Se trata de una faceta poco conocida de nuestro autor. Había cursado Artes y teología en la escuela nominalista, amiga de la ciencia físico- mecánica, y dedicó a su cultivo algunos tiempos de descanso, inventando aparatos de elevación de aguas y sacando rendimiento con que subvenir económicamente sus empresas apostólicas. R. Ramírez Arellano, importante investigador local, casi escandalizado, publicó en 1914 cuatro documentos conservados en el archivo de Protocolos de Córdoba, que presentaban a nuestro autor «distraído a ratos de las oraciones y predicaciones y ocupándose en cosas terrenas e industriales, inventando artefactos de elevación de aguas y procurando sacar de ellos el mayor rendimiento».
En uno de los documentos los describe así: «Yo el Maestro Juan de Avila, clérigo presbítero predicador, que al presente reside en Córdoba...,
digo que... halle con mi trabajo e industria cuatro artes o ingenios de subir agua de bajo a alto, que se nombran balanza de cajas, y alentador de aguas muertas, y suplevientos, y prudentes maneras»25. El último
documento detalla la proporción del reparto de beneficios y otras condiciones contractuales entre inventor e industrial.
El vol. I de O.C. de la edición de Sala Balust y Martín Hernández, p. 138-142, describe el contenido de los cuatro documentos. Ojalá ellos animen a los sacerdotes actuales a descansar fomentando la inventiva en tantos campos de servicio a la sociedad compatibles con el mejor ejercicio del sacerdocio.
15. El escritor
Ofrezco una breve relación de sus obras con indicación aproximada del número de ediciones.
Obras Completas, 11 ediciones en castellano, 2 en francés, 1 en alemán.
Imitación de Cristo (traducción, Sevilla 1536); ediciones en M. LLANEZA, Bibliografía del V. P. M. Fr. Luis de Granada, O.P., IV
(Salamanca), p.62ss.
Audi, filia, 11 eds. en cast., 4 en franc., 1 en alem. y otra en inglés. Catecismo, una ed. en cast. y otra en ital.
Epistolario, 8 eds. en cast., 9 en franc., 11 en ital., 3 en inglés, 2 en port.
Dos pláticas a sacerdotes, 7 eds. en cast., 14 en ital., 2 en franc. Reglas de bien vivir, una ed. en cast., otra en franc. y otra en ital.
Doctrina admirable, (carta 184), 3 eds. en cast., 5 en ital., 2 en gr. y una en alem.
Tratado del amor de Dios, 3 eds. en cast., 5 en ital. Sermones, 2 eds. en cast., 3 en ital., 1 en alem. Tratados de reforma y varios, 5 eds. en cast.
25 R. RAMÍREZ. ARELLANO, AI derredor de la Virgen dei Prado, patrona de Ciudad
Real... Con un apéndice en que se insertan cuatro documentos inéditos del Beato Juan de Avila (Ciudad Real 1914), p.267ss.
Coméntanos a la Sagrada Escritura j sobre el sacerdocio: uno sobre las Lecciones sobre la Epístola a los Gálatas, y otro sobre el Tratado del sacerdocio, ambas en «Miscelánea Comillas», 13 (1950).
Añado una breve nota sobre las biografías más importantes de San Juan de Avila, que se deben a fray Luis de Granada (Madrid 1588); a L. Muñoz (1635), 6 eds., y dos abreviadas; José Fernández Montaña (1889); Agustín Catalán de la Torre (1894); Joaquín Pineda Ramírez (1790); Laureano Castán Lacoma (1947); Nicolás González Ruiz y J. L. Gutiérrez (1961); Tomás Ruiz del Rey (1952) y otras.
C
APÍTULOIII
La experiencia de Dios
1. Cruce de caminos
Juan vive en las entrañas del siglo XVI. Inicia sus estudios en Salamanca y los continúa en Alcalá, abierta a todos los horizontes. Allí conoce el alumbradismo de la Alcarria, en cuya calificación teológica intervino su profesor Juan de Medina; la mística de los recogidos franciscanos de La Salceda; el luteranismo perseguido por los Regentes y por el tribunal de la Inquisición; el humanismo de Nebrija y de Erasmo, centrado en los problemas del hombre y de las fuentes, si bien de modo diverso. El primero destaca la armonía con la tradición cristiana; el segundo, se abraza con la concepción del italiano Lorenzo Valla, y pone su acento en la crítica a la escolástica y a lo exterior de la Iglesia, que él con- sidera superfluo y negativo, desde una valoración algo exagerada de lo clásico y de lo interno y de un dualismo inaceptable.
