buscado, y sus asuntos son la humildad, la piedad, el abandono del orgullo, la oración de petición, la vuelta al Señor, la confi anza en Él en la intimidad y la salvación. Luego ella se puso a rezar y en la primera rak’a 25 recitó la sura de La vaca del principio al fi nal, luego empezó con La familia de Imrán hasta el fi nal, y no paró de terminar una sura tras otra hasta llegar a la sura de Abrahán, con la frase de Dios, ensalzado sea: Lo beberá a tragos y apenas podrá tragarlos, vendrá a él la muerte de todas partes y no ll egará a morir. Después le espera un tormento duro 26. Y no cesó de repetir esta aleya y de llorar hasta que perdió el sentido y cayó al suelo. La moví y vi que estaba muerta, Dios, ensalzado sea, tenga misericordia de ella.

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25 Conjunto de inclinaciones, prosternaciones y recitaciones que, en grupos de dos, tres o cuatro, constituyen una oración canónica.

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10.

LA MUJER Y EL LEÓN

Se cuenta de al-Asma’i —Dios, ensalzado sea, esté satisfecho de él—, que dijo: Salí en peregrinación a la casa sagrada de Dios por el camino de Siria, y mientras avanzábamos salió contra nosotros un león enorme de aspecto espantoso, interceptando el paso a la cara-vana. Dije a un hombre que se encontraba a mi lado: ¿No hay en esta caravana un hombre capaz de coger una espada y alejar de nosotros este león? Respondió: Un hombre no sé, pero sí sé de una mujer que lo rechazará sin espada. Pregunté: ¿Y dónde está? Se levantó y le seguí hasta un palanquín cercano a nosotros, y gritó: Hijita, baja y aleja de nosotros este león. Dijo ella: Padre mío, ¿acaso place a tu corazón que me mire el león, siendo él macho y yo hembra? No obs-tante dile: Mi hija Fátima te envía un saludo y te conjura, por Aquel al que no afectan ni el sopor ni el sueño: ¡ea, apártate del camino de la gente! Y por Dios que no había terminado sus palabras cuando vi al león huyendo de nosotros. Esta, por Dios, es una de las pruebas de los santos y un signo de los gnósticos, aprovéchenos Dios por ellos, amén.

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11.

ENCUENTRO EN LA ESTEPA

Y se contó de uno de los virtuosos, Dios, ensalzado sea, esté satis-fecho de él, que vio a una muchacha en la estepa que caminaba y se regocijaba y no iba con ella nadie. Y preguntó él: ¿De dónde vie-nes? Y respondió: De junto al Amado. Y le preguntó: ¿Y a dónde vas? Dijo ella: Hacia el Amado. Dijo él: ¿Y no sientes nostalgia tú sola en esta estepa? Y ella alzó la voz y clamó en el tono más alto:

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Conoce lo que penetra en la tierr a y lo que sale de ell a, lo que desciende del cielo y lo que sube a él, y Él está con vosotros donde quiera que estéis, pues Dios se percata de lo que hacéis 27. Luego dijo: Oh héroes, quien se acostumbra a Dios siente repulsión por lo que Le perjudica, y quien busca Su satisfacción es paciente con lo que le destina. Luego se alejó de mí y ya no la vi. Dios, ensalzado sea, esté satisfecho de ella.

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12.

