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San Juan de Avila M ANDRES

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(Contraportada

Melquíades Andrés nació en Micieces (Palencia) en 1916. Es doctor en Teología y en Filosofía y Letras. Fue rector del Seminario de Lebanza (Palencia) y del Seminario Teológico Hispanoamericano en Madrid, y profesor de Teología e Historia en diversos centros.

Es autor de más de veinte libros y casi doscientos ar-tículos de temática diversa.

Esta obra nos inicia en el conocimiento de la persona y la espiritualidad de San Juan de Avila, patrono y maestro del clero secular español y un hombre de gran influencia en la Iglesia española del siglo XVI.

Su acción apostólica es muy amplia, y la ejerció en sectores muy distintos de la sociedad de la época, rural y urbana. Fue director espiritual de gentes sencillas, religiosos, sacerdotes, obispos y nobles. Se distinguió por su penetración en el misterio de Cristo, en el mundo revuelto del humanismo y en el protestantismo. Desde estas claves, se constituyó en guía seguro para muchos obispos durante el concilio de Trento.

Maestro de caminantes en la Iglesia del siglo XVI, lo sigue siendo aún a finales del siglo XX y comienzos del XXI.

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SAN JUAN DE AVILA

MAESTRO DE ESPIRITUALIDAD

POR

MELQUIADES ANDRES MARTIN

MADRID 1997

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Dedico este libro, con todo cariño,

A mis antiguos alumnos de los seminarios de Palencia, Hispanoamericano de Madrid y otros Seminarios y facultades teológicas.

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«¿Puede ser cosa más tierna que la que es herida con la mirada de un solo ojo? ¿Puede ser cosa más flaca que la que es atada con un solo cabello?... Que como Dios sea amor, de solo amor se deja cazar... Y este que con amor es herido, con un cabello es atado, porque lo que el amor prende, el pensamiento recogido y atento lo conserva que no se pierda... ¿Quién nunca oyó amor como este, que amando uno a otro se tome en él?»

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I N D I C E G E NE R A L

PRÓLOGO...9 BIBLIOGRAFÍA FUNDAMENTAL...11 CAPÍTULO I...14 El marco...14 1. Marco político...14 2. Marco cultural...16 3. Marco religioso...17 CAPÍTULO II...21

La vida de Juan de Avila (c.1499-1569)...21

1. En la cresta de la ola...21 2. Familia conversa...22 3. Estudios...23 4. Decisión heroica...25 5. ¿Misionero a América?...26 6, Apóstol de Andalucía...29 7. Proceso inquisitorial...30 8. La cárcel...31 9. De bachiller a maestro...38 10. La escuela sacerdotal...39

11. Escuelas, colegios, Universidad de Baeza...46

12. El reformador: los hechos...47

13. El alma de la reforma avilista...50

14. El nominalista inventor...51 15. El escritor...52 CAPÍTULO III...53 La experiencia de Dios...53 1. Cruce de caminos...53 2. Experiencia vivida...55 3. Fe y experiencia...55 4. Sentir...57

5. En el centro del alma...59

CAPÍTULO IV...60

Experiencia de amor...60

1. Noticia amorosa...60

2. Dios herido por sólo amor...62

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4. Un mismo querer y no querer...63

5. Herir con un ojo, atar con un cabello...63

6. Caracteres del amor de Cristo...64

CAPÍTULO V...68

La unión...68

1. Toparse con Dios...68

2. Los dos extremos...69

3. El cuerpo místico...69

4. Lenguaje nupcial...69

5. Unión transformante...70

6. Conocimiento por amor...70

7. Desconsolaciones en la ausencia...71

8. Unión y realización humana...72

CAPÍTULO VI...73

Espiritualidad trinitaria...73

1. El Padre...74

2. El Hijo, Dios y hombre. Desposorio con la humanidad. Vivencia del misterio...76

3. El Espíritu Santo...81

CAPÍTULO VII...83

El hombre...83

1. Diversas antropologías...83

2. Triple punto de vista...84

3. El conocimiento de sí mismo...85

4. Dos tiempos fuertes de oración...85

5. Las «nadas» en Juan de Avila...86

6. El ser, el bien ser y el bienaventurado ser...86

7. Otras formulaciones...87

CAPÍTULO VIII...89

Etapas de la vida espiritual...89

1. En Audi, filia»...89 2. Incipientes...90 3. Proficientes...91 4. Perfectos...91 5. Discernimiento de espíritus...92 CAPÍTULO IX...94 El itinerario espiritual...94 1. Oración...94

2. Oración de propio conocimiento...96

3. Oración de seguimiento de Cristo...99

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6. La locura de la Cruz...104

7. La transformación...105

8. La santidad sacerdotal...108

CAPÍTULO X...113

Frente a otras espiritualidades contemporáneas...113

1. Mundo revuelto y apasionado...113

2. Alumbrados, dejados y perfectos...114

3. Espiritualidad erasmista y avilista...118

4. Juan de Avila y el luteranismo...123

5. Avila y la mística del recogimiento...125

Despedida...128

Apéndices...130

TRATADODELAMOR DE DIOS...131

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P

RÓLOGO

La vida espiritual traspasa todas las actividades humanas de cualquier tiempo y cultura. De ahí su actualidad cada vez más reconocida por cuantos de algún modo ahondan en los procesos de la persona y de su felicidad. Espiritualidad equivale a religión y consiste en la unión del hombre con Dios por amor.

Ofrezco diez lecciones dadas en el colegio abulense Francisco de Vitoria, de la Universidad Pontificia de Salamanca, durante el mes de mayo de 1996. Allí surgió la idea de este libro al roce con otro publicado un mes antes por la editorial Planeta, titulado San Juan de la Cruz, Maestro de espiritualidad.

Estos dos Juanes, junto con Teresa de Jesús, Francisco de Osuna e Ignacio de Loyola, forman el núcleo fundamental de la espiritualidad española del siglo XVI. La afinidad de ambos llama poderosamente la atención. Ambos viven su propio itinerario espiritual, fácilmente universalizable, como basado en el hombre, en Dios y en el amor. Ambos centraron muchas de sus actividades en Andalucía. Ambos miraron de algún modo al Nuevo Mundo, recién descubierto.

Ambos enmarcan su quehacer en la reforma de la Iglesia, traspasada por la revolución humanista, que puso en el hombre el centro de sus preocupaciones, y por la ruptura de la unidad de la Iglesia, consumada por Lutero. Ambos vivieron hondamente la experiencia de Dios, reconocieron su inefabilidad y trataron de acercarla a los hombres. El segundo describe detalladamente los últimos grados de la misma; el primero se detiene, además, en los pasos anteriores.

Confieso con sencillez que ningún libro espiritual anterior a Cántico espiritual y a Llama de amor viva ha suscitado en mí tantas evocaciones verbales y experienciales de San Juan de la Cruz como Audi, filia, del Apóstol de Andalucía. El Doctor Místico conoció la obra de Juan de Avila durante su estancia en Baeza como primer rector del colegio universitario

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descalco, en 1570, por el trato inmediato con los discípulos del Maestro, fallecido el año anterior.

¿Cómo vivió y enseñó la experiencia de Dios Juan de Avila? Dios llama al hombre al modo del hombre. Por eso he creído conveniente conocer a fondo la persona de Juan y enmarcarla en su ambiente. Su magisterio responde a la llamada de Dios y a las exigencias de su apostolado en el medio religioso, social y cultural de la Alta y Baja Andalucía. Allí predicó y dirigió espiritualmente a toda clase de personas; fundó escuelas, colegios, la universidad de Baeza y una escuela sacerdotal que evangelizó a campesinos, mineros, cabreros y marineros y aglutinó un claustro de profesores de universidad. En ella funcionó la primera cátedra de teología positiva creada en España.

Figura céntrica en la vida religiosa española del siglo XVI. Patrono del clero español desde hace medio siglo. Centro el estudio de su magisterio espiritual primeramente en su experiencia personal de unión de Dios y el hombre por amor y después en una reflexión sobre Dios, el hombre, el itinerario espiritual y otras espiritualidades contemporáneas. Ea espiritualidad configura y conforma su vida y su obra, es más radical que la lengua, la economía, la cultura, el tener, el placer y el poder. Sólo una frivolidad como la que hemos padecido estos años recién pasados ha sido capaz equipararla al fútbol y al parchís.

Cito con abundancia textos de Juan de Avila. Ellos expresan su pensamiento y vivencia e invitan a una lectura reposada. Como la última edición de sus Obras Completas de la BAC fue hecha en dos veces, cito generalmente la carta, sermón o tratado y las líneas correspondientes.

