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La muerte de Stalin y el XX Congreso del Partido Comunista

8 “Un periodo triste y trágico en la historia americana”

V. Intentos de Revolución tras la Cortina de Hierro

2. La muerte de Stalin y el XX Congreso del Partido Comunista

El 5 de Marzo de 1953, Josef Stalin moría de una embolia en su recámara del Kremlin. El deceso de quien había sido dueño absoluto de los destinos de la URSS a lo largo de casi 30 años, trajo consigo enormes desafíos para el sistema soviético y de sus satélites este-europeos. De hecho, apenas desaparecido el dictador comenzaron los primeros murmullos de descontento y Berlín sería el escenario. Al interior de la URSS como era obvio, la muerte del tirano desató una feroz lucha por el poder. De un lado, los cómplices de los miles de crímenes Stalin eran muchos y a ninguno le convenía una revisión minuciosa de la historia reciente. Gente como Beria, Malenkov y Kaganovich estaban dispuestos a todo con tal de heredar el trono vacante.

Pero para heredar el poder, los émulos de Stalin debían vencer a una facción del Partido que no sólo se decía representante genuina de la Revolución de 1917, sino que en su mayoría habían sufrido en carne propia los abusos del poder estalinista. Acusados por décadas de ser trotskistas, perseguidos y casi aniquilados por Stalin, los sobrevivientes de esa facción resucitaban ahora como “leninistas” y buscaban regresar al comunismo original, más puro y menos dictatorial que el de Stalin. Pero de mayor importancia para quien aspirara a la facción disidente, los leninistas no conformaban un bloque ideológicamente compacto, sino que su principal acuerdo era el odio al dictador muerto.

Dado que prácticamente ningún hogar soviético escapó de contar con una de las 20 (o 50) millones de víctimas de Stalin, el número y variedad de los humillados y ofendidos por el régimen estalinista constituía una sólida plataforma política para quien supiera utilizarla en su provecho. Y muchos de los miembros más encumbrados del Politburó lo intentaron. No por nada se decía que Stalin sólo había tenido dos tipos de subordinados: los astutos y los muertos. Entre ellos, el más astuto de todos resultó ser Nikita Khrushchev. Como Stalin antes que él, Khrushchev no era un hombre popular. De hecho Nikita era un hombre de campo, sin refinamiento alguno y tolerado apenas por la elite del Partido. Pero el ex cuidador de cerdos ucraniano sabía esperar su momento y, apenas cerrado el ataúd de Stalin, Nikita comenzó a moverse entre aquellos que –por primera vez en 30 años- dormían tranquilos con la muerte del dictador. Primero en conversaciones privadas y después más abiertamente, Khrushchev comenzó a sugerir que, más que un héroe, Stalin debía ser tratado como un traidor a los ideales del comunismo por los sufrimientos que les había inflingido a 100 millones de sus conciudadanos. Las críticas cayeron en terreno fértil y pronto el Partido se escindió entre los idólatras de Stalin y sus detractores. Al final –debiendo mostrar al mundo y al pueblo que el poderío soviético iba más allá de un solo hombre-, la pugna por el poder terminó en la creación de una troika o triunvirato como los que habían llevado a Stalin al Kremlin. La línea dura (fanática de Stalin) preservó los puestos de Premier y de Presidente en las personas de Malenkov y Voroshilov respectivamente, pero el Secretariado General (en ese entonces se conocía como Primer Secretario) les tocó a los “leninistas”. Puesto que el miembro más crítico de la facción leninista era Khrushchev, el honor recayó sobre él. A cuatro meses de instalado en el Kremlin, Khrushchev fue recibido por violentas protestas anti- comunistas en Berlín Oriental donde los ciudadanos veían crecer la brecha entre la economía de mercado y la planificada. El 17 de Julio, furiosos por las altas cuotas de trabajo que se les exigía a cambio de una

remuneración irrisoria, miles de berlineses orientales marcharon por la ciudad exigiendo elecciones libres y la reunificación del país. Al calor de las protestas, algunos jóvenes llegaron hasta la Puerta de Brandenburgo donde ondeaba la bandera soviética e intentaron bajarla. Los soldados que custodiaban el lugar abrieron fuego, matando a algunos jóvenes (cuyas muertes aun conmemora la Avenida 17 de Julio, llamada así en su honor). Las protestas se extendieron por la ciudad y acabaron por contagiar al País. Ochocientas personas perderían la vida antes de que el gobierno comunista pudiera reestablecer el orden.

