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El principal argumento en favor del consecuencialismo

In document EL ORIGEN DE LA ÉTICA (libro) (página 103-107)

19 EL CONSECUENCIALISMO Philip Pettit

4. El principal argumento en favor del consecuencialismo

La clave del argumento principal en favor del consecuencialismo es una proposición que hasta aquí hemos dado por supuesta, la de que toda teoría moral invoca unos valores de tal modo que, según el consecuencialista, tiene sentido recomendar sean fomentados o bien, como quiere el no consecuencialista, que sean respetados. Esta proposición es bastante evidente. Toda teoría moral identifica ciertas elecciones como las elecciones correctas para un agente. Sin embargo, en cualquier caso, lo que la teoría se compromete a recomendar no es sólo esta o aquella elección para este o aquel agente sino la elección de este tipo de opción por aquél tipo de agente en este tipo de circunstancias; se trata de un compromiso, como se afirma en ocasiones, de universalizabilidad (véase el artículo 40, «El prescriptivismo universal», para más detalles sobre este aspecto del juicio moral). Este compromiso significa que toda teoría moral invoca valores, pues el hecho de que se realicen tales y tales elecciones se considera ahora una propiedad deseable a realizar. Pero otro aspecto de nuestra proposición básica es que con cualquier valor, con cualquier propiedad que se considere deseable, podemos identificar una respuesta consecuencialista y una no consecuencialista, podemos dar sentido a la idea de fomentar o respetar el valor. Espero que el tipo de ejemplos presentados al comienzo puedan avalar esta afirmación. Vimos allí que un agente puede concebir que el respeto o fomento de los valores tiene que ver con la comprensión intelectual, la lealtad personal y la libertad política. Por analogía, debe quedar claro que todas las propiedades deseables ofrecen las mismas posibilidades. Como también vimos, puedo pensar en respetar un valor tradicionalmente asociado al consecuencialismo como el de que la gente disfrute de la felicidad, aun cuando en ocasiones la incertidumbre sobre las opciones puede dejar indefinida la estrategia; respetar esto será intentar no provocar directamente la infelicidad a nadie, aun cuando el hacerlo aumentase la felicidad general. Puedo pensar en fomentar un valor tan íntimamente asociado a teorías no consecuencialistas como el respeto a las personas; fomentar este valor será intentar asegurar que las personas se respeten mutuamente lo más posible, aún cuando esto exija falta de respeto a algunas.

Nuestra proposición básica avala el argumento en favor del consecuencialismo porque muestra que el no consecuencialista suscribe una teoría que tiene un grave defecto en relación con la virtud metodológica de la simplicidad. Es una práctica común de las ciencias y de las disciplinas intelectuales en general que, cuando dos hipótesis son por lo demás igualmente satisfactorias, es preferible la más simple que la menos simple. Indudablemente, el consecuencialismo es una hipótesis más simple que cualquier forma de no consecuencialismo y esto significa que, descartadas las objeciones como las rechazadas en la última sección, debe preferirse a éste. Si los no consecuencialistas no han apreciado la gran desventaja de su perspectiva en términos de simplicidad, esto puede deberse a que por lo general no aceptan nuestra proposición básica. Imaginan que existen determinados valores que sólo son susceptibles de ser fomentados y otros que sólo son susceptibles de ser respetados.

El consecuencialismo aventaja en simplicidad a esta perspectiva al menos en tres sentidos. El primero es que mientras los consecuencialistas sólo suscriben una forma de responder a los valores, los no consecuencialistas suscriben dos. Todos los no consecuencialistas suscriben la concepción de que determinados valores deben ser respetados en vez de fomentados: por ejemplo, valores como los asociados a la lealtad y el respeto. Pero todos ellos aceptan sea o no sea en su calidad de teóricos morales, que algunos otros valores deberían fomentarse: valores tan diversos como la prosperidad económica, la higiene personal y la seguridad de las instalaciones nucleares. Así, donde los consecuencialistas introducen un único axioma sobre cómo los valores justifican las elecciones, los no consecuencialistas deben introducir dos.

Pero no sólo el no consecuencialismo es menos simple por perder en el juego de los números. También es menos simple por jugar este juego de manera ad hoc. Todos los no consecuencialistas identifican ciertos valores como aptos para ser respetados en vez de

fomentados. Pero por lo general no explican qué tienen los valores identificados que signifique que la justificación se desprenda de su respeto más que de su promoción. Y en realidad no está claro qué explicación satisfactoria puede ofrecerse. Una cosa es hacer una lista de valores que supuestamente exigen ser respetados, como por ejemplo la lealtad personal, el respeto a los demás y el castigo a las malas acciones. Pero otra es decir por qué estos valores son tan diferentes de la noción ordinaria de propiedades deseables. Puede haber rasgos que los distingan de los demás valores, pero ¿por qué importan tanto estos rasgos? Los no consecuencialistas típicamente dejan de lado esa cuestión. No sólo tienen una dualidad allí donde los consecuencialistas tienen una unidad; tienen además una dualidad no explicada.