LA ESCLAVA CANTORA

Se cuenta de al-Sari al-Saqati, Dios, ensalzado sea, esté satisfecho de él, que dijo: Cierta noche me desvelé y no podía pegar ojo, y me dije: Saldré a los cementerios, quizás saque provecho de la visión de las tumbas y la meditación sobre la resurrección y la otra vida, y cesen así mi preocupación y mis cuitas. Así que fui allí, pero no encontré que mi corazón se regocijara, y me dije: Iré a los mercados, acaso el mezclarme con la gente aleje de mí el infortunio. Lo hice, pero allí tampoco se alivió mi corazón, y me dije: Entraré al manicomio y me fi jaré en los enfermos y locos y en sus actos, tal vez saque provecho de sus estados de ánimo. Entré allí y encontré que mi corazón se interesaba, y dije: Señor mío, me enviaste a este sitio y por su causa me arrancaste de mi sueño. Y fui llamado en secreto: «Sólo te tra-jimos a este lugar porque tenemos en él una noticia y un asunto». Dijo al-Sari: Y avancé hacia donde estaban los locos y vi allí a una esclava de color pálido, alterada y con las manos esposadas al cuello, y ella se dedicaba al recuerdo de Dios, ensalzado sea. Dije al

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sable de los locos: ¿Qué le pasa a esta esclava? Dijo: Es una esclava cuya razón se ha perturbado y su amo la ha encarcelado. Y cuando la esclava oyó sus palabras suspiró y recitó estos versos:

Oh comunidad de la gente, no me he vuelto loca, pero yo estoy ebria y mi corazón está sereno.

Me habéis esposado las manos y no he cometido falta, salvo mi desgarro por Su amor y mi deshonra.

Soy seducida por el amor del Amado. No deseo abandonar Su puerta.

Mi piedad es lo que visteis como depravación, y mi depravación es lo que visteis como piedad.

Contó al-Sari: Y cuando oí sus palabras éstas me intranquilizaron, y la agitación de mi congoja y mis aflicciones me hicieron llorar. Y cuando vio mis lágrimas corriendo por mi cara dijo: Ya Sari, no ignoré desde que conocí, ni flojeé desde que serví, ni interrumpí desde que llegué, ni oculté desde que hice alto, pues la gente de las etapas [místicas] se conocen unos a otros. Refirió al-Sari: Y le dije: Oh esclava, veo que te acuerdas del amor y manifiestas la unidad. ¿A quién amas? Respondió: A quien nos gobierna con su agasajo, nos hace amar su beneficio y prodiga sobre nosotros sus dones abundantes. Él es el cercano de los corazones y el alivio de los pesa-res, benévolo con quien se rebela contra Él y respondedor de quien le invoca. Refirió al-Sari: Y le pregunté: ¿Quién te ha traído aquí? Respondió: Unos envidiosos que me odian y se han confabulado para acusarme de locura, pero ellos son más dignos de ese nombre que yo. Y recitó:

Oh quien me vio solitaria y me familiarizó con la cercanía de Su unión y me reconfortó. Oh mi morador, no he abandonado la morada de mi vida ni me he alejado en el tiempo. Me afligió lo que perdí de Él, y

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ha llamado con su beneficencia acercándose a mí y desviándose también así. Y cuando mi Amor me conoció entre el universo fui quien se moría de amor por la compañía de un íntimo que me acompañara; estuve en el descuido y me llamó la atención, estuve dormida y me despertó 28.

Relató al-Sari: Y le pregunté: ¿Cómo te llamas? Y respondió: Deja el nombre, te es suficiente, pues lo que oíste ya te sirve. Y estába-mos así cuando llegó su amo y dijo al encargado: ¿Dónde está Bid’a? ¿La ha visitado el jeque al-Sari? E intercambiaron unas razones a las que ella prestó atención. Y entró su amo y vio a al-Sari junto a ella y le honró y le besó la mano, diciendo: Mi señor, te apiadaste con tu bendición. Y le dijo [al-Sari]: ¿Qué cosa has desaprobado de ella? Y respondió: Mi señor, esta esclava tocaba el laúd y me maravilló, por lo que la compré con toda mi fortuna, que ascendía a 20 000 dirhams, por su enorme belleza y su habilidad con el laúd; esperaba ganar con ella una suma similar a su precio. Llegué a ella un día y tenía el laúd sobre su regazo, mientras cantaba y recitaba estos versos:

Por tu verdad no rompí nunca una promesa, ni enturbié después de la claridad un amor. Se llenaron mis costados y el corazón de emoción. ¿Cómo me estableceré, mi contento, y me tranquilizaré? Oh quien no tengo señor sino Él,

que me ha convertido en un siervo entre la gente.

