espectáculo de la naturaleza, para que sea posible su misma constitución, ha de actuar, una intencionalidad estética. Ahora bien, de esta intervención intencional no se desprende, como parece sostener el citado J. Ritter, que el paisaje se limite a ser un objeto intencional puro de la representación, un brote de la idea pura, ni un “vástago de la teoría filosófica” u órgano privilegiado para captar el espíritu de la naturaleza, si es que no para elevarse de lo sensible a lo suprasensible o incluso a la intuición de lo divino, recuperando así el concepto metafísico de naturaleza en la tradición pitagórica-platónica-cristiana.
Una concepción semejante rebasaría las pretensiones menos ambiciosas del paisaje estético y justificaría que en su constitución sea “de importancia secundaria tanto su configuración, determinada en cada caso, como su peculiaridad histórica” 20. Es decir, invitaría a desentenderse de las presencias fenoménicas y negar sus evidentes modificaciones a lo largo del tiempo. Dos hipótesis que no solamente alimentan la nostalgia metafísica, sino que no son fáciles de mantener en la experiencia individual ni en la histórica, pues se resuelven en una falsa conciencia de lo estético del paisaje como apariencia armónica de la naturaleza entera, perdida para siempre; en la ideología compensatoria y sustitutiva de la naturaleza como reflejo del cosmos o de la divinidad. La experiencia del paisaje de contemplación o, si deseamos rebajar las resonancias físico- teológicas o las sospechas teoréticas, de observación o percepción se escenifica en el aquí y ahora de la naturaleza exterior tal como se manifiesta de un modo sensible. El paisaje aflora en un campo, preferente pero no exclusivamente visual, de presencias fenoménicas en donde un sujeto está al acecho y capta los elementos dispersos que hasta entonces no pertenecían al mismo universo. En un primer movimiento, el espectador se detiene de un modo selectivo en ese trozo de naturaleza física que se extiende ante su mirada, prolongando por un proceder, vetado a o secundario en otros comportamientos, el acto mismo de una percepción seducida por los encantos de las apariencias y sus fluctuaciones. La génesis del paisaje se inicia con la percepción de ese ámbito seleccionado y delimitado de la naturaleza exterior en el cual los objetos singulares, sus formas y rasgos físicos, enarbolan una gama de apariencias que solicitan una atención especial, pero, sobre todo, su incorporación e integración como materiales brutos al proceso de una plausible trasfiguración estética. En la constitución del paisaje no se aborda, por tanto, la naturaleza en cuanto un elenco de objetos del mundo físico, ni como una suma de los mismos aisladamente considerados, sino que con todos ellos el espectador organiza la naturaleza percibida como un todo, como una unidad sintética, como un horizonte. No en vano, cualquier paisaje siempre se despliega ante nuestros ojos delimitado por su propio horizonte.
La actitud estética no se fija primariamente en el carácter de realidad de los elementos dispersos por la naturaleza exterior ni en su conocimiento, sino que, más bien, se entretiene en la multiplicidad de unas apariencias elevadas a ingredientes potenciales que cada sujeto, cada uno de nosotros, puede percibir y someter al juicio estético reflexionante que le es propio, para así alcanzar la imagen interna o “cuadro” mentaldel fragmento seleccionado.En otras palabras, la naturaleza exterior se trasmuta en un paisaje únicamente cuando es percibida por un espectador que se fija en un detalle o recorte de la misma y revalúa sus apariencias sensibles como materiales con el fin de activarlos y tamizarlos subjetivamente mediante el libre juego de sus facultades hasta que sedimentan en una idea (Vorstellung). Es decir, en una representación interna que confiere a su vez al fragmento seleccionado una unidad o coherencia, una figura (Gestalt), gracias a la cual podemos identificarlo y atribuirle una fisonomía, un rostro diferenciado respecto al resto de lo que lo rodea, y unas cualidades o resonancias expresivas; aspirar su “aura” o incluso respirar su “atmósfera”.21 En consonancia con esta suerte de circularidad, frente a las interpretaciones ideativas puras o al “constructivismo” exagerado que algunos defienden en un enfoque abusivamente culturalista, me parece oportuno subrayar que el juicio estético reflexionante y la imaginación únicamente pueden alcanzar una representación o idea del paisaje si se nutren e impregnan de una
sensibilización previa de las apariencias cosechadas en la percepción del respectivo campo visual acotado Si bien la idea de paisaje es asunto de una representación interna y se resuelve desde el
punto de vista subjetivo en un cuadro o construcción mental, nunca pierde contacto con el medio físico natural del que surge y al que reinterpreta. En este mismo sentido, añadiría que el paisaje estético se halla siempre en un proceso que se constituye de un modo objetivo-subjetivo, en un espacio “entre”, esto es, en la relación mutua que se instaura entre un recorte seleccionado en la naturaleza circundante y la subjetividad humana que lo abarca con su mirada, en la interacción entre el mundo natural dado de antemano y el sujeto que lo percibe e interpreta.
