Algún tiempo después Juan le dijo una mañana al señor Abel mientras le servía su desayuno:
¿Tendría ganas de ir a un baile? Le dice el señor Abel:
¿Un baile? ¿Eh? Eso no hay que rehusar. ¿Qué especie de baile? ¿En la casa de quién?
Le dice Juan:
Un baile muy bonito, señor. Uno bailará, y Simón me ha hecho ver cómo se baila. Nosotros bailamos en la noche en nuestro pequeño cuarto allá arriba. ¡Es muy divertido, señor, vaya! ¿Sabe usted bailar?
El señor Abel le responde con una tristeza fingida:
¡Qué lástima! No. Pero si tú quisieras mostrarme cómo se hace? Le dice Juan:
¡Con mucho gusto! Pero, ¿dónde bailaremos? El señor Abel le dice con diligencia:
¡Aquí entre las mesas! Todavía no hay gente. . . Le dice Juan:
Pero, señor, nos podrían ver desde afuera. Le dice el señor Abel:
¿Y cuándo nos verán? No está prohibido bailar. ¿Qué mal hay en bailar? Le dice Juan:
Ninguno, señor, ciertamente. . . Pero de todos modos eso será algo raro que nos vean bailar a los dos.
Le dice el señor Abel:
¡Bah! Yo me responsabilizo. Si alguien no está contento, soy yo que responderé. Y si se ríen de nosotros, nosotros nos mofaremos de ellos. ¡Vamos, comencemos!
El señor Abel se levantó, se puso en el centro del café y se pone en posición. Juan se pone frente a él y comenzó a saltar, o más bien a dar coces, y lanzando sus pies hacia adelante, hacia atrás, a la derecha y a la izquierda.
Le dice Juan:
Empiece, pues, señor. Salte más fuerte. . . ¡Más alto todavía! Eso está bien. Lance el pie derecho. . . El pie izquierdo. . . ¡Adelante! ¡Atrás! ¡Muy bien!
* * *
El señor Abel, que había empezado sonriendo y con una incomodidad afectada, acabó por reír y animarse de tal manera que los que pasaban se aglomeraron ante las puertas y las ventanas. Las ventanas que daban a la calle estaban obstruidas por las cabezas pegadas a los vidrios.
Pronto vio Juan que tendría que rendir cuentas a su jefe respecto del baile. El señor Abel hacía saltos entrelazados, piruetas, pasos moteados, pasos de Zephyr, pasos a lo Basco, que Juan buscaba inútilmente imitar.
Juan se animó y no se dejó. El señor Abel se reía retorciéndose y redoblaba con vigor, con flexibilidad y de ligereza.
El público afuera aplaudía y reía. Los que estaban atrás y que no podían ver, buscaban ver empujando a los que estaban delante. La multitud se hizo tan compacta que los sargentos de la ciudad llegaron para conocer la causa de lo que ocurría.
* * * Le dicen al sargento:
Vea, sargento, vea usted mismo. Tenga, tenga; vea pues cómo el grande es ágil. ¡Mira cómo ha saltado por encima del pequeño! Y el pequeño que ensaya, ¡el torpe! ¡Míralo sobre el piso! ¡Ah, ah, ah!
La multitud se reía. Los sargentos de la ciudad se reían también. Les dice un sargento:
Señores, ustedes obstruyen el paso. Circulen señores, damas, circulen. Otro sargento, buscando en vano disipar la muchedumbre, dice:
Hay que hacer que los bailarines acaben. Mientras ellos estén allí haciendo sus saltos, no sabremos deshacernos de la multitud. ¡Mira, pues, otra vez que empiezan, y allá hay otros que se detienen. Entra en el café, Escipión y diles que pongan fin a sus movimientos.
* * *
Escipión abrió la puerta, entró, tocó su sombrero y se dirigió al señor Abel sonriendo:
Señor, estoy muy apenado de molestarle, pero le ruego quiera bien reposar, porque la multitud se ha juntado, como usted ve. Ella impide la circulación, y nosotros estamos obligados a hacer que circule, lo que es difícil mientras ustedes permanecen en su representación.
Le dice el señor Abel:
¡Con mucho gusto, mi bravo sargento! Yo también ya tengo bastante; estoy caliente y tengo sed.
Y sentándose en una mesa dijo:
¡Mozo, dos cafés y una botella de cognac! Tome asiento señor sargento; yo os invito.
El sargento le dice:
Pero señor, mi camarada me espera afuera. . . Le dice el señor Abel:
¡Eh bien! Despida la multitud, deles unas cuantas patadas, puñetes, no importa qué. Golpee con todo lo que esté a la mano, y vuelva con vuestro camarada para tomar una taza de café y un pequeño vaso de cognac.
Le dice el sargento:
Le dice el señor Abel:
¡Siempre se puede! Rápidamente se puede consumir una taza y un pequeño vaso. Yo os espero.
* * *
El sargento de la ciudad salió muy contento, y volvió a entrar más contento aún llevando a su camarada.
Durante ese tiempo Juan había provisto, de acuerdo con la orden del señor Abel, dos otras tazas y kirsch.
El señor Abel les dice:
¡Vamos, señores, ubíquense! Yo invito.
El segundo sargento hizo una exclamación de sorpresa: ¿Cómo, señor, otra vez usted?
El señor Abel le mira y le dice: ¡Vaya, es usted, sargento! Y dirigiéndose al primero le dice:
Vuestro camarada y yo somos viejos amigos. El me había tomado del cuello como ladrón en una tienda de abarrotes, hace algún tiempo, y yo le regalé un café.
