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2. El Estado fascista

2.3. Elementos distintivos de la ideología fascista

En opinión de Emilio Gentile (2002, p. 78) y en base a la definición anterior, si bien no se evidencia claramente en sus tratados dogmáticos, el fascismo se asienta sobre presupuestos ideológicos que reflejan un sistema de valores y comportamientos compartidos por su grupo de activistas. Por este motivo, no podemos negar la presencia de una ideología en su base doctrinal11, si bien tampoco podemos considerarla de manera aislada –sin tener en cuenta los demás componentes que la tornan real–, puesto que se trata de una compleja combinación de historia, mito, cultura y organización. Efectivamente, en sus inicios, el fascismo se presentó como una antiideología, que criticaba las ideologías presentes en esa coyuntura política y ofrecía una solución práctica a los problemas de la posguerra, diferente de las corrientes dominantes en la época (desde el liberalismo hasta el socialismo). Esa respuesta se ajustaba perfectamente a las exigencias de renovación, la exasperación nacionalista y el culto a la violencia que circulaban en los sectores medios de la sociedad (Candeloro, 1987).

Gentile sostiene que la característica fundamental de la ideología fascista es el totalitarismo12, determinado por la subordinación total de la esfera privada en todos sus aspectos –de la moral a la religión, de la cultura a las relaciones personales– a la esfera pública, dominada por la política. Socialmente presentaba una base pequeño-burguesa, compuesta por excombatientes y, en general, por los sectores medios que demandaban un freno al avance del socialismo, y recibió el apoyo de los grandes empresarios y terratenientes por sus acciones punitivas contra las reivindicaciones sindicales de obreros

11 Si bien coincidimos con las numerosas opiniones que afirman que el fascismo no tuvo una ideología propia en sentido doctrinal, reconocemos igualmente la existencia de una ideología fascista, pues concebimos a la ideología como un sistema de creencias y valores compartidos por un grupo que determina actitudes y pautas de conducta y lo distingue de los demás colectivos. En ese contexto, apoyamos el postulado según el cual, por su naturaleza pragmática, el régimen adoptó a lo largo de su existencia distintas concepciones políticas, las cuales, si bien no lograron constituir un sistema totalmente congruente y articulado, representaban las formas variables de expresión de un conjunto restringido de premisas básicas, que conformaban el sustrato medular del fascismo (Finchelstein, 2010).

12 Adoptamos la definición de totalitarismo elaborada por Gentile (2002) pensando estrictamente en las características del fascismo italiano, para quien este concepto se refiere a:

un esperimento di dominio politico, messo in atto da un movimento rivoluzionario, organizzato in un partito militarmente disciplinato, con una concezione integralista della politica, che aspira al monopolio del potere e che, dopo averlo conquistato, per vie legali o extralegali, distrugge o trasforma il regime preesistente e costruisce uno Stato nuovo, fondato sul regime a partito unico, con l'obiettivo principale di realizzare la conquista della società, cioè la subordinazione, l'integrazione e l'omogeneizzazione dei governati, sulla base del principio della politicità integrale dell'esistenza, … con il proposito di plasmare l'individuo e le masse attraverso una rivoluzione antropologica, per rigenerare l'essere umano e creare un uomo nuovo, dedito anima e corpo alla realizzazione dei progetti rivoluzionari e imperialisti del partito totalitario, con lo scopo di creare una nuova civiltà a carattere sopranazionale. (p. 67-68)

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y campesinos. Desde el punto de vista filosófico, el régimen se apropió de algunas contribuciones del idealismo de Giovanni Gentile, tales como la superioridad del Estado sobre el ciudadano, la unidad orgánica, la idea de Estado-nación ético como manifestación de Dios en la historia y el reconocimiento del rol de Mazzini en el proceso de unificación italiana, a quien identificaba además como el promotor de las ideas esenciales y del rumbo adoptado por la revolución fascista (Moss, 2007). Las palabras del filósofo Giovanni Gentile en su conferencia Che cosa è il fascismo (1925), subrayan la supremacía del Estado como conciencia nacional que se realiza en cada individuo:

Secondo l’insegnamento già ricordato di Mazzini, non è possibile concepire l’individuo in un astratto atomismo che lo Stato poi dovrebbe comporre in una sintesi impossibile. Noi pensiamo che lo Stato sia la stessa personalità dell’individuo, spogliata dalle differenze accidentali, sottratta alla preoccupazione astratta degl’interessi particolari, non veduti e non valutati nel sistema generale in cui è la loro realtà e la possibilità della loro effettiva garanzia; personalità ricondotta e concentrata nella loro coscienza più profonda: dove l’individuo sente come suo l’interesse generale, e vuole perciò come volontà generale. Questa profonda coscienza che ognuno di noi realizza e deve realizzare dentro di sé come coscienza nazionale nel suo dinamismo, con la sua forma giuridica, nella sua attività politica, questa base stessa della nostra individualità, questo è lo Stato. E concepirlo al di fuori della vita morale, è privare l’individuo stesso della sostanza

della sua moralità.13 (Gentile, 1925, pp. 18-19)

