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3.3 ¿Cómo se define la identidad?

3.6 El self de género y los roles individuales.

El término self, lo entendemos como todo aquello que se relaciona con la idea de sí mismo, esto es, lo personal, lo individual. Es por ello que este concepto, el de sí mismo (a partir de ahora self)33, y está en estrecha vinculación con la denominada Teoría de la Identidad Social (TIS). Esta Teoría es desarrollada por la Psicología Social, que afirma que, “cualquier individuo se caracteriza, por un lado, por poseer rasgos de orden social que señalarían su pertenencia a grupos o categorías que representan la identidad social y, por otro lado, por poseer rasgos de orden personal que son los atributos más específicos del individuo, más idiosincrásicos, que representan la identidad personal” (Canto y Moral, 2005: 61).

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También “el Self es la conciencia que adquiere uno de sí mismo en su interacción con los demás, en la que juega un papel primordial la comunicación y, por tanto, el mundo simbólico que se construye desde niño cuando todavía se es objeto de los demás” (Picó y Serra, 2010: 28)

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Por esta razón, y dada nuestra condición de animales que viven y progresan en comunidad, “el proceso de construcción del self de género acontece a nivel intraindividual pero se desarrolla en interacción con el aprendizaje de roles, estereotipos y conducta” (Barberá (1998) en García-Leiva, 2005: 73). Así, se explicaría el proceso de construcción de género desde la interacción del contexto y los procesos intrasujeto. Desde este punto de vista analítico, el proceso de interactuación social se produce cuando dos personas interactúan y los elementos intrasujetos de ambos (así como los sociales), entran en interacción. Esto da lugar a una construcción diferente en función del rol que tiene cada una de las personas. Este es un proceso que se retroalimenta permanentemente y empieza con los estereotipos. Éstos últimos, que han sido adquiridos a lo largo del proceso de socialización, condicionan la forma en la que se procesa la información.

El interés de la Psicología Social más reciente, como señala García-Leiva, radica en lograr “examinar el proceso de construcción del self de género de una persona en relación con los roles y estereotipos dominantes en una estructura social” (García- Leiva, 2005: 72).

A pesar de que, como ha mostrado Juan Fernández (2011), en la actualidad ya no se justifica la bipolaridad y los conceptos de masculinidad y feminidad, lo cierto es que sí existe, a nivel social y familiar, una distribución de roles bipolarizados, de manera más o menos estereotipada. Herrera desarrolla la idea siguiendo esta premisa: “las personas somos educadas desde la infancia según los paradigmas sociales de lo que se interpreta como ser un hombreo ser una mujer y generalmente lo aceptamos sin cuestionarlo, porque lo encontramos «normal» a pesar de ser artificial” (Herrera, 2011: 20). Y así, a través de la asunción del rol que cada cual tiene asignado a nivel social, las personas han ido ocupando su espacio social.

Es probable que, con todo, esta bilocación también esté siendo revisada en el seno del entorno familiar, dentro del natural desarrollo evolutivo que se produce en las estructuras sociales, de esta manera, como señala Marisol Zimbrón, “algo se está moviendo en relación con la configuración y las formas de convivencia de la pareja tal como la habíamos venido concibiendo” (Zimbrón, 2011: 13).

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Desde esta manera, los esquemas estereotípicos, por tanto, coartan las actitudes y acciones reforzando las creencias de partida. Por el contrario, los procesos de atribución causales propician el reforzamiento de los estereotipos ya que aquellas conductas que no cumplen lo esperado se interpretan como excepciones” (García- Leiva, 2005: 74).

De esta manera, la asunción de roles se convierte en el mecanismo más completo y perfecto de control social puesto que es “aquel por el cual el control se interioriza cada vez con más fuerza a medida que transcurren las diferentes etapas del desarrollo” (Torregrosa, 1984: 425). Desde este punto de vista, la interactuación modificará la afectividad de los individuos.

En este contexto analítico, y basándonos en la Teoría de Rol Social de género de Eagly (1987), según la cual en una comunidad es preciso que se elabore un complejo sistema de reglas que asigne responsabilidades y roles a los miembros de la misma; se logra que, mediante el rol, los más jóvenes aprendan a asumir sus funciones y a entrar en la dinámica social en consonancia con los otros miembros. (Mead, [1973] 2010).

En definitiva, asumimos las palabras de José Torregrosa a modo de contexto teórico, cuando afirma el carácter regulador de la vida social: “la vida en sociedad supone una regulación, institucionalizada o no, de las relaciones interpersonales. Esta regulación está en un estado permanente de recreación, en una continua tensión entre la tendencia a la conservación y las múltiples exigencias de cambio (…) Las exigencias reguladoras se traducen en expectativas de acción – los llamados roles sociales – interiorizadas y asumidas por los sujetos” (Torregrosa, 1984: 491).

Desde este planteamiento la adquisición de la identidad de género posee una enorme importancia y así, García-Leiva, reseña que “la separación por roles, que adquiere carácter de norma, presenta un claro efecto sobre la identidad de género, ya que los roles definen la mayoría de las actividades de las personas, así como los mecanismos para participar en la sociedad” (García-Leiva, 2005:76).

Otro parámetro de interés es recogido a través de la teoría desarrollada por Deaux y Martin quienes consiguen analizar los mecanismos presentes en el self como

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un fenómeno psicosocial (Deaux y Martin, 2003). Primero distinguen lo que denominan categorías sociodemográficas que estructuran los grandes segmentos sociales. La identificación personal con estas categorías proporciona una red de interacción entre individuos que poseen los mismos significados. Además, también facilita un contexto de comparación social. Y por otro lado, se adoptan roles interdependientes que reproducen y refuerzan la identidad socialmente definida.

Siguiendo este modelo, García-Leiva indica que, por tanto, “el self es agente y producto a la vez. Los hombres y mujeres de acuerdo con la estructura social establecida son asignados a distintos grupos en base a su diferente apariencia sexual. Cada grupo lleva asociado una serie de pautas de sociales, comportamentales y psicológicas que aprenden” (García-Leiva, 2005: 78).