2.1 Del concepto de sexo al concepto de género
2.2 Los hombres y la masculinidad.
2.2.3. Los hombres igualitarios ¿Un nuevo concepto?
El término “hombres igualitarios”, surge en el Estado Español a lo largo de los años noventa. Ha sido sustentado desde los movimientos asociativos de Hombres por la Igualdad, los cuales en un activismo más o menos mediático, han desarrollado un cierto corpus teórico, en forma de manifiestos, documentos de trabajo, etc., que avalan sus posicionamientos de cambio socio-político. De este modo, entre sus principios teóricos, plantean un radical cambio en el modelo de actuación por parte de
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los hombres. Para ello proponen superar ciertas formas tradicionalmente atribuidas a los hombres, y así entre sus propuestas programáticas afirman que: “algunos hombres estamos hartos de ser el hombre que nos han enseñado que debemos ser (hombres serios, responsables de nuestras vidas y la de los y las demás, tan fuertes y valientes que no podemos rendirnos nunca, sin necesidad de nadie y con las mujeres a nuestro servicio, destacando siempre e intentando ser los primeros, competitivos, agresivos, sin poder expresar sentimientos, viviendo las relaciones sexuales como un examen continúo de nuestra propia virilidad, teniendo todas las soluciones y sabiendo tomar todas las decisiones, no llorando bajo ningún concepto...). Algunos nos hemos dado cuenta además de cómo ciertos comportamientos masculinos son dañinos para nosotros y quienes nos rodean” (Leal, D.; Szil, P.; Lozoya, J.A. y Bonino, L., 2010: 1-2).
Como se puede observar, y así lo destaca Fernández para el caso de México - que resulta muy similar al español-, se aprecia en estos grupos de varones una preocupación por su rol actual a merced de los cambios que ha tenido el mundo a partir de que las mujeres se insertaran de lleno en lo considerado público y, a su vez, se presentan también atentos a lo que es considerado privado: lo doméstico, lo afectivo, las emociones, “pareciera que a partir de los cambios en las representaciones de mujer, los varones buscaran un cambio en sí mismos, en su auto-representación” (Fernández, 2014: 38).
Si bien la postura de estos grupos de hombres es una respuesta a los cambios que entre las mujeres se están produciendo, también es cierto que se puede observar una gran diversidad. No todos los grupos de hombres se identifican homogéneamente con los mismos principios igualitarios. Ante la misma situación observada, las respuestas dadas son múltiples y plurales, como es evidente, “se pueden apreciar algunas tendencias discursivas que desvelan las diversas reacciones que ciertos hombres presentan ante los cambios de las mujeres y las luchas feministas” (Fernández, 2014: 31).
En esa amplia panoplia asociativa, investigadores como Luis Bonino identifica las diversas tendencias y entre ellas el grupo llamado “profeminista y/o antisexista” (Bonino, 2002: 9). Este grupo es el que se populariza cada vez más y aspira a
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convertirse en un movimiento social que busca deconstruir la masculinidad tradicional. La gran parte de los sujetos profeministas se identifica como heterosexuales aunque también hay un número importante de homosexuales. Estos varones están entre los 25 y 50 años de edad y llevan a cabo, de diversos modos, actividades organizadas, luchas, reivindicaciones y desarrollos teóricos en relación a esas interrogantes sobre lo que es ser un hombre, centrando su reflexión y acción en la crítica y desmontaje del actual modelo de masculinidad hegemónica y en la búsqueda de las relaciones de igualdad de trato con las mujeres (Bonino, 2002: 12).
