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EL SEÑOR ABEL BUSCA OTRO EMPLEO PARA JUAN

In document EL JUAN QUE GRUÑE Y EL JUAN QUE RIE (página 110-115)

Elena esperó la tarde para escribirle a su pequeño Juan anunciándole del feliz cambio que se hacía en su vida. Después de haber contado esto que acabamos de leer, ella añade: “Tú ves, mi hijo, que nada me va a faltar. El buen señor Kersac me paga todo mi mantenimiento, y yo no abusaré de su demasiada grande bondad. El toma la pequeña Marie a su cargo. No habrá pues necesidad que ustedes se priven, Simón y tú, por ayudarme. Guarden lo que ganen, mis buenos hijos. Yo he recibido más de 800 francos desde tu partida, mi pequeño Juan. Es demasiado para vosotros, queridos hijos; hay que poner la mira en vuestro futuro.

En cuanto a mí, yo he pagado todas mis pequeñas deudas que ni siquiera me eran cobradas pero que yo sabía que debía desde hace cinco años, desde el tiempo de tu pobre padre. He acabado de pagar al médico hace tres días con los 60 francos de gratificación que ustedes recibieron y que ustedes me habéis enviado todo en un paquete.

En cuanto a mi vida, me cuesta por decir así, nada, gracias a la bondad del señor Kersac que cada quince días me aporta provisiones para la quincena. El es muy bueno, mis hijos; orad por él para que el buen Dios le bendiga y le recompense por todo lo que hace por mí. Yo parto el lunes para Santa Ana; yo creo que allí estaré feliz. Es allá que habrá que escribirme.”

* * *

Cuando Simón y Juan recibieron esta carta, ellos estuvieron más felices todavía de lo que estaba su madre. Ellos bendijeron al señor Kersac, y en la misma tarde Juan le escribió una carta llena de agradecimiento y de afecto.

Simón le dice Juan, una cosa que me viene de la carta de la mamá es que ella habla de 800 francos que ella ha recibido y de 60 francos de gratificación. ¿De qué gratificación habla ella? ¿Has recibido tú una del señor Métis?

Le dice Simón:

¡Nada en absoluto! Ese no es su clase, tú sabes. El es muy bueno con nosotros; nos da permisos; nos permite, por ejemplo de ir a menudo las tardes a la casa del señor Amedee, Pero en cuanto a dar dinero, esa no es su costumbre.

Le dice Juan:

¿Y los 800 francos? ¿Acaso hemos enviado tanto como eso? Le dice Simón:

No, ciertamente, no. Pero es fácil averiguar; yo lo tengo todo registrado. Simón miró en su libro, hizo el total y halló 420 francos.

Le dice Simón:

¡Esto es singular! Para empezar, ¿cómo podríamos nosotros haber enviado en dos años 800 francos, siendo que yo recibo 400 y tú 200 francos? Y nosotros tenemos que pagar por nuestro mantenimiento, nuestra lavandería, la ropa y los zapatos. . . ¡Yo no comprendo nada!

Le dice Juan:

Yo creo que lo comprendo. Es nuestro buen señor Abel. ¡Tiene que ser él! Esto, por ejemplo es una bondad que sobrepasa lo que él ha hecho. Y pensar que ha enviado, como si fuera de nuestra parte y por pequeños montos para que uno no lo adivine. ¡Mi Dios, tiene que ser él! ¡Cuánto le amo! ¡Cuánto le bendigo! Y pensar que yo no puedo hacer nada para mostrarle mi agradecimiento. Yo ni siquiera puedo decirle como debiera; yo no me atrevería abrazarlo, besarle las manos. Lo que sea bueno, yo no me atrevería.

Le dice Simón:

Lo que tú puedes hacer, amigo mío, es orar por él, más de lo que has hecho hasta aquí.