Y cuando terminó su canto lloró largamente, luego arrojó el laúd al suelo y lo rompió. Y empezó a insultar y a gritar con la mente aturdida. Le acusé de amor a lo creado, luego investigué su estado y no encontré rastro de eso. Refirió al-Sari: Le pregunté: Oh esclava, ¿así aconteció? Y le replicó con estas palabras poéticas:

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Me respondió el Verdadero desde dentro como si mi amonestación estuviera en mi lengua. Me acercó a Él y me alejó después,

me dedicó a Él y me eligió.

Y respondí a aquello a lo que fui invitada, obedeciendo y diciendo sí al que me invitaba.

Y cuando enloquecí por Él temí lo que aflige el amor con los deseos.

Dijo al-Sari: Le pedí a su amo: Libérala contra el pago de un pre-cio. Y gritó su amo: ¡Pobre de ti! ¿Cómo vas a tener el precio de esta esclava? Respondió al-Sari: No te apresures y quédate aquí hasta que vuelva a ti con su precio. Contó al-Sari: Marché a mi casa con los ojos derramando lágrimas, y el corazón tranquilo a causa del amor por ella, y comencé a suplicar a Dios, ensalzado sea, y a dirigirme a Él y a depositar mi confianza en Él para la resolución de mis asuntos, y estaba yo así cuando alguien llamó a mi puerta, y pregunté: ¿Quién está a la puerta? Y se me res-pondió: Uno de los amados. Vi a un joven de los de más bello rostro entre las personas, al que acompañaba un siervo sobre cuya cabeza iban cinco sacas, y pregunté: ¿Quién eres, Dios tenga mise-ricordia de ti? Respondió: Ahmad b. Muthannà. El Todopode-roso, glorificado y ensalzado sea, me ha dado y no ha escatimado sus dones. Me ha prodigado de sus bienes lo que no pueden car-gar los hombres: estando yo durmiendo oí una voz que venía de Dios, glorificado y ensalzado sea, que me llamaba diciendo: Oh Ahmad, ¿estás en nuestro trato? Dijo: Y se me había quitado el sueño a mí y a quien es más digno de eso que yo. Y me ordenó que llevara al sheij al-Sari cinco sacas para que se las entregara al amo de Bid’a a fin de que la liberara de la esclavitud y obtu-viera su manumisión, «pues Nosotros tenemos por ella solicitud,

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benevolencia y consideración». Así es que te he traído este dinero y te he informado de la situación. Relató al-Sari: Me prosterné dando gracias a Dios, ensalzado sea, y cogí a Ahmad de la mano y fuimos juntos al manicomio. He aquí que el encargado estaba al lado de ella, volviéndose a izquierda y a derecha, y cuando me vio dijo: Bienvenido, ve con ella, pues está apesadumbrada pero tiene junto a Dios una santidad y un rango. Refirió: Nos presentamos ante ella y la escuchamos declamar estos versos:

Fui paciente hasta que

Por tu Amor perdí la paciencia. Y escondí la emoción, pero no puede esconderse lo mío contigo. Si estás satisfecho de mí

no me preocuparé en todo mi tiempo. Tú eres para mí el mejor Compañero. Oh, de nosotros mi súplica y mi tesoro. ¿Quién quiere manumitir mi esclavitud y liberar hoy mis ataduras,

sino Tú, Señor mío y Dios mío?

Tú eres para mí el descubridor de mi mal.