El hecho de que el paisaje brote, por un lado, de la percepción de ciertas partes seleccionadas en la naturaleza física y, por otro, de que sea un “constructo” de nuestros modos de tamizarlas e interpretarlas, nos indica que surge a medio camino entre la naturaleza y la cultura,
articulando estructuras naturales y culturales cuyo reconocimiento depende en gran medida de la sensibilidad de cada persona, los mecanismos de percepción, las categorías culturales de interpretación o, desde una perspectiva fenomenológica, de los contenidos de conciencia de los que disponga cada cual. A esto obedece, precisamente, que sólo surja desde la cultura y la libertad, así como que cada persona se forje una idea distinta de un mismo paisaje natural en consonancia con sus capacidades subjetivas de percepción, interpretación y apreciación.
Durante siglos la pintura y en nuestros días la fotografía artística y el cine son los instrumentos de reproducción gracias a los cuales quedan fijadas las virtualidades casi inagotables de una fenomenología estética del paisaje, pero, inevitablemente, lo cosifican y petrifican, por lo que, tal vez, nunca sean capaces de sustituir en modo alguno a las experiencias intransferibles que cada uno de nosotros nos formamos del mismo. Ello no es óbice para reconocer que los medios de masas crean y nos invitan a que aceptemos sus propios estereotipos, una forzada visión socializada. Aun, aceptando estos condicionantes, resulta evidente que, como supo apreciar el culto Spectator
empirista, la experiencia estética de la naturaleza exterior en el paisaje nos afecta a todos en nuestro papel de observadores, y, por tanto, en ella goza un gran protagonismo el espectador. Por este motivo el paisaje se inscribe ante todo en una estética de la recepción. No en vano, el pintor C.D.Friedrich, un espectador agudo antes que artista, anotaba en su Diario tras contemplar un paisaje montañoso en Bohemia: “Pletórico de alegría, me detuve un largo rato allí y contemplaba la bella región”.22 Poco importaba que el espectador fuera un Monje junto al mar, anonadado por su ilimitada inmensidad, unos atildados burgueses contemplando la luna y un acantilado o una mujer refinada en sus vestimentas y modales asomándose desde un interior burgués a la ventana para divisar el paisaje en la distancia.
Kant insinuaba que debemos contemplar el océano tal como lo hacen los poetas o, añadiríamos, como los pintores, cineastas etc.. En efecto, aunque no sea privativo de ellos, los artistas suelen ser pioneros en la percepción del paisaje y, tal vez, fueron los primeros que lo percibieron de un modo más consciente. En su caso, la naturaleza se trasforma en el escenario de la imaginación y en el material para los paisajes de la representación artística (Darstellung, representation). Algo que podríamos seguir, por ejemplo, desde la poesía de Petrarca a la literatura de las caminatas y los paseos, las excursiones y los viajes, que desde el siglo XVIII se perfilan como géneros literarios; desde la pintura del paisaje en los holandeses a los cuadros “pintorescos” ( W. Gilpin) ingleses, los románticos de los alemanes o los de los pintores norteamericanos (A. Bierstadt) que acompañaban a los expedicionarios del Oeste, cruzando los Plains o el Yosemite Valley, hasta la interpretación del motivo en la primera modernidad.
En ésta última , incluso podríamos agruparlos en grandes familias, como los paisajes de los ojos, ya sean mediados por la sensación en la accidentalidad exterior lumínica de los impresionistas, las sensaciones cromáticas emocionales y expresivas en Van Gogh y Gauguin, la condensación de la sensación en Derain, Matisse y los fauvistas; los paisajes de la percepción sobre el motivo en Cézanne o los paisajes del cuerpo en las grandes instalaciones pictóricas de Monet y en las descentracciones de Picasso, los cubistas y los expresionistas alemanes del Jinete Azul etc. En nuestros días, desde el Land Art el motivo ha recibido nuevas interpretaciones á través del aparato fotográfico y de las técnicas digitales.
Los artistas, cada uno a su manera, enseñan a mirar e invitan a gozar del paisaje. Es sabido que, cuando los aristócratas ingleses se aprestaban a realizar el Grand Tour, tamizaban su visión de los paisajes italianos a través de los “anteojos de Claudio”, esto es, de la mediación pictórica que había plasmado el gran paisajista francés Claudio de Lorena. Incluso, por analogía, se denominaba así a un pequeño espejo convexo, sombreado, que ayudaba al turista a observar el paisaje como si fuera arte. Algo similar sucedió en Inglaterra con pintores, como Canaleto, que, tomando como excusa el atractivo que ejercían las ruinas encontradas, animaban al espectador emergente a realizar excursiones al campo para descubrir su paisaje, mientras que los alemanes pronto tuvieron en las descripciones del viaje a Italia de Goethe su vademécum inseparable.