Alcalá ostentaba entonces la primacía de la modernidad y la capitalidad de la espiritualidad española y compartía con Salamanca el cetro de la cultura! La universidad vivía con intensidad la política tormentosa de la posguerra de las Comunidades, las noticias de los des- cubrimientos, conquistas y cristianización de América y los nuevos rumbos de la política internacional del César Carlos.
Después de un largo período de aridez espiritual y de abstracción teológica conceptual, debida al nominalismo como método teológico, los universitarios pusieron su empeño en reformar la manera de construir y
enseñar teología y las observancias se abrazaron con una espiritualidad de retorno al evangelio y a la regla primitiva.
Ciencia y experiencia llevan al conocimiento de las cosas. La primera de modo discursivo; la segunda contactando directamente con ellas, a través de la huella que deja en nuestro ser el toque con la realidad. La una es como agua de laguna; la otra como corriente de manantial.
La espiritualidad española, a fines del siglo XV y principio del XVI, pasó decisivamente de un objetivismo prevalente de oración vocal, rezo del breviario, lectura espiritual en el coro y correspondiente aplicación a la vida, a otra espiritualidad más interior, afectiva y vivencial, que no reniega de las manifestaciones exteriores sino las vivifica y llena de contenido. A ello ayudó no poco el descubrimiento de la imprenta y el abaratamiento de los libros.
En esa línea de los benedictinos de Valladolid, de los franciscanos de La Salceda, de San Francisco del Monte de Sevilla y de San Juan de los Reyes de Toledo se sitúa Juan de Avila. El distinguirá conocimiento de Dios «de oídas», o por fe, y noticia experimental del amoroso y más que amoroso trato con quien Dios quiere26. Eso no se encuentra en libros y en
vidas ajenas sino en la propia interioridad y conciencia27.
La experiencia de Dios no es conclusión intelectual sino sabor sapiencial que surge de ese ser absolutamente otro, vivido en nuestro corazón, que nos afecta y agarra como luz, vida y amor, y pone en funcionamiento el deseo de poseerlo. Termina en algo enteramente distinto de la persona que lo vive, es decir, en Dios. Se inserta en lo más hondo de nuestro ser y nos trueca en nueva creatura. Dios invisible e inefable se nos comunica como palabra, luz y amor. El hombre lo recibe o rechaza.
Un número crecido de religiosos, sacerdotes, y seglares había superado en 1525 la abstracción mental, fe intelectual y aridez espiritual y vivía la unión con Dios por amor. Oía la llamada de Dios y respondía generosamente a ella. También hoy vivimos un fenómeno similar de llamada de Dios, respuesta del hombre y búsqueda de itinerario para realizar esa unión. De ahí el interés del camino recorrido por Juan de Avila. Presentaré su espiritualidad como experiencia de Dios por amor, que une extremos tan extraños y distantes como Dios y hombre.
2. Experiencia vivida
Juan no escribió tratados sistemáticos de espiritualidad, salvo Audi, filia, sino desarrolló una vida interior centrada en la oración y el apostolado. En sus obras, de modo especial en sus cartas, abundan rasgos de intercomunicación entre Dios y el hombre como interlocutores. No opone mística y ascética, interno y externo, contemplación y acción, hechos extraordinarios y vida cotidiana. Predica, confiesa, estudia, proyecta, funda escuelas, colegios y centros universitarios, y como descan- so descubre aparatos industriales para pagar sus obras apostólicas. Afortunadamente he encontrado una obra muy sugestiva sobre su experiencia de Dios, escrita por uno de los avilistas más destacados de nuestros días: Esaú María Díaz Ramírez. Se titula: La Madre está en la Sarga. Experiencia de Dios en San Juan de Avila (Almagro, Ciudad Real, 1995 y 1983). La completa una antología sobre el amor en sus cartas: Ya han florecido las granadas (Almagro 1993).
3. Fe y experiencia
«Si nosotros nos contentamos con conocer a Dios por fe y no le conocemos por noticia experimental que del amor nace, y según las conjeturas humanas se puede tener, también tendremos por qué llorar como San Agustín y decir: ¡Ay del tiempo cuando no te amaba!»28.
