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Estéticas de la plenitud y la hipótesis de la realización

In document Estética y Teoría del Arte l (página 42-45)

La experiencia estética pertenece al hombre, participa también de la utopía de una praxis en la cual la Razón procura alcanzar la felicidad humana, las promesas de bondad, y eliminar los conflictos en aras de la armonía. A este comportamiento irreducible de su humanidad se le confía el honroso, aunque oneroso, cometido de reinstaurar el equilibrio y la totalidad de su naturaleza, de conjurar las amenazas psíquicas crecientes y restañar las heridas producidas por la misma realidad histórica. Lo estético y el arte se insertan en la dinámica de un razón que, desde un prisma trascendental, se anuncia como una suerte de deber, de sollen, proyectado en un horizonte casi infinito y empeñado en resolver las oposiciones entre la naturaleza y el espíritu; en reinstaurar la armonía interior rota por un modo de vida regido cada vez más por la razón teorética e instrumental, por el utilitarismo y la lógica del provecho imperantes; desgarrada por el antagonismo de intereses entre la sensibilidad y las capacidades intelectuales, por la fragmentación personal y social, por la división del trabajo y de la economía política; en una palabra, por el “principio de realidad”. Motivos que son invocados una y otra vez para levantar acta de las adversidades que se ciernen sobre su propia realización, sobre su papel en la emancipación humana. Precisamente , en la transición de la fundación trascendental a una más escorada hacia la antropología se pone en evidencia que la Estética aflora como una salida de emergencia a las aporías del sujeto ilustrado y moderno. Es como si éste, tras haberse confiado a la razón teorética y a la razón práctica en cuanto instancias poderosas y salvadoras, como en otras épocas fuera el mito y la religión, cayera en la cuenta de que en realidad no lo son tanto. Incluso, como si percatándose de sus impotencias , sintiera a continuación la necesidad de cambiar de rumbo o al menos el apremio por iniciar un nuevo giro, que no es sino el de la propia estética. Tanto a utopía estética ilustrada como la estetización actual parecen brotar de estas corrientes y responder a la conciencia de aquellas impotencias.

En este marco, sin embargo, el proyecto ilustrado, sobre todo a partir del propio Kant, parece oscilar entre lo que me permitiría denominar una estética de la plenitud, del reconocimiento pleno de lo estético y la confianza en sus virtualidades, y una estética de la resignación o del fracaso. Así, por ejemplo, si en la “analítica de lo bello” parece hallar un ancla de salvación, una mediación , un poder sensible, sus reflexiones sobre lo sublime, en cambio, sacan a la luz que la estética no es tanto un poder de ralización ( Verwirklichung) de los objetivos de la razón cuanto un poder de simbolización. Incluso en la Crítica del Juicio está en condiciones deaclarar el interrogante quehabía suscitado enla Crítica de la razón práctica al dejar caer que “la belleza es símbolo de la moralidad”8

Esta temática, tangencial todavía en Kant, se convierte en el gozne de las estéticas operativas, esto es, de las que no descartan influir en el curso de los acontecimientos, pisando las huellas de una razón práctica que se vuelca en la realización de sus fines. Schiller sería, posiblemente, el más preocupado por fomentar una extrapolación de la razón práctica, asignada hasta entonces a la Ética, a la propia Estética. Connivencia de lo estético con la razón práctica que, a no tardar, se trasfigura en una connivencia de los artístico con la Filosofía de la Historia. En este clima no es arriesgado suponer que el despliegue posterior de lo estético, sobre todo en el campo más acotado de lo artístico, en nuestra modernidad se juega las diversas posiciones o respuestas que se fraguan respecto a las ligazones movedizas con la Filosofía de la Historia. La Estética se alía ,pues, con la utopía de su propia realización. Ahora bien , si la utopía estética aspira plasmar la universalidad de lo estético delate, confiando con entusiasmo en

superar los obstáculos con los que tropezará en el camino pedregoso y accidentado de la historia de la razón, la crítica de la razón , en cuanto reverso de nuestra modernidad, será el telón de fondo de una actitudes más resignadas que suelen aflorar en la oposición entre la naturaleza y la razón histórica. Teniendo en mente estas oscilaciones las utopías estéticas y las actitudes más resignadas se superponen y compensan a menudo, incoando lo que podríamos considerar el anverso y el reverso de la dialéctica en la propia modernidad. Se trata de una experiencia ambivalente que se ha vivido en ciertos episodios fuertes de la modernidad estética o artística, como en las postrimerías del mundo ilustrado, en la resaca de las vanguardias históricas durante los años veinte del siglo pasado o en la crisis de la modernidad ortodoxa y la transición postmoderna en la pasada década de los años ochenta.

