Uno de las principales inquietudes y cuestionamientos planteados por los estudios de género son las relaciones de poder ejercidas hacia las mujeres por parte del género masculino. Llegando la mujer a ser considerada propiedad del hombre, logrando colocarla en gran desventaja en una cultura patriarcal que invade todas las formas de vida como se advierte en este apartado. Para Beauvoir (1989): “la sociedad siempre ha sido masculina; el poder político siempre ha estado en manos de los hombres” (1989:135). Desde tiempos inmemoriales la mujer ha sido y continúa siendo en gran parte de una categoría social menor a la del hombre, debido a la cultura que ha colocado a los varones tanto como a las mujeres en lugares sociales diferenciados. Castells y Subirats (2007) señalan que durante la historia:
(…)las mujeres fueron objetos sexuales, su posesión, compra, intercambio, robo, fue uno de los juegos preferidos de las relaciones entre los hombres, que impusieron reglas y las transgresiones que podían producirse en este campo sin contar para nada con la voluntad de las mujeres, con sus deseos y necesidades. Así el control sobre la sexualidad femenina es mucho más la necesidad de asegurarse la continuidad en su acceso a ella, de evitar tener que compartirla con otros rivales y poder ser presa de celos (Castells y Subirats, 2007:127).
Bajo este entendido, los usos y las costumbres de la cultura con respecto a la mujer durante el desarrollo de la humanidad, ha venido repitiendo constantemente hasta considerarse como expresión propia de la naturaleza. Tradiciones ancestrales que por medio del poder ejercido por los hombres han hecho en las relaciones mujer-hombre exista un reconocimiento hacia el hombre como ser superior. En cambio la mujer ha sido símbolo de la naturaleza, de la procreación, de la debilidad, un ser del cual el hombre puede disponer y buscar en ella los placeres.
De acuerdo aMontesinos: “la génesis de la modernidad capitalista la DST (División sexual del trabajo) definió tanto los roles económicos como los espacios sociales correspondientes a cada género, esta estructura se constituyó en el principal emblema de poder masculino” (2007:25). Dicha asignación dio origen a un conjunto de relaciones sociales como un proyecto social, donde a cada mujer u hombre se le brindó una perspectiva, condiciones y proyecto de vida. Un poder dado al hombre el cual ha sido
ejercido bajo el entendimiento de poseer todos los derechos. Una comprensión sobre la diferenciación de las identidades de género tanto femeninas como masculinas con diferencias jerárquicas, donde la dominación se esconde bajo las creencias que se tienen acerca de la diferencia de los sexos. Patrones culturales justificantes de una desigualdad, que tras la necesidad del desempeño de trabajos definió a la mujer su carácter subordinado. Para autores como Foucault: “las relaciones de poder son intrínsecas a otros tipos de relación de producción, de alianza, de familia, de sexualidad, en las que juegan un papel a la vez condicionante y condicionados”. Se comprende entonces, que no sólo el hecho de ser del género femenino alcanza a ser condicionantes para su ejercicio, sino también, son las relaciones entabladas por el ser humano las determinantes de estas situaciones diferenciadas y que en cualquier campo pueden concretarse (Foucault, 2008:92).
En lo que refiere a las relaciones de poder entre los géneros, en culturas como la nuestra, la preponderancia del hombre sobre la mujer es evidente en las prácticas diarias. Las principales idolologías entretejidas, tienen que ver con el valor social otorgado a cada uno, lo cual ha justificado las formas de trato del hombre hacia la mujer. El habitus desarrollado, dice Bourdieu, ha encontrado grandes disposiciones por parte de la mujer, un control de cuerpo, mente y acciones exigidas por el hombre como condicionante para satisfacer su ego. Se ha desarrollado la idea de que la mujer debe existir para servir al hombre y consagrar su vida en satisfacerlo.
La idea coexistente en nuestra sociedad manifiesta Zapata (2002:48), es que la mujer debe ser femenina para agradar al hombre, debe ser casta y honesta, cuidar el honor del marido, asegurar la permanencia en el hogar además ser aguantadora y sufridora. Dichos pensamientos han hecho a la mujer no sólo obedecer, sino también han sido concluyentes para los ideales que la misma mujer ha querido conquistar. Tomando la idea de Bourdieu (2000) se plantea lo siguiente:
(…)las estructuras que son constitutivas de un tipo particular de entorno y que pueden ser asidas empíricamente bajo la forma de regularidades asociadas a un entorno socialmente estructurado, producen habitus, sistemas de disposiciones duraderas, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, en tanto que principio de generación y de estructuración de práctica y representaciones que pueden ser objetivamente “reguladas” y “regulares” sin ser en nada el producto de obediencia a reglas, objetivamente adaptadas a su finalidad sin suponer la mirada consciente de los fines
y la maestría expresa de las operaciones necesarias para alcanzarlas y, siendo todo eso, colectivamente orquestadas sin ser el producto de la acción organizadora de un jefe de orquesta (2000:25).