A menudo, cada país o región suele tener su propio descubridor del paisaje que, por lo general, recae en un pintor, pero puede ser igualmente un narrador de viajes o una guía turística. Y cuando gozan de aceptación, acaban imponiendo una visión socializada del mismo. Claro que en nuestros días, al percatarnos de que los anteojos se multiplican, no debiéramos seguir una “manera”, ni siquiera las maneras, sino contemplarlo nosotros mismos a nuestra manera, pues con frecuencia se olvida que los artistas no son sino unos espectadores de excepción que, antes de trasladarlo al lienzo o describirlo, lo captaron como un espectáculo natural, como paisaje de contemplación..
Sea como fuere, la observación y la percepción devienen así contemplación. A pesar de sufrir interpretaciones encontradas, sobre todo la teórica, metafísica y estética, en la apreciación y la construcción del paisaje la contemplación es reconocida como una categoría central desde la Físico- teología y la estética empirista de la naturaleza, pasando por los romántica, hasta la actualidad. Otra cuestión será cómo la contemplación del paisaje, ahora abiertamente estética, está siendo desplazada en nuestros días por otros comportamientos, mientras que, asimismo, el papel del espectador experimenta una profunda alteración.
Tal vez como fruto de la hegemonía de la visión y la racionalización cartesiana de la percepción cotidiana y artística del mundo natural a través de la perspectiva tridimensional, el paisaje de contemplación suele ser interpretado como un fenómeno visual. Sin duda, lo es, pero no en exclusiva. Por lo demás, es evidente que la citada frase de Friedrich ante el paisaje montañoso remite a su contemplación, pero al mismo tiempo trasluce una doble dimensión espacio-temporal en su experiencia. Su “detenerse” en la contemplación, que bien pudiera ser el de cualquiera de nosotros, es una suerte de concentración que atañe por igual al lugar o espacio de la naturaleza en donde el espectador se inmoviliza físicamente y al acto perceptivo que, tras posar reposadamente la mirada para apropiarse del fragmento acotado en la naturaleza, paraliza el tiempo. Con la particularidad, de que si en la prolongación temporal el protagonismo corre a cargo de la mirada, en la parada espacial el protagonista es el cuerpo.
Desde esta óptica, en la experiencia del paisaje nos apropiamos del fragmento acotado de la naturaleza mediante nuestros ojos y nuestro cuerpo. Se trata de asumirlo como paisajes de los ojos y del cuerpo. Nuestra posición corporal en medio del espacio natural y el horizonte que contemplamos y enmarca este mismo espacio se condicionan de tal manera, que de su interacción nace la posibilidad misma del paisaje. Cada paisaje se delimita de un modo más o menos duradero en el horizonte visual y así evita diluirse en una infinitud inabarcable, pues, sin tal limitación, no se mantendría aquella unidad autosuficiente que lo cohesiona. La experiencia del paisaje brota en un espacio vivido que se adhiere a nuestra mirada y se relaciona con nuestro propio cuerpo a través de sus sentidos y movimientos. De esta presencia del cuerpo se desprenden algunas secuelas sobre las que vale la pena reparar con brevedad.
Más arriba sugería que, si bien la experiencia del paisaje es visual, no lo es en exclusiva. No es solamente una visión, sino una vivencia polisensorial o incluso a veces sinestésica. Como intuía Addison, el hombre “ es igualmente capaz de recibir nuevo placer siempre que otro sentido se le suministre diverso del que recibe por la vista. De esta manera, un sonido continuado, como...el ruido de una cascada despierta a cada instante el ánimo del expectador, y le hace más atento á las
diversas bellezas del objeto que tiene presente. Por la misma causa, si se percibe la fragancia de algunos olores ó aromas, realzan éstos los placeres de la imaginación, hacen más agradables los colores, y el verdor del paisage” 23.
Si en novela La nueva Eloisa (1761) Rousseau popularizó la mirada estética del lejano Mont Blanc desde la orilla norte del Lago de Ginebra, es decir, desde una distancia física que se interponía para ponerse a salvo de las amenazas de la naturaleza y originaba un paisaje exclusivamente visual, percibido como una visión de conjunto, como un panorama, en la Septième Promenade de las Réveries du promeneur solitaire (1777) su observación de la botánica y la vegetación se lleva a cabo de un modo olfativo y háptico desde la cercanía, en un contacto inmediato con el medio físico. En otros casos, las impresiones de los diversos sentidos se ayudan mutuamente.