Añado como apéndice el Tratado del amor de Dios y la Carta a Santa Teresa. El primero es el más hondo, bello y penetrante que yo conozco; la carta puso paz y claridad en el alma de la Mística Doctora.

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B

IBLIOGRAFÍA FUNDAMENTAL

Obras del Beato Juan de Avila. Ed. J. Fernández Montaña, 4 vols. (Madrid 1901).

Obras Completas, edición crítica. Ed. Luis Sala Balust, 2 vols. (BAC, Madrid 1952, 1953).

Obras Completas. Nueva edición revisada y continuada por F. Martín Hernández, 6 vols. (Madrid 1970).

Biografías clásicas de fray Luis de Granada y de Luis Muñoz, en Biblioteca de Autores Españoles, vol. XIII.

ABAD, CAMILO, S.J., Memoriales para el concilio de Trento, proceso

inquisitorial y otros inéditos: «Miscelánea Comillas», 3 (1945), 5 y 6 (1946); La espiritualidad de San Ignacio de Loyola y la del Bto. Juan de Avila: «Manresa» 28 (1955) 455-478.

CARRILLO RUBIO, F., El cuerpo Místico en la doctrina del Apóstol de

Andalucía: «Manresa» 17 (1945) 202-235.

CERECEDA, FELICIANO, Dos proyectos de «Instituto Bíblico» en España

durante el siglo XVI: «Razón y Fe» 133 (1946) 275-290.

DÍAZ RAMÍREZ, ESAÚ DE MARÍA, La madre está tras la sarga. La

ex-periencia de Dios en S. J. de A. (Almagro 1995); Id., Ya han florecido las granadas (Almagro 1983).

ESQUERDA, JUAN, Síntesis mariológica de los escritos de J. de A.:

«Ephemerides Mariologicae» 11 (1961) 169-191; Id., Escuela sacerdotal española del siglo XVI: Juan de Avila: «Anthologica Annua» 17 (1969).

FUENTE GONZÁLEZ, A., El Bto. Mtro. Avila y los seminarios tridentinos:

«Maestro Avila» 1 (1946) 153-171.

GARCIA-VILLOSLADA, R., Problemas sacerdotales en los días del Beato A.

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HUERCA, A., El Bto. Avila y el Maestro Valtanás: dos criterios distintos sobre... la comunión frecuente: «La Ciencia Tomista» 84 (1957) 425457.

JIMÉNEZ DUQUE, BALDOMERO, El Maestro Juan de Avila (Madrid 1987,

BAC popular, n.89).

MORALES OLIVER, L., El Bto. M. J. de A. y el estilo de la predicación

cristiana (Semana Avilista, Madrid 1952), p. 19-27.

NAVARRO SANTOS, JESÚS, La reforma de la Iglesia en los escritos del M.

A. (Granada 1964).

SALA BALUST, L., Ediciones castellanas de las obras del Bto..., francesas,

griegas, alemanas..., italianas...: «Maestro Avila» 1 (1946), 2 (1947); Id., Vicisitudes del «Audi, Filia» y diferencias doctrinales en las dos ediciones: «Hispania Sacra» 3 (1950) 65-127, y en el primer vol. de O.C.; Id., Una censura de Melchor Cano y de Fr. Domingo de Cuevas sobre algunos escritos del P. Maestro Avila: «Salmanticensis» 2 (1955) 577-585.

TARRÉ, JOSÉ, La traducción española de la «Imitación de Cristo»:

«Analecta Sacra Tarraconensia» 15 (1942) 101-127.

TELLECHEA, J. I., Censura inédita del «Audi, Filia», de 1556 por Fr. Juan

de la Peña, tirada aparte del Apéndice II de «Avisos y Reglas cristianas sobre aquel verso de David: Audi, filia» (Barcelona, Juan Flors, editor, 1963), p.309-320.

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SAN JUAN DE AVILA,

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C

APÍTULO

I

El marco

Según un curioso aforismo árabe, el hombre se parece más a su tiempo que a sus progenitores. Los padres dan la vida, los contemporáneos el modo de vivirla a través de la familia, la sociedad, la geografía, el ambiente, las ideas, los sentimientos. No podemos valorar a la generación de 1500 desde la actual, marcada por el liberalismo, el marxismo, la técnica y el salvajismo producido por las dos pasadas guerras y entreguerras europeas, el comunismo, el fascismo y, en España, por la guerra civil de 1936.

Juan de Avila pertenece a la primera generación del siglo XVI. La acunan, en lo político, las guerras de sucesión de los Reyes Católicos con Portugal; los procesos últimos de la reconquista, la unidad política, el descubrimiento, conquista y cristianización de América, la apertura española a los campos de Europa y del mundo, el cambio de la dinastía de los Trastámara a los Habsburgo. La marcan en lo cultural y religioso la revolución de valores producida por el humanismo y el renacimiento, que centran su atención en el hombre, en el método y en el retorno a las fuentes; la ruptura de la unidad religiosa y la constatación de la unidad de la especie humana gracias a la primera circunvalación del planeta.

1. Marco político

Juan de Avila nace en 1499 en un hogar de ascendencia judía. Aún no habían cicatrizado las heridas abiertas en la comunidad hebrea española a fines del siglo XIV y a lo largo del siglo XV, coronadas por la reciente expulsión de 1492 y la actuación cruel de algunos inquisidores. En alguno de sus primeros impetuosos sermones Juan parece que consideró auténticos mártires a algunos de los relajados por el Santo Oficio.

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Aquella compleja sociedad española, dividida en clases y muy encerrada durante siglos en sus fronteras, terminó la larga y dolorosa empresa de la reconquista, alcanzó la añorada unidad política y comenzó a intervenir decisivamente en Europa, zarandeada por la inversión de valores del humanismo y protestantismo. Aseguró la unidad política, apasionada y casi cósmicamente buscada por las Coronas de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal a través de enlaces matrimoniales, pactos y guerras intestinas.

Realizada por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón y al filo de romperse en la época de las Regencias (1504-1516), se cimentó poco a poco en lo social, político, económico y religioso. La religión constituía entonces el aglutinante más fuerte y seguro de aquella sociedad altamente jerarquizada (monarca, nobleza, Iglesia, pueblo llano), en plena efervescencia política, económica, social y religiosa. Exportaba lana y vino al norte de Europa y de Italia y productos manufacturados y hombres de todas clases sociales al Nuevo Mundo. A la vez modernizaba su ejército y su administración a base de los Consejos de Castilla, Aragón, Indias, Ha-cienda, Guerra..., que eran algo así como los actuales ministerios del Estado.

El cambio de dinastía culminó en 1516, cuando Fernando el Católico, la víspera de su muerte, declaró heredero de sus estados a su nieto Carlos V, de dieciséis años, formado en Flandes, ignorante de la lengua, leyes y costumbres españolas. Nuevos hombres, nueva política interior y exterior. España se convirtió en centro de las grandes decisiones políticas y militares. De ser apéndice de Europa pasó a ser centro neurálgico de la misma.

Nunca se produce aislado un cambio social importante. Los nobles, reyezuelos casi absolutos en sus señoríos, se convirtieron en cortesanos. La gente del pueblo buscó su triunfo en América, en el ejército o en la Iglesia. La sociedad civil y eclesiástica se abrió con rapidez a los problemas del hombre y de Europa.

En la Vega de Granada, frente a las murallas moras de la Ciudad del Genil, se aunaron de modo importante la nobleza de sangre, el ideal de unidad y el sentido de servicio. Gracias a ello se superarían con dificultad las banderías de la época de las Regencias y de los primeros años tormentosos de Carlos V, en pro de servicios más altos a la patria, a la humanidad y a Dios. Ignacio de Loyola invocará el espíritu de caballero para promover las relaciones del hombre con el Creador en el libro de los Ejercicios Espirituales, al describir el llamamiento del rey temporal.

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A mi parecer, la realización española más importante en el campo de la historia de la Iglesia y de la cultura tuvo lugar en la armonización de los valores del humanismo y erasmismo con el cristianismo, de la tradición cristiana con las novedades del luteranismo y de la experiencia de la fe desde la propia vocación, aceptada con libertad y vivida con autenticidad. Afortunadamente funcionaron con acierto teológico y humano muchos criterios de discernimiento.