Y mientras ella recitaba llegó su amo llorando y sollozando, y le dije: No importa, te he traído lo que pesé para la esclava: 5000 dirhams. Dijo: No, por Dios. Entonces ofrecí: Por 10 000 dirhams. Y dijo: No, por Dios. Me rendí: Pon tú el precio. Y aclaró: No, por Dios, aunque me dieras el mundo con todo cuanto contiene, no aceptaría nada por ella, pero ella es libre, por Dios, ensalzado sea. Contó al-Sari: Y le pedí: Cuéntame la historia. Y empezó: «Maestro, ayer se me pre-sentó uno en el sueño que me reprendía y me hablaba duramente, diciendo: "Estás ofendiendo a una amiga nuestra, enemigo de Dios".

(42)

Y me desperté aterrado y el mundo perdió su valor para mí. Por Dios, ensalzado sea, me separé de todo cuanto poseía, y huí hacia Él con la esperanza de que me acoja». Luego lloró y se marchó como loco.

Siguió contando al-Sari: Me volví a Ahmad b. Al-Muthannà y lo encontré llorando y sollozando, con las lágrimas corriendo sobre sus mejillas, y habían aparecido las señales de la acepta-ción sobre él. Y le pregunté: ¿Qué te hace llorar, Ahmad? Y res-pondió: Mi Señor no se contentó conmigo, hasta el punto que no me invitó a Él, y yo no encontré aceptación para mi dinero ante Él. Te juro que he sido separado de Él, y ello era una limosna, por Dios, ensalzado sea.

Contó al-Sari: Dije: ¡Qué magníficas fueron las bendiciones de Bid’a para todos! Entonces se levantó Bid’a, se quitó todo lo que llevaba encima, se vistió un jubón de lana y un velo de pelo y salió como loca. Salí con ella, que recitaba este poema:

Huí de mí hacia Él, lloré por Él.

Su derecho es ser mi Señor, siempre estoy ante Él, hasta que reciba y obtenga lo que Le he pedido.

Contó al-Sari: Y no dejamos de seguirla hasta que salió a las afueras de la ciudad mientras seguía recitando estos versos:

Oh Amado de los corazones, Tú eres mi Amado. Alegría de la alegría, Tú eres mi alegría. Oh vida de las almas, Tú eres mi vida. Amigo mío, tu eres la Luz de mi luz.

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Luego continuó huyendo hasta que la perdimos de vista. Des-pués llegó su amo y me acompañó, lo mismo que a Ahmad b. Al-Muthannà, por un tiempo, hasta que murió el amo y quedamos Ahmad b. al-Muthannà y yo. Entonces decidimos peregrinar a la Casa Sagrada de Dios. Y cuando estábamos dando vueltas a la Kaaba, se oyó una voz lacerada que brotaba de unas entrañas heri-das y recitaba estos versos:

Me desgarré por Tu amor.

¿Cómo puedo acceder a Tu proximidad? Eres benévolo con mi corazón

que sufre la violencia de Tu lejanía. Puesto que, oh alma vil,

dañas a tu Señor con tu pecado, pide públicamente el perdón,

y la satisfacción por parte de tu Señor.

Relató al-Sari: Seguí la voz y encontré a una mujer como una visión que aturdía la razón y la mente, y cuando me vio, dijo: La paz sea contigo, Sari. Y contesté: La paz sea contigo, ¿quién eres, Dios tenga misericordia de ti? Y respondió: No hay más dios que Dios, sur-gió el desconocimiento después del conocimiento. Hasta ahora estás velado, y tu corazón frustrado: soy Bid’a. Contó al-Sari: Le dije: ¿Qué es lo que te concedió el Verdadero después de tu aparta-miento de la gente?

Y dijo recitando:

Me concedió todos los deseos

y distinguió a mi corazón con la opulencia. Apartó mi Señor

(44)

cuando no me dio lo que pedía, y si no, ¿quién soy yo?

