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El hombre que perdió la cabeza

In document Vida de Cristo, por Fulton J. Sheen (página 146-154)

El propósito redentor de Dios al venir a la tierra fue revelado bajo muchos símbolos y figuras; y una de las cosas más sorprendentes fue profetizada en lo que le sucedió a Juan Bautista. Aunque Juan no buscaba honras terrenas, las recibió, ya que fue solicitado por el rey Herodes Antipas, el hijo del sanguinario Herodes que había intentado quitar la vida a nuestro Señor cuando éste no contaba aún dos años de edad. «Herodes temía a Juan, conociendo que era hombre justo y santo.» El malvado temía al bueno, porque los buenos son un reproche constante a la conciencia de los malos. Los impíos gustan de la religión de la misma manera que les agradan los leones: muertos o encerrados en una jaula; temen la religión cuando ésta se desata y comienza a desafiar sus conciencias.

Herodes fue el prototipo de todos los mundanos que enviaron a buscar a los que ellos llamaban «sabios» (como Félix envió a buscar a Pablo); les agradan la brillantez de sus ideas, el giro de sus oraciones, su sabiduría abstracta; pero, tan pronto como tales hombres empiezan a convertir en concretas y personales las enseñanzas de Cristo, son despedidos en el acto con frases como: «demasiado vehemente», «intolerante», o «¿sabes que en realidad trató de convertirme?» Herodes, siempre en busca de nuevos estímulos y excitaciones, invitó a la corte para que oyera a aquel emocionante predicador, que estaba causando sensación en su tiempo. ¿Qué texto escogería Juan Bautista para su disertación? ¿Hablaría acaso del amor fraterno (sin la paternidad de Dios), o tal vez sobre la necesidad de reducir los ejércitos, o sobre la gran urgencia de emprender una reforma económica en Galilea? Juan conocía que todas estas cosas eran importantes; pero, como había cosas aún más importantes, decidió dirigirse a las conciencias.

Herodes probablemente le estaba contemplando con sonrisa de satisfacción; Herodías, su mujer, debía de mirarle con el rabillo del ojo; las otras personas se sentían curiosas, pero no realmente interesadas. Herodes

y Herodías habían estado casados anteriormente, cada cual por su lado; ella, con el hermano de Herodes. Era uno de esos repugnantes contubernios tan frecuentes en toda nación que empieza a corromperse. Herodes había estado casado con Aretas, al cual le abandonó cuando él inició sus relaciones con Herodías, esposa de su hermano Felipe. Herodías tenía una hija llamada Salomé, de su anterior matrimonio con Felipe.

Si, desde el punto de vista mundano, había algún punto que Juan podía haber tenido la prudencia de soslayar, era precisamente esta situación. Pero Juan estaba determinado a agradar a Dios, no a los hombres; resolvió, por tanto, hablar en contra de aquella lasciva manera de vivir. Era demasiado amable para excusar el pecado de Herodes, estaba demasiado interesado en la salud moral para dejar sin sondear aquella llaga, sentía demasiado amor para tener otro pensamiento que no fuera el de salvar el alma de Herodes.

Juan seguía la doctrina de nuestro divino Señor de que el matrimonio es algo santo e indivisible: «Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» Cortó por lo sano con palabras claras, decisivas y bruscas. Señalando con el dedo a Herodes y a su mujer, sentados en sendos tronos de oro, dijo:

No te es lícito tener la mujer de tu hermano.

Mc 6, 18 Herodías se sobresaltó. Era evidente que Juan estaba recordándole que había seducido a Herodes, el cual se hallaba realmente en su poder. Una sola mirada de sus ojos era suficiente para Herodes. Antes de que Juan pudiera terminar la frase siguiente, cadenas de hierro rodearon sus muñecas y unos guardias lo arrastraron fuera de la corte y lo encerraron en la lóbrega mazmorra. El predicador fue apresado, pero no lo fueron sus palabras, que repetirían su eco en las conciencias aun mucho después de que la voz hubiera enmudecido.

Durante varios meses Juan estuvo preso en la oscura cárcel de Maqueronte. ¿Le hizo dudar esta forzada inactividad de que el Mesías fuera el Cordero de Dios del cual él había estado hablando? ¿Vaciló un tanto su fe en la lobreguez de la mazmorra? Tal vez estuviera impaciente porque Dios castigara a los que se habían negado a recibir su mensaje. Sea de ello lo que fuere,

Llamando entonces a dos de sus discípulos, los envió al Señor, diciendo: ¿Eres tú aquel que ha de venir, o debemos esperar a otro?

