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El pan de vida

In document Vida de Cristo, por Fulton J. Sheen (página 154-164)

Dos banquetes se celebraron en Galilea en el transcurso de un año: uno en la corte de Herodes, en el cual predicó Juan Bautista, y el otro, al aire libre, servido por nuestro Señor. Había atravesado el mar de Galilea probablemente para escapar a la ira de Herodes, que acababa de asesinar al Bautista, y

Le siguió una gran muchedumbre, porque veían los milagros que hacía en los enfermos.

Jn 6, 2 Los motivos que los impulsaban a seguirle eran un tanto confusos; pero cada vez se difundía más la idea de que Él era el Cristo. Grande fue la contrariedad de la gente al ver que Jesús se retiraba a la montaña con sus discípulos. El carro del evangelio se detenía unos momentos para que descansaran un poco los que lo conducían. Debido a que la pascua estaba a las puertas y mucha gente iba a Jerusalén, la multitud alcanzó la cifra de cinco mil personas (sin contar mujeres y niños).

Eran muchos los que venían e iban; de manera que ni tenían tiempo para comer.

Mc 6, 31 La pequeña ciudad a la que llegaron estaba a unos nueve kilómetros de Cafarnaúm. Cuando nuestro Señor descendió de la barca al llegar a la orilla del lago, la muchedumbre salió a su encuentro. Llevaban con ellos a sus enfermos y estaban hambrientos de más de una manera. No le dieron punto de reposo, no porque creyeran que Él era el Hijo de Dios, sino porque le consideraban como un mago que podía obrar prodigios o un médico que podía curar a los enfermos.

Y se compadeció de ellos, porque eran como ovejas que no tienen pastor.

Mc 6, 34 Dispuso a la gente en filas de ciento cincuenta, cada fila sentada un poco más arriba que la otra. En el centro de todos se hallaba de pie nuestro Señor. Para probar a Felipe, Jesús preguntó:

¿Dónde hemos de comprar pan, para que éstos coman?

Jn 6, 5 Felipe calculó rápidamente y vio que doscientos denarios no serían suficientes para alimentar a toda aquella muchedumbre. Jesús no le preguntaba: «¿Cuánto dinero se necesita?», sino que en substancia venía a preguntarle: «¿De dónde saldrá el pan?». Felipe debía haberle contestado que aquel que levantaba a los muertos y sanaba a los enfermos podía abastecerlos de pan. Andrés señaló entonces a un muchacho que traía cinco panes de cebada y dos pescados. Andrés hizo también por su parte algo de cálculo aritmético, y preguntó:

Mas ¿qué es esto entre tantos?

Jn 6, 9 En el Antiguo Testamento, Dios se complacía en usar cosas triviales e insignificantes para cumplir sus propósitos, tales como la arquilla que condujo al niño Moisés a través de las aguas del río hasta las manos de la princesa egipcia, o el cayado de pastor de 'Moisés que tantos milagros efectuó en Egipto, o la honda de David que venció a los filisteos. Toda vez que ahora se trataba de pan, existía una especie de paralelismo con los gestos que habría de realizar Jesús en la última cena.

Y tomando los cinco panes y los dos peces, miró al cielo y los bendijo; y partiendo los panes, dio a los discípulos.

Mc 6, 41 De la misma manera que un grano de trigo se multiplica lentamente en el suelo, así el pan y los peces, por un proceso acelerado por obra divina, se multiplicaron hasta que todos pudieron hartarse. Si hubiera repartido dinero, nadie habría creído tener Estante. La naturaleza había de ir tan lejos como le fuera posible, luego Dios pondría el resto. Ordenó recoger las sobras, y con ellas se llenaron doce cestos. En el cálculo de los hombres siempre hay déficit; en la aritmética de Dios siempre hay superávit.

El efecto que este milagro produjo en la muchedumbre fue im- presionante. No había modo de negar que Cristo tuviera poder divino; lo

demostró al multiplicar el pan. Hizo que su recuerdo se volviera inmediatamente hacia Moisés, que había dado a sus antepasados el maná en el desierto. ¿Y acaso no había dicho Moisés que él mismo estaba prefigurando al Cristo o Mesías?

Yahvé tu Dios levantará para ti de en medio de ti, de entre tus hermanos, un profeta semejante a mí; a él oiréis.