La huída hacia las regiones ideales parece intuir las primeras escaramuzas ente el sujeto trascendental y el empírico, aproxima lo estético y el arte a la utopía, a un no lugar, en el que se explayan y a veces se estrellan las en ilusiones de la propia Ilustración y sus sucedáneos. Desde entonces hasta nuestros días, en la distancia a salvar entre aquel sujeto como ciudadano en abstracto y el sujeto empírico, el hombre de carne y hueso, en esta distancia se alojan los excedentes y las expectativas que no abandonan a la utopía estética de F. Schiller o Marx a H. Marcuse o E. Bloch, y que han contagiado en ocasiones el optimismo de la Dialéctica y de ciertas vanguardias artísticas.9

Desde la temprana utopía ilustrada, lo estético y la creación artística se desbordan a sí mismos, son tomados incluso como paradigmas de la actividad formativa del espíritu humano, como metáforas del trabajo no alienado, despuntando por esta vía , debido a su carácter anticipatorio y modélico, como garante de la concordia profunda y de una ligazón de estos valores de humanidad con el hombre como totalidad. El designio de toda educación estética no sería sino paliar, incluso de superar, en una esfera de actuación limitada de y sobre la realidad las secuelas de las antinomias entre la razón y la sensibilidad que alumbran los antagonismos psicológicos y la fragmentación vía la división del trabajo o las especialidades de la ciencia. Como salta a la vista de Schiller y Marx a Marcuse a lo estético se le reserva el cometido de mediar en la totalidad de cada individuo y entre los individuos, quedando así inserto no sólo en la razón, sino en la historia de la razón.

La utopía estética en su voluntad por realizarse trasluce con nitidez, aun a costa de su inaplazable disolución a medida que sus excedentes se consuman, cómo sus ideales se ven a menudo sublimados frente al principio dominante de realidad. Los resplandores de sus llamas se reflejan , incluso bajo los más negros presagios, como respuestas a los desafíos fácticos y, sobre todo, confirman la sospecha de que cuando lo estético, al igual que otros ideales ilustrados, trata de hacer valer sus derechos en la empiria o en la historia, se convierte , al parecer de un modo inevitable, en una parte del mundo que colisiona con otras: lo estético con lo lógico, lo racional o el espíritu socrático de la ciencia positiva, el desinterés estético con el provecho , el “análisis de las riquezas o la Economía Política, la finalidad interna de la forma estética o artística con el funcionalismo ramplón, el arte con la filosofía etc. etc. Lo estético y el arte prueban de abrir una brecha en el tejido de intereses cognoscitivos, científicos, filosóficos, funcionales, utilitarios etc. ; pugnan por vencer sus sombras, por reconstituir la polifonía y la pluralidad. Al arte se le confía el cometido ideal de restañar las heridas, de conjurar las amenazas psíquicas crecientes, de reintaurar la armonía interior rota por un modo de vida regido cada vez más por la razón teorética e instrumental, por el utilitarismo; cada vez más desagrarada por el antagonismo de intereses, la fragmentación individual y social, la división del trabajo; amenazada, en suma, por el principio de realidad.

Ante los restos de su propia naturaleza y los que le tiende el mundo contemporáneo, el espacio estético, opuesto a toda certeza, es un espacio de la inseguridad. Expuesto a los más diversos estragos, la lenta flecha de la belleza, metáfora de sus conductas, procura vencer las resistencias, perforar las opacas pantallas que la nublan, dar en el blanco de sus adversarios,

debilitar las fuerzas pasivas y reactivas. A resultas de estas y otras interferencias lo estético y lo artístico han perdido toda virginidad trascendental, pero, aún así, en los predios de la utopía no desfallece la confianza en su propia realización.

Desde esta perspectiva, este espacio se proyecta también en un horizonte de emancipación en donde la conquista de muchos de sus ideales supone y se opone al modo idealista o materialista , que poco importa, a la sociedad que lo legitima y ensalza. Por ello mismo, sus expectativas de realización pueden verse acompañadas e impelidas por movimientos centrífugos hacia su disolución, como sucediera, por citar ejemplos contrapuestos, en Kierkegaard y Marx. Insinué ya cómo el objetivo del segundo era descender de la atalaya trascendental, inaccesible o inexistente en ningún lugar, a la arena accidental de la realización de lo artístico en el hombre normal, en la vida cotidiana del emprendedor burgués no obnubilado por la lógica de los intereses o del nuevo sujeto revolucionario, el proletario, no asfixiado por las necesidades brutas, invirtiendo las concepciones abstractas sobre la naturaleza humana en beneficio de una esencia humana como conjunto de relaciones sociales, modificada históricamente.