Le dice Juan:

Lo haré de buen agrado, ¡pero esto es poca cosa! * * *

En la mañana siguiente, cuando Juan sirvió su desayuno al señor Abel, éste le encontró con un aspecto todo confuso, y le dice:

¿Qué hay, mi pequeño? Tú no tienes tu aspecto alegre y risueño hoy día. ¿Te ha ocurrido alguna contrariedad?

Le dice Juan:

Al contrario, señor, y eso es lo que me afecta. Le dice el señor Abel:

¿Qué es lo que dices, pues? ¿Desde cuándo la felicidad afecta? Le dice Juan:

No es precisamente la felicidad que me afecta, señor; es el estar obligado a guardármela para mí solo.

Le dice el señor Abel:

¿Y por qué la guardas, tonto? ¿Por qué no me lo dices? Le dice Juan:

¿Me lo permite, señor? Le dice el señor Abel, riendo:

¿Si yo lo permito? Tú sabes que nosotros somos un par de amigos y que nos decimos todos nuestros secretos.

Le dice Juan:

Pero usted no, señor; usted no. Y la prueba es que mi secreto os concierne. * * *

El señor Abel le mira con sorpresa, y Juan le dice:

Sí, señor, es de usted que viene, y usted me lo ha ocultado. Y lo que me afecta es no poder decirle todo lo que yo siento por usted de afecto y de agradecimiento desde que sé cómo usted ha cuidado de mi mamá. Sí, sí, señor, usted no necesita mostrarse asombrado. Usted le ha enviado, como que venía de Simón y de mí, desde hace dos años y en sumas pequeñas más de quinientos francos. Todo se descubre, usted lo ve bien, señor, todo, excepto los sentimientos que repletan el corazón de aquellos a quienes ha obligado y que no saben cómo expresarlo.

El señor Abel sonrió y le tendió la mano a Juan, que la cubrió de besos y que recobró toda su alegría y su ánimo cuando el señor Abel le hubo asegurado que él comprendía sus sentimientos.

Yo te aseguro, mi pequeño, que yo veo en tu corazón como en el mío. Y yo estoy muy contento de lo que veo.

Le dice Juan:

Entonces, señor, yo no tengo necesidad de hablar porque usted adivina. Le dice el señor Abel:

No, no. Tus ojos hablan suficientemente claro. Una mirada de ti, y yo lo adivino todo. Pero yo tengo que hablar contigo, Juan: Mira que Simón se va a casar bien pronto; él ya no está solo, porque él va casi todas las tardes a la casa de la señorita Aimée. Yo estoy seguro que el padre va a hacer el matrimonio en la próxima primavera, a pocos meses de aquí.

Y añade:

Una vez que Simón esté casado y establecido en casa de su suegro, a quien ayudará en su comercio, yo no quiero que tú te quedes aquí. Tus camaradas no son buenos; ellos buscarán llevarte al mal, y quizás tú no tengas la fuerza para resistir. Tú perderás tus costumbres cristianas, tus buenos sentimientos, lo que me causará mucha pena.

Le dice Juan:

¡Oh, señor! ¿Qué puedo hacer para ahorrarle esta preocupación? En cuanto a la pena, yo espero con la ayuda del buen Dios, no darle jamás. Pero haga de mí lo que usted quiera, señor. Yo os obedeceré en todo.

* * * El señor Abel le dice:

Yo te agradezco, mi pequeño. Aquí tienes pues mi idea: Yo te retiraré de aquí y te daré trabajo como doméstico en casa de unos amigos míos, muy cristianos, muy buenos. El marido y la mujer son muy piadosos; sus hijos son bien criados y encantadores. Es una familia excelente, generosa aunque rica. Como doméstico tú serás segundo bajo las órdenes de un hombre excelente que no te hará dura la vida, y tu empleo principal será cuidar y distraer al pobre chico de diez años, que es un verdadero pequeño santo. El está acostado desde hace más de un año. El sufre sin cesar y jamás se queja de ello; él jamás se impacienta. El es realmente conmovedor y atractivo.

