I. La Creación del Estado de Israel
4. El Nacionalismo árabe y el Foreign Office
Ya sin Herzl, los zionistas prosiguieron su cruzada para ganar adeptos y apoyo en Europa. Sin embargo, a principios de siglo ellos no eran los únicos interesados en la Palestina. De un lado, el gobierno corrupto del sultán Abdul Hamid se aferraba a sus posesiones árabes en el Oriente Medio (Irak, Siria, Jordania, Líbano y Palestina) usando para ello la represión brutal de los pueblos bajo su yugo. Del otro lado, Francia, Inglaterra y Rusia ambicionaban la posesión de ese territorio otomano, rico en petróleo y estratégico para la navegación comercial. Atrapados entre la tiranía de los turcos y la ambición de las potencias, los árabes, junto a otros pueblos dominados por los grandes imperios del siglo XIX, comenzarían a soñar el sueño del nacionalismo.
Cuando en 1908 Enver Bajá al frente del grupo pro-reforma de los “Jóvenes Turcos” depuso al sultán Hamid, los árabes creyeron que la hora de la libertad había llegado. Sin embargo, la revuelta de Bajá fue un espejismo. El nuevo líder no tardó en derogar todas las libertades por las que habían luchado los “Jóvenes Turcos” e imponer su propia tiranía. Luego, la alianza pactada con Alemania y Austria- Hungría arrastraría al Imperio Turco Otomano a la Primera Guerra Mundial.
La participación otomana en la guerra era la excusa perfecta para que las potencias se abalanzaran sobre el rico territorio del Oriente Medio. El 1 de Noviembre de 1914 Rusia declaró la guerra a Turquía, seguida por Francia e Inglaterra el 5 del mismo mes. El 14 de Diciembre, asegurándose el control del Mediterráneo del Sur, Inglaterra declaraba su protectorado sobre Egipto. Desde ahí, una vez rechazados los intentos turcos por apoderarse del Canal del Suez, Gran Bretaña lanzaría ofensivas constantes sobre los turcos atrincherados en Palestina, Líbano, Jordania y Siria.
Desde el inicio, la suerte del Imperio Turco-Otomano estaba sellada. Su existencia no era compatible con las ambiciones de las potencias. En especial, Rusia e Inglaterra se disputaban el Estrecho de los Dardanelos y el Bósforo que comunicaban el Mediterráneo dominado por ingleses y turcos con el Mar Negro en disputa entre rusos y turcos. Al Sur, Inglaterra deseaba extender y proteger los intereses de la Anglo-Persian Oil Company, asegurando el territorio de Irak. Al Este, Rusia deseaba incluir en su imperio los ricos territorios otomanos del Cáucaso. Al Norte, los Austro-Húngaros, aliados de los turcos en el conflicto mundial, planeaban quedarse con buena parte de los Balcanes.
En Febrero de 1915, utilizando tropas francesas y divisiones de la Mancomunidad británica (el Cuerpo Anzac de Australia y Nueva Zelanda) Inglaterra lanzaba su ataque sobre la Península de Gallipoli (Gelibolou) y el cabo Helles. El objetivo era abrir los Dardanelos a la navegación de la flota ruso-británica y cortar el Imperio Turco Otomano en dos. La campaña, planeada y ejecutada bajo el mando del Lord del Almirantazgo británico Winston Churchill, fue un desastre absoluto. Tras once meses de lucha, los británicos sólo consiguieron conquistar 5 Km de territorio turco al costo de 240,000 vidas humanas. Para Enero de 1916, Gran Bretaña decidió a abandonar el cabo Helles e intentar penetrar el poderío otomano por otro lado.
El lugar elegido por los británicos para los nuevos ataques fue la Palestina. Aunque, además de un nuevo objetivo militar el Ministerio de Relaciones Exteriores (Foreign Office) de Inglaterra se hizo de nuevos aliados. Mediante su comisario en Egipto, Sir Henry McMahon, Gran Brtaña logró enrolar la ayuda de los árabes en la guerra contra los turcos. Y es que, a medida que avanzaba la guerra y los turcos
se sentían acorralados, el gobierno de Estambul había ordenado una represión brutal de cualquier sombra de liderazgo árabe. Los árabes, operando en sociedades secretas, se organizaron en torno al líder espiritual del Islam, el jerife de Meca, Hussein.
A su vez Hussein se volvió hacia McMahon. En las ocho cartas que los dos líderes intercambiaron, Hussein expresaba el deseo de los pueblos árabes de ser libres e independientes. Por su parte McMahon, en los términos ambiguos de la diplomacia, expresó a Hussein el beneplácito del Ministro de Guerra británico Lord Kitchener para establecimiento de un Estado Nacional Árabe. Sin mayores precisiones geográficas se acordó que dicho Estado estaría localizado en las inmediaciones de Siria, Líbano, Jordania y Palestina. A cambio, sin embargo, los británicos exigían la participación militar de los árabes contra sus amos turcos.