La herencia religiosa de las órdenes militares y el sentido de austeridad e interioridad de la reforma española encontraron refuerzo importante en el Enchiridion militis christiani de Erasmo, traducido por el Arcediano, del Alcor en 1525. El traductor acertó a verter la palabra miles por caballero. Los caballeros de las órdenes militares abreviaron las obligaciones religiosas, y se convirtieron en refinados burgueses y eximios cortesanos. Así se fue cimentando el mito y realidad del caballero español, adumbrado en el Libro de ¡l caballería cristiana de Jaime de Alcalá (1515), llevado al de los Ejercicios Espirituales por San Ignacio de Loyola, codificado espiritualmente en la traducción del Enchiridion erasmiano y genialmente retratado por los pinceles del Greco.

La vida espiritual se vio zarandeada por lo converso, lo humanista-erasmista, lo alumbrado y lo luterano. Toda España sintió de algún modo las salpicaduras de la revolución protestante. Salió de la crisis gracias al prestigio de la inteligencia y a un ideal insaciable de romper las propias fronteras en lo geográfico, religioso, político y artístico, dentro del marco de una vida cristiana, libremente aceptada, abiertamente proclamada y practicada con subidos aciertos y humanas debilidades.

2. Marco cultural

Decrece sensiblemente el subido analfabetismo y aumenta de modo llamativo el prestigio de la cultura en la universidad y fuera de ella. Muchos caballeros truecan la espada por el libro, se matriculan en la universidad y gozan formando su propia biblioteca. En los testamentos abundan los legados de libros.

Se multiplican las escuelas de catequesis, de primeras letras y de latinidad, los colegios de doctrinos (algo así como los centros de artes y oficios de principio del siglo XX), de humanidades y las universidades. Estas últimas pasaron de cuatro en 1500 a treinta en 1600, casi todas rodeadas de colegios mayores y menores. España alcanza en la segunda

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mitad del siglo XVI el mayor nivel europeo de universitarios por mil habitantes.

Gigantesca revolución educativa, no valorada suficientemente por muchos historiadores. Ello explica la recia textura, robustez y permanencia del imperio español hasta finales del siglo XVIII y principio del XIX. Parece como si muchos historiadores españoles no quisiesen reconocer algunas realidades por haber sido obra de la Iglesia o de la sociedad del «antiguo régimen» y antepusiesen tópicos a documentos, libros y obras de arte de la época.

En 1508 abre sus puertas la universidad cisneriana de Alcalá. En ella cursará teología Juan de Avila entre 1520 y 1526. La caracteriza la asunción plena del humanismo literario, antropológico y teológico, a través de numerosas cátedras de lenguas clásicas, del estudio de la Biblia, encarnado en la Políglota Complutense, y de la docencia teológica por el método de las tres vías. Tres profesores, a la misma hora, durante el mismo tiempo, con la misma dotación económica y los mismos derechos, explican el sistema teológico de Escoto, de Santo Tomás de Aquino o de un autor nominalista. El nominalismo, desterrado hasta entonces de las universida-des de Salamanca y de Sevilla, estaba de moda en las facultauniversida-des universitarias europeas de Artes, Teología y Derecho civil y canónico. Cisneros abre su universidad a todos los horizontes.

Alcalá vivió alegremente las bodas entre el humanismo y la teología integral, que abarcaba todos los aspectos de la vida, desde la espiritualidad hasta la economía, pasando por los inventos científicos, adivinados en la facultad de Artes. Domingo de Soto se asomó en Alcalá a las leyes del movimiento de los cuerpos y de la economía desde los principios de la justicia. Juan de Avila inventaría un ingenio para subir agua y un arte para servir a Dios en su obra Audi, filia.

3. Marco religioso

Lo protagonizan los movimientos de reforma y observancia, de retorno a la Sagrada Escritura, a la Iglesia primitiva, a la interioridad y a la persona a través de la oración de propio conocimiento, de seguimiento de Cristo y de transformación en El. Los humanistas cargan su atención en el hombre y en el retorno a las fuentes literarias, filosóficas y artísticas; los observantes, en el retorno a la revelación y al espíritu de la regla primitiva;

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los conversos se abrazan con la ley del amor y se distinguen por sus citas frecuentes del Antiguo Testamento.

El movimiento de la observancia canaliza los intentos de reforma. Sacudida eclesial paralela y contemporánea a la del retorno humanista a las fuentes de la cultura clásica. Lo acentuó el arribo a Italia de numerosos in-telectuales orientales, después de la caída de Constantinopla en poder de los turcos a mediados del siglo XV. Renacimiento y nominalismo facilitaron el desarrollo de métodos seguros para alcanzar los fines deseados. Humanismo, renacimiento, nominalismo y observancias se entrelazan en personas e instituciones en la segunda mitad del siglo XV y primera del XVI.

La observancia, como expresión de reforma, se inicia con fuerza en España en torno a 1380, casi siglo y medio antes de desencadenarse la reforma luterana. Hitos más significativos de la misma: fundación de la or-den de San Jerónimo (1373); inicio de la reforma franciscana en torno a 1380; impulso a la reforma del clero secular (1379); reforma de la orden benedictina de Valladolid (1391); fundación de la primera cartuja castella-na en El Paular (1393); mayor atención a la espiritualidad de los monasterios de monjas y beateríos, desarrollo de la catequesis y de la predicación homilética y cuaresmal; práctica de la oración mental entre los observantes franciscanos, benedictinos y de otras órdenes religiosas.

Los jerónimos federaron a ermitaños que vivían en soledad y constituían un agudo problema religioso y social. Al pasar a la vida cenobítica promovieron la reforma de las órdenes contemplativas, profundamente decaídas desde la segunda mitad del siglo XIV por causa de la peste negra y de la llamada encomienda o contribución pecuniaria a determinadas casas nobiliarias que habían salvaguardado la seguridad monasterial en momentos difíciles.

El retorno a la regla primitiva sin mitigaciones se inició casi a la vez en Galicia y en Valencia entre los franciscanos y se desarrolló con fuerza en Castilla la Vieja. Pronto prendió entre dominicos, agustinos, carmelitas y otros religiosos.

Los benedictinos de Valladolid, apoyados por los Trastámara, adoptaron una clausura similar a la de las clarisas. El pueblo les distinguió con el apelativo de «beatos», palabra aún no deteriorada en su significado. Su reforma fue aceptada por los principales monasterios españoles: Montserrat, Oña, Carrión, Valvanera...

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Cartuja castellana, orden jerónima, reforma benedictina vallisoletana y observancia franciscana marchan no poco unidas a los proyectos de la nueva dinastía de los Trastámara, especialmente del rey D. Juan I.

También el clero secular, muy abandonado en terreno de la cultura y espiritualidad, encontró un esforzado reformador en el cardenal D. Pedro Tenorio, que convocó y presidió el concilio de Alcalá de Henares de 1379. Por entonces habían brotado en toda Europa numerosos intentos de reforma, especialmente en los Países Bajos, gracias a los Hermanos de la Vida Común y a la Devoción Moderna, promotora de centros de oración metódica y afectiva.

El escándalo del cisma de la Iglesia de Occidente encontró respuesta vigorosa, si bien limitada, en el movimiento creciente de las observancias y de la Devoción Moderna.

Capítulo importante forman las monjas de muchos conventos en los que prendió con fuerza el deseo de mayor perfección. Lo protagoniza en Castilla el famoso grupo de Clarisas de Tordesillas, guiado por observantes como San Pedro Regalado, Pedro de Santoyo y Lope de Salazar y Salinas.

Un caso arquetípico: El convento de Santa Clara de Aguilar de Campoo fue fundado por siete clarisas, huidas de sus conventos situados en el norte y centro de Castilla la Vieja para practicar con fidelidad la regla primitiva. Se juntaron en un molino húmedo, situado en Camesa, actual estación de Aguilar de Campoo en el ferrocarril Palencia-Santander. Según el derecho canónico de la época quedaron excomulgadas. El papa Sixto IV levantó la pena y les autorizó a fundar un convento con iglesia, campanil, claustro y refectorio. Siete monjas en rebeldía para guardar estrictamente la regla franciscana. Cabe imaginar la situación interna capaz de provocar semejantes decisiones, así como el amparo de los observantes descalzos castellanos a quienes tomaban decisión tan arriesgada.

¿Y qué decir de las beatas? Palabra de significación degradada en nuestros días, pero cargada de realidades positivas de apostolado seglar y de perfección cristiana en los siglos XVI y XVII. Designaba grupos de mujeres seglares que vivían la perfección evangélica en sus casas o en pequeñas comunidades. Cuando abrazaban alguna regla canónica se convertían en monjas y eran atendidas oficialmente por las diócesis o por las órdenes masculinas correspondientes. Las beatas constituyen un im-portante precedente de tantas realizaciones actuales de espiritualidad seglar.