Refi rió al-Sari: Y cuando terminó sus palabras empezó a llorar y a sollozar, se turbó y se agitó. Luego alzó la cabeza y dijo: «Mi Amo y Señor, triunfó una gente que se encontró, y se salvó quien fue pia-doso y fracasó aquel cuya suerte fue el alejamiento y la desgracia. Y te pregunto, oh Señor: ¿No acercaste la unión y el encuentro, cuando había fl ojeado contigo? Pues llévame ahora contigo, ya que no nece-sito seguir viviendo». Entonces gritó y cayó al suelo. La moví y estaba muerta, la misericordia de Dios sea sobre ella. Refi rió: Y la miró Ahmad b. al-Muthannà y voló su corazón y se quedó estupefact a su inteligencia. Lloró, sollozó, vibró, se agitó, lanzó suspiros y gemidos. Luego gritó y cayó al suelo; lo moví y ya había muerto. Contó al-Sari: Me maravillé del caso de ambos y de la proximidad de sus muertes. Me puse a lavarlos, prepararlos y enterrarlos. Dios, ensalzado sea, tenga de los dos misericordia y nos benefi cie por su mediación.

G

13.

HISTORIA DEL SANTO JOB

Se cuenta que cuando se abatió la desgracia sobre Ayyub 29, sobre él la paz, vino a él el pavo real del cielo, Gabriel, sobre él la paz, con la orden de Dios, glorifi cado y ensalzado sea. Y le dijo: Ayyub, tu Señor te hará llegar de desgracias y terrores lo que las montañas no pue-den soportar. Y respondió Ayyub: Si permanezco en unión con el Amado tendré paciencia hasta que se diga: Asombroso, asombroso.

(45)

Y fue llamado en secreto: Ayyub, prepárate para la prueba junto al descenso de mi sabiduría y mi decreto. Y la causa de su sufrimiento era que Iblis 30 el maldito le envidiaba y usaba contra él toda clase de ardides y malicias, pero no podía con él. Decía: Dios mío, la única causa del agradecimiento y obediencia de Ayyub a tu respecto es lo que le prodigaste de riquezas, hijos, propiedades y salud. Si me dieras poder sobre él para que le arrebatase todo eso, no te obede-cería lo que dura un pestañeo. Y dijo Dios, glorificado y ensalzado sea: Ve, te doy poder sobre él, pero él no cambiará. Relató: Y el pri-mer día de su tribulación se apoderó de sus hijos, pero Job aumentó en el servicio de Dios y en el esfuerzo hasta el límite. El segundo día le cogió los bienes y los quemó y los destruyó. Y dijo Ayyub: Los dones son sus dones, si quiere me los arrebata y si quiere me los dispersa. Al tercer día sopló Iblis en su cuerpo cuando rezaba la oración del Fagr 31 y jugaron los gusanos por todo su cuerpo. Mas no cesó de invocar a Dios, ensalzado sea, en la intimidad y pública-mente. Y decía: Loado sea Dios que me eligió para servirle, el cual está sobre mí por su mérito y su bien, y no me ocupó con otra cosa que Él. Relató: No dejó Ayyub de invocar a su Señor, alabando y agradeciendo, hasta que se desgarró su piel, se deshizo su carne y se debilitaron sus huesos, y los gusanos recorrían su cuerpo mañana y tarde para alimentarse; y él no expresaba una queja, cada vez que un gusano caía de su cuerpo al suelo, lo volvía a poner donde estaba y le decía: Cómeme, pues esta es la mesa de mi cuerpo, que ya está puesta. Relató: Y descendió sobre él el leal Gabriel, sobre él la paz, le saludó y él no le devolvió el saludo, por estar su lengua impe-dida de hablar. Le saludó por segunda vez y entonces le devolvió el saludo. Y le preguntó por la no respuesta la primera vez y dijo:

30 El diablo. N. del t.

(46)

Oh hermano Gabriel, el Rey amoroso me ha enviado huéspedes de entre los gusanos para que los alimente con mi carne sobre la mesa de mis huesos. Y estaban algunos de esos huéspedes sobre mi lengua y temí devolverte el saludo por si se caían de su sitio y fuese yo la causa del impedimento de su sustento y se me reclamara su alimento y hubiese sido rebelde a mi Señor y su Señor.

