11 LA ÉTICA MEDIEVAL Y RENACENTISTA John Haldane
4. El pluralismo del Renacimiento y el declinar de la escolástica
Occam fue el último filósofo de la edad de oro de la escolástica medieval. En el siglo posterior a su muerte, los mundos intelectual y político se transformaron por el auge de la ciencia y el declinar de la Iglesia de Roma. Una vez más, la Europa occidental sucumbió a las guerras políticas y de religión, pero por lo que respecta a estas últimas el origen del ataque no fue como antes, una fe extraña; más bien surgió de la propia Iglesia cristiana, por obra del clero escandalizado o disidente así como de otros miembros de las órdenes religiosas. Por ello no es sorprendente que los líderes de la Reforma v los de la nueva ciencia natural estuviesen dispuestos a dejar de lado una tradición filosófica que por entonces habían llegado a asociar estrechamente con el viejo orden.
Dicho esto, también hay que decir que no se detuvo el movimiento de desarrollo de la teoría ética de Aristóteles. Lo que sucedió es que se escindió en dos direcciones y siguió avanzando durante un tiempo. La división correspondió a los intereses seculares y religiosos y también fue considerablemente geográfica. En Italia, un grupo de escritores y científicos naturales con base en Padua y alrededores se remontaron a los averroístas latinos de doscientos años atrás, y por encima de éstos al propio Aristóteles, como fuente de una teoría ética totalmente naturalista congruente con su cosmovisión científica más amplia. El más renombrado de los filósofos de este grupo -por lo demás, poco conocido- fue Pietro Pomponazzi (1462-1323), quien en razón de su materialismo filosófico, su epistemología escéptica y su teoría ética casi utilitaria sintonizaría sin duda con el clima filosófico actual. Mientras, en la península ibérica persistió la tradición tomista entre un grupo de neoescolásticos católicos. Gran parte de su obra consistió en la exposición y comentario de los escritos de Santo Tomás y de Aristóteles, pero también aportaron algo a esta tradición al intentar relacionarla con las nuevas circunstancias. El dominico Francisco de Vitoria (1480- 1546), por ejemplo, consideró la legitimidad de utilizar la violencia en defensa de la sociedad y con ello llevó a un mayor desarrollo la doctrina de la «guerra justa». La ética normativa defendida por el jesuita Francisco Suárez se hizo eco de esta misma cuestión. Suárez fue probablemente el más distinguido de los tomistas españoles, y aunque fue un gran comentarista de Santo Tomás sus ambiciones iban más allá de la reexposición de las doctrinas del «Doctor Angélico». Su propia síntesis de la escolástica también se inspiró en las ideas metafísicas de Occam, lo que le llevó a suscribir una concepción en la que la voluntad del agente y la de Dios desempeñan un importante papel en la determinación del
valor moral de la conducta. Sin embargo, quizás la principal significación histórica de los escritos de Suárez fue su condición de canal mediante el cual se difundió por toda Europa la filosofía moral tomista a personas no formadas en la tradición escolástica, incluidas aquellas que, como Hugo Grocio (1583-1645), eran profundamente hostiles a sus asociaciones religiosas particulares pero que sin embargo (a menudo de manera inconsciente) desarrollaron ideas morales similares a las de los escolásticos católicos. Mucho más próximo en su concepción teológica a Suárez, aun aislado de los círculos tomistas, fue su contemporáneo inglés Richard Hooker (1553-1600) que se inspiró en la teoría de la ley natural presentada por Santo Tomás para crear una propuesta de relación entre la ley natural y la ley revelada. En realidad fue tan grande la influencia de las ideas tomistas sobre Hooker en su escrito titulado The Laws of Ecclesiastical Polity que llegó a ser conocido como el «Santo Tomás anglicano».
Varios factores contribuyeron a la reacción posmedieval contra la escolástica. Además del auge de la ciencia empírica y la fragmentación de la Iglesia universal, en la filosofía se registró un movimiento en contra del aristotelismo y en favor del regreso a las doctrinas platónicas. Esta tendencia se debió en parte al redescubrimiento de los autores de la antigüedad clásica y a la mayor disponibilidad de sus obras gracias a las traducciones. Esto fomentó un eclecticismo algo acrítico, al haber menos interés por determinar la congruencia interna de las recopilaciones de ideas que por adivinar las cualidades estéticas de las partes y los todos. Al comienzo de este proceso, Nicolás de Cusa (1401-64) se había inspirado en la metafísica pitagórica y platónica y en la mística cristiana para construir una explicación de la realidad según la cual hay un movimiento general de toda la humanidad hacia Dios, dirigido bajo la orientación del amor místico.
Estas ideas pasaron a un primer plano en los escritos de los autores vinculados a la Academia neoplatónica fundada en Florencia en el siglo xv bajo el patronato de Cósimo de Medici. Las dos figuras principales de este círculo fueron Marsilio Ficino (1433-99) y Giovanni Pico della Mirandola. Al igual que Nicolás de Cusa, Ficino funde ideas presocráticas y agustinianas sobre la eficacia causal del amor como principio universal, pero pasa entonces a identificar esto a una noción generalizada de hombre, formando así la idea de humanidad (humanitas) como valor moral primordial.
Quizás más importante que la intoxicación resultante de estas asociaciones fugaces de ideas fueron las numerosas traducciones de textos clásicos por obra de los miembros de la Academia de Florencia. Además de introducir ideas nuevas en el pensamiento renacentista, estos textos fomentaron el desarrollo de una forma diferente de concepción del pensamiento moral y social, a saber, las fábulas literarias de edades de oro pasadas o futuras. Mientras que la escolástica renacentista intentó ampliar la metodología filosófica de la Summa Theologiae haciendo acopio de más material para el análisis lógico y la sistematización posterior, los humanistas del Renacimiento fijaron su mirada en la República encontrando en ella el modelo perfecto para la expresión literaria de sus ideas. Fue así como durante la larga víspera de la época moderna Vitoria escribió su Comentario a la segunda parte de la Summa Theologiae, Sir Thomas More (1478-1535) escribió la Utopía, y Suárez escribió De Legibus cuando Tommaso Campanella (1568-1639) redactaba su Ciudad del sol (hay que conceder cierta licencia al autor del ensayo por lo que respecta al emparejamiento cronológico de estas obras). También tiene interés el hecho de que mientras que Vitoria y Suárez conservan el teocentrismo de la teoría ética medieval, Moro y Campanella presentan concepciones homocéntricas estructuradas mediante visiones de futuros políticos secularizados. Éste era el estado del pensamiento moral a finales del Renacimiento.