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En el siglo XVI constituyeron grave problema religioso y social por la escasez de hombres casaderos y por la falta de atención eclesial. Cuando llegó a campos y majadas castellanas, extremeñas y andaluzas el deslumbramiento por el mundo americano y por la vida y belleza de las ciudades de Italia, Flandes y Alemania, labradores y pastores sentaron plaza en la Administración, el Ejército o la Iglesia.

Fenómeno religioso y social importante el de los conversos del judaismo a la religión cristiana. Entre 1390 y 1492 se calcula su número en unos 150.000. Ello se debió a los congresos y diálogos frecuentes entre la Iglesia y la Sinagoga, a las matanzas repetidas de judíos en numerosas ciudades, a su aislamiento social en barrios especiales, a la marca exterior en el vestido y a los estatutos de limpieza de sangre que les cerraban la posibilidad de ocupar cargos públicos en el ámbito civil y eclesiástico. Como muchos cristianos viejos sean tan malos cristianos no es de admirar que algunos conversos sean tan buenos judíos, dice Fernán Pérez de Guzmán al Arzobispo de Sevilla.

El converso valora especialmente la ley del amor cristiano, como reacción frente a lo ceremonial y cúltico del judaismo. Asimismo estima altamente lo interior, simple y esencial propugnado por Erasmo y el huma-nismo renacentista, por la escuela teológico-jurídica de Salamanca y de Alcalá y también, a su modo, por el luteranismo.

En este marco político, religioso y cultural se desarrolla la vida de Juan de Avila. Al final de la misma el movimiento de reforma había alcanzado alto grado de desarrollo en España gracias a un episcopado bien escogido y residente, a un clero regular y secular cada vez mejor formado, a la creciente reforma de conventos y monasterios, al triunfo de la Observancia y descalcez, al subido espíritu eclesial de ambos cleros, que enviaron a América y a Filipinas más de 15.000 misioneros. La cristianización de aquellos países, la vitalidad de los movimientos descalzos y recoletos y la floración de tantos santos y reformadores de ambos sexos fueron fruto de fe cristiana hondamente vivida.

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C

APÍTULO

II

La vida de Juan de Avila (c.1499-1569)

1. En la cresta de la ola

La vida y obra de Juan de Avila constituye uno de los dos paradigmas españoles mejor logrados de reforma personal y eclesial entre 1525-1569. Período sumamente complejo en la historia civil, intelectual y espiritual. En él se confrontan los proyectos de humanistas, alumbrados, erasmistas, protestantes, místicos, partidarios y enemigos de la observancia y de la descalcez, amigos y adversarios de las nuevas órdenes religiosas; simpatizantes e impugnadores de las formas poéticas toscanas; amigos y adversarios del gobierno de Fernando el Católico y de Cisneros, de la política nacional y europea del joven e inexperto emperador Carlos V, de la oración mental metódica y de la espiritualidad afectiva; de la armonización del realismo (tomismo y escotismo) con el nominalismo individualista en Alcalá, Salamanca y en casi todas las demás universidades españolas; de crecimiento del tomismo y del realismo de la mística española. Tantas ideas y proyectos confundían y exigían eficaces procesos de reflexión y de. clarificación.

Esta complejidad afectó profundamente a la vida y obra del Apóstol de Andalucía. De ascendencia conversa, formado en la facultad de Artes de Salamanca y matriculado algún tiempo, al parecer, en la de derecho, estudia teología en Alcalá con el profesor Juan de Medina, catedrático de nominales y partidario de la oración afectiva 1.

Avila se relaciona con la crema de la espiritualidad española. Intima con fray Luis de Granada, que será su primer biógrafo; trata personal o epistolarmente con Bartolomé de Carranza, Domingo de Valtanás, Juan de la Peña y otros dominicos partidarios de la oración afectiva; con Ignacio de Loyola, Francisco de Borja, Diego Laínez y otros miembros de la

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primitiva Compañía de Jesús, propulsores de la oración de las tres potencias; con Teresa de Avila, madre del Carmelo Descalzo; con el loco de Granada, Juan de Dios; con Pérez de Valdivia y numerosos miembros de su escuela sacerdotal; con Don Pedro Guerrero, condiscípulo suyo de universidad y arzobispo preclaro de Granada, y con D. Cristóbal de Rojas, obispo de Córdoba. Ambos se significaron de modo importante en el concilio de Trento y en la subsiguiente aplicación del mismo. Juan les dirigió dos famosos Memoriales sobre la reforma de la Iglesia y les ayudó en la celebración de los concilios provinciales convocados para poner en práctica y llenar de contenido las decisiones tridentinas.

A lo largo de su vida funda numerosas escuelas de primeras letras y colegios de humanidades para remediar el analfabetismo y sacar buenos ciudadanos, y sobre todo para encaminar jóvenes al servicio de la Iglesia. A la vez dirige espiritualmente a obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, casados y solteros, jóvenes y ancianos, profesores de universidad, nobles y gente del pueblo.

Llena el centro espiritual del siglo XVI junto con Ignacio de Loyola, Luis de Granada, el beato Orozco, Teresa de Jesús, Pedro de Alcántara, Juan de Dios, Francisco de Borja y Juan de la Cruz. En el Seminario Hispanoamericano de Madrid le llamábamos uno de los tres grandes, junto con la Doctora y el Doctor Místicos. No ha perdido actualidad, aunque lo tenemos en exceso olvidado.

2. Familia conversa

Nace en Almodóvar del Campo (Ciudad Real) en el seno de una familia judeo-conversa por parte de padre. Aún no se habían cerrado las heridas producidas por la expulsión de los judíos en 1492, reavivadas por los procesos inquisitoriales contra los judaizantes y por las noticias de la desgarrada suerte de muchos de los expulsos de 1492 en tierras de Portugal, Italia y Norte de Africa. Ello avivaba en los conversos su ferviente amor al Antiguo Testamento, su aversión al mundo de lo ceremonial, su sentido de simplificación de tantos preceptos judaicos en la ley del amor y su acendrado y frustrado sentido de comunidad social. Todo un modo de comportamiento.

Esta realidad afectó profundamente a nuestro biografiado. Como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y Luis de León, superó los problemas de honra y linaje, exacerbados por la implantación creciente de estatutos de

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limpieza de sangre en municipios, cabildos catedrales, órdenes religiosas y militares. Su pertenencia a la «raza manchada» se le atravesará repetidamente a lo largo de su vida.

3. Estudios

A los catorce años sus padres lo envían a Salamanca. Quieren que curse leyes, lo mismo que los padres de Pedro de Alcántara. La facultad de Artes, con sus estudios filosóficos, era la puerta de las cuatro carreras fundamentales de la época: derecho canónico y civil, medicina y teología. El derecho abría posibilidades de futuro en la administración civil y eclesiástica.

Según la cronología probable, pero confusa, de fray Luis de Granada, nos encontramos en 1513. En la Ciudad del Tormes cursó, al parecer, Artes y Derecho (¿civil, canónico?), lo que él llamaría «negras leyes». ¿Se asomaría también a los estudios de Gramática o Humanidades? Son los años más oscuros de su formación. ¿Vendría de ellos su visión profunda del hombre y de la sociedad?

Juan retoma a su casa de Almodóvar insatisfecho y vive durante cerca de dos años la primera crisis importante de su vida. ¿Fracaso en los estudios? ¿Rechazo de la carrera elegida por la familia? ¿Problemas juveniles, de salud, de raza, de elección de estado? A esto se inclinan el P. Granada y otros biógrafos. Su retiro en Almodóvar se prolongó, al parecer, desde 1517 a 1520, dedicado a la oración y a la penitencia. ¿Solamente en su casa? ¿También en alguna orden religiosa? Acaso en la de San Francisco, aunque no consta si profesó en ella2.

En esta situación un franciscano de la observancia le aconsejó cambiar de rumbo. En su horizonte tomó cuerpo el ideal teológico de la joven universidad complutense, que apenas había cumplido doce años. Juan será una de sus primicias más destacadas junto con Domingo de Soto, Francisco de Osuna y Tomás de Villanueva.

