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En Audi, filia»

In document San Juan de Avila M ANDRES (página 91-98)

Las etapas de la vida espiritual equivalen a las de la oración personal. Tanto tienes de amor cuanto de oración. Juan ofrece dos esquemas de desarrollo de la vida espiritual: el tradicional de incipientes, proficientes y perfectos, de las vías purgativa, iluminativa y unitiva, y otro presentado en Audi, filia, denso y original comentario a los versículos 11-12 del salmo 44:

1. Audi, filia, escucha la palabra de Dios a través de la fe y el cierre de los oídos al lenguaje del mundo y del demonio.

2. Et vide, mira desde la oración de propio conocimiento y de seguimiento de Cristo,

3. Inclina aurem tuam, inclina tu oído a la Sagrada Escritura y a las enseñanzas de la Iglesia, esposa de Cristo, distinguiéndolas de ilusiones y falsas apreciaciones.

4. «Olvida tu pueblo y la casa paterna», es decir, el mundo, demonio y la propia voluntad.

5. «Y codiciará el rey tu belleza»: encuentro con Cristo, cuya hermosura embellecerá la del alma.

Al lado de estos itinerarios se detiene a veces en otro más cercano y psicológico: deseo, búsqueda, encuentro, unión; o en otro más teológico: el de las tres virtudes teologales y su relación con las potencias del alma.

No segmenta la vida espiritual en dos tramos: ascético o común y místico o extraordinario. Los grandes autores del siglo XVI sólo contemplan una vida espiritual en la cual se nace, se crece y se alcanza plenitud. ¿Quién puede señalar linderos a la obra del espíritu y decir: de aquí no paso, cuando Dios llama a todos a la perfección?

El Apóstol de Andalucía concreta su pensamiento en las pláticas 3.a y

4.a, dirigidas a los jesuitas de Montilla.

2. Incipientes

«Hase de comenzar por los defectos propios y por la meditación de la pasión, y con imaginaciones de su vida lleva nuestro Señor a muchos nuevos; y han de seguir aquel camino de imaginaciones, pues es gran be- neficio que le podamos imaginar...; y puesto Cristo Nuestro Señor delante, podemos tomar de él las virtudes y el amor y pasar a la divinidad por la santa Humanidad...

»Cuando Dios viene todo se acierta a hacer. Pero antes que venga unos dicen que hay ejercicios de aspiraciones y unión. No es menester que haya obras de entendimiento para esto, porque ya tiene el hombre en- tendimiento que es Dios infinito y merece ser amado...

»Otros comienzan pensando como quien pone leña y salta la centella y emprende aquel sumo bien con aquella suspensión y el amor reposado en un acto continuo de aquella bienaventuranza... Pero no ha de comenzar por aquí, sino por su miseria, vida de Cristo y beneficios. Y aunque proceda así y en principios, es primero necesario escuchar algunas veces a Dios y no hablárselo todo desde dentro... Y suélese llevar esto a costa de la carne, que el amor se la lleva tras sí a pasar en poco tiempo por todo hasta toparse con Dios, y topándose va embebiendo en el ánima lo que resulta de la comunicación con Dios por afición... Ha menester maestro y regalarle como a niño, y sin maestro, si lo puede tener, difícilmente alcanzará perfección... Es menester a las obras corporales darles alma y espíritu... Y esto es comenzar a mortificar sus pasiones...»111.

Avila lleva el hombre a Dios a través de la humanidad de Cristo, que acepta la forma de esclavo con todas sus consecuencias y debilidades: comer, dormir, sufrir, alegrarse, ser tentado, condenado, morir en una cruz. La contemplación de su Humanidad en estado de humildad lleva a la de su divinidad. Se enmarca en muchos aspectos en la mística del recogimiento.

3. Proficientes

No los define por el género y la diferencia específica sino los describe: «Es cuando se siente el hombre ya movido con dones de Dios..., porque el don difiere de la virtud, cuando dice Dios ascende superius... Aprovecha cuando siente un olor de la castidad, mansedumbre, etc., de que se precia: parece que le dan una blandura, etc., que es el venir a caer en la cuenta, un sentir allá dentro de las cosas de otra manera, un no sé qué de Dios (la cursiva es mía), que le hace decir: “¡Oh padre, cómo no me lo habíades dicho!”. Y habíaselo dicho mil veces, sino que no había llegado la mano de Dios y, como es individuus spiritus, est ventas que se le asienta muy asentada; esto es andar en espíritu y en verdad...

»Y esto es ser llevado por el espíritu de Dios... Aunque haya libre albedrío, primero son movidos de otro espíritu... y esto es ser buen cristiano y vivir vida cristiana... Cuando no hay instinto superior, sino todo a cavar y arar y razonar y no medrar, trabajoso va el negocio. Esto vino a hacer Jesucristo... Cuanto tiene un hombre de este don de Dios, tanto tiene de proficiente, y así se hace como un niño que aprende de su maestro... No es cosa que discurre y se cansa, sino dánselo ahechado, y no a fuerza de pensamientos»112.

