La Trinidad cristiana es uno por amor en tres realidades personales. La revelación nos dice que el Padre es amor que se da en la creación y en la encarnación del Hijo; el Hijo es amor que cumple la voluntad del Padre y se hace hombre por amor a los hombres; el Espíritu Santo es amor que procede del Padre y del Hijo, y se manifiesta en la encarnación del Hijo y en la santificación de su Cuerpo místico. La revelación presenta a Dios como amor.
También el amor se manifiesta en el hombre desde el momento de nacer hasta el de morir. Amor es lo más divino y lo más humano. Gracias al amor el hombre puede acercarse a Dios, asomarse a su misterio de luz que deslumbra, de verdad, vida, justicia, amor y paz, que nos desborda y nos ata a la esperanza de lo que algún día llegaremos a ser.
El Padre es principio de todo. Juan no se detiene en la exposición académica del misterio divino, sino en el amor de las tres personas entre sí y en la comunicación de ese amor a los hombres: «Amar a uno es darle se- ñorío sobre sí mismo; es captivarse, y encarcelarse y pasar en señorío de él. Pues ¿quién no alabará a aquel eterno Padre principio no sólo de los ángeles y hombres, mas de todo lo criado y aun de las dos personas, Hijo y Espíritu Santo, del cual, como dice S. Pablo, toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra? Un Padre del cual el Hijo y el Espíritu Santo reciben todo lo que tienen, y él de ninguno lo recibe, de sí mismo tiene lo que tiene y es lo que es...».
«Pues poniendo de una parte esta suma Majestad e infinita alteza encumbrada sobre nosotros con distancia infinita, y de otra parte nuestra bajeza..., ¿quién osará esperar, ni aun pensar que dos tan distantes extremos se pudieran juntar en uno? ¿Quién de los hombres volará tan alto que alcance esta presa..., y le hiera su corazón con saeta de amor y lo haga abajar a tratar leyes de igualdad de amor con criaturas tan desiguales a El?... ¿Cuándo podrán juntarse en uno estos extremos? Y si se juntan..., ¿cómo puede ser que cosa tan pobre como es el hombre, sea tesoro de cosa tan rica como es Dios?... Alabada sea la bondad divina que a tanto llega, que nos da el bien que no merecemos, y exceden sus dádivas a lo que pedimos..., deseamos y aun a lo que entendemos»83.
Según uno de los textos más bellos de Avila, Dios ama al hombre como padre, madre y esposo: «Mucho aman los padres a los hijos; pero
por ventura, ¿amáisnos vos como padre? No hemos nosotros entrado en el seno de vuestro corazón, Dios mío, para ver esto; mas el Unigénito vuestro que descendió de ese seno, trajo señales de ello, y nos mandó que os llamásemos padre por la grandeza del amor que nos tenías; y sobre todo esto, nos dijo que no llamásemos a otro padre sobre la tierra, porque sólo tú eres nuestro padre... Y de tal manera lo eres y tales obras haces, que, en comparación de tus entrañas paternales, no hay alguno que pueda así llamarse.
Bien conocía esto tu profeta cuando decía: Mi padre y mi madre me dejaron, y el Señor me recibió (Sal 26,10). Tú mismo te quisiste comparar con los padres diciendo: ¿Por ventura habrá alguna mujer que se olvide del niño chiquito, y no tendrá piedad del hijo que salió de sus entrañas? Posible, será que se olvide, mas yo nunca me olvidaré de ti, porque en mis manos te tengo escripto y tus muros están delante de mi (Is 49,15-16). Y porque, entre las aves, el águila es la más afamada en amar a sus hijos, con el amor de ella nos quisiste comparar la grandeza de tu amor: Así como el águila defendió su nido, y como a sus pollos extendió sus alas, y los trujo sobre sus hombros (Dt 32,11).
Sobre este amor es el del esposo a la esposa, del cual se dice: Por éste dejará el hombre a su padre, y se llegará a su mujer, y serán dos en una mesma carne (Gén 2,24); mas a éste sobrepuja tu amor, porque, según tú por Jeremías, si el marido echa a su mujer de casa, y, si echada se junta con otro, ¿por ventura volverá otra vez a él? Mas tú has fornicado con cuantos amadores has querido; mas, con todo, vuélvete a mí, dice el Señor, que yo te recibiré (Jer 3,1-2)»84.
Juan destaca repetidamente los aspectos de la paternidad divina y de su relación con la trascendencia e inefabilidad, pero sobre todo la bondad, solicitud y desinterés. La fraternidad humana no se basa de modo ineludible en fundamentos románticos, como los de Beethoven y de Schiller, cuando este último canta: Allen Menchen werden Brüder, ni en la ideología de la pura solidaridad humana, ni en cualquier otro sistema similar. Tampoco proviene de impulsos de la carne o de la sangre sino de Dios. La fe en su paternidad universal ofrece solidez indestructible a la unidad entre los hombres. Caridad y unidad hacen creíble y auténtica la fe cristiana. La fraternidad teológica no puso dificultades a la constatación de la unidad de la especie humana, comprobada experimentalmente por la primera circunvalación a nuestro planeta (1522) y por los cristianizadores de América.
Da pena, desde el punto de vista científico, que tantos historiadores escriban de espaldas a la espiritualidad que, antes de la Ilustración y después de ella, es la raíz última de las decisiones personales más trascendentes y de muchas políticas, e incluso militares, en todo tiempo, pero especialmente en el siglo XVI.
2. El Hijo, Dios y hombre. Desposorio con la humanidad. Vivencia