Alcalá representaba el último grito de la modernidad dentro del humanismo cristiano renacentista. No era una simia de la Sorbona, como algunos malintencionados repetían. Con unos estatutos similares a los pari-sienses había dado un salto de gigante en el terreno de la metodología y de la atención al alumno. En vez de explicar solamente un teólogo concreto

2 O.C., ed. de Sala Balust-Martín Hernández (BAC, 1970), I,

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ofrecía a la misma hora, en cátedras paralelas, con el mismo sueldo cada profesor, la posibilidad de que cada matriculado escogiese un autor nominal (Gabriel Biel), escotista (Escoto), o tomista (Santo Tomás de Aquino).

Yo he llamado repetidamente este reparto de cátedras método teológico de las tres vías3. Ello obligó a los teólogos españoles a distinguir

con precisión los misterios revelados de las explicaciones escolásticas, las coincidencias y diferencias con humanistas, alumbrados, erasmistas, protestantes y místicos. Alcalá creó un claro clima de síntesis entre las tres escuelas teológicas clásicas.

Salamanca aceptó este método un poco a regañadientes. Junto a las cátedras fundamentales de Prima y Vísperas organizó las de nominales, Escoto y Santo Tomás, que se llamaron catedrillas.

En ese ambiente se escribieron comentarios a Aristóteles y al Maestro de las Sentencias a la luz de Escoto, Tomás de Aquino y el nominalismo, subtitulados «secundum triplicem viam Scoti, Thomae et nominalium», o «secumdum viam realium et nominalium». Realistas eran los escotistas y tomistas. La síntesis más acabada se produjo en el tratamiento de los derechos humanos desde la esencia de la persona concreta. Arias Montano, uno de sus alumnos más preclaros, publicaría en 1575 el primer intento que yo conozco de espiritualidad ecuménica, Dictatum Christianum (1575), precedido por no menos de quince cédulas de Felipe II, entre 1560-1566, dirigidas a obispos, gobernadores y generales de las órdenes re-ligiosas, sobre oraciones por la unión de los cristianos. Faceta totalmente desconocida del Rey Prudente, desvelada por el profesor y amigo Dr. José I. Tellechea.

Bajo el amparo del cordón franciscano, hecho piedra en su fachada, Alcalá se abrazó ilusionadamente con la obra y el espíritu de Erasmo, el gran humanista europeo, heredero de Valla. Borrachera de humanismo renacentista frente al proceder más sereno de Nebrija y Arias Barbosa en sus cátedras de humanidades de Salamanca.

Juan asiste a las clases de Juan de Medina, catedrático de teología nominal, burgalés, reformador de la enseñanza teológica complutense desde 1518, como lo sería pocos años después Francisco de Vitoria en Valladolid y Salamanca. Ambos se inclinan por los aspectos vivenciales de la ciencia divina. Medina insiste en los valores morales y espirituales;

3 M. ANDRÉS, La teología española en el siglo XVI (Madrid 1976), I, p. 49; II, p.

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Vitoria en los derechos del hombre, una vez comprobada la unidad de la especie humana gracias a la primera circunvalación de la tierra. Se había constatado la inexistencia de monstruos humanos de un solo ojo (cíclopes), de cabeza de perro (cinocéfalos), de un solo pie (unípodos), con pezuña de caballo (hipópodos) o con cualquier otra monstruosidad. Medina se adelanta unos años a Domingo de Soto, que reformó revolucionariamente el derecho haciéndolo hijo de la moral frente al positivismo nominalista que hacía a la moral hija del derecho.

¡Cuánto se parecen a nuestros días aquellos finales del siglo XV y principio del XVI en los planteamientos de las fuentes del derecho y de la moral! Hoy se cultiva un derecho puramente positivo, basado en la fuerza del compromiso democrático, no en Dios ni en la naturaleza humana. ¿No se deberán a ello algunos de los grandes males de la humanidad?

El influjo de la formación humanista y nominalista de Juan se percibe en sus recomendaciones de la teología de Gabriel Biel, de la exégesis de Erasmo y en la valoración de la persona humana hasta detalles tan con-cretos como la siesta, la hora de levantarse, el cuidado de la salud, la comida, el descanso, la amistad, la libertad.

A orillas del Henares vivió con pasión el entrecruce de las principales vías espirituales de la época: la oración metódica, el recogimiento de los franciscanos de San Juan de los Reyes de Toledo y de La Salceda, el alumbradismo de los conversos de la Alcarria y de Escalona, el erasmismo de la corte flamenca del César Carlos y de los catedráticos complutenses apoyados en ediciones repetidas de libros del Roterdanense. Tampoco faltan algunos partidarios encubiertos de Lutero.

Pocos meses después de terminar Juan sus estudios cruzaron las calles complutenses algunos iñiguistas o discípulos de Iñigo de Loyola.

4. Decisión heroica

Terminó los estudios teológicos con el titulo de bachiller. Así lo llaman varios documentos posteriores a 1526. Entre ellos destaco la sentencia del proceso inquisitorial que Juan hubo de sufrir, firmada el 5 de julio de 1533: «Que el bachiller Juan de Avila probó sus excusas y defensas...; que el dicho bachiller se mire mucho y se modere en el hablar...».

Ordenado sacerdote celebró su primera misa en Almodóvar. Sus padres habían fallecido. Libre, solo y a pie se planteó su futuro desde la

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radicalidad de su seguimiento a Cristo. Vendió sus bienes patrimoniales y los repartió entre los pobres. Juan contrapondrá el conocimiento de Dios de «oídas», o fe intelectual, al de experiencia vivida: si nos contentamos con conocerlo por fe, no por noticia experimental que del amor nace, tendremos por qué llorar4.

Una veintena de años después seguirán ese camino Francisco de Borja, Juan de Dios, Juan de la Cruz y tantos más. Poco antes lo habían recorrido los Doce Apóstoles de México, los descalzos de Extremadura, Tomás de Villanueva, los misioneros dominicos y agustinos de Nueva España, los benedictinos de Valladolid, llamados popularmente «beatos», los recogidos de La Salceda y otros muchos miembros de las observancias. La oración y la pobreza evangélica por amor de Dios constituyeron la base de la espiritualidad española del siglo XVI y de la acción de los primeros misioneros en el continente americano.

Ofrezco un ejemplo agresivo perteneciente a Melchor Cano en su censura del Catecismo Cristiano de Bartolomé de Carranza. Argumenta así el famoso profesor salmantino: Jesucristo no dijo al joven idealista del Evangelio: Vete, haz oración mental y sígueme; sino: vete, vende tus pose-siones, da el importe a los pobres, ven y sígueme.

Juan hizo las dos cosas: oración mental y entrega del patrimonio. En el espejo sacerdotal de Jesucristo en el Calvario «se ha de mirar el sacerdote para conformarse en el deseo y oración con él; y ofreciéndole delante del acatamiento del Padre por los pecados y remedios del mundo, ofrecerse también a sí mismo, hacienda y honra y la vida por sí mismo y por todo el mundo»5.

5. ¿Misionero a América?

Libre interna y externamente, decide misionar en Nueva España, recién conquistada. Expresión de su entrega a Dios en alta pobreza. La partida de los Doce Apóstoles franciscanos (1524) y de otros tantos domi-nicos (1525) hacia el Nuevo Mundo y la gigantesca explosión misionera de las observancias resonó como aguda campanada en los escaños universitarios de Alcalá y en los noviciados y conventos observantes.

Francisco de Quiñones, ministro General de la Orden de los Menores, había dicho a fines de 1523 a los doce franciscanos que enviaba a Nueva

4 Carta 10, líneas 30-33.

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España: «Ahora, en la hora undécima... no vais por dinero, sino sin promesa de paga, pisoteadores de la gloria del mundo, poseedores de la pobreza... para que así, hechos necios para el mundo, convirtáis al mundo por la locura de la cruz»6.

Pocos meses después (1525) embarcaron con rumbo a México los doce primeros dominicos: sólo llegaron tres. Unos años más tarde siguieron el mismo derrotero los agustinos, impulsados por Santo Tomás de Villanueva. La Observancia y la descalcez habían encontrado el camino apostólico que caldearía la vida del catolicismo español y cristianizaría el continente americano. Los doce franciscanos enviados por Francisco de Quiñones son los Doce Apóstoles de México, cimiento del cristianismo en el Nuevo Continente.

Un fuerte deseo de salir del propio terruño sacudió los más apartados rincones de la Península y cambió de signo muchos planteamientos de la sociedad y de la Iglesia española, convirtiéndola en esencialmente misio-nera. También fortaleció al resto de la Iglesia católica, que casi había quedado en minoría sociológica por el desgajamiento protestante. Las nuevas conversiones americanas robustecieron el viejo tronco de la cristiandad.