Una observación de subido interés. Para muchos autores la primera preocupación de los incipientes consiste en alejarse del pecado y resistir a las tres concupiscencias: placer, poder y soberbia de la vida. San Juan de Avila la relaciona también con la unión, así como la etapa de los proficientes con los dones del Espíritu Santo. Para los místicos españoles, incipientes, proficientes y perfectos no son momentos estrictamente sucesivos sino vividos de modo profundamente interconexo. Son trozos de una línea parabólica abierta al infinito.

4. Perfectos

En este grado el hombre no hace más que unirse a Dios y gozar de El. Ya «no se para tanto en el amor de la verdad y del Dador de las virtudes... Hácese una con él por amor, y es el amor de la justicia, que tanto tiene de ésta cuanto más tiene de ella..., amor a una verdad infinita... Esta unión de que se dice, obra el espíritu de los perfectos...

»Esta perfección no la había antes de Cristo. ¿Pues no era Abrahán perfecto? Sí, pero no con esta perfección... Decíale Dios: Ego ero merces tua magna nimis..., y respondía: Señor, no tengo hijos... Lléguense a San Pablo: Tuvo espíritu conforme a Jesucristo resucitado, que el de antes era conforme a Jesucristo pasible, que tiene forma de los incipientes y de los de antes de su venida. Casóse su Iglesia con Jesucristo impasible, invencible; esto es el espíritu que dio a la Iglesia.

»Dos cosas tiene el amor: gozarse del bien de quien quiere, y esto allá; pesarle del mal de quien bien quiere, y esto acá. Allá las manos llenas; acá nuestro oficio es pesarnos del mal y ofensas de quien bien queremos. Y esto consumía a los santos...»113.

Sería interesante cotejar la vivencia de Juan con las de Osuna, Laredo, San Juan de la Cruz y Arias Montano.

5. Discernimiento de espíritus

Juan vivió uno de los períodos más borrascosos de la historia civil y espiritual de España: cambio de la dinastía de los Trastámara a los Habsburgo; nueva política internacional española de Carlos V; conquista de los dos grandes imperios americanos: México y Perú; guerra de las comunidades y germanías; desgarramiento de la unidad religiosa europea; primera circunvalación del planeta y consiguiente conciencia de la unidad de la especie humana, necesidad de superar el viejo concepto de christianitas por el de communitas orbis; saqueo de Roma; triunfo de la observancia en las órdenes mendicantes y afianzamiento de la descalcez en la franciscana; democratización o universalización de la llamada a la perfección o extensión de la misma a todo el pueblo cristiano; florecimiento de los alumbrados, erasmistas, luteranos y de místicos.

Movimientos espirituales más o menos opuestos, con incidencia en un medio social y político atormentado, dolorido y con frecuencia desorientado. De ahí la necesidad de un claro discernimiento en todos los campos. De ello se preocuparon muchos humanistas, teólogos y autores espirituales a lo largo del siglo XV y XVI, algunos de ellos contemporáneos de Juan de Avila, como Francisco de Osuna, Ignacio de Loyola, Beato Orozco, Luis de Granada... ¿Cómo lo plantea nuestro autor?

No se guía por criterios filosóficos, psicológicos, sociológicos, políticos o literarios, sino teológicos, de fe viva y total, no de oligo-pistía o

fe elemental: «Es tanta la alteza de las cosas de Dios y tan baja nuestra razón y fácil de ser engañada, que para seguridad y salvación nuestra ordenó Dios salvamos por la fe y no por nuestro saber»114.

1. Su criterio fundamental es la Sagrada Escritura, interpretada no «por seso o ingenio de cada cual, que de esta manera... suele haber tantos sentidos cuantas cabezas, mas ha de ser por la determinación de la Iglesia católica, a interpretación de los santos de ella, en los cuales habló el mismo Espíritu Santo... Sed especialmente atenta a palabras del Verbo hecho carne en el cual el Padre se ha aplacido»115.

2. La enseñanza de la Iglesia católica. «Inclina tu oreja, porque no con ojo de nuestra razón, mas con ojo de fe herimos de amor al corazón de Jesucristo»116.

3. Negativamente: evitar revelaciones, visiones y otros sentimientos espirituales engañosos de los tiempos pasados y presentes como los alumbrados; no desear revelaciones ni ensoberbecerse si se tienen, ni darles fácilmente crédito117.

Ofrece también reglas para conocer las verdaderas revelaciones: conformidad con la Sagrada Escritura; que no contengan mentira; que traigan provecho espiritual; si traen sosiego y se las contempla y vive con humildad y sin soberbia; si, finalmente, aceptan una dirección espiritual experimentada, que llame las cosas por su nombre y distinga verdad, tibieza, temor, desenfreno, singularidades y no las recubra con valoraciones falsas. Juan sigue la línea de Gerson, canciller de la universidad de París, y está muy cerca de las reglas de discernimiento de espíritus de San Ignacio de Loyola en el libro de los Ejercicios Espirituales.