El tercer sentido en que el consecuencialismo gana por simplicidad es que sintoniza bien con nuestras nociones comunes de lo que exige la racionalidad, mientras que el no consecuencialismo está en tensión con estas nociones. El agente interesado por un valor se encuentra en posición paralela a la del agente interesado por un bien personal: por ejemplo, la salud, los ingresos o el estatus. Al reflexionar sobre cómo debería obrar un agente que se interesa por un bien personal decimos sin dudar que por supuesto lo más racional que puede hacer, la acción justificada racionalmente, consiste en obrar en fomento de ese bien. Esto significa entonces que mientras la noción consecuencialista de la forma en que los valores justifican las elecciones entronca con la concepción común de la racionalidad en la búsqueda de los bienes personales, la noción no consecuencialista no. El no consecuencialista se ve en la tesitura de tener que defender una posición sobre lo que exigen determinados valores que carecen de análogo en el ámbito no moral de la racionalidad práctica.

Si estas consideraciones relativas a la simplicidad no bastan para motivar una perspectiva consecuencialista, probablemente el único recurso para un consecuencialista sea llamar la atención al detalle de lo que dice el no consecuencialista, haciéndole pensar sobre si esto es realmente plausible. Vimos en la segunda sección que los no consecuencialistas tienen que negar o que los valores que suscriben determinan los valores para los pronósticos de una opción o que el valor de una opción está en función de los valores asociados a esos diferentes pronósticos. El consecuencialista puede afirmar razonablemente que ambas posiciones no son plausibles. Si un pronóstico realiza mis valores más que otro, entonces sin duda acredita su valor. Y si una opción tiene pronósticos tales que representa una mejor jugada que otra con esos valores, eso sin duda sugiere que es la mejor opción para mí. Así pues, ¿cómo puede pensar de otro modo el no consecuencialista?

Por supuesto, en situación ideal el consecuencialista debería tener una respuesta a esa cuestión. El consecuencialista debería ser capaz de ofrecer una explicación de cómo los no consecuencialistas llegan a pensar erróneamente en las cosas en que creen. Puede ser útil decir algo sobre esto en la conclusión.

Una explicación consecuencialista de cómo los no consecuencialistas llegan a suscribir sus posiciones debe contener al menos dos observaciones. Ya hemos sugerido la primera en este ensayo. Es la de que probablemente los no consecuencialistas atienden a la deliberación más que a la justificación y, constatando que a menudo es contraproducente deliberar sobre el fomento de un valor implicado en la acción -un valor como la lealtad o el respeto- llegan a la conclusión de que en estos casos las elecciones se justifican respetando los valores, y no fomentándolos. Esto es un error, pero al menos es un error inteligible. Así, puede ayudar al consecuencialista a entender los compromisos de sus adversarios.

La segunda observación es una que no hemos formulado explícitamente antes y que supone una buena nota final. Se trata de que muchas teorías deontológicas proceden de reconocer la fuerza de la perspectiva consecuencialista sobre la justificación pero limitándola de algún modo. Un ejemplo es el del consecuencialista de la regla que limita su consecuencialismo a elecciones entre reglas, afirmando que las elecciones conductuales se justifican por referencia a las reglas así elegidas. Otro ejemplo, más relevante, es el del no

consecuencialista que afirma que cada agente debe elegir de tal modo que si todos tuviesen que realizar ese tipo de elección, se fomentaría el valor o valores en cuestión. Esto quiere decir que el consecuencialismo es adecuado para valorar las elecciones de la colectividad pero no de sus miembros. La colectividad debería elegir de forma que se fomenten los valores, el individuo debería elegir no necesariamente de modo que de hecho fomente los valores sino de la manera que los fomentaría si todo el mundo realizase una elección similar. Aquí, como en el otro caso, la posición no consecuencialista está motivada por el pensamiento consecuencialista. Esto no le liará comulgar con el consecuencialista, para quien este pensamiento no se aplica de forma suficientemente sistemática: el consecuencialista dirá que es tan relevante para el agente individual como para la colectividad. Pero la observación puede ayudar a los consecuencialistas a entender a sus adversarios v con ello a reforzar su propia posición. Estos pueden decir que no están pasando por alto ninguna consideración que consideran convincente los no consecuencialistas. Lo que éstos consideran convincente es algo que los consecuencialistas son capaces de comprender, y de refutar.

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