El espíritu misionero fue uno de los componentes más decisivos del llamado cordón sanitario que libró a España de la herejía protestante. Lo completó la acción de los predicadores cuaresmales, con sus conferencias bíblicas desde Septuagésima hasta el Domingo in Albis, la seguridad doctrinal producida por las múltiples facultades universitarias de teología, por los colegios de humanidades que contaban casi siempre con una cátedra de Artes y otra de Teología y por las muchas y magníficas obras teológicas y espirituales publicadas en el siglo XVI, que alcanzaron en Valladolid el 30 por 100 y el 27 por 100 en Sevilla.

Un dato de interés sobre el biblismo de los predicadores cuaresmales ayudará a entender los sermones de nuestro autor y de sus contemporáneos. Eran auténticos divulgadores de la Biblia. Fray Juan de los Angeles confiesa en el prólogo a su Comentario al Cantar de los Can-tares que había hecho voto de comentar un libro de la Sagrada Escritura. Como llevaba treinta años de predicador, los había estudiado y expuesto todos por igual. No sabiendo por cuál decidirse lo echó a suertes. Salió el

6 M. ANDRÉS, Obediencia e Instrucción de Fray Francisco de Quiñones, en

«Congreso Franciscanos Extremeños en el Nuevo Mundo» (Guadalupe 1987), p.403 y 419.

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Cantar de los Cantares, y compuso una de las exégesis más bellas de este libro en la intersección de los siglos XVI-XVII.

La predicación recomendada en su Retórica Eclesiástica por el P. Granada es básicamente bíblica y, aunque no nombra ni una sola vez a Juan de Avila, lo «tiene constantemente ante los ojos, hechizándole, sugestionándole»7.

Juan se personó en Sevilla, sede del Consejo de Indias y del tráfico marítimo con el Nuevo Mundo. Contactó con el dominico fray Juan de Garcés, recién nombrado obispo de Tlaxcala, que preparaba una expedición de misioneros. ¡Cuántas veces he pensado en la posible acción de Juan de Avila al lado de aquel celoso defensor de los indios! Los trabajos de Garcés desembocaron en el breve Sublimis Deus del papa Paulo III, sobre la racionalidad de los aborígenes y sus derechos de hom-bres lihom-bres. ¿Qué hubiera hecho Juan de Avila junto a los Doce Apóstoles de México, Vasco de Quiroga, Juan de Zumárraga, Julián Garcés, Bartolomé de las Casas, Toribio de Benavente, Bernardino de Sahagún, Alonso de la Vera Cruz y tantos héroes de la evangelización y de la teología profética, académica y espiritual novohispana?

A Juan se le cerró a cal y canto el salto a Nueva España. No pertenecía a ninguna orden religiosa mendicante y, además, era converso. La selección de candidatos era muy exigente: los provinciales escogían los más idóneos de entre los que libremente se ofrecían y el Consejo de Indias cribaba esa selección. Objetivo: asegurar al máximo la limpieza de fe de las nuevas cristiandades.

¿Quién conoce y valora en nuestros días la exigencia pedida por el Consejo de Indias a los mendicantes y aceptada libremente por ellos de renunciar a tener propios, o propiedades de la Orden, para dar ejemplo de pobreza a los nuevos convertidos? Esta disciplina estuvo vigente hasta el entorno de 1570, cuando ello resultaba excesivamente gravoso para las nuevas cristiandades, formadas casi exclusivamente por indios pobres, y las órdenes misioneras tenían que cuidar a sus numerosos ancianos y formar a las jóvenes promociones.

El fracaso del proyecto misionero dejó profunda huella en Juan de Avila. En la lección 15 del Comentario a la 1.a Epístola de San Juan (II,

18) evoca su ideal americano, teñido del apocaliptismo, común a muchos de los primeros misioneros, especialmente franciscanos y a no pocos comentaristas contemporáneos de Mt 24,14: «Tengo por señal que vendrá

7 A

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pronto el Anticristo, ver la gran prisa que en las Indias hay de descubrir tierra y convertirse gente. San Mateo dice: Et praedicabitur hoc evangelium regni in universo mundo in testimonium omnibus gentibus, et tunc veniet consummatio8. Quiere decir que hasta que en todo el mundo no

se oiga la buena nueva del evangelio, no vendrá el fin. Si en cuarenta años venideros descubren en las Indias lo que se ha descubierto cuarenta años ha (digo otro tanto), paréceme que no habrá que descubrir más. Van los hombres con codicia de dineros a descubrir tierra, y hace Dios su negocio. Es maravilla la prisa que se han dado a convertir gentes. Por acá en Oriente y en el Occidente ya se ha oído la fama del Evangelio»9.

6, Apóstol de Andalucía

Nuevo cambio de horizonte: trabajaría en la recristianización de Andalucía, tarea más difícil que plantar las semillas del evangelio entre paganos. Le asesoraron sus amigos y lo ratificó el arzobispo de Sevilla.

El año 1527 resulta en extremo complicado en la historia religiosa española. El Inquisidor General reunió una junta de teólogos en Valladolid para analizar la espiritualidad de Erasmo, puesta de moda por las repetidas ediciones del Enquiridion del caballero cristiano. Se abrieron nuevos procesos a alumbrados. Se hizo público el fracaso del proyecto del Almirante de Castilla, D. Fadrique Enríquez, de recristianizar sus estados de Medina de Rioseco.

La noticia sacudió con fuerza explosiva a la sociedad española. El Almirante había elegido «doce» sacerdotes seculares, religiosos, famosos por su compromiso cristiano. Constituía una especie de contrarréplica a algunos acontecimientos similares de los protestantes en Alemania. Habilitó para ellos una residencia en Medina y les asignó sueldo. Presidía el grupo el vizcaíno Juan López de Celáin, condenado poco después como protestante en Granada. Del grupo formaban parte algunos sospechosos de alumbradismo y de afinidad con la herejía luterana. La mayoría se distinguía por su fidelidad indiscutida a la Iglesia. Ese mismo año salió de las prensas la primera codificación de la mística del recogimiento en Tener Abecedario Espiritual de Francisco de Osuna, franciscano, casi con seguridad alumno de Alcalá.

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En este ambiente movedizo inició Juan su andadura apostólica andaluza. Sermoneó en Sevilla y pueblos comarcanos, y llegó hasta Córdoba, Ecija y Montilla. Predicación bíblica, apasionada, de estilo directo, sin excesivo alisamiento de perfiles verbales, ni soslayo de pro-blemas conflictivos, que a veces avivaban heridas no bien cicatrizadas. Era considerado como bachiller en teología por la universidad de Alcalá, cuyo influjo había tratado de neutralizar fray Diego de Deza en 1518, con la fundación del colegio universitario de Santo Tomás en la ciudad de Sevilla.

En algunos sermones parece haber dicho que el reino de los cielos era para los pobres; que algunos quemados por la Inquisición eran mártires; que las mujeres casadas podían disponer de su patrimonio para dar limosna a los necesitados; que cuando el demonio mostró a Jesús en el desierto los reinos de la tierra, pudo ser por arte de magia... Pronto llegaron denuncias al tribunal de la Inquisición sobre la singularidad de algunas de sus doc-trinas y palabras.

Las acusaciones apuntaban hacia la astrología judiciaria y magia negra, al prestigio del Santo Oficio, a la estabilidad de la familia en relación con los derechos de la mujer sobre su patrimonio, cuando se trata de ayudar a los pobres.

7. Proceso inquisitorial

El Santo Oficio, como cualquier tribunal, estaba obligado a investigar las denuncias que le llegaban. Hoy no nos cabe en la cabeza que la herejía pueda constituir delito civil, aun cuando estamos asediados por fundamentalismos políticos y religiosos que transgreden gravemente las normas más elementales del derecho y la justicia. Nuestros antepasados eran hombres enteros y de fe, tanto cristianos como judíos y musulmanes. Los tribunales civiles de causas religiosas procedían de manera más expeditiva que los inquisitoriales.

Juan es encarcelado desde el verano-otoño de 1532 hasta el verano siguiente. La década de 1530-1540 fue fecunda en procesos a alumbrados, erasmistas, protestantes y judaizantes. El de Juan de Avila ha sido pu-blicado por Sala Balust y por Francisco Martín Hernández. La sentencia absolutoria, firmada el 5 de julio de 1533, aclara no pocos perfiles sobre el escándalo y murmuraciones de los promotores de la denuncia, las pruebas de la defensa, la absolución, el mandato que se modere en el hablar y que

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no vuelva a tratar de esos temas si no es para que los oyentes los entiendan mejor.