La promesa de McMahon fue ratificada con sangre. En Junio de 1916 Hussein y sus tres hijos Alí, Feisal y Abdallah lanzaron la revuelta árabe contra los turcos desde la Meca hasta Damasco. Como asesor y enlace entre los tres ejércitos y las fuerzas británicas, el Foreign Office designó a un erudito del Medio Oriente convertido en guerrero de la causa árabe, el oficial Thomas Edward Lawrence, mejor conocido como Lawrence de Arabia. Pero, mientras Lawrence, Feisal y Abdallah cruzaban el desierto saboteando las vías del tren y organizando ataques terroristas que mantenían en jaque a los turcos, Inglaterra y sus aliados planeaban la repartición del Medio Oriente una vez que se verificara su victoria sobre el Imperio Turco-Otomano. Firmado a espaldas de los árabes el Acuerdo Sykes-Picot, resultado de las negociaciones secretas entre Inglaterra, Rusia y Francia, asignaba a ésta última los territorios de Siria y Líbano que meses atrás le fueran prometidos a los árabes para su Estado Nacional. Los franceses, después de todo, no tendrían por qué honrar las promesas de McMahon a Hussein. A cambio, Rusia se quedaría con Armenia y el Kurdistán, mientras Gran Bretaña se apoderaría de Irak e internacionalizaría la Palestina. Jordania y Transjordania quedarían bajo la tutela de Inglaterra y Francia respectivamente. En ningún lugar del Acuerdo Sykes-Picot se mencionaba el Estado nacional árabe libre e independiente por el que luchaban los Hussein y Lawrence de Arabia. Una vez repartido el pastel, los británicos se dieron a la tarea de asegurar su tajada. En Enero de 1917 lanzaron desde Egipto una campaña para conquistar la Palestina. Mientras tanto, se hacía evidente que la guerra ya había sido demasiado larga para las finanzas de todos los pueblos involucrados. Rusia se tambaleaba bajo el peso de la crisis económica y política que habría de llevar a Lenin al poder y en Alemania, los políticos y hombres de negocios comenzaban a considerar el armisticio. Inglaterra también resentía ya el esfuerzo económico de una guerra de tres años.
Intentando congraciarse con las grandes fortunas inglesas el Ministro de Asuntos Exteriores británico, Arthur Balfour, escribió el 2 de Noviembre de 1917 una nota a Lord Walter Rothschild, jefe de la familia de banqueros judíos. La nota emitida por el Ministro de Relaciones Exteriores, misma que llegaría a conocerse como la Declaración Balfour aseveraba que “el Gobierno de su Majestad favorece el establecimiento de un Estado Nacional Judío en el territorio de Palestina”. Por este medio Gran Bretaña otorgaba a los judíos uno más de los territorios prometidos el año anterior a los árabes de Hussein. De los cuatro territorios ofrecidos a los árabes en las cartas de McMahon, al final, Inglaterra cedería el control de Jordania al hijo menor del jerife, Abdallah Hussein y coronaría a Feisal monarca de Irak. Ambos reínarían bajo estricta vigilancia británica. La independencia árabe tendría que esperar el declive del poderío inglés.
A pesar de las traiciones diplomáticas que fueron la norma durante la Primera Guerra Mundial, Inglaterra salió bastante bien librada del conflicto. Feisal, el segundo hijo de Hussein, llegó a un arreglo con los franceses para nombrarle dirigente de Siria. En los dos años que permaneció en el poder, Feisal practicó una política de tolerancia hacia los judíos. Tal como lo había pactado con Lawrence y Chaim Weizman, nuevo líder del zionismo mundial, Feisal permitió el acceso de los judíos a la Tierra Prometida a cambio de asesorías en el campo de la ingeniería.
En Julio de 1922, Inglaterra recibía de manos de la Liga de Naciones el Mandato o tutela de la Palestina. Pero las expectativas de los zionistas no fueron alcanzadas. La migración masiva a la tierra del Monte Zión donde Yahvé diera a Moisés los Diez Mandamientos, no se verificó. Los judíos de Europa, aunque simpatizaban con la causa del Estado Nacional Judío, no estaban dispuestos a dejarlo todo en aras de un ideal en una tierra agreste y estéril que sus antepasados habían dejado 18 siglos atrás. Inclusive la gran mayoría de los judíos europeos sentían su judaísmo más como un accidente que como la esencia de su ser. Cada uno de ellos se definía a sí mismo como alemán, polaco o ruso principalmente y judío en segundo término. Haría falta una verdadera catástrofe para concentrar de nuevo en torno al judaísmo, al pueblo de la Diáspora.