Mientras tanto, en Moscú, Khrushchev también trataba de asentarse en el poder con tácticas que, si bien mucho menos sangrientas que las de su predecesor, no diferirían demasiado de las Stalin. Una vez pasada la crisis de Berlín, Nikita se alió con los reformistas y, poco a poco, se fue deshaciendo de sus rivales políticos. Lavrenti Beria –el sicario de Stalin y el segundo hombre más temido del régimen anterior- fue ejecutado por cargos de espionaje en Diciembre de 1953. De pronto, vientos de libertad comenzaron a soplar casi imperceptiblemente sobre el territorio ruso: como parte de la estrategia de Khrushchev para eliminar a sus enemigos, los allegados de Stalin fueron expulsados del Partido, se permitió el retorno del exilio de personas non gratas como el General Zhukov y, en los campos de castigo siberianos comenzó a hablarse de “rehabilitaciones” es decir, la liberación y readmisión política de antiguos miembros del Partido enemistados con Stalin. Inclusive intelectuales como Solzhenistyn cuyo único crimen había sido la crítica del dictador conocieron el perdón.

Pero en el periodo 1953-6 el intento de hacer justicia no llegaba a tener el efecto de una gota de agua en las arenas de un desierto. Quizá porque en realidad no se trataba de un intento de hacer justicia sino de utilizar el descrédito de Stalin para afianzar a Khrushchev en su propio gobierno. El problema era que para denunciar públicamente la tiranía de Stalin, Khrushchev necesitaba la anuencia de un Politburó dominado por los cómplices del dictador. De los 10 miembros del Politburó, sólo Mikoyan apoyaba la postura crítica del nuevo Secretario General.

Estancada su propuesta de desenmascarar el estalinismo al interior del Politburó, Khrushchev decidió cambiar de estrategia y llevar el desprestigio de su antecesor a un foro más amplio como era el Vigésimo Congreso del Partido Comunista de la URSS. Reunida por primera vez desde la muerte del dictador, la cúpula gubernamental de Rusia –e invitados de los países del Este- escucharon una petición histórica de boca de Krushchev: “Creo que el Congreso no puede pasar por alto los crímenes de Stalin. Debemos exponer su verdadero rostro”. Y luego, para cerrar su discurso, el Secretario General lanzó un desafío a los representantes del pueblo: “Decidan ustedes”.

Los delegados –algunos de muy buena gana- mordieron el anzuelo que Khrushchev lanzaba y ordenaron preparar un informe de dichos crímenes para ser presentado antes de la conclusión de Congreso días más tarde. El informe se preparó a toda prisa y generó grandes pugnas entre los estalinistas y sus oponentes. Una vez más, Khrushchev se vio obligado a negociar. Para cuando se presentó el Informe, la noche del 24 de Febrero de 1956, el contenido había sido diluido. No se incluyeron cifras, ni se habló de los crímenes rurales para lograr la colectivización, ni de los miles de inocentes recluidos en los campos de Siberia. Sólo se mencionaba el “culto a la personalidad” del dictador y los crímenes enunciados se limitaron a la purga de viejos revolucionarios que debían ser rehabilitados en vida o de manera póstuma.

Aún así, en las filas del Partido el efecto fue semejante al de un terremoto político. Los anti- estalinistas vitorearon a Khrushchev mientras los estalinistas pugnaron y lograron mantener el informe fuera de la minuta oficial del Congreso, razón por la cual se le conoce como el “Informe Secreto” del

Vigésimo Congreso. Pese a la discreción con que se trató de manejar el episodio, el Informe se difundió entre los cuadros comunistas de la URSS y el bloque este-europeo. Por vía de un alto dirigente polaco una copia llegó al diario Le Monde en Francia y de ahí, al resto de Occidente. Como resultado de las “revelaciones” sobre los crímenes de Stalin, el Partido comunista francés, -uno de los más fuertes al otro lado de la Cortina de Hierro- llegó a perder 48 mil miembros según le confió su Secretario General, Thorez, a Khrushchev en 1960.

Sin embargo, las consecuencias más dramáticas del Informe aflorarían en Europa del Este, donde los pueblos oprimidos dieron una sonora bienvenida a la moda de criticar a Stalin. Pero en la Europa “liberada” por Stalin no había lugar para sutilezas ideológicas: estalinismo y comunismo eran sinónimos. Para los gobernantes que llevaban una década imitando el más mínimo gesto y política emanada de Moscú, la nueva moda de desestalinización implicaba dar marcha atrás a las políticas represoras que hasta entonces venían practicando; para la población la “desestalinización” era sinónimo de liberarse del comunismo. La consecuencia lógica del Informe Khrushchev sería el enfrentamiento entre quienes querían un comunismo menos represor y quienes querían acabar con el comunismo de tajo. Y para ambos era clave desprestigiar –y remover- a aquellos líderes comunistas que habían modelado sus gobiernos sobre el modelo estalinista.

Así, para 1956 los dictadores eran cuestionados por sus propios partidos y los partidos por sus súbditos. Polonia y Hungría, las dos naciones de mayor tradición occidental y católica serían el escenario de los primeros intentos de revolución tras la Cortina de Hierro.