Libertad, Naturaleza y actos humanos
SALTO AL VACIO?
James ilustró a veces su doctrina de la voluntad de creer con situaciones en las que los individuos parecen correr grandes riesgos, lo cual hace sus actos de fe no solo nece sarios sino apremiantes y urgentes. Las decisiones sobre amistad, cooperación y amor tienen consecuencias, a veces a corto plazo, a veces a largo. Pero Jam es imaginó casos ex tremos donde el individuo se enfrenta a una disyuntiva que pone en juego su vida y sobre la cual no puede posponer una decisión. Comparó estos dilemas existenciales con si tuaciones de vida o muerte. P or ejemplo, llegar a un punto en una montaña del que solo se puede salir dando un salto hacia adelante. Si el escalador cree que no logrará salvar el vacío es probable que le tiemblen los pies y, por tanto, caerá al vacío y su creencia será verdad. Si, en cambio, cree que puede saltar, puede que logre salir vivo, pues es posi ble que la confianza en sí mismo le otorgue más fuerza de la prevista. «A falta de ciertas emociones, el salto quizás habría sido imposible.»
Los actos de fe — defendió James— no perjudican e inclu so pueden contribuir a la realización de una posibilidad. Si no nos vemos obligados a escoger, si no nos apremia la vida, desde luego podemos tomarnos todo el tiempo del mundo en decidirnos. Pero cuando nos vemos obligados por las circunstancias no es ilógico ni insensato actuar así, pues la evidencia que necesitamos no puede darse mientras nos mantengamos pasivos. Es razonable que no queramos equi vocarnos, pero es igual de razonable querer acertar, sobre todo cuando la cuestión que está en juego es el destino de nuestra propia vida. ¿Por qué un error atribuible a la es peranza sería peor que un error atribuible a la precaución? ¿Qué asegura al escéptico para que su cautela y parsimonia
eviten mejor el desasí re? Es como si el escéptico — según Ja mes— , obsesionado por seguir un método que evite el error, acabara prefiriendo más el oro que los bienes que se pueden comprar con él.
El mandato o dogma impuesto por la mentalidad científi ca según el cual no debemos creer nada que no esté verifica do — aseguró James en E l sentim iento de la racionalidad— es una regla prudente que nos ayuda a maximizar la corrección del error a largo plazo. En conjunto, es más seguro seguir lo, «pues no hay duda de que las ganancias terminarán por cubrir la pérdida». Sin embargo, en los casos particulares, quizá perdamos ocasiones de dar en el clavo si decidimos obedecerlo. La filosofía de «cubrir la apuesta» requiere que se dé efectivamente un largo plazo, «lo cual la vuelve inapli cable a la cuestión de la fe religiosa tal como se la plantea el hombre individual», ya que este hom bre...
No juega al juego de la vida para evitar las pérdidas, pues no trae nada consigo que pueda perder; juega para ganar; para él siempre es todo o nada; el largo plazo, que sin duda existe para la humanidad, no existe para él. Permítasele, pues, du dar, creer o negar: el riesgo es solo suyo y tiene el derecho natural a elegir lo que prefiera.
Como hombre de ciencia, James no podía creer en el Dios de la teología, pero para ser un hombre de ciencia se tomó en serio el derecho de los creyentes a creer. Los científicos empezaban a convertirse en una clase influyente y a veces tan dogmática como la religiosa. A James le espantaban el catolicismo, el papa y la Iglesia, pero nunca dejó de mostrar simpatía por el mundo del que procedía: el protestante. No le agradaba el celo calvinista, ni la obediencia y sumisión a un Dios omnisciente y omnipotente. En caso de existir algún
dios, James podría aceptar uno como d de John Stuart Mili (1806-1873) y Renouvier, una especie de dios finito y bene volente, un algo más grande que el yo personal — como dirá James— , un poder superior al individuo, pero no supremo,
que juega de su parte y le reconforta.
El problema fundamental de la clase científica intransi gente es que no entendía que, en el terreno moral, la duda es el equivalente práctico de la negación. Como dijo en
La voluntad d e creer, en esos terrenos, dejar pendiente la cuestión es en sí mismo otra decisión, igual de pasional que la de apostar por un sí o por un no. «El escepticismo en asuntos morales es un aliado activo de la inmoralidad. Quien no está a favor, está en contra. E l universo no acepta neutralidad en esas cuestiones.» Visto así, el veto científico a las creencias que van más allá de lo probado debería le vantarse si los efectos prácticos de abandonarlas fueran de sastrosos. La creencia en la libertad es una de ellas: quien pospone su apuesta colabora y contribuye a la negación de la libertad — argumentó Jam es— , igual que quien duda de que achicando agua de un barco este saldrá a flote, con tribuye a hundirlo. No decidirse es comportarse como si la libertad no existiera. ¿Pero ocurre lo mismo con la creencia en Dios? ¿Contribuye la duda en su existencia a hundir este mundo? ¿No puede llevarse una vida moral sin postular su existencia? ¿Seguro que los creyentes en Dios son más solidarios? ¿Son personas más fiables que los agnósticos?