«Aunque muchos le conozcan por fe, mas la experiencia particular del amoroso y más que amoroso trato de Dios con quien él quiere, si no se tiene, no se podrá bien entender el punto donde llega esta comunicación. Y así he visto a muchos escandalizados de oír las hazañas de Dios con sus criaturas; y como ellos están de aquello muy lejos, no piensan hacer Dios con otros lo que con ellos no hace»29. Naturalmente estas experiencias «no
habéis de buscarlas en libros ni en vidas ajenas, mas en vuestra propia conciencia»30.
Tampoco están reservadas a personas de vida contemplativa, ni van unidas a hechos extraordinarios, como los que aparecen en la vida de Santa Teresa de Jesús y de otros santos. Dicho de otro modo, esa irrupción de Dios en la vida del hombre se realiza en la vida ordinaria: «Porque como es negocio de gracia, El lo da a quien le parece, sin diferencia de lugar ni
28 Carta 10, I.30-35. 29 Carta 158, 1.82-89.
de personas; y ansí da aliquando en la plaza lo que niega en la celda, y al jornalero lo que niega al monje»31.
Desde principio del siglo XVI la perfección ha sido sacada de los conventos por los místicos españoles y después por Erasmo y Lutero. Casados y beatas vivían la perfección en sus casas sin pertenecer a órdenes religiosas canónicas. La palabra «beata», hoy desprestigiada, refleja una realidad cargada de contenido y de actualidad. Precedente importante de tantos movimientos actuales de espiritualidad laical en campos dilatados de servicio al prójimo y de presencia-ausencia de Dios como la injusticia, el hambre, el fracaso personal y tantos otros.
Esa experiencia de Dios se verifica en toda oración, desde la vocal más sencilla hasta la más alta de contemplación. En la respuesta personal al Creador que llama, se hace presente Dios en estrecha relación viva e interpersonal. Oración es «una secreta e interior habla con que el alma se comunica con Dios ahora pensando, ahora pidiendo, ahora haciendo gracias, ahora contemplando, y generalmente por todo aquello que en esta secreta habla se pasa con Dios»32.
Ese diálogo requiere sosiego y paz interior, de modo que, «si Dios les quisiere hablar, no los halle tan ocupados en hablarlo todo ellos, que calle Dios»33. El hombre en actitud de escucha, «como el que echa leña en el
fuego esperando que salte la chispa», «como Elías expectante ante el paso de Dios manifestado en la debilidad de un susurro»34.
Dios lleva la iniciativa hasta convertirse para el alma en guía, pedagogo y maestro. La oración es acto de amor y de fe por parte del hombre y de amor gratuito por parte de Dios. De ahí esta exclamación dolorida: «¿Por qué no se huelgan los hombres de estar con Dios, pues los deleites de El son estar con los hijos de los hombres? No tiene su conversación amargura sino alegría y gozo; ni su condición tiene escasez para negar lo que piden. Y padre nuestro es, con el cual nos habíamos de holgar conversando, aunque ningún otro provecho viniera. Y si juntáis con esto que no sólo nos da licencia para que hablemos con él, mas nos ruega, aconseja y alguna vez manda, veréis cuánta es su bondad y gana que hablemos con él, y cuánta nuestra maldad de no querer ir...» 35.
31 Plática 3.ª, A los Padres de la Compañía, 1.140-143. 32 Audi, filia, 2.ª redac., cap. 70, 1.7138-7143.
3333 Carta 1, I.381-391. 3434 Plática I.205ss.
En la oración Dios da y el hombre recibe: «Este negocio todo consiste en recibir los movimientos e influencias... y lo que entonces fuere dado, agora sea compasión, o dolor, o temor de los pecados, o edificación de costumbres, o lágrimas...; todo lo tome sin desechar nada»36.
El Maestro gusta detallar estos dones: amor, agradecimiento, felicidad, paz, sosiego, alegría, dolor de los pecados... y otros sentimientos de sí mismo. «Algunas veces es tanta la dulcedumbre que el alma gusta siendo visitada por Dios, que la carne no lo puede sufrir, y queda tan flaca y caída como lo pudiera estar habiendo pasado por ella una larga enfermedad corporal. Aunque acaece otras veces, con la fortificación que el espíritu siente, ser ayudada la carne y cobrar nuevas fuerzas, experimentando en este destierro algo de lo que en el cielo ha de pasar»37.