Estas prácticas conllevan una determinación de roles, formas de actuar, de asumirse y de entenderse. En estas formas subyace un poder poseído por el hombre y sostenido por ideologías e instituciones de un mundo patriarcal que ha mostrado a la mujer el amor al amo. Dice Flores, citado por Acosta y Uribe (2007) que: “la identidad masculina se enmarca en las relaciones de diferenciación, de discriminación y de dominación, que hace que hombres y mujeres dispongan de materiales capitales y simbólicos diferentes, produciendo relaciones simétricas calificadas como relaciones de poder” (2007:155). Donde especialmente es, en las relaciones de género donde se estructura el poder de los más diversos modos, se puede plantear como las relaciones más conflictivas.
Dichos poderes tenidos por los hombres sobre las mujeres han generado obediencia y subordinación, observado en gran parte de los campos sociales. Zapata (2002) quien retoma la idea de Dueñas, indica que: “el poder tiene dos significados, fuerza, valía, autoridad o bien habilidades, capacidades” (Zapata, 2002:41). Significados, relacionados con la idea y el concepto que tiene la gente hacia este término, culturalmente con una connotación importante, haciendo vivir a la sociedad mantenida y controlada por el poder a través de las prácticas cotidianas. Serret (1999:248) hace visible la idea de que el “deber ser” femenino tiene relación con el estar en condiciones apropiadas para servir a otros “ser” para otros, tratándose de un argumento en que subyacen otros fines.
La aptitud procreadora de la mujer brindó las condiciones para indicarle su lugar, el cual es necesario aclarar ya que “no reside en su distribución dentro de un territorio físico, sino en la manera en que llevan a cabo distintas prácticas dentro de cada espacio” (Chihu, 2002:19). Bajo esta idea, la mujer “fue limitada al trabajo doméstico y al cuidado de los niños y esta reducción empezó a definir una serie de valores asociados al hogar” (Chihu, 2002:20). Un trabajo doméstico referido a ciertas tareas y en el que “subyace el trabajo reproductivo”, entendido de acuerdo a Castells y Subirats (2007:118) como los quehaceres de limpieza del hogar, aseo de la ropa y todo lo concerniente al hogar y a la atención de sus miembros, situación que continúa determinando la condición social de las mujeres al
continuarse realizando. Pero también Castells y Subirats (2007) explican que este tipo de trabajo va más allá, pues existen cosas difíciles de realizar por otra persona:
…refiere al los trabajos de cuidado o de “amor”, que es como se ha entendido, que tiene que ver con relacionarse con las demás personas “más débiles” , enfermos, personas mayores, niños; ya que esto lleva implícito que brinda atención y dedica su tiempo como persona adulta. esto se entiende que no tiene límite, se brinda hasta donde sea necesario, abnegadamente, porque no tiene un reconocimiento de que sea un trabajo duro o difícil, sino que se debe darlo y vivirlo voluntariamente, como un don, como una gracia que la mujer tiene y que se basa en el cariño y el amor profundo e incondicional que se tiene, lo cual no es necesario explicación, ni discusión ya que este sacrificio es parte de lo que ella posee y que debe dar a los demás (Castells y Subirats, 2007:118).
Se observa todo un entramado de creencias, usos y costumbres que han dado a la mujer la imagen de la abnegación y la generosidad que invariablemente en el ser madre se ha representado. Una abnegación que en nuestra cultura “es la actitud tradicional exigida a las mujeres como una virtud más preciada, e implica capacidad de negación de sí mismas, capacidad de entrega sin límites, capacidad de sumisión. Obedece a un estímulo externo –la voluntad o la necesidad de otra persona, habitualmente un hombre- y se transforma en una actitud interna, la disposición a la dependencia, a la sumisión” (Castells y Subirats, 2007:62).
De acuerdo a Corsi, quien retoma las palabras de Luhmann (1996:158), los valores previstos para la mujer se han supuesto aceptados por todos, dando por entendido que puede ser repetido continuamente aún cuando no se esté totalmente de acuerdo en realizarlo. Entonces, bajo este consenso sobre el papel que desempeña y destacando la importancia para el bienestar, la unión, la prosperidad, pero más aún para la felicidad de la familia, ha logrado ser apreciada socialmente por ser dadora de amor y un ser sacrificado en beneficio de los demás, llámese hijos, esposo, nietos, padres, etc., continúa imperando en gran parte de la vida cotidiana.