Le dice Juan:

¡Gracias, señor, gracias! Mire que yo no digo nada más; yo sólo os miro. . . * * *

El señor Abel se puso a reír, da un pequeño golpe amigable sobre la mejilla de Juan y se levanta de la mesa.

Le dice el señor Abel:

Yo me voy a ocupar de ti; yo te daré la respuesta definitiva mañana.

Juan corrió para contarle a Simón lo que le había dicho el señor Abel, y Simón participó de la satisfacción de su hermano.

Como yo debo dejar el café dice él, yo estoy contento que tú también salgas de allí y que nuestro buen señor Abel se encargue de encontrarte un empleo.

* * *

Cuando Simón a penas acabó de hablar, el Juancito entra en el café y fue directamente a Simón.

Yo vengo para pedirte un favor, Simón dijo con un tono fuertemente

decidido.

Le dice Simón:

¿De qué se trata? ¿Qué quieres tú? Le dice el Juancito:

Yo te pido que me busques un trabajo. Decididamente yo dejo la tienda de abarrotes. Yo quiero meterme en una casa.

Le dice Simón:

Yo conozco poca gente, y toda mi jornada está ocupada sirviendo a los que van y a los que vienen. Yo no tengo tiempo de buscarte un empleo.

Le dice el Juancito:

Pídele al señor Metis que me tome. Le dice Simón:

El señor Metis busca a sus mozos él mismo. A él no le gusta que alguien se entrometa.

Le dice el Juancito:

Tú eres muy amable. Te agradezco tu buena voluntad. . . Simón no respondió.

* * * Le dice el Juancito:

Yo veo lo que hay; tú no me quieres recomendar. Le dice Simón:

Es posible. Yo no recomiendo sino a quienes yo conozco. Y a ti yo no te conozco; tú no vienes a vernos.

Le dice el Juancito:

¿Es el canalla de Pontois que te ha hablado mal de mí? Le dice Simón:

Es posible. Y de la manera que hablas con tono burgués, él no se habría equivocado.

Le dice el Juancito: ¿Qué te ha dicho él? Le dice Simón:

Yo no tengo necesidad de contártelo, y tú no tienes necesidad de saberlo. Le dice el Juancito:

Yo quiero saberlo, y tú me lo dirás. Le dice Simón:

Le dice el Juancito:

¡Cuídate! Yo podría hacerte daño. Le dice Simón:

Haz lo que quieras, y véte. Le dice el Juancito:

Si alguna vez yo te encuentro en mi camino y yo pueda cerrarte el paso a ti y a tu Juan, yo no faltaré.

Le dice Simón, sumamente airado:

¡Mal payaso! ¡Cuídate de tocar a Juan, que yo te haré apresar por la policía! Le dice el Juancito:

Yo no le tengo miedo, a tu policía. Por última vez yo te pido: ¿Quieres recomendarme para un puesto de doméstico?

Le dice Simón, enérgicamente:

No, no. Yo ya te he dicho que no, y te repito que no, y véte. El Juancito se retiró lentamente, y amenazando con el puño.

* * * Juan le dice a Simón:

Mi buen Simón, perdónale; él está fuera de sí. Yo estoy seguro que él ya lamenta el haberte hablado tan rudamente.

Le dice Simón:

No, mi amigo. El no lo lamenta, y él no lamentará su mala conducta sino cuando será demasiado tarde. Pontois me ha hablado ya de él últimamente, y por lo que él me ha dicho, el Juancito es un caso perdido.

Le dice Juan:

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Pobre Juancito! Puede ser que metiéndolo en una buena casa bien piadosa y bien honesta, él se hará bueno.

Le dice Simón:

Yo no lo creo, mi amigo. En todo caso, yo no puedo recomendarlo como un mozo honesto y ordenado.

XIX

EL SEÑOR ABEL LE CONSIGUE

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