Por su parte, Domingo señala lo minoritario del movimiento: “entre los más conscientes de la desigualdad se distingue un colectivo minoritario de hombres comprometidos públicamente con la igualdad a través de modelos alternativos de masculinidad, más respetuosos, corresponsables y no opresivos. Buena parte de ellos se hallan integrados a nivel local en grupos de «Hombres por la Igualdad»” (Domingo, 2007, 1). Pero concluye declarando su alta predisposición para el cambio social hacia la igualdad de género, verificable ya, en algunas de sus prácticas sociales más cotidianas a pesar de tratarse de un modelo social en construcción (Domingo, 2007: 6). A pesar de todo, subsiste la sospecha de que estos grupos no sean más que una mera reacción frente a los rápidos cambios que están desarrollando las mujeres, pero que no deseen realizar cambios reales en los sistemas de relación. Desde el feminismo, se mira a estos movimientos con cautela y por esa razón Rosa Cobo, habla de tres tipos de hombres reaccionarios: los bárbaros (antifeministas), los moderados y los varones pro-igualdad o simpatizantes con demandas feministas (Cobo, 2011: 16-17 y 224-226).
Desde ese posicionamiento se desarrolla la teorización según la cual, aparte de la violencia visible y contundente, el asesinato, la violencia más física; subyace una violencia más encubierta, más psicológica, donde se desarrollan mecanismos de control del tiempo, de dominio de espacios, de nula distribución equitativa del trabajo,… entre otros, que operan por medio del neomachismo mismo que por ser sutil, entiéndase como casi indetectable, puede tener atributos seductores por lo que quizá sus propios ejecutores, y víctimas, no la perciben. Este tipo de violencia puede observarse en los discursos sobre los hombres que se piensan como “nuevos hombres”, es decir, aquellos que niegan su “machismo”, se posicionan en contra de la
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violencia, pero siguen ejerciendo mecanismos de opresión desde un performance del “hombre bueno” (Fernández, 2014: 41), donde, desde un rol no machista, sigue siendo el que controla y el que toma las decisiones. Conforme a este planteamiento, el hombre espera – y sutilmente exige – consideraciones especiales por encargase de sus hijos e hijas, por ir al supermercado, por hacer el aseo doméstico, aquí, el mecanismo de opresión se manifiesta por el hecho de sentirse merecedor de servicios y privilegios. En este sentido, Cobo habla de las "nuevas" relaciones de pareja en las que las mujeres son proveedoras del hogar, quienes están ocupando espacios considerados públicos, de toma de decisiones, y sustentan los hogares, a sus hijos e hijas y a sus parejas varones: “las reglas del juego están cambiando” (Cobo, 2011: 225).
Para que opere un cambio real en los hombres se deben de producir una serie de acciones que han surgido del debate y del análisis, como el que plantea Bonino y que enlista en: “permitirse ser disidentes de la masculinidad hegemónica; no temerle al cambio y practicarlo; deslegitimar el uso monopólicos de los derechos “masculinos” que los varones se resisten a ceder; crear y desarrollar deseos de cambio para la igualdad, nuevos ideales, nuevas identidades no rígidas -inclusivas y no excluyentes-, nuevos intereses no patriarcales que tengan en cuenta el bienestar y el desarrollo compartido; saber que los cambios no se hacen “por decreto”, sino que requieren un proceso al cual muchos varones no son afectos; saber que el cambio no puede ser de comportamiento, sino de posición existencial que supone nuevos modos de situarse ante la realidad de la relación entre géneros; y finalmente, tener conciencia que el comienzo del cambio no garantiza su continuidad. Que aún queda mucho por hacer, y que en lo personal se requiere siempre una continua vigilancia para tomar distancia de la masculinidad tradicional, no repetir hábitos desigualitarios y para que el discurso no se disocie de la práctica” (Bonino, 2002: 23). Como se puede advertir, estas medidas suponen modificaciones culturales y sociales que superan lo que la mayoría de hombres están dispuestos a “sacrificar” desde sus posicionamientos de tradicional poder patriarcal aprendido.
En definitiva, los hombres igualitarios, los hombres pro-feministas… son observados con cierta prevención por ciertos sectores feministas. No sin razón, dado
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que aún es pronto para determinar cambios en estos grupos, mientras el resto de hombres -que son la gran mayoría- ni se plantean cambio alguno.