Aunque actualmente, también se observa un rompimiento significativo con respecto a estos modelos de pensamiento. Sin embargo, Martínez, (2008:45), menciona el hecho, de que una mujer llegue a niveles de educación superior, se debe sin duda a una lucha con propuestas y objetivos personales, muchas veces discontinua, provocada por lo que ha llegado a representar el ser mujer para ellas mismas. Un conflicto presentado a partir de la salida de la mujer del hogar que promueve la transgresión de las normas sociales y
convencionales de una sociedad patriarcal que ha generado a partir de ello nuevas prácticas e interacción entre los géneros.
El feminismo y los estudios de género, han venido a poner en evidencia estas relaciones de poder donde se muestra la subordinación de la mujer, evidenciando que el sometimiento y el poder cultural arbitrario son constructos de una sociedad patriarcal. Asimismo, se ha mostrado la existencia de nuevos comportamientos de las mujeres, a partir de la salida del hogar e insertarse en el trabajo productivo y la educación superior. Dice Azamar que a partir de ello se: “ha dado paso a una serie de transformaciones en el ámbito de las relaciones entre mujeres y varones, la cual ha roto el frágil equilibrio que mantenía en orden la convivencia social entre los sexos, esa “desigualdad armoniosa”, que si bien se sostenía en una situación injusta conseguía darle sentido a las relaciones humanas” (Azamar, 2008:56).
La visión tenida, es que los hombres “son vistos como depositarios de la racionalidad, capacidad, fortaleza y cultura” y poder se ha ido opacando, saliendo a la luz muchas mujeres quienes han demostrado que las capacidades se pueden desarrollar a partir de tener acceso a los conocimientos, negados inmemorablemente (Friedler, 1999:112). Se puede considerar como el “debilitamiento del modelo patriarcal ha abierto un espacio para las relaciones familiares más igualitarias donde la mujer alcanza mayores niveles de decisión” (Friedler, 1999:119), que se debe en gran parte a la preparación de la mujer y el acceso a otros conocimientos.
Las mujeres con poder, exitosas en su trayectoria profesional, rompen con los estereotipos y atavismos culturales que socialmente se nos ha impuesto, logran con su acción ir modificando la percepción colectiva sobre el papel de las mujeres en la sociedad, como
madres y esposa (Martínez, 2008:45).
Se van tomando nuevos referentes basados en logros tenidos por las mujeres a pesar de los inconvenientes en su trayectoria profesional. Aunque también en este proceso la belleza se ha visto como un capital que se puede poner en juego para abrirse oportunidades como símbolo de poder. Dice Lipovetsky (2002) que tanto en los anuncios publicitarios como en las portadas de revistas, el lenguaje en las canciones, la moda como modelos, la mirada de los hombres como el deseo de las mujeres, todo recuerda con insistencia la posición
privilegiada de que goza la hermosura femenina, la identificación de la mujer con el “bello sexo”.
En este contexto explica que “cuanto mayor es su atractivo, más resplandece su feminidad” (2002:93). En este sentido, la belleza ha tenido también diferentes significados, pero también se puede convertir en un poder que abre puertas. En este marco el estereotipo de la madre que permanece en el hogar, amorosa y cuidadora, exaltado por los medios, se vuelve hoy para muchas mujeres una imagen de mujer profesionista, que aún cuando carga con estereotipos ancestrales, poco a poco, va modificando los referentes que la sustentaban provocando la emergencia de nuevas concepciones e identidades.
En este sentido la institución escolar y la experiencia educativa, temas de los que se habla en este apartado se muestran como factores movilizadores de estructuras de pensamiento, alcanzando que las mujeres se perciban de manera diferente. Pues, al entrar en esta dinámica entran a un campo en el cual, de acuerdo a Bourdieu, se generan luchas por adquirir un capital cultural con gran valor simbólico y social en determinado contexto, pero donde también se concretan grandes desigualdades de condiciones, pero existen grandes posibilidades de desarrollo en el caso de la mujer.
La práctica escolar se convierte también en un espacio reproductor de ideologías y de acuerdo a Bourdieu y Passeron se ejerce una “violencia simbólica”, en este sentido, “logra imponer significaciones, e imponerlas como legítimas” (1977:44), pero al mismo tiempo brinda el acceso a otros conocimientos que en su tanto pueden ser factores de nuevos pensamientos. La escuela también puede pensarse como creadora y recreadora de las condiciones de existencia de los seres humanos, mediante desarrollo de formas de ser y de actuar implementada por medio de la acción pedagógica, pero ubica al ser humano dentro de un contexto que implica desarrollo de capacidades, conocimientos y reconocimiento.
CAPITULO III.
LA UNIVERSIDAD: FUNDAMENTO DE LA CONSTRUCCIÓN DE
LA MUJER MODERNA
Los antecedentes existentes sobre la participación de la mujer en las universidades y especialmente en la Universidad Veracruzana, da cuenta del sentido actual cobrado por la educación superior en aspectos de desarrollo y bienestar social. Bajo esta idea, la profesionalización permite que una carrera universitaria promueva un status quo más alto, así como las condiciones para insertarse al mercado de trabajo. Es decir, posibilita un mejor ingreso y con ello un mejor nivel de vida.
