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EL MATRIMONIO DE ABEL

In document EL JUAN QUE GRUÑE Y EL JUAN QUE RIE (página 186-189)

La familia quedó sumergida en un profundo dolor, pero jamás fue pronunciada una murmuración. Abel no les dejaba casi. El mantuvo la promesa que le había hecho a Suzanne; él fue para ella el amigo más dedicado, el hermano más atento.

Los meses, los años pasaron así. La reputación de Abel había crecido aun más. Sus últimos cuadros habían hecho furor. El había recibido el título de Barón después de la Exposición en la cual había tenido un éxito tan brillante. El continuaba su vida simple y bienhechora. El había restringido cada vez más el círculo de sus relaciones íntimas y cada vez más él daba su tiempo a sus amigos de Grignan.

Suzanne había llegado a la edad cuando una joven, bonita, rica y encantadora heredera es pedida por todos aquellos que buscan una fortuna y un nombre. Las demandas eran lealmente sometidas a Suzanne, que las rechazaba todas sin mayor escrutinio.

Querida Suzanne le dijo un día Abel, vuestra madre me dice que tú has

rechazado al Duque de G. . . ¿Acaso quiere usted permanecer soltera? añadió él,

sonriendo.

Le dice Suzanne:

Yo no me casaré jamás con un hombre que yo no conozco, que no amo y que me busca por la fortuna que yo debo tener.

Le dice Abel:

Pero, querida chica, tú conoces al Duque de G. . . Tú lo has visto muchas veces. Le dice Suzanne:

Lo que conozco de él no me conviene. El habla con ligereza de todo lo que me place, de todo lo que yo amo. ¿Tendría usted el valor de comprometerme a casarme con un hombre sin religión?

Le dice Abel, con intensidad:

No, jamás, Suzanne. Yo soy demasiadamente vuestro amigo para darle un consejo tan peligroso.

Le dice Suzanne:

Entonces, no me proponga más a alguien hasta que. . . Le dice Abel:

Acaba, Suzanne. . . ¿Hasta qué? Ella le dice, sonriendo:

Hasta que usted me haya encontrado un hombre que se parezca a usted. * * *

Le dice Abel, después de un instante de silencio y muy emocionado:

Suzanne. . . Yo sé que tú piensas demasiado alto respecto de mí. Yo conozco tu franqueza, tu sinceridad. Dime el fondo de tu pensamiento. ¿Qué quieres decir con eso?

Le dice Suzanne, sonriendo:

Si usted no lo comprende, pídale la explicación a mi mamá; ella se la dará. Justamente, aquí viene ella. . . Yo me escapo.

Le dice la señora de Grignan:

¿Y bien? ¿Qué pasa, pues, Abel? Suzanne se escapó y usted se ha quedado culeco. . .

Le dice Abel:

Hay razón para ello, querida madame. Si usted supiera lo que me acaba de decir Suzanne. . .

* * *

El le repite palabra por palabra su conversación con Suzanne y le dice la señora de Grignan:

Ella tiene perfectamente razón, amigo mío. Yo digo como ella. Le dice Abel, intensamente emocionado:

¡Madame! Querida madame, ¿comprende bien todo lo que significan sus palabras? No podría yo haberme figurado. . . Que si yo osara. . . pedirle a Suzanne. . . ¿usted me la daría?

Le dice la señora de Grignan:

¡Ciertamente! ¡Usted puede creerlo! Yo se la daría y con grande dicha. Y Suzanne sería tan feliz como lo seríamos nosotros, mi marido y yo.

Le dice Abel:

¿Será esto posible? ¡Cómo! Este voto que yo encerré en lo más profundo de mi corazón, ¿habrá sido atendido? ¿Suzanne será mi mujer? ¿De vuestro consentimiento? ¿Del suyo?

Le dice la señora de Grignan:

¡Sí, amigo mío! ¡Usted será su marido y mi yerno! ¡El verdadero hermano de mi querido pequeño Roger, añade ella tomando las dos manos de Abel con las suyas. ¡Ese pequeño! ¡El os amaba tanto! Su última palabra ha sido vuestro nombre.

* * *

La señora de Grignan llora en los brazos de este hijo que ella venía de darse. El besó mil veces sus manos agradeciéndole del fondo de su corazón.

Le dice Abel:

¿No puedo ver a Suzanne, querida madame? Le dice ella:

Es muy justo. Yo voy a enviarla a usted.

Dos minutos después entró Suzanne, sonriente pero ligeramente avergonzada. ¡Suzanne! dijo Abel yendo a ella y besándole las manos, Dios me recompensa muy ricamente por lo poco que yo he hecho en su servicio.

Le dice Suzanne:

¡Y yo, mi amigo! Es a nuestro querido pequeño Roger a quien debo esta dicha que tan a menudo he pedido al buen Dios, y que usted me negaba siempre.

Le dice Abel:

¡Yo! ¡Ah! Suzanne, ¿cómo no has comprendido que yo no me atrevía? Yo que he tenido éxito en acumular condecoraciones, en haber sido hecho Barón, yo no creía poder pretender a la joven y encantadora heredera pedida por los más grandes nombres de

Francia. Mi intimidad con tus padres, sus bondades para conmigo, e incluso la gran amistad y preferencia que tú me mostrabas en toda ocasión me impedían toda tentativa, y en consecuencia toda esperanza. ¡Pero si tú supieras cuánto he sufrido de este silencio forzado!

Le dice Suzanne, sonriendo:

Al presente, amigo mío tú no sufrirás más de haberme hecho sufrir; yo también. A ningún otro que a ti (que eres mi confidente íntimo, tú sabes), yo jamás me hubiera atrevido a decirle lo que yo te he dicho a ti hoy día. Y sin embargo, yo pensaba bien que tú no te sentirías molesto.

* * *

A partir de este día el matrimonio de Suzanne de Grignan con el señor Baron de N. . . fue el objeto de todas las conversaciones. No sólo fue aprobado, sino aplaudido en extremo. La reputación y la celebridad de Abel lo habían puesto en el rango de los grandes partidos, y más de una madre envidiaba la dicha de la señora de Grignan.

XXXIII

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