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EN LA SALA DE LA EXPOSICION

In document EL JUAN QUE GRUÑE Y EL JUAN QUE RIE (página 179-182)

Kersac y Juan estaban fatigados. Ellos durmieron hasta tarde en el día siguiente. Cuando el pequeño Roger pidió que le dijeran a Juan que viniera a verle, Kersac seguía durmiendo y Juan se acababa de vestir.

El se apresuró a descender al cuarto del pobre enfermo que le recibió con una dulce y amable sonrisa.

Le dice Roger:

Tú has vuelto ayer bien tarde, Juan, ¿Te has divertido mucho? Le dice Juan:

Mucho, señor Roger, lo que no impide que yo haya pensado en todo momento en usted y que me haya querido escapar para venir a pasar una hora o dos con usted.

Le dice Roger:

Gracias, mi buen Juan. Cuéntame lo que has hecho. * * *

Juan le contó lo de la broma en el vagón de los señores Abel, Caín y Set, y el aplastamiento de la gorda damita pelirroja por parte de Kersac, que pensaba socorrerla.

Después le contó la historia de los saltimbanquis, del martillo mágico, la desventura del Juancito que había perdido tres francos por querer ganar una moneda de oro.

Le contó sobre la cena, sobre la “lección de baile”, sobre el baile y todo lo que podía divertir a Roger y distraerle un instante en medio de sus sufrimientos.

El pobre pequeño sonreía; él no tenía fuerzas para reír. El agradeció a Juan por su atención. En los momentos cuando sufría fuertemente él le hacía señal de interrumpir.

Juan quedó así una hora con él, y volvió enseguida al lado de Kersac, que se vestía y que estaba muy avergonzado cuando supo que eran las diez de la mañana.

* * * Le dice Kersac:

Yo no tengo la costumbre de estas veladas, de estas fatigas extraordinarias y de estos banquetes monstros que os vuelven pesados y perezosos. En la granja yo me fatigo más y tengo menos necesidad de reposo. Allá estaré, felizmente mañana en la mañana, y después de mi llegada, arreglaré mi asunto con tu madre. Mientras más pronto será mejor. Yo le he prometido llevarte conmigo; ¿quisieras tú venir a pasar algunos días con nosotros?

Le dice Juan:

Yo estaría muy feliz, pero no puedo dejar a mi pobre pequeño señor Roger en el estado en que está. Yo no soy gran cosa, pero él pide mi presencia a menudo, y yo tengo éxito en distraerle un poco.

El me ha hecho repetir muchas veces mi encuentro con el señor Abel, cuando él se hizo pasar por ladrón, y también nuestro viaje en carreta y la buena jornada que usted me ha hecho pasar, señor. Usted verá que me sería mal dejarle en este momento.

Le dice Kersac:

Tú tienes razón, mi pequeño. Tú eres un muchacho bravo y bueno. El señor Abel va a llegar pronto para llevarnos a ver los cuadros. Nosotros desayunaremos antes de partir; espero. Tengo el estómago vacío, que asunta.

* * *

El señor Abel llegó y les dijo que estén listos dentro de una hora. Ellos fueron exactos, y el señor Abel les hizo montar en su coche. Le dice Kersac:

Usted tiene también otro hermoso animal, señor, pero éste no se iguala al de ayer. Yo lo he soñado al otro. Si yo tuviera un caballo que se pareciera, yo pasaría horas haciéndolo trotar. ¡Qué trote! Yo lo unciría sólo para verlo correr.

El señor Abel le escuchaba sonriente. Parecía contento del entusiasmo de Kersac por su yegua.

Cuando entraron a la sala de la Exposición, el señor Abel les llevó primero ante los cuadros más hermosos. Después les hizo ver los suyos.

Un grupo de cuatro cuadros de caballete atrajo enseguida su atención. Juan miraba con una sorpresa y un gozo que se manifestaron en exclamaciones que el señor Abel buscó en vano detener.

* * *

Juan no veía la multitud que se había congregado alrededor de ellos. Cuchicheaban , nombraban en voz baja al señor Abel de N. . . Este, por su lado, había hecho vanos esfuerzos para arrancar a Juan de su entusiasmo. El no veía más que estos cuadros; él no escuchaba su propia voz. Contrariado, casi impaciente, el señor Abel hubiera querido irse, pero la multitud que se componía de artistas les había rodeado. Había que quedarse allí.

Cuando él se volvió para buscar una salida, todas las cabezas se descubrieron. El señor Abel saludó y sonrió con su cortesía y su afabilidad acostumbradas.

La multitud empezó a emocionarse, a agitarse, y se hicieron escuchar algunas “¡vivas!”

* * * Dijo el señor Abel sonriendo:

Señores, de gracia yo os pido pasar. Juan, ven mi amigo. ¡¡¡Juan!!! ¡el se llama Juan! cuchichearon algunas voces. Juan salió por fin de su éxtasis.

¡Oh, señor! empezó él. Le dijo el señor Abel:

¡Shhh! Tonto. ¡Silencio, yo te suplico, y sígueme!

El señor Abel se volvió, se quitó su sombrero, y dijo:

Señores, yo os suplico. Permitid que me retire. Yo os ruego añadió con

dignidad, pero con gracia.

La multitud, siempre con el sombrero bajo, obedeció a esta petición. Le dejaron alejarse y le siguieron con la mirada. Sólo cuando él estuvo en la puerta estallaron las vivas y los aplausos.

El señor Abel aceleró sus pasos. Por largo tiempo todavía él y sus compañeros pudieron escuchar cuando estalló el entusiasmo por el gran artista, por el hombre de bien, por el carácter honorable tan amado universalmente, tan respetado y admirado.

* * *

Cuando estuvieron en el coche dijo el señor Abel:

¡Bonita escena que tú me has acarreado con tu entusiasmo y tus exclamaciones! Le dice Juan:

Perdóneme, señor. Yo estaba fuera de mí. Yo no sabía lo que decía. ¿Por qué me ha arrancado de allí, señor? ¡Yo hubiera estado allí dos horas!

Le dice el señor Abel:

Es justo para esto, por Dios, que te he traído. Tú has escuchado sus gritos. Cinco minutos más y ellos me llevan en triunfo como los emperadores romanos. ¡Ha estado bonito! Todos los periódicos hablarán de esto; yo no habría sabido dónde dejarme ver.

Juan estaba avergonzado; Kersac reía. El señor Abel se rió con él, le dio un pequeño golpe sobre la mejilla a Juan, y la paz fue así concluida.

XXXI

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