Sin duda el desarrollo de una sociedad depende de su capacidad por generar todo tipo de conocimiento sobre todo aquel que garantiza su reproducción material. De ahí la importancia que tienen las universidades pues sin ellas sería prácticamente impensable avanzar en el proceso civilizatorio. En este contexto la incorporación de las mujeres a la educación superior es, sin duda, el mejor emblema que permite conocer como una sociedad asume su propio proceso de modernización.
De esa forma este capítulo tiene como objetivo ofrecer una síntesis mínimamente pertinente para comprender la verdadera dimensión, del desarrollo de la universidad pública en su dimensión nacional y su expresión estatal.
Se trata también de analizar a la universidad como institución social, situándola como un espacio donde se construyen significativas representaciones simbólicas, como fuente de nuevas representaciones sobre lo femenino y masculino que se proyecta en el imaginario colectivo de cada sociedad. Para ello se hace un recorrido de carácter estadístico, esperando obtener un amplio panorama que se remonta desde a mediados de siglo cuando la universidad en México se transforma y se amplía la matrícula femenina.
3.1. La transformación de la universidad mexicana y las oportunidades para mexicanas de los nuevos tiempos
Aunque se han mencionado factores políticos, económicos y sociales, que promovieron la transformación de las universidades públicas en México, por ello es de vital importancia advertir cómo el espacio de las instituciones de educación superior se constituye en una oportunidad para el desarrollo profesional de la mujer mexicana. En este mismo sentido, vale la pena considerar el propio concepto de instituciones gubernamentales sobre el papel social que representa la educación superior: de acuerdo al INEGI: “ mayor nivel de escolaridad para la población constituye sin lugar a dudas una prioridad de primer orden, dado que en la medida que hombres y mujeres (…) más preparados (…) en consecuencia tendrán mayores y mejores oportunidades para su desarrollo, profesional, laboral y social”. Bajo esta idea es que la preparación académica llega a entenderse como un factor esencial para el bienestar social desde mediados del siglo pasado.
La universidad ha tenido un papel fundamental en el desarrollo del país, como encargada de brindar educación y conformar profesionales especialistas en todas las áreas del conocimiento científico y humanístico. Después de mediados del siglo XX, se considera una época de amplió donde se esparció la matrícula, de acuerdo con Casillas (1990:5) la educación superior fue vista como un bien en el que valía la pena invertir. Esto definió
épocas de avance para el país, de acuerdo a Silva y Rodríguez (2000:85), la modernización dio origen a la masificación de la universidad, lo que significó una oportunidad para gran diversidad de estudiantes de diferentes orígenes y clases sociales, asimismo para ambos géneros.
La modernización de la universidad en México dio pautas para que se generaran nuevas oportunidades al género femenino e indudablemente al género masculino. Esta situación que vivía la sociedad en su tiempo “toma matices más relevantes cuando, al paso de la modernización, la mujer comienza a introducirse en todas las áreas posibles de la actividad económica y accede a niveles de educación que la colocan en una situación más cómoda en términos de competitividad laboral” (Montesinos, 2002:39). Lo cual ha generado claras resistencias debido a las ideologías patriarcales que permean este contexto. Sin embargo la intervención de la mujer en estos espacios negados por durante mucho tiempo, encuentran un sentido de lucha y superación y una manera para poder competir de manera más igualitaria con el varón.
Expone Galeana (1994:59), muy pocas mujeres contaban con una preparación académica debido las costumbres de la sociedad mexicana, donde la mujer mayoritariamente no estudiaba, asumiendo, no requería grandes conocimientos para las labores desempeñadas. Actualmente puede percibirse un desgaste gradual sobre los límites de acción permitidos, ya que todavía existen espacios donde los hombres han coexistido mayoritariamente y todavía existen apreciaciones y negación oportunidades de realización personal.
La universidad se proyecta en ese escenario tradicional como un espacio institucional que puede colmar las nuevas expectativas a mujeres que no deseaban reproducir el papel convencional asignado a la mujer en el pasado. En la primera mitad del siglo XX, la educación para la mujer, reforzaba evidentemente las formas culturales acostumbradas, la cual consistía en un adiestramiento doméstico, pues era una preparación educativa para ser buenas esposas, amas de casa y madres perfectas.
Muchas de ellas continuaban con su principal función de reproductoras de la sociedad, que era el ser mujer-madre, encargada de la crianza de los hijos y ama de casa,
en contraparte y de acuerdo al ANUIES, México se encontraba en un complejo proceso de