Otros efectos de la oración en Carta 6, 1.123, 148...).
4. Sentir
Juan emplea con frecuencia el verbo sentir y sus derivados. Con Dios se une la persona, cuerpo y alma integrados. La integración es el punto de partida de la mística española, tal como la fundamenta Francisco de Osuna en el capítulo primero de Tercer Abecedario Espiritual. El cristiano no puede renegar de su cuerpo y de sus sentidos corporales. Dios llama al hombre al modo del hombre. El lenguaje con que Dios y el hombre se hablan no está hecho inicialmente de palabras sino de los acontecimientos cotidianos que la persona vive consigo misma, como los vivió Cristo niño y joven. Ellos representan la vida de Cristo en el hombre.
La existencia humana comienza con una forma de vida en la cual no se han dividido interior y exterior, cielo y tierra. Más tarde se contraponen interior y exterior, yo y mundo. Entonces se corre el riesgo de apartarse de sí, perderse en el mundo que le rodea y convertirse en ese yo arrogante, para el cual la ley consiste en su triunfo total.
Ignacio de Loyola, Juan de Avila y la mayor parte de los místicos españoles del siglo XVI emplean con frecuencia la palabra sentir, derivados y afines. Los sentimientos constituyen una parte fundamental de la vida humana y por lo mismo también de la espiritual. En la oración de propio conocimiento y de seguimiento de Jesucristo el alma se siente enseñada, iluminada, inspirada, consolada, maravillada, alegrada,
36 Carta 5, 1.158ss.
apesadumbrada, sosegada, fortalecida...: «Este negocio todo consiste en recibir movimientos e influencias..., y lo que entonces le fuere dado, agora sea compasión, agora amor, o dolor, o temor de los pecados, o edificación de las costumbres, o lágrimas, etc., todo lo tome sin desechar nada»38.
Bellísima toda la carta 5; puede completarse la gama de sentimientos con las Cartas 158, 148, 123 y los capítulos 7, 8 y 9 de Audi, filia.
Avila canta la dulzura de Dios: «El sabor que una perdiz tiene es sabor de perdiz, y el gusto de la criatura sabe a criatura, y quien supiere decir quién eres tú, Señor, sabrá decir a qué sabes tú. Sobre todo entendimiento es tu ser, y también lo es tu dulcedumbre, la cual está guardada y escondida para los que le temen y para aquellos que por gozar de ti renunciaron de corazón al gusto de las criaturas... Bien infinito eres y deleite infinito..., que si tú... con las fuerzas infinitas que tienes, no gozases de ti mismo, quedaría el deleite que hay en ti quejoso, por no haber quien goce de él cuanto hay que gozar»39.
Sentimientos y vivencias inefables, al ser por espíritu sobrehumano; trascienden nuestro ser, lo plenifican y personalizan. Sacan al hombre de sí mismo, lo unen a Dios, y le dan plenitud de desarrollo y felicidad: dejan el alma tan harta y tan otra que le parece resucitar de muerte a vida 40. Pero
exigen dejarse de sí y salir de sí: «Si vienes tras mí, ven sin ti. No pienses en ti, haz cuenta de que no eres» 41.
Esa humildad lleva a la llenumbre de sí, a la satisfacción plena, al centro: «Bien sobre todo bien, solo y suficientísimo bien. ¿En quién se deleita quien en ti no se deleita?... Búsquete quien algo busca, pues quien te halla pone fin a buscar otras cosas. Gócese de ti y contigo quien es amigo de gozo, pues sólo tú haces al alma de verdad gozosa, que matas las congojas y tristezas…» 42.
Esa experiencia de Dios se realiza también en la oración mística, en el silencio y sosiego de los sentidos, de la imaginación, del entendimiento: «Imágenes desaprovechadas, pensamientos mortecinos, para que no im- pidan la secreta habla del Señor, que pide silencio de las creaturas, porque hablar á ellas y a él es imposible»43.
38 Carta 5, I.160ss.
39 Audi, filia, cap. 9, 1.800ss. 40 Carta 6.
4141 Sermón 15, 1.305. 42 Carta 76, 1.729.