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En 2010, el Global Compact (Pacto Mundial), en nombre del director ejecutivo del programa de responsabilidad corporativa de la ONU público que tan sólo un 20% de las empresas que cotizan en los mercados de valores han lanzado planes contra el cambio climático. Aunque las perspectivas de avance son claras.

Actualmente, en el informe publicado, The Carbon Disclosure Project 2011 Supply Chain Report elaborado por la consultora A. T. Kearney, se pone de manifiesto el porcentaje tan elevado de empresas que realizan una aportación al medio ambiente, siendo el 79% de las grandes empresas del mundo. El estudio determina que el 50% de las grandes empresas y el 60% de los proveedores han generado ahorros desde su implementación.

Cómo ha sido el camino hasta 2014, debido a la idea que durante años ha guiado a las empresas de expandir sus actividades industriales sin tener en cuenta sus posibles repercusiones en el capital natural, el deterioro acumulado y sus efectos han hecho replantear este supuesto, considerando en la actualidad, tanto desde la teoría económica como desde la esfera política, la variable medioambiental como un factor económico de primera importancia (Muñoz, 1998).

El análisis del proceso de integración de los recursos naturales en la actividad y el pensamiento económico, hasta llegar al actual grado de concienciación con respecto al mismo, nos permite diferenciar tres etapas, la primera se caracteriza por una ausencia de los temas medioambientales en los planteamiento económicos, abarcando desde comienzos de la industrialización hasta principios de la década de los setenta siendo una etapa de despreocupación de los asuntos ambientales (Jiménez, 1996), y denominándola “inocencia ambiental”. La preocupación por los problemas naturales abre paso a una nueva fase, organizándose en 1972, en el marco de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano, celebrada en Estocolmo, uno de los primero debates a escala internacional sobre el medio ambiente y la actividad económica, poniéndose de manifiesto el grave estado del medio natural, provocando una gran alarma debido a las posibles consecuencias futuras en todos los medios tanto sociales, económicos, como políticos. De las soluciones que se

adoptaron a raíz de este debate, se desarrolla el denominado “crecimiento cero”, denominación adaptada para la segunda etapa que nos ocupa.

El éxito de la etapa de “crecimiento cero” fue relativo, por lo que se plantean nuevas formas para dar un giro a la situación del momento, hecho que se produjo de manera especial en 1987, cuando la Comisión Mundial del Medio Ambiente y en Naciones Unidas se formula el término de “desarrollo sostenible”, que marcará un punto de inflexión en la forma de abordar el problema del medio natural y que sigue vigente en la actualidad, tal y como ya se ha comentado con profusión.

Jiménez (1996) reconoce un importante cambio de ideas a partir de la celebración de la Conferencia de Naciones Unidas en 1972, que denomina etapa de “preocupación ambiental”.

1.3.1.- Etapa de ausencia de preocupación por el medioambiente

En la época de la industrialización, y sobre todo en las primeras décadas, se consiguen importantes avances en el campo técnico y científico, empleando para ello gran cantidad de energía, fuerza de trabajo y recursos naturales, lo que provoca paralelamente un aumento en la cantidad de desechos y residuos que afectan directamente al medio natural (Graedel y Allendy, 1995).

Adam Smith (1723-1790) entendía que lo vital para el progreso económico y social era crear las condiciones para que las transacciones económicas tuvieran lugar en mercado de libre competencia, considerando que la naturaleza debía estar al servicio del proceso de acumulación de capital.

Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895), por el contrario, introdujeron cambios en las líneas de pensamiento clásico tradicional, puesto que no creían en el funcionamiento del mercado y el progreso económico y pensaban que el sistema capitalista se enfrentaría con un descenso de la tasa de beneficio.

Otros autores, Jevons (1835-1882), Walras (1834-1910) y Merger (1840-1921), comienzan la denominada revolución neoclásica y abandonan la teoría del valor del trabajo, centrándose en la valoración de los bienes a través de su utilidad y su escasez, esta constante neoclásica fue seguida por los economistas a lo largo del período 1870-1950. Paralelamente a esta corriente, la actividad industrial seguía centrándose en mantener y estimular el crecimiento, sin tomar en consideración la protección del medio ambiente (Kras, 1994; Cámara, 1996). La total inexistencia de prohibiciones en cuanto a contaminación de aire, aguas marinas y continentales, suelo y paisaje, favorecía esta forma de actuar.

La innovación tecnológica impulsó el desarrollo económico de los países después de la segunda guerra mundial y dicho crecimiento económico produjo un fenómeno doble: por una parte la mejora en el nivel de vida, del bienestar humano, de una parte de la población perteneciente a los países más desarrollados y por otra, una alteración de ciclos naturales, capital natural, fundamentales no conocida hasta ese momento. Los daños de la contaminación se hicieron en muchos casos irreversibles, sobre todo en lo relacionado con la economía, la salud y el bienestar humano, debido a que las emisiones tóxicas, los vertidos

químicos y accidentes industriales, la contaminación de aire y agua provocaron graves crisis de salubridad y del medio natural puesto que los impactos medioambientales empezaron a multiplicarse (Shrivastava, 1987; Brown et al., 1994).

Se detectaron cambios en el clima que podrían amenazar la estructura de la civilización humana (Schneider, 1989). Se comenzaron a dejar sentir grandes problemas en la naturaleza que provenían de una abrumadora realidad: el crecimiento económico se había conseguido a costa del entorno medioambiental (Cano y Cabello, 1995).

La Conferencia de la UNESCO sobre el uso y la conservación de la biosfera, tuvo como eje central el papel del hombre en la naturaleza y su responsabilidad en la evolución natural y las conclusiones obtenidas fueron asumidas como fundamento del Programa “El hombre y la biosfera” aprobado por la misma UNESCO, en 1971.