Lc 7, 19 La manera como Juan planteaba la cuestión indicaba que tenía fe tanto en la gran promesa mesiánica como en aquel a quien dirigía la pregunta.

Nuestro Señor no contestó con una promesa de que Juan sería puesto en libertad o que Él mismo destruiría a sus enemigos. Respondió aludiendo tan sólo a su propia obra de curación, consolación y enseñanza.

Y declarad a Juan las cosas que habéis visto y oído: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos son limpiados y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres es anunciada la buena nueva. Y bienaventurado aquel para quien yo no sea ocasión de caída.

Lc 7, 22 s La divinidad y sus caminos serán siempre un escándalo para los hombres. La nobleza y la insignificancia social de nuestro Salvador suscitaron las primeras objeciones en la predicación de su evangelio. Este prejuicio surgía de una concepción muy equivocada acerca del poder y la majestad de Dios, como si el logro de sus propósitos dependiera realmente de los medios con que el mundo cree que los éxitos han de conseguirse. En realidad, Cristo estaba dando a los discípulos de Juan una doble respuesta, aludiendo tanto a sus obras como a su palabra, sus milagros y su doctrina. Sus milagros no serían, por lo general, cosas de las cuales maravillarse, sino más bien señales de un reino divino de justicia y misericordia; y el poder por el cual Él los obraba sería un poder fuera de la naturaleza, que rebasaba a la naturaleza misma. Su doctrina, en particular, sería otra prueba de su divinidad: los pobres conseguirían que se predicara el evangelio a ellos.

Esto era algo particularmente significativo, puesto que la pobreza es solamente otra palabra para designar la imperfección y la debilidad humanas. Los fuertes físicamente y los de aguda inteligencia, así como aquellos que poseen el dominio de la tierra, reciben ya su galardón en este mundo; pero los pobres y los débiles a menudo pasan hambre y sufren. Cristo estaba diciendo que en el reino de los cielos habría un evangelio para los pobres. Dios posee otro mundo en el cual allanar las

desigualdades que hay en éste. Así como al rico se le dice que si quiere ir al cielo tiene que repartir sus riquezas por amor a Cristo, al pobre se le dice que sus fatigas y sufrimientos, apuros y contrariedades, unido todo ello con la cruz, le reportarán su propia paz y galardón interiores.

Cuando los emisarios hubieron partido, nuestro Señor comenzó a ensalzar a Juan. Juan había dado testimonio de Él. Ahora Él daría testimonio de Juan. Respondió a quienes podían haber estado juzgando a Juan por un mensaje que fue enviado en un momento de prueba. Contrastó la muchedumbre que estaba pendiente de las palabras de los emisarios con Juan mismo, la versatilidad de la multitud con la firmeza del profeta. No era Juan el débil, sino el corazón de ellos. No era la duda lo que había impulsado a Juan a enviar a aquellos hombres a hacerle la pregunta, ni tampoco era el temor por lo que pudiera ocurrir a su cuerpo. Empleando tres figuras de locución, nuestro Señor empezó a defender a Juan. La primera figura consistía en la caña que ondeaba al soplo de la brisa, junto a la rápida corriente del Jordán, donde habían oído predicar al Bautista; la segunda figura eran los lujosos vestidos de los que vivían en el palacio de Herodes; la tercera figura eran una señal del cielo y una referencia a todos los hombres que habían traspuesto las puertas de la carne en el nacimiento humano.

Y cuando los mensajeros de Juan se fueron, comenzó a decir a las multitudes respecto a Juan: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña meneada por el viento? Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con ropas delicadas? Aquellos que visten suntuosas prendas y viven en delicias, están en las cortes de los reyes. Mas ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, yo os lo digo, y más que profeta. Éste es aquel de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero ante tu faz, que preparará tu camino delante de ti. Yo os digo que entre los nacidos de mujer, ninguno hay mayor que Juan; y, sin embargo, el menor en el reino de Dios es mayor que él.

Lc 7, 24-28 Tres veces preguntó nuestro Señor: «¿Qué salisteis a ver?» Éste era el error de ellos; profesando un deseo de conocer la voluntad de Dios, se habían desviado en realidad hacia visiones y espectáculos, gozándose en los milagros y la popularidad del enviado. Habían salido para ver a alguien, en vez de oír a alguien. Para satisfacer la concupiscencia de los ojos, no para imitar la templanza y la abnegación del Bautista. Nuestro

Señor estaba diciendo a la multitud que san Juan, desde su prisión, no hacía aquella pregunta simplemente porque fuera una caña meneada por el viento de la opinión pública, porque fuera uno que estuviera preocupado por su bienestar corporal, como hacían los cortesanos del palacio de Herodes. Juan no era ninguna frívola caña agitada por todos los vientos del aplauso popular. Pronunciaba sus reproches sin miedo alguno; no era solamente severo con los demás, sino que incluso lo era aún más consigo mismo. Podía vivir en los palacios de los reyes y, sin embargo, prefirió tener el desierto por morada. En su relación con Dios, era un profeta, y más aún que un profeta: el precursor del Mesías e Hijo de Dios.