Deut 18, 15 Si Moisés se había autentificado o sellado a sí mismo mediante el pan en el desierto, ¿no era este Jesús aquel a quien Moisés había aludido, siendo así que también Él daba pan de un modo milagroso? ¿Quién, pues, sería mejor rey para arrojar el yugo romano que los oprimía y hacerlos libres? Allí estaba un libertador más grande que Josué, y aquí había cinco mil hombres dispuestos a tomar las armas; allí había un hombre más grande que David o que Salomón, que podía rebelarse contra los tiranos y libertar a su pueblo. Ya le habían reconocido como profeta y como maestro; ahora le proclamarían rey. Pero aquel lector de corazones conocía cuán terrenales eran las ambiciones que los arrastraban hasta Él.

Y entendiendo Jesús que habían de venir para arrebatarle y hacerle rey, partió otra vez a la montaña, Él solo.

Jn 6, 15 No podían hacerle rey, puesto que había nacido rey. Los Magos sabían esto cuando preguntaron:

¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque en Oriente vimos su estrella, y hemos venido para tributarle homenaje.

Mt 2, 2 Esta realeza había de venir por medio del «debe» divino de la cruz, y no por fuerza del pueblo. Ésta era la segunda vez que rehusaba una corona; la primera fue cuando Satán le ofreció el reino de este mundo si accedía a postrarse y rendirle homenaje. «Mi reino no es de este mundo», diría a Pilato más adelante. Pero la gente quería empujarle a un trono; Él dijo que no sería empujado, sino que sería levantado a él, y que el trono sería la cruz, y que su reino estaría implantado en los corazones.

Tal vez fuera esta misma huida de toda realeza política lo que sembró la duda en la mente de Judas; ya que en relación con este milagro y el subsiguiente sermón de nuestro Señor, Judas es designado por vez primera

como traidor. Dado que nuestro Señor no quería aceptar una soberanía temporal como la que Satán le ofrecía, debía prepararse a oír más adelante que el pueblo clamara: «No tenemos a otro rey más que al César».

Conociendo nuestro Señor lo que había en el corazón del populacho, se retiró a la montaña, Él solo. Ninguna mano impura pondría una corona en su cabeza... salvo una corona de espinas. Mas, con el fin de que los apóstoles comprendieran que tampoco ellos «encajarían» en el favor popular, les indujo a que subieran a una barca y se trasladaran a la otra ribera del lago, a una distancia de unos nueve kilómetros. Pero Él no fue con ellos.

Sería entre las tres y las seis de la mañana cuando se desencadenó una tormenta. Era la segunda que los sorprendía hallándose en el lago desde que habían sido llamados al apostolado; la primera fue en ocasión de una visita de nuestro Señor. Ambas tormentas tuvieron efecto a una hora temprana y ambas fueron intensas. Aquella tempestad debió de ser de tal modo violenta que pudiera afectar a unos hombres acostumbrados a tales lances en su vida de pescadores en aquel mismo lago. Tal vez no fuera sólo la tempestad lo que agitara su ánimo, sino también el hecho de que nuestro Señor se hubiera negado a ser rey. Es muy probable que llegaran a dudar incluso del poder de aquel que había multiplicado los panes y que ahora los enviaba a navegar por el lago en una noche tempestuosa. Si podía multiplicar el pan, ¿por qué no podía prevenir una tormenta?

Que nuestro Señor pudiera dejarlos y luego volver a ellos rá- pidamente en medio del lago les parecía tan imposible como si Él muriera y resucitara de nuevo. Pero he aquí que de pronto, mientras estaban pugnando con los remos, le vieron acercarse a ellos andando sobre las aguas. Se asustaron y se turbaron. Mas Él les dijo así:

Soy yo; no tengáis miedo. Gustosos, pues, le recibieron en la barca; v llegó luego la barca a la tierra adonde iban.

Jn 6, 20 Aquella tripulación solitaria no estaba tan sola como creía. El mismo ritmo de gozo y tristeza que corría a través de la vida de Él se hallaba también allí presente; ya que, en medio de la oscuridad, de la tormenta y del peligro, Jesús se les aparecía hollando con sus pies las blancas crestas del lago embravecido. Ahora que les había mostrado su poder,

Los que estaban en la barca, llegándose le adoraron, diciéndole: Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios.

Mt 14, 33 Reconocieron que Él no era solamente el Mesías esperado, sino también el Hijo de Dios. Algunos de los hombres de la barca habían sido discípulos de Juan Bautista y habían oído cómo el Padre había dicho, durante el bautismo de nuestro Señor, que éste era el Hijo de Dios. Es asimismo muy verosímil que alguno de ellos hubiera estado presente cuando el demonio afirmó también que Jesús era el Hijo de Dios. Natanael le había dado ya el mismo título.