Los paisajes implican a nuestros cuerpos desde registros varios. Por eso huelen, despiden fragancias, esto es, son olfativos; son duros o difusos, es decir, táctiles. Probablemente, la categoría que mejor cuadra a estas vivencias inscritas en una filosofía del cuerpo y en una fisiología estética del sentirse bien es la mencionada “atmósfera”, que se sitúa declaradamente en los aledaños de una
estética ecológica.
Desde esta misma dimensión corporal, es llamativo cómo, cuando contemplamos paisajes que nos resultan familiares, sobre todo si pertenecen a nuestra la infancia, no sólo los percibimos con nuestros ojos, sino que los vivimos bajo las sensaciones corporales y los recuerdos velados que, sin embargo, quedaron grabados en la memoria, casi en nuestra propia piel. Por ello, nuestros cuerpos no se sienten sensibilizados, afectados, únicamente por las impresiones visuales, sino también por otras sensaciones que actualizan nuestra historia personal y pueden alumbrar la historia de un sentimiento colectivo. Tal vez en estos paisajes más que en ningún otro volvemos a escuchar en ocasiones, como intuía Schiller, la aleccionadora voz maternal de la naturaleza, pues parecen tornarse representaciones de la infancia perdida, individual o colectiva, hacia la cual conservamos un entrañable cariño. Incluso, al reconocernos en su fisonomía, deterioro o pérdida, embargan nuestro ánimo con una cierta melancolía. Es posible que esta vivencia del paisaje como memoria del cuerpo, a medida que se socializa, esté siendo la causante de tantos retoños de nostalgia, pero también el acicate para su conservación o restauración cuando el progreso y el provecho, las dos caras del utilitarismo, se ciernen de un modo amenazante sobre sus despojos.
Sin abundar en los clásicos análisis del biólogo J. von Uexküll y de F. Bollnow sobre el hombre y el espacio, una segunda consecuencia de la implicación del cuerpo es que, en cuanto centro biológico de las orientaciones en el espacio natural, como sean lo próximo y lo alejado, el primer plano y el lejano etc., condiciona con sus movimientos a la naturaleza exterior en los modos de darse, en sus apariencias variables y aspectos cambiantes. En nuestro andar y caminar – de aquí la relevancia insinuada de los paseos y caminatas, las excursiones y los viajes en el nacimiento del paisaje - trazamos espontáneamente el horizonte como una línea demarcadora que se ofrece a nuestra mirada y define el campo perceptivo del paisaje, pues, aunque el horizonte se modifique, amplíe o estreche, se eleve o achate debido a nuestros cambios de posición o de lugar, siempre permanecerá como horizonte gracias a la presencia del cuerpo.
En virtud de esta movilidad corporal lanzamos miradas cambiantes que, al deslizarse en el espacio, abren horizontes que proporcionan otras tantas fijaciones del paisaje. Probablemente, nadie como Cézanne, espectador amante de su terruño, se percató de esta fenomenología de la visión y del cuerpo, de la importancia decisiva de “ir al motivo”. Con tal fin, eligió un lugar conocido como Gour de Martelley desde el cual disfrutaba de unas vistas excepcionales de su motivo preferido, la montaña de Sainte Victoire : “Aquí, a orillas del río – escribía en una conocida carta a su hijo el 8 de septiembre de 1906 – los motivos se multiplican; el mismo motivo visto bajo un ángulo distinto ofrece un tema de estudio de poderosísimo interés y tan variado que creo que podría estar ocupado durante meses sin cambiar de sitio, simplemente inclinándome unas veces a la derecha y otras a la izquierda”. Como es sabido, el resultado fueron las numerosas versiones
pictóricas de dicha montaña, las cuales traslucían las sucesivas interpretaciones de sus vivencias del paisaje a partir de las inclinaciones de su cuerpo y la orientación de sus miradas.
En alguna ocasión puede acontecer, como desvelan las pinturas de Cézanne y los cubistas, que sus perspectivas entren en colisión y fragmenten la espacialidad, pero lo habitual es que nos proporcionen escenas sucesivas que se convierten en el embrión de otras tantas construcciones singulares del paisaje. Sin embargo, no deja de ser llamativo que, aun cuando las posiciones del cuerpo en el lugar alteran los horizontes, éstos, en cuando sucesión de delimitaciones, se funden en uno global, el que abarca nuestro cuerpo. Síntesis de horizontes que se confunde con las síntesis de los movimientos espaciales y el discurrir temporal. No vivenciamos, por tanto, una perspectiva y a continuación otras, sino que cada una de ellas pasa a la siguiente y su secuencia genera una síntesis de transiciones que se fusionan entre sí por deslizamientos casi imperceptibles que acotan las fijaciones espacio-temporales, es decir, las distintas unidades paisajísticas.
Ahora bien, si éste era el proceder habitual en los paisajes de contemplación, los cuales como si de una cuadro pictórico o fotográfico se tratara quedan fijados en su inmovilidad, ¿qué