La grandeza es de dos clases: la terrena y la celestial. Si la grandeza de Juan hubiera sido de la tierra, habría vivido en palacios, sus vestidos habrían sido lujosos, y sus opiniones probablemente variables como la caña agitada por el viento, inclinada ora hacia una filosofía popular, ora hacia otra. Pero su grandeza era de orden divino y su superioridad no estribaba precisamente en su persona, sino en su obra y en su misión invariables, es decir, la obra y la misión de anunciar al Cordero de Dios.

Algunos meses más tarde, llegó el día en que con todo fausto habría de celebrarse el cumpleaños de Herodes. A este banquete, propio de un rey Baltasar, fueron invitados todos los señores y todas las damas, los militares y varios personajes de Galilea amigos de Herodes. Había oscurecido y el castillo se hallaba iluminado con una luz suave. Los rostros estaban maquillados para producir su mejor efecto a la luz tenue y vacilante de las velas. El ruido estrepitoso de la música, el son de las trompetas y los gritos de los que alegremente participaban en aquella orgía resonaban por el cas- tillo pétreo de Maqueronte y llegaban hasta la angosta y lóbrega mazmorra en la que desde hacía diez meses estaba languideciendo Juan Bautista. Sin embargo, probablemente los invitados necesitaban más distracción, puesto que no hay nada más aburrido que la alegría organizada por las personas hastiadas de todos los placeres.

La voz de Herodes se dejó oír en aquel primer gran club nocturno de la era cristiana, pidiendo una danza sensual que estimulara sus espíritus cansados. La danzarina sería Salomé, la bella hija de la mujer del rey, habida de su primer marido. Esta muchacha, descendiente de la noble familia de los Macabeos, pero que había alcanzado un bajo nivel de degradación y corrupción por la excesiva tolerancia de una madre degenerada, inició su danza ante los invitados. Aquellos juerguistas quedaron encantados con la nueva diversión, y Herodes, siguiendo cada uno de los graciosos movimientos de su hijastra, llegó pronto a estar tan

embriagado por la danza como por el vino. Cuando Salomé, en el último movimiento e impulso de su danza, se arrojó en sus brazos, Herodes exclamó en una apasionada expansión:

Pídeme cuanto quisieres y te lo concederé... Todo cuanto me pidieres te lo daré, hasta la mitad de mi reino.

Mc 6, 32 s No sabiendo Salomé qué pedir, se volvió hacia su madre. Herodes había olvidado ya aquel desdichado sermón de Juan Bautista; mas una mujer no olvida tan fácilmente. Durante aquellos meses en que estaba encerrado en la prisión, Juan seguía acosando el alma de Herodías, turbando su sueño, torturando su conciencia, creando en ella horribles pesadillas. Ahora decidió desembarazarse de él, creyendo que si lograba deshacerse de aquel representante de Dios podría seguir pecando impunemente durante el resto de su vida. Con una palabra dicha a Salomé, impondría para siempre silencio a su conciencia y a la de su marido. Susurró la respuesta al oído de su hija. Salomé se acercó a Herodes. La estridente música enmudeció. Reinó el silencio en la concurrencia, los manjares perdieron su sabor e incluso los corazones parecieron secarse cuando la joven pidió a Herodes:

Dame aquí en una bandeja la cabeza de Juan Bautista.

Mt 14, 8 Herodes quedó sumido en la mayor confusión a causa del juramento que había acompañado a la promesa. Pensó en todo el respeto que anteriormente había profesado al profeta; pero al mismo tiempo temía las pullas y las indirectas, murmuradas por lo bajo por sus invitados, en el caso de que vieran que se volvía de lo prometido. Infiel para con Dios, infiel a su conciencia, a sí mismo, no avergonzado de ningún crimen, pero sintiendo vergüenza ante el qué dirán, decidió ser fiel al juramento proferido en un momento de embriaguez. Pero, sobre todo, temblaba ante la ira de su segunda mujer.