Fue en esta ocasión cuando Pedro, al ver el primero a nuestro Señor antes de que entrara en la barca, le pidió si también podría caminar sobre las aguas y llegar hasta Él. El Señor le invitó a ir a su encuentro, pero al poco rato Pedro empezó a hundirse. ¿Por qué? Porque tuvo en cuenta el viento, porque concentró su atención en dificultades de orden natural, porque no confió en el poder del Maestro y dejó de poner en Él sus ojos.

Mas viendo borrascoso el viento, tuvo miedo, y comenzó a hundirse.

Mt 14, 30 Finalmente clamó al Señor en demanda de auxilio:

Y al instante Jesús extendió la mano, le cogió y dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?

Mt 14, 31 Primero hubo la liberación; luego el leve reproche, acompañado probablemente de una sonrisa en el rostro del Maestro y un acento amoroso en su voz. Pero no fue ésta la única vez que el pobre Pedro dudaría del Maestro a quien tanto amaba. Aquel mismo que pidió poder caminar sobre las aguas para llegar cuanto antes al lado del Señor era el que más adelante juraría estar dispuesto a ser encarcelado e incluso dar la vida por Él. Valiente en la barca, pero tímido en las aguas, habría de mostrarse audaz en la última cena, pero cobarde en la noche del proceso. La escena del lago preludiaba la otra caída de Pedro.

La gente seguía todavía con la intención de hacer rey a nuestro Señor cuando al día siguiente se encontraron con Él en Cafarnaúm. Al preguntarle cómo había llegado hasta allí, la respuesta de Él fue una reprimenda para aquellos que imaginaban que la religión estaba relacionada primordialmente con asuntos de reparto de pan y de sopa.

En verdad, en verdad os digo que me buscáis, no porque visteis los milagros, sino porque comisteis de los panes, y os saciasteis.

Jn 6, 26 No habían interpretado el milagro como una señal de su divinidad; le estaban buscando, pero no sabían verle. Job le vio tanto en su pérdida como en su ganancia; ellos le veían solamente como un medio de satisfacer su hambre de pan, no su hambre espiritual. La emoción no es religión; si lo fuera, un «aleluya» en domingo se convertiría en un «crucifícale» en viernes.

Les dijo entonces nuestro Señor:

Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que dura hasta la vida eterna, la cual os dará el Hijo del hombre; pues a éste señaló el Padre, Dios.

Jn 6, 27 Les presentaba dos clases de pan: el que perece y el que puede durar eternamente. Les estaba previniendo para que no le siguieran a la manera de un borrico que sigue al dueño que le enseña una zanahoria. Para levantar sus mentes hacia el Pan eterno, les sugirió que buscaran el Pan celestial que el Padre autorizaba o señalaba. En Oriente había la costumbre de marcar el pan con el sello oficial o el nombre del panadero. En efecto, la palabra que en el Talmud encontramos para designar el panadero se relaciona con la palabra «sello». De la misma manera que en las hostias de la misa se imprime una marca (tal como un cordero, una cruz), así nuestro Señor estaba dando a entender que el Pan que ellos habían de buscar era el Pan marcado por su Padre, o sea Él mismo.

Ellos querían tener alguna otra prueba más de que el Padre le autorizaba; Él les dio pan, es cierto, pero no era un pan o un milagro bastante estupendo. Después de todo, ¿no había dado también Moisés pan que procedía del cielo? Así, ellos minimizaban el milagro del día anterior al compararlo con el de Moisés; y el del pan que Él les había dado con el del maná del desierto. Nuestro Señor había alimentado a la muchedumbre solamente una vez, en tanto que Moisés sustentó a los israelitas durante cuarenta años. En el desierto, el pueblo daba a aquel pan el nombre de

manna, que significa: «¿Qué es esto?» Pero en aquella ocasión, al

despreciar el maná, le dieron el nombre de «pan ligero». Así desdeñaban ahora este don. Nuestro Señor aceptó el reto y les dijo que aquel maná que ellos habían recibido de Moisés no era pan celestial, ni siquiera había

bajado del cielo; más aún, sólo había alimentado a una sola nación por un breve espacio de tiempo. Y, lo que era aún más importante, no había sido Moisés quien les daba el maná, sino su Padre celestial; finalmente, el Pan que Él les daría los nutriría para vida eterna. Al decirles que el verdadero Pan procedía del cielo, ellos le pidieron:

Danos este pan. Y Él les respondió: Yo soy el pan de la vida.