* * * Dice el primer sargento:
¡Ladrón! ¡Ladrón! ¿Y les has dejado ir, señor? Le dice el señor Abel:
Es que yo era un ladrón de risa, quédese tranquilo; vuestro camarada es un bravo de bravos. El no faltará jamás a su deber. ¡El detendrá mejor diez inocentes antes que dejar ir a un solo culpable!
Los sargentos ríen de buen corazón. Y el primer sargento dice:
El señor es un bromista; pero siempre hay que tener cuidado, señor. Hay entre nosotros los que no les gusta que alguien les mistifique, y que podrían, por humor, llevaros al puesto.
El señor Abel le dice:
¡Eh bien! ¡La gran desdicha! ¡Yo invitaré a todos los del puesto! Yo los embrujaré. Yo les haré hacer la maniobra, ¡Esto sería encantador!
Le dice el segundo sargento:
¿Y la correccional al final de todo esto, señor? Para el soldado, esto es peor aún: El calabozo o el código militar.
Le dice el señor Abel:
Nosotros no iremos tan lejos, sargento. Yo conozco mi código, y sé hasta dónde se puede ir. ¡Vamos, hasta la vista sargentos! En el café es más agradable que en el puesto. Y siempre soy yo el que invito.
Los sargentos le agradecieron y salieron. * * *
Dice el primer sargento:
¡Sería bueno tener todos los días que ver con gente como este original! Dice el segundo sargento:
Sí, ¡pero qué bromista! Qué idea de invitarnos. ¡De hecho que es un buen muchacho!
Dice el primer sargento:
Yo estoy seguro que es él que ha hecho el otro día la broma del concierto en casa del dueño de la tienda de abarrotes. Según lo que él decía, debe ser él mismo.
Dice el segundo sargento:
Y si se trata de él, no habrá habido grande daño. Dice el primer sargento:
¡Por mi madre! El les ha puesto a todos patas arriba. La tienda de abarrotes se encontraba mal. Las mujeres gritaban. Era una verdadera comedia.
Dice el segundo sargento:
Y bastante chistosa, al mismo tiempo. El dueño de la tienda estaba encolerizado. Y su dependiente que lloraba como un imbécil.
Dice el primer sargento:
¡Ah, sí esa especie de Jocrisse que se llama Juancito. * * *
Mientras que los sargentos conversan afuera, el señor Abel le hizo beber a Juan una taza de café en la cual había vertido kirsch.
Juan sentía calor. El café y el kirsch le hicieron mucho bien y sobre todo le dieron gran placer.
El café empezó a llenarse; los clientes llegaban. El señor Abel dice:
Di, pues, Juan, tú no me has dicho en la casa de quien tendremos el baile. Le dice Juan:
Señor, es en casa de gente bien puesta, comerciantes de muebles de ocasión, amigos del señor Pontois que tienen un gran departamento en la calle Saint Roch.
Le dice el señor Abel:
¡Buen barrio! ¡Hermosa calle! Le dice Juan:
El barrio es bueno, es cierto; pero le pido perdón al señor, si no soy de su opinión respecto de la calle. Yo no la hallo hermosa.
Le dice el señor Abel:
Es que tú no tienes gusto, amigo mío; mira pues las ventajas que se encuentran en ella. De un costado al otro de la calle, uno puede darse puñetazos sin hacerse daños. El Sol no os molesta jamás. En el verano uno se siente fresco como dentro de una cueva. Hay tanta sombra en los departamentos, que los ojos se conservan hasta los cien años. Estas son ventajas, grandes ventajas que uno encuentra cada vez menos en París.
Juan le mira, mitad asombrado, mitad riendo, y le dice al fin: Usted se burla de mí, señor.
¿De ti, mi muchacho? ¡Jamás! De la calle yo no digo; es una calle sucia que yo no quisiera vivir allí por un imperio. ¿Y cómo se llama nuestro rico que nos hará bailar este domingo?
Le dice Juan:
Señor Amedée, señor. Es un gran comerciante, comercio en gran escala, que tiene una señora y dos hermosas señoritas; sobre todo la mayor es muy bonita y amable.
Le dice el señor Abel: ¿Cómo es que la conoces? Le dice Juan:
Porque Simón va algunas veces los domingos después de la víspera, o bien cuando el café está cerrado y los Amedées tienen mucha gente en casa. El me ha llevado; es muy hermosa, señor.
Le dice el señor Abel:
¿Qué edad tienen la señorita mayor y la pequeña? Le dice Juan:
La mayor tiene 19 años, señor; la otra tiene 16 o 17 años. El señor Abel le dice:
La mayor le iría bien a Simón. Le dice Juan:
¡Oh, señor! Simón no tiene más que 23 años. El no se casará antes de cuatro o cinco años. El necesita ahorrar un poco de dinero para tener cómo entrar en pareja. Sin eso no le darán la señorita Aimée.
Le dice el señor Abel: ¿Cuánto necesita? Le dice Juan:
El necesita dos o tres mil francos, señor. Pero él tiene que sostener a mamá. Ahora que los dos podemos ganar, eso pasará rápidamente.
Le dice el señor Abel:
¿Es que tú no guardas lo que ganas? Le dice Juan:
Para eso, no, señor. Yo le doy todo a Simón que hace como quiere. El envía a mamá allá.
* * *
Había mucha gente en el café. Simón llamó a Juan para ayudar en el servicio. La conversación con el señor Abel fue interrumpida. Este permaneció aún algún tiempo en el café. El miraba sin ver, y no entendía lo que se decía alrededor de sí. Finalmente, él se retiró muy pensativo, se dirigió a las Tuillerías, donde él acabó de arreglar en su cabeza el porvenir de Simón.
Es necesario que él aparezca en el baile ventajosamente se dice, y mi
XIII