La amenaza de la disolución fáctica de lo estético, que estaba protagonizada tanto por la Economía Política ( Marx), por motivos existenciales (Kierkegaard) o por la transición del estado metafísico al positivo ( A. Compte) , se vio contrarrestada por los proyectos utópicos de su propia realización, casi elevados a paradigmas de la modernidad posterior: el utópico-antropológico, que intenta corregir el marxiano, el positivista y el esteticista. Ahora bien, mientras el primero entra en tensión con la sociedad , compartiendo rasgos afirmativos y negativos respecto a las lógicas dominantes y el segundo podría ser definido más bien como afirmativo, el tercero tiende a postular , desde el Absolutismo estético del Idealismo de Schelling y el Esteticismo del joven Nietzsche hasta la actual Estetización, lo estético y el arte como únicos principios de realidad desde los cuales legitimar el mundo y configurar la entera realidad.

Con estos proyectos sintonizaban cada una a su manera las vanguardias históricas o clásicas y ciertas neovanguardias, a las que , no en vano, he definido como proyectos insatisfechos.10 En nuestros días el triunfo del proyecto positivista, encarnado en las nuevas

tecnologías, está derivando a una estetización de la entera realidad en al que, curiosamente, no lleva la iniciativa el arte sino la exaltación de lo estético. Incluso, proliferan fenómenos en los que parece vislumbrarse un tendencias a una inédita disolución del arte. Desde hace algunos años vengo teorizándolo de un modo comprimido a partir de la expresión la estetización contra el arte. Mientras, en la variada gama de Activismos como arte público o, ya inmersos en la virtualidad, los artistas como hackers de lo real, están comprometidos a grandes rasgos con lo político y en ellos parecen reactivarse los últimos rescoldos de las vanguardias emancipadoras combativas a punto de apagarse. Unos y otros invocan a la manera de F. Guattari una ecofísica, es decir, unas micropolíticas del arte en las que, a diferencia de las estéticas de la resignación, no pasan por alto lo global, la macrofísica moderna del poder, en el ámbito de la cotidianidad. Inscritos en lo que la crítica suele calificar de arte postautónomo o incluso postestético, creo sin embargo que se debate, aunque no siempre sean del todo conscientes , en la negatividad artística , oscilando a la manera de T.W. Adorno entre el potencial crítico, social y político del arte frente a lo poderes de la razón o la subversión soberana de la razón de todos los discursos. Esto es , entre la negatividad crítica de la forma de negación derivada de unas críticas político-sociales y la negatividad del arte como subversión de todos los discursos.

8 Kant, Crítica del Juicio, $ 59; Cfr. el primerizo ensayo que supuso el antecedente del giro kantiano en la Estética reciente y la sugerencia sobre esta bifurcación o dialéctica en la

modernidad, O. Marquard, Die Kant und die Wende zur Aesthetik, Zeitschrift für philosophischen Forschung, 16 ( 1962), pp. 231-243, 313-324.

9 Cfr. F. Schiller, en sus conocidas Cartas sobre la educación estética del hombre; E. Bloch, Aesthetik des Vor-Scheins, Francfort am Main, Suhrkamp, 1974 2 vols.; H. Marcuse, Ensayo sobre

la liberación, México, J. Moritz, 1969, en particuar el capítulo dedicado a La nueva sensibilidad; idem, Contrarrevolución y revuelta, México, J. Mortiz, 1973; idem, La dimensión estética,

Barcelona, Editorial Materiales, 1978. J. Jiménez, La estética como utopía antropológica,,Madrid, Tecnos, 1983.

10 Cfr. S. Marchán Fiz, La utopía estética de Marx y las vanguardias históricas, l.c., pp. 38- 45 y Modenidad y vanguardia en las artes, Revista de Occidente, nº 252 (2002), pp. 110-117.. En Las vanguardias artísticas y sus sombras , Madrid, Espasa-Calpe, 2001, he analizado las vicisitudes concretas de los proyectos de cada una de ellas en sus respectivos contextos.

III.- LA ESTÉTICA EN LA DIALÉCTICA

DE LA MODERNIDAD

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