Herodes llamó a unos esclavos. Encendieron unas antorchas. Nadie dijo una palabra mientras oyeron a los esclavos bajar las escaleras, hasta que el rumor de sus pasos fue desvaneciéndose. Luego percibieron el ruido de llaves al abrir las puertas de la mazmorra, el chirriar de los goznes. Hubo unos instantes de silencio, interrumpidos por un golpe seco; luego una lenta marcha escaleras arriba, cada vez más cerca, rumor de pasos que seguían el ritmo del latir de los corazones. Los esclavos se acercaron a

Salomé con la sangrienta ofrenda, y Salomé entregó a su madre en bandeja de oro la barbada cabeza del profeta de fuego.

En aquella oscura noche, a petición de la hija de una adúltera, Herodes acababa de asesinar al precursor de Cristo.

Después de esto, Herodes vivió perseguido por los temores, como Nerón vivió acosado por el espectro de su propia madre, a la que había hecho asesinar. El emperador Calígula tampoco podía dormir, obsesionado por los rostros de sus víctimas; el historiador Suetonio dice que «se sentaba en su lecho», o paseaba por los largos pórticos del palacio, en espera de que amaneciera.

Herodes, al oír hablar de nuestro divino Señor algún tiempo después de estos hechos, pensó que se trataba de Juan Bautista, resucitado de entre los muertos. Herodes no creía en una vida futura, como no cree en ella ningún hombre de vida sensual. La creencia en la inmortalidad muere fácilmente en aquellos cuya clase de vida no les deja enfrentarse con la perspectiva de un juicio. La vida futura no es negada tanto por la manera de pensar de una persona como por la manera de vivir. Herodes había logrado convencerse a sí mismo de que al morir se cerraba la puerta; pero ahora, al oír que Cristo estaba predicando, empezó a creer que Juan había resucitado de entre los muertos. El escepticismo nunca está seguro de sí mismo, por ser menos una sólida postura intelectual que una pose para justificar una mala conducta. Como buen saduceo, Herodes rechazaba la existencia de otra vida más allá de ésta; pero, después de todo, temía a su conciencia. Y al oír hablar de los prodigios y milagros que obraba Jesús «deseaba verle». Y le vio. No pasarían dos años sin que Pilato enviara nuestro Señor a su presencia:

Hacía mucho que deseaba verle; porque había oído de Él muchas cosas, y esperaba que le vería hacer alguna señal.

Lc 23, 8 Herodes no había visto nunca el rostro de Jesús hasta aquellas horas postreras; jamás había escuchado su voz. Y, llegado el momento, nuestro Señor rehusó hablar con él.

Después de la transfiguración, los apóstoles que habían visto y oído a Moisés y Elías hablando con nuestro Señor, empezaron a hacer preguntas concernientes a Elías. Nuestro Señor les dijo que Elías había estado ya entre ellos en espíritu; le habían visto en la persona de aquel hombre que vivía en lugares solitarios, aquel hombre vestido con una piel de camello,

cuya comida consistía en una minuta tan poco variada. Entonces volvió a presentar ante sus ojos la imagen de la cruz. Des mostró que la muerte de Juan Bautista era prefiguración de su propia muerte. De la misma manera que la gente que había visto a Juan no había creído en él, tampoco creerían en nuestro Señor:

Lo trataron como quisieron. Así también el Hijo del hombre padecerá de ellos.

Mt 17, 12 Mediante este comentario acerca del destino del Bautista, Jesús predijo su propia pasión y muerte. Se estaba esforzando para que sus apóstoles se familiarizaran con la idea tanto de un Cristo moribundo como de un Cristo victorioso. De la misma manera que la gente en su ceguera y ofuscación no supo recibir como era debido al Bautista cuando éste vino en el espíritu de un Elías penitente, tampoco recibirían adecuadamente al Mesías cuando viniera como uno que cargaba con sus culpas para rescatarlos en el madero de la cruz. A los apóstoles se les dijo, pues, que tal era el destino que se había profetizado del Hijo del hombre:

Ha de sufrir muchas cosas, y ser tenido en nada. Mc 9, 12 Los salmos y los profetas habían aludido a Él como el Hijo del hombre. De la misma manera que nuestro Señor no salvó a Juan Bautista de la crueldad de Herodes, tampoco Él se salvaría a sí mismo del propio Herodes. El heraldo había sufrido el sino de aquel a quien anunciaba; el mensajero recibió violencia por anunciar el divino mensaje. Y una vez más se asomaba el monte Calvario, en esta, ocasión a través de los valles que se extendían al pie del monte de la transfiguración. Todo en su vida estaba prediciendo su cruz, incluso la muerte violenta de Juan Bautista.

In document Vida de Cristo, por Fulton J. Sheen (página 146-154)