114 Audi, filia, 1.ª redac., 1.2851; 2.ª cap. 45. 115 O.C., 1.2892ss y cap. 45.

116116 O.C., 1.298 ls; cap. 46. 117 O.C., 1.3010ss y cap. 48ss.

C

APÍTULO

IX

El itinerario espiritual

En el camino de la unión con Dios por amor corresponde al hombre ofrecerse y colaborar. El primer estadio es el deseo. Este sustantivo y el verbo desear son frecuentes en Juan de Avila y en los místicos de su tiempo. Los hombres son sus voluntades y la voluntad sus deseos. Habría que recoger y cuantitativar el vocabulario del Apóstol de Andalucía, en una obra similar a las Concordancias de los escritos de San Juan de la Cruz (Roma 1990), de Astigarraga, Borrel y Lucas.

La empresa de unir al hombre con Dios por amor exige entrega, fuerza y trabajo. Aproxima a místicos con descubridores, conquistadores, bandeirantes, caballeros andantes, misioneros. A principio de la década de 15301540 fue traducido al castellano Spill de la vida religiosa (Barcelona 1514), con el título de El deseoso, que describe el sentido de viador, peregrino, codicioso, varón de deseos de cualquier místico, y alcanzó extraordinario éxito editorial en las principales lenguas europeas. El deseo lleva a la búsqueda; ésta se realiza en la oración.

1. Oración

Oración es para Juan la respuesta del hombre que siente y acepta la llamada de Dios: «Secreta e interior habla con que el alma se comunica con Dios, ahora sea pensando, ahora pidiendo, ahora haciendo gracias, ahora contemplando y generalmente por todo aquello que en esta secreta habla se pasa con Dios»118.

La oración es la licencia que Dios da a los hombres para hablar con El. Dios lleva la iniciativa; debemos más oírle que hablar nosotros. Como secreta y particular comunicación interpersonal requiere sosiego, de modo

que no hablemos sólo nosotros y calle Dios, sino le demos lugar para hablamos. A medida que la intervención divina se haga más acusada, la oración será más pura y perfecta, y ejercitará más los afectos de la vo- luntad que la especulación del entendimiento. El cuidado excesivo de las reglas —alguna vez lo llama bachillería— resulta estorbo.

Abarca desde la manifestación vocal más sencilla hasta la forma más alta de contemplación, pasando por la lectura meditada, meditación sistemática... y todo «lo que entonces fuere dado, agora sea compasión, o dolor, o temor de los pecados, o edificación de costumbres, o lágrimas... Todo se tome sin desechar nada..., mas tenga por gran merced haber querido su Magestad consentir en su presencia»119. «Algunas veces es tanto

lo que da acá nuestro Señor a sentir de sí mismo, que no se acuerda el alma de nadie, por estar ocupada toda ella en Aquel que es todas las cosas»120.

Dios al comunicarse enseña, ilumina, produce sentimientos de humildad, amor, agradecimiento, dolor de los pecados, arrepentimiento, confianza, alegría, reforzamiento de la voluntad... Deja al alma tan satisfecha que le parece resucitar de la muerte a la vida. A veces desciende a la parte sensitiva como dulce maná que baja del cielo a la tierra, para que todo el hombre diga cantando: mi corazón y mi alma gozaron con el Dios vivo. Lo que aquí se siente no se puede decir. A ello se refieren las cartas 5, 10, 58, 76, 158 y otras.

En ese encuentro Dios absorbe al hombre y lo saca de sí de modo que parece resucitar de muerte a vida y encontrarse satisfecho, feliz y realizado en plenitud121.

La oración, según el Maestro Avila, necesita preparación por nuestra parte en todas las etapas de la vida espiritual. El Padre Granada cuenta una anécdota que vale por mil recomendaciones. «Díjome una vez que rezásemos Maitines; y puesto de rodillas, añadió...: Algunos convidan a rezar a otros como a oficio de muy poca importancia con estas palabras: Andad acá, digamos Pater noster por Prima o por Tercia, etc. No me parece se debe comenzar la hora sin alguna preparación interior del ánima y así lo hagamos ahora. Y desta manera estuvimos ambos de rodillas un razonable espacio recogiendo el corazón. Y esto hecho comenzamos a rezar pausada y devotamente. ¡Pluguiese a Dios que con este mismo espíritu y aparejo rezasen todos los clérigos el Oficio Divino!»122.

119 Caria 5, 1.160-165. 120120 Carta 159, 1.5-8. 121 Carta 76, 1.80-90.

En el itinerario del alma a Dios, Juan de Avila distingue el camino general de Audi, filia: oye, mira, inclina tu oído, olvida tu pueblo y la casa de tu padre y el Rey deseará tu hermosura, y la realización de este sendero a través de oración de propio conocimiento, de seguimiento de Cristo y de unión o transformación.

In document San Juan de Avila M ANDRES (página 91-98)