«Visto por Nos, los inquisidores apostólicos, el presente proceso, sentenciamos que el promotor fiscal no probó su intención, como la debía probar, y por lo mismo la damos por no probada, y que el bachiller Juan de Avila probó sus excusas y defensas, y por lo mismo las damos por bien probadas, y que debemos absolver, como absolvemos, al dicho bachiller de la instancia de este juicio; y por cuanto de lo actuado resulta que el dicho bachiller Juan de Avila, por haber proferido en sus sermones y fuera de ellos algunas proposiciones y cosas que no parecieron bien sonantes, y de ello nació algún escándalo y murmuración entre algunas personas; y que para evitar la dicha murmuración y escándalo debíamos mandar, como mandamos, que en adelante el dicho bachiller Juan de Avila en sus sermones que hará y fuera de ellos se mire mucho y se modere en el hablar, y especialmente en las materias contenidas en el memorial contenido en este proceso, que le será leído y notificado, y que no vuelva a tratar de ellas, si no es para declararlas, como ordenamos que las trate y declare en los sermones en los lugares donde parece que las había dicho y predicado, y en especial en Ecija y en las villas de Alcalá de Guadaira y en Lebrija, de manera que los oyentes sepan y enriendan, al serles bien declaradas, que no hubo ni hay en ellas error ni mala interpretación, y no queden con el escrúpulo y escándalo en que han estado, y le mandamos que así lo haga y cumpla bajo pena de excomunión; y si lo contrario hiciera, se procederá contra él con todo el rigor de la justicia.

Y juzgando con esta nuestra sentencia definitiva, así lo pronunciamos, sentenciamos y mandamos con estos escritos»10.

8. La cárcel

Hombre de fe y psicológicamente sano, para Juan la cárcel entrañó un trauma hondísimo y un planteamiento interno desde la fe radical. Dios está dentro de nosotros más íntimamente que nuestra mayor intimidad. La es-piritualidad y la felicidad hay que buscarla y edificarla en nuestro corazón.

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Cada uno ha de crearla dentro de sí y llevarla a los demás siguiendo las huellas de Cristo y transformándose en él de claridad en claridad.

La cárcel constituye para el joven sacerdote de Almodóvar el paso definitivo, en la oración de propio conocimiento y de seguimiento de Cristo, desde el asentimiento conceptual del misterio de la fe a la apropia-ción experiencial del mismo. En la prisión alcanzó plena madurez humana y cristiana e integró el misterio del Redentor en su vida. Ya no hablará de él de oídas, sino desde dentro. En la cárcel perfiló su ideal apostólico en el marco social, cultural, religioso y geográfico de las márgenes del Guadalquivir.

El Apóstol de Andalucía no escribe su autobiografía como Teresa de Jesús. Pero sus escritos trenzan abundantes confidencias en primera o en tercera persona. Además, a veces, abrió su corazón a amigos íntimos sobre su experiencia de Dios en aquel trance. Lo narra su primer biógrafo, fray Luis de Granada. Cuando ambos se juntaron en la casa de oración de los dominicos de Escalaceli, Juan le confió que en la cárcel alcanzó muy particular conocimiento de los grandes tesoros que tenemos en Cristo para esperar, amar, alegramos en Dios y padecer por su amor11. También Juan

de la Cruz hablará de los inagotables tesoros encerrados en la persona del Salvador.

Eso mismo insinúa en carta dirigida a fray Alonso de Vergara, insigne predicador dominico:

«¿Por ventura es Vuestra Reverencia el primer atribulado, porque se pasó a Cristo? ¿O será el primer desamparado que padece por Cristo? ¿No ve, padre mío, que la causa porque somos perseguidos no es nuestra sino de Dios? ¿No ve que le va a El la honra en ella? Dígame: ¿Por qué tenia antes tantos pacíficos y agora tantos contrarios? Sin ninguna duda ha sido la causa porque se ha mostrado vuestra reverencia de la parte de Jesucristo... Causa es de Dios y deshonras son de Dios aquellas que a los servidores de Dios se hacen; como es honra de Dios y causa suya cuando a sus “chiquitos” hacemos bien y honramos...» 12.

La cárcel le abrió a las últimas consecuencias en el seguimiento de Cristo, que se anonada haciéndose hombre con todas las consecuencias. Lo mismo acaecería a otros presos insignes de aquel siglo, como Juan de la

11 Luis de Granada, Vida del Beato Juan de Avila (Madrid, Apostolado de Prensa,

1043, p.116)

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Cruz y Luis de León. Allí concibió Audi, filia y parece que tradujo la Imitación de Cristo, atribuida generalmente al P. Granada.

Si se conservaran los sermones que pronunció antes de 1532, nos gustaría compararlos con la profundidad y cordura de sus cartas, pláticas y tratados posteriores. Juan es ejemplo maravilloso de madurez y precisión en vivencias, conceptos y valoraciones. De ahí su universalidad y perennidad.

Ejemplo precioso puede ser la epístola dirigida a Santa Teresa de Jesús sobre el libro de su Vida. En ella emite su parecer sobre el conjunto de su espiritualidad y especialmente sobre los hechos espirituales extraordinarios que tanto preocupaban a la Santa. ¡Qué acertadamente distingue lo esencial: amor humilde a Dios y al prójimo, y lo accesorio que traía tan preocupada a la Mística Doctora! Joya preciada de la historia de la espiritualidad española"13, escrita sobre hechos concretos como modos de

oración, raptos, hablas interiores y exteriores, visiones imaginarias y corporales y otros diversos fenómenos que dividían hondamente a los contemporáneos. El discernimiento de espíritus de Juan lo experimentaron muchos religiosos y religiosas, sacerdotes del clero diocesano, jóvenes, casados... Su epistolario espiritual es uno de los más bellos de nuestra literatura.

Nueve meses carcelarios de oración y reflexión sobre las necesidades pastorales de Andalucía le descubrieron los campos de la ignorancia religiosa, analfabetismo y desatención espiritual de religiosos, sacerdotes, beatas y seglares. ¿Acariciaría entre las rejas ilusiones de catequesis, escuelas, colegios, centros de formación sacerdotal, de predicación organizada, de posibles facultades de teología? En los proyectos de Juan brillará el espíritu de apóstol, revestido del sentido creador aprendido vital-mente en la universidad de Alcalá y en el contacto con descubridores y misioneros. La cárcel se convirtió para Juan en su paso del Rubicón.

En una de las cartas más bellas de su rico epistolario describe el impacto de la prisión a sus amigos de Ecija. La redacta en 1532, en la misma cárcel sevillana, o poco después de salir de ella. Da gracias a Dios por verse vestido de pies a cabeza de la librea de Cristo, como pregonero y alférez suyo.

La ofrezco completa, aunque es larga, como obertura de su vivencia del misterio de Cristo. Requiere ser leída y saboreada sin prisa.

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«Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda nuestra tribulación, de manera que podamos nosotros consolar a los que en toda angustia están; y esto por la consolación con la cual Dios nos consuela. Porque así como las tribulaciones de Cristo abundan en nosotros, así por Cristo es abundante nuestra consolación.

Palabras son éstas del apóstol San Pablo. Tres veces fue azotado con varas, y cinco con azotes, y una vez apedreado hasta que fue dejado por muerto; y perseguido de todo linaje de hombres, y atormentado con todo género de trabajos y penas, y esto no pocas veces; mas, como él en otra parte dice, nosotros siempre somos traídos a la muerte por amor de Jesucristo, porque la vida de Jesucristo sea manifiesta en vosotros.

Y con todas estas tribulaciones no sólo no murmura ni se queja de Dios, como los flacos suelen hacer; no se entristece, como los amadores de su honra o regalo; no importuna a Dios que se las quite, como los que no las conocen, y por eso no las quieren por compañeras; no las tiene por pequeña merced, como los que las desean poco; mas toda la ignorancia y flaqueza dejada atrás, bendice en ellas y da gracias por ellas al Dador de ellas como por una señalada merced, teniéndose por dichoso de padecer algo por la honra de Aquel que sufrió tantas deshonras por sacamos de la deshonra en que estábamos sirviendo a la vileza de los pecados, y nos hermoseó y honró con su espíritu y adopción de hijos de Dios, y nos dio arra y prenda de gozar en el cielo de El y por El.

