Según James, un rasgo de la experiencia religiosa es el pre dominio del sentimiento y las emociones sobre el intelecto. Eso no significa que la religión sea un trastorno o un desvarío, pero incluso en el caso de que lo fuera (como creían los neu rólogos de la época), James pensaba que algunos desvarios pueden ser útiles en ciertos momentos de la vida: a veces, las enfermedades — dijo— nos ayudan de las formas más inespe radas. El individuo espiritual puede ser un enajenado, pero al menos en él se expresa, aunque sea de forma exagerada o excéntrica, el «sirte qua non de la conciencia moral». En Varie dades,Jam es repitió un argumento que ya había defendido en
de una creencia religiosa solo resultan convincentes «cuando los sentimientos no explícitos ya se han inclinado a favor de dicha conclusión». No decía que haya que renegar de la ra zón, sino que la razón aparece y colabora con una intuición previa, a veces casi incomunicable, que ha marcado el paso. Parafraseando al humanista danés Soren Kierkegaard (1813-
1855), «el instinto guía y la inteligencia sigue».
La cantidad de fenómenos que James analizó en Varieda des es llamativa. En el plano positivo, estudia a las personas que vuelven a nacer después de perderse o condenarse, y a las que nacen optimistas («las almas sanas»). Y en el plano negativo, analiza las experiencias de arrepentimiento, de pe simismo, de melancolía extrema, los temores y pánicos del «alma enferma». También describe distintos modos de con versión, estados de gracia y santidad, ascetismo y misticis mo. Sin embargo, toda esta variedad puede engañar, porque al mismo tiempo está empeñado en captar el fondo último de todas las vivencias religiosas.
La variedad que presenta no es en realidad tan amplia, pues, a excepción de algunas alusiones a ios budistas e hin dúes, la mayoría de las fuentes y ejemplos proceden del mun do cristiano europeo y americano. James no ocultó sus anti patías hacia el catolicismo y la escolástica, aunque tomó en cuenta a las místicas santa Teresa de Ávila (1515-1582) y san ta Margarita María Alacoque (1647-1690). En la experiencia religiosa — dijo— , «la conciencia personal se halla en conti nuidad con un yo más amplio que procura experiencias sal vadoras». Esa conexión intransferible e individual con algo que excede la realidad visible — dirá también— «procura la más grande de las paces», así como sensación de seguridad y liberación, dicha y entusiasmo renovado.
Esta descripción resulta un tanto vaga. Vista así, la expe riencia religiosa es una conexión con algo más allá de lo visi
ble, pero que repercute directamente en la vida de cada in dividuo. Los preceptos de fe y la dimensión institucional de la religión son secundarios, e incluso innecesarios. La esen
cia de la experiencia religiosa no consiste en obtener el favor de los dioses participando en una cere monia, sino en un trato directo del individuo a solas con alguna divini dad. La religión se experimenta pri meramente — decía James— como una fiebre aguda, y solo después como un conjunto de costumbres y símbolos. «El individuo negocia solo, y la organización eclesiástica, con sus sacerdotes y sacra mentos y otros intermediarios, se encuentra en una posición totalmente secundaria.» En M erece la vida ser vivida, ya lo había dicho:
Nuestras facultades de creer no nos fueron dadas original mente para establecer ortodoxias y herejías con ellas; nos fueron dadas para vivir de acuerdo con ellas. Es un hecho de la naturaleza humana que los hombres pueden vivir y morir en virtud de un tipo de fe que no posee ni un solo dogma, ni una sola definición.
La experiencia religiosa, por lo tanto, conecta directamen te al individuo con lo divino, sin mediadores ni negociado res extemos. Semejante experiencia, además, no requiere un dios personal. Hay cultos en los que Dios se evapora en una especie de idealidad abstracta, por ejemplo, en el pen samiento de Emerson, cuya espiritualidad no tenía que ver ni con una deidad en concreto ni con una entidad sobrehu mana, sino con la divinidad inmanente a todas las cosas, con
James no era un percherón tirando pacientemente de la barcaza científica por un plácido canal académico; más bien era un piel roja salvando los torrentes con pasmosa habilidad.
George Santayana
la cualidad sagrada de todo el universo. Desde el punto de vísta de la experiencia y de sus consecuencias revitalizadoras y morales — dijo James— , los credos sin Dios o casi sin Dios pueden llamarse religiosos. E l caso de Emerson es claro: el universo posee un alma divina, que es moral, y el hombre puede descubrir parte de ella dentro de sí. El individuo pue de sentir que el mundo es maravilloso y verse envuelto por ese «bálsamo del mundo que sublima el cielo y las monta ñas», por ese «canto silencioso de las estrellas» que otorga felicidad y bendición a la vida. Ahora bien, la cuestión de si esa alma del universo — dirá James— «constituye una sim ple cualidad como el brillo de los ojos o la suavidad de la piel, o más bien se trata de una vida consciente, como que los ojos tengan vista y la piel tacto, es una cuestión que jamás se plantea en las páginas de Emerson».