Jn 6, 35 Ésta era la tercera vez que nuestro Señor usaba un ejemplo sacado del Antiguo Testamento para simbolizarse a sí mismo. La primera fue cuando se comparó con la escala que había visto en sueños Jacob, y así se reveló como mediador entre el cielo y la tierra. En su conversación con Nicodemo, se comparó con la serpiente de bronce, como uno que curaba al mundo prendido en las redes del pecado y envenenado. Ahora aludía al maná del desierto y afirmaba que Él era el verdadero Pan, del cual el maná había sido una figura simbólica. Aquel que habría de decir:

Yo soy la luz del mundo.

Jn 10, 7-9 Yo soy el buen pastor.

Jn 10, 11-14 Yo soy la resurrección y la vida.

Jn 11, 25 Yo soy el camino, la verdad y la vida.

Jn 14, 16 Yo soy la vid verdadera.

Jn 11, 25 se llamaba ahora a sí mismo por tres veces:

El pan de vida.

Jn 6, 35-41, 48-51 Una vez más hace aparecer la sombra de la cruz. El pan ha de ser repartido, y el que ha venido de Dios ha de ser la víctima sacrificada para que los hombres puedan alimentarse de ella. De ahí que sería un Pan lo que resultaría de la ofrenda voluntaria de su propia carne en rescate del

mundo, al que conduciría de la esclavitud del pecado a la renovación de la vida.

El pan que yo daré es mi carne, la cual daré por la vida del mundo. Entonces, los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede este hombre darnos su carne a comer? Y Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo que a menos que comáis la carne del Hijo del hombre, y bebáis su sangre, no tendréis vida en vosotros.

Jn 6, 52-54 No sólo se había descrito a sí mismo como uno que había descendido del cielo, sino como uno que había descendido para darse a sí mismo, es decir, para morir. Sólo cuando Cristo hubiera sido muerto llegarían a comprender la gloria de un Pan que alimenta para la eternidad. Se estaba refiriendo a su muerte, ya que la palabra «dar» expresaba el acto del sacrificio. La carne y la sangre del encarnado Hijo de Dios, que serían separadas con la muerte, llegarían a ser la fuente de la vida perdurable. Cuando dijo «mi carne», quería decir su naturaleza humana, de la misma manera que la expresión «el Verbo se hizo carne» indicaba que el Verbo Dios, o el Hijo, había asumido la naturaleza humana. Pero únicamente porque esta naturaleza humana se unía a una persona divina por toda la eternidad podría El conferir la vida a aquellos que habrían de recibirla. Y, al decir que daría su carne por la vida del mundo, la palabra usada en el texto griego significaba «toda la humanidad».

Sus palabras resultaban aún más impresionantes debido a que entonces se aproximaba la pascua. Aunque los judíos sentían aversión a la sangre, en aquella época del año llevaban sus corderos a Jerusalén, donde la sangre sería esparcida en las cuatro direcciones de los puntos cardinales. La extrañeza que producía aquel hablar de dar su sangre y su carne quedaba atenuada por el hecho de que se proyectaba sobre el fondo de la pascua. Jesús quería indicar que la sombra o figura del cordero literal estaba pasando, y cedía el sitio al verdadero Cordero de Dios. De la misma manera que habían tenido comunión con la carne y la sangre del cordero pascual, así ahora tendrían comunión con la carne y la sangre del ver- dadero Cordero de Dios.

Aunque había nacido en Belén (Betlehem o «Casa de pan») y sido colocado en un pesebre o lugar donde comen ciertos animales inferiores, sería ahora para los hombres, tan inferiores a Él, su pan de vida. Todo lo que existe en la naturaleza ha de tener comunión con algo, y por medio de ello lo que es inferior es transformado en algo superior: los elementos

químicos en plantas, las plantas en animales, los animales en seres humanos. ¿Y el hombre? ¿Acaso, mediante la comunión con aquel que había “descendido” del cielo no habría de ser elevado a participar de la naturaleza divina? Como mediador entre Dios y el hombre, Él dijo que, puesto que Él vivía por medio del Padre, también ellos vivirían por medio de Él:

Como el Padre viviente me envió, y yo vivo por medio del Padre, así el que me come, éste también vivirá por medio de mí.

Jn 6, 57 ¡Cuán carnal fue comer el maná, y cuán espiritual era comer la carne de Cristo! Era mucho más íntima la vida que venía por medio de El que la que el niño recibe de la leche de su madre. Toda madre puede decir al niño que tiene junto a su pecho: «Toma, esto es mi cuerpo; esto es mi sangre». Pero, en realidad, la comparación termina aquí, puesto que en la relación de madre a hijo uno y otro se hallan al mismo nivel. En la relación entre Cristo y el hombre, la diferencia es la misma que existe entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Además, ninguna mujer tiene -me morir y

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