G

14.

NAUFRAGIO

Y CONVERSIÓN DE UN CRISTIANO

Se contó del imam Muhammad b. Idrís al-Shafi ’í, Dios, ensalzado sea, esté satisfecho de él, que dijo: Vi en La Meca a un cristiano que imploraba al cielo mientras daba vueltas en torno a la Kaaba, y le pregunté: ¿Qué es lo que te desencantó de la religión de tus padres? Respondió: La cambié por otra mejor. Le pregunté: ¿Y cómo fue eso? Y me contó: Me ocurrió una historia maravillosa y un suceso insólito. Fue ello que me embarqué en un barco y cuando estába-mos en medio del mar se nos rompió el barco, y me salvé sobre una de sus tablas. Las olas no cesaron de empujarme hasta que me arro-jaron sobre una isla de las que había en el mar. Vi en ella muchos árboles, que daban frutos más dulces que la miel y más blandos que la mantequilla. Vi también un río de agua dulce, y dije: Loado sea Dios, comeré de estos frutos y beberé de este agua hasta que lle-gue Dios con la alegría. Y cuando se fue el día y llegó la noche tuve miedo de las bestias y leones, por lo que trepé a un árbol y me senté sobre una de sus ramas. Me dormí sobre esa rama y cuando llegó la medianoche vi una bestia sobre la superfi cie del mar que alababa a Dios, ensalzado sea, con una lengua clarísima, y decía: No hay

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más dios que Dios, el Poderoso, el Perdonador; Muhammad es el Enviado de Dios, el Profeta Elegido; Abu Bakr es su compañero en la cueva 32; Omar es la llave de las ciudades; Uthmán, el asesinado en su casa; Alí es la espada de Dios contra los infieles, Alí es su aborrecedor, el Rey Todopoderoso los maldiga, su morada será el infierno, ¡qué pésimo paradero! Y no dejó de proferir esas palabras hasta que alboreó el alba. Y cuando se propuso partir añadió: No hay más dios que Dios, el Todopoderoso, Muhammad es el Enviado de Dios, el Guía Recto; Abu Bakr al-Siddiq, el muy sincero; Omar b. al-Jattab, un muro de hierro; Uthmán b. Affán, el asesinado y mártir; Alí b. Abu Tálib es el de valor enorme, Alí es su aborrece-dor [de los infieles], Dios Glorioso los maldiga. Y cuando llegó ese animal a tierra he aquí que su cabeza era una cabeza de avestruz, su cara un rostro humano, sus patas eran de camello y su cola de pez. Tuve miedo de él, y se volvió hacia mí y dijo: Detente. Y me detuve ante él. Me preguntó: ¿Cuál es tu religión? Le respondí: La religión cristiana. Me dijo: ¡Qué mala religión! ¡Ay de ti, desgra-ciado, vuelve a la religión monoteísta, pues tú has hecho alto en la explanada de un pueblo de creyentes de entre los genios, de los que no se salva más que el musulmán. Relató: Y le pregunté: ¿Y cómo es el islam? Me dijo: Testimonias que no hay más dios que Dios y que Muhammad es el Enviado de Dios. Lo dije y dijo: completa tu islam con la satisfacción de Abu Bakr, Omar, Uthmán y Alí. Dije eso y luego le pregunté: ¿Quién os enseñó eso? Respondió: Un pueblo que habitó junto al Enviado de Dios y le oyeron decir: Cuando sea el día de la resurrección y lleguen los genios, clama con una lengua clara: «Dios mío, tú me prometiste que erigirías mis pilares», y les dirá el Glorioso, ensalzada sea su gloria: Erigí vuestros pilares con Abu Bakr, Omar, Uthmán y Alí, Dios, ensalzado sea, esté

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