¡Oh hermanos míos muy mucho amados! Dios quiere abrir vuestros ojos para considerar cuántas mercedes nos hace en lo que el mundo piensa que son disfavores, y cuán honrados somos en ser deshonrados por buscar la honra de Dios, y cuán alta honra nos está guardada por el abatimiento presente, y cuán blandos, amorosos y dulces brazos nos tiene Dios abiertos para recebir a los heridos en la guerra por El, que sin duda exceden sin comparación en placer a toda la hiel que los trabajos aquí pueden dar. Y si algún seso hay en nosotros, mucho deseo tenemos de estos abrazos; porque ¿quién no desea al que todo es amable y deseable, sino quien no sabe qué cosa es desear? Pues tened por cierto que si aquellas fiestas os agradan y las deseáis ver y gozar, que no hay otro más seguro camino que el padecer.

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Esta es la senda por donde fue Cristo y todos los suyos, que El llama estrecha; empero lleva a la vida; y nos dejó esta enseñanza, que si quedamos ir donde está El, que fuésemos por el camino por donde fue El; porque no es razón que, yendo el Hijo de Dios por camino de deshonras, vayan los hijos de los hombres por caminos de honras, pues que no es mayor el discípulo que el maestro, ni el esclavo que el Señor. Ni plega a Dios que nuestra ánima en otra parte descanse, ni otra vida en este mundo escoja, sino trabajar en la cruz del Señor. Aunque no sé si digo bien en llamar trabajos a los de la cruz, porque a mí parecen que son descansos en cama florida y llena de rosas.

¡Oh Jesús Nazareno, que quiere decir florido, y cuán suave es el olor de ti, que despierta en nosotros deseos eternos y nos hace olvidar los trabajos, mirando por quién se padecen y con qué gualardón se han de pagar! ¿Y quién es aquel que te ama, y no te ama crucificado? En la cruz me buscaste, me hallaste, me curaste y libraste y me amaste, dando tu vida y sangre por mí en manos de crueles sayones; pues en la cruz te quiero buscar y en ella te hallo, y hallándote me curas y me libras de mí, que soy el que contradice a tu amor, en quien está mi salud. Y libre de mi amor, enemigo tuyo, te respondo, aunque no con igualdad, empero con semejanza, al excesivo amor que en la cruz me tuviste, amándote yo y padeciendo por ti, como tú, amándome, moriste de amor de mí.

Mas ¡ay de mí, y cuánta vergüenza cubre a mi faz, y cuánto dolor a mi corazón!; porque siendo de ti tan amado, lo cual muestran tus tantos tormentos, yo te amo tan poco como parece en los pocos míos. Bien sé que no todos merecen esta joya tuya, de ser herrados por tuyos con el hierro de la cruz; empero, mira cuánta pena es desear y no alcanzar, pedir y no recebir, cuanto más pidiéndote, no descansos, mas trabajos por ti.

Dime, ¿por qué quieres que sea pregonero tuyo y alférez que lleva la seña de tu Evangelio, y no me vistes de pies a cabeza de tu librea? ¡Oh cuán mal parece nombre de siervo tuyo, y andar desnudo de lo que tú tan siempre, y tan dentro de ti, y tan abundantemente anduviste vestido! Dinos, ¡oh amado Jesús!, por tu dulce cruz, ¿hubo algún día que aquesta ropa te desnudases, tomando descanso? ¿O fuete algún día esta túnica blanda, que tanto a raíz de tus carnes anduvo, hasta decir: Triste es mi ánima hasta la muerte? ¡Oh, que no descansaste, porque nunca nos dejaste de amar, y esto te hacia

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siempre padecer! Y cuando te desnudaron la ropa de fuera, te cortaron en la cruz, como encima de mesa, otra ropa bien larga dende pies a la cabeza, y cuerpo y manos, no habiendo en ti cosa que no estuviese teñida con tu benditísima sangre, hecho carmesí resplandeciente y precioso: la cabeza con espinas, la faz con bofetadas, las manos con un par de clavos, los pies con uno muy cruel para ti, y para nosotros dulce; y lo demás del cuerpo con tantos azotes, que no sea cosa ligera de los contar.

Quien, mirando a ti, amare a sí y no a ti, grande injuria te hace. Quien, viéndote tal, huyere de lo que a ti lo conforma, que es el padecer, no te debe perfectamente amar, pues no quiere ser a ti semejable, y quien tiene poco deseo del padecer por ti, no conoce a ti con perfecto amor; que quien con éste te conoce, de amor de ti crucificado muere, y quiere más la deshonra por ti que la honra ni todo lo que el engañado y engañador mundo puede dar.

Callen, callen, en comparación de tu cruz, todo lo que en el mundo florece y tan presto se seca; y hayan vergüenza los mundanos del mundo, habiendo tú tan a tu costa combatido y vencido en tu cruz; y hayan vergüenza los que por tuyos son tenidos en no alegrarse con lo contrario del mundo, pues tú tan reprobado y desechado y contradicho fuiste de este ciego mundo, que ni ve ni puede ver la Verdad, que eres tú.

Más quiero tener a ti, aunque todo lo otro me falte —que ni es todo ni parte, sino miseria y pura nada-—, que estar yo de otro color que tú, aunque todo el mundo sea mío. Porque tener todas las cosas que no eres tú, más es trabajo y caiga que verdadera riqueza; empero, ser tú nuestro, y nosotros tuyos, es alegría de corazón y verdadera riqueza, porque tú eres el bien verdadero.

Olvidado me había, amados hermanos, de lo que comenzado había a hablaros, rogándoos y amonestándoos de parte de Cristo que no os turbéis ni os maravilléis, como de cosa no usada o extraña de los siervos de Dios, con las persecuciones o sombra de ellas que nos han venido. Porque esto no ha sido sino una prueba o examen de la lección que cinco o seis años ha que leemos diciendo: “¡Padecer! ¡Padecer por amor de Cristo!”.

Veislo aquí a la puerta; no os pese, a semejanza de niños que no querrían dar lección de ¡o que han estudiado; mas confortaos en el Señor y en el poder de su fortaleza, que os ama para querer

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defenderos; y aunque es uno, puede más que todos, pues que es omnipotente: pues por falta de saber no temáis, pues no hay cosa que ignore; pues mirad si es razón que se mueva quien con estos tres nudos estuviere atado con Dios. Ni os espanten las amenazas de quien os persigue, porque de mí os digo que no tengo en un cabello cuanto amenazan, porque no estoy sino en manos de Cristo.

Y tengo gran compasión de su ceguedad, porque el Evangelio de Cristo, que yo en ese pueblo he predicado, está cubierto a los ojos de ellos, como San Pablo dice que el dios de este siglo, que es el demonio, cegó las ánimas de los infieles para que no les luzga la gloria del Evangelio de Cristo. Y deseo mucho, y lo pido a nuestro Señor, que haya misericordia de ellos, y les dé bendiciones en lugar de las maldiciones, y gloria por la deshonra que me dan, o por mejor decir, dar quieren; porque en la verdad yo no pienso que otra honra hay en este mundo sino ser deshonrado por Cristo.

Haced, pues, así, amados míos, y sed discípulos de Aquel que dio beso de paz y llamó amigo al que le había vendido a sus enemigos. Y en la cruz dijo: Perdónalos, Padre, que no saben lo que hacen. Mirad en todos los prójimos cómo son de Dios y cómo Dios quiere su salvación, y veréis que no queráis mal a quien Dios desea bien. Acordaos cuántas veces habéis oído de mi boca que hemos de amar a nuestros enemigos; y con sosiego de corazón y sin decir mal de persona, pasad este tiempo, que presto traerá nuestro Señor otro.

Y estad sobre el aviso, que no tornéis atrás, ni en un solo punto, del bien que habíades comenzado, porque eso sería extremo mal; mas asentad en vuestro corazón que este a quien habéis seguido es el Señor de cielo y tierra y de muerte y de vida, y que, en fin (aunque todo el mundo no quiera) ha de prevalecer su verdad, la cual trabajad por seguir; que siguiéndola, no sólo a hombres, mas ni a demonios, ni aun a ángeles, si contra nosotros fuesen, no los temáis.

Usad mucho el callar con la boca hablando con hombres, y hablad mucho en la oración en vuestro corazón con Dios, del cual nos ha de venir todo el bien; y quiere El que venga por la oración, especialmente pensando la pasión de Jesucristo nuestro Señor. Y si algo padeciéredes de lenguas de malos (que otra cosa no hay que padezcáis), tomaldo en descuento de vuestras culpas y por merced señalada de Cristo, que os quiere alimpiar con lengua de malos, como con estropajo, para que ella quede sucia, pues habla cosas sucias, y

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