En cuanto ideología de Estado, el fascismo era antitético respecto a las ideologías reaccionarias y conservadoras basadas en el mito del pasado, que considera la historia como la degeneración de un modelo perfecto. Por el contrario, el pensamiento fascista hizo hincapié en el mito del futuro; esta particularidad era evidente en su característico activismo y en la necesidad de costruir nuevos valores y principios adecuados a los

13 Según las enseñanzas ya recordadas de Mazzini, no es posible concebir al individuo en un atomismo abstracto que luego el Estado debería componer en una síntesis imposible. Nosotros pensamos que el Estado es la misma personalidad del individuo, despojada de las diferencias accidentales, liberada de la preocupación abstracta de los intereses particulares, no vistos y no evaluados en el sistema general en el cual se encuentra su realidad y la posibilidad de su efectiva garantía; personalidad reconducida y concentrada en su conciencia más profunda: donde el individuo siente como suyo el interés general, y, por eso, lo ambiciona como voluntad general. Esta profunda conciencia que cada uno de nosotros realiza y debe realizar dentro de sí como conciencia nacional en su dinamismo, con su forma jurídica, en su actividad política, esta base misma de nuestra individualidad, esto es el Estado. Y concebirlo fuera de la vida moral es privar al individuo mismo de la sustancia de su moralidad.

“nuevos tiempos”. Entre sus objetivos se destacaba la necesidad de proporcionar un culto a Italia y transformar al pueblo en una comunidad unida, capaz de enfrentar a la modernidad y al mismo tempo renovar el espíritu de la romanidad.14

Por todo lo que hemos señalado, podemos calificar a la ideología fascista como “pragmática”, teniendo en cuenta que se autodefinía como “antiideologica, antimaterialista, antiindividualista, antiliberale, antidemocratica, antimarxista,

tendenzialmente populista e anticapitalista”15 (Gentile, 2002, p. 72-73).

Emilio Gentile (2007) también analiza el fascismo como una manifestación de la sacralización de la política, planteando la noción de “religión política”. Dado que no existe una definición unívoca de este concepto, optamos por definirlo como un sistema de creencias acerca del Estado, la sociedad y la cultura que se impone sobre los demás desde una posición dogmática, caracterizado por la sacralización de personas, símbolos, lugares, acontecimientos y fechas y la adopción de determinados rituales y mitos destinados a glorificar dichos elementos. Convenimos con aquel autor en denominar de esa manera a las prácticas adoptadas por el fascismo, ya que cumplen con las especifidades indicadas por Linz (2006), según las cuales una “religión política” es iniciada por un líder ideológico que, generalmente, detenta el poder –por lo tanto, no solo utiliza los recursos que le provee su partido, sino también los del Estado–, y es desarrollada por diferentes activistas, tales como funcionarios políticos, intelectuales, académicos, periodistas, escritores y artistas.

En efecto, la “religión fascista” se erige como un culto laico, inspirado en el

14 Para ilustrar este pensamiento podemos citar un pasaje del discurso pronunciado por Mussolini en Roma el 04 de noviembre de 1925, en ocasión del séptimo aniversario del triunfo italiano en la batalla de Victorio Véneto, durante la Primera Guerra Mundial:

Il regime precedente al nostro, il regime demo-liberale, ignorò le masse. In un secondo tempo non le ignorò più, ma le abbandonò agli altri che le innalzarono contro lo Stato. Oggi, quando vedete i reduci marciare a tre e a quattro, quando vedete questa magnifica disciplina del popolo italiano che marcia nelle strade non più a forma di gregge come una volta, ma a battaglioni serrati, voi vi rendete conto che una profonda trasformazione si è operata nell'animo del popolo italiano; vi rendete conto che il popolo italiano è entrato nello Stato. È un atto di vittoria. Chi poteva dopo la guerra, e lavorando sul materiale della guerra, sulle passioni, i trionfi ed anche sulle delusioni della guerra, chi poteva avvicinare questo popolo ostile o indifferente o dimenticato allo Stato? Chi? Il Fascismo.

Non il liberalismo. Non il socialismo. Le masse oggi riconciliate con la Nazione entrano per la grande porta spalancata dalla Rivoluzione fascista nello Stato, e lo Stato con la Monarchia in alto allarga smisuratamente le sue basi e non ci sono più soltanto dei sudditi, ci sono cittadini; non c'è soltanto una popolazione, ma c'è un popolo cosciente. Questo è il problema, questa è la verità della storia diventata pane dello spirito consapevole degli italiani. (Susmel y Susmel, 1951-1961, Vol. XXI, pp. 442-443)

15 Antiideológica, antimaterialista, antiindividualista, antiliberal, antidemocrática, antimarxista, tendencialmente populista y anticapitalista.

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carácter sagrado del Estado y en la figura de su líder, el Duce. En lo que respecta al aspecto lexical y a determinados rituales e imágenes, según Gentile (2007) ostenta elementos propios de la tradición cristiana adaptados a acontecimientos históricos. Para ejemplificar, podemos mencionar la imagen de la resurreción relacionada con el resurgimiento de Italia después de la Primera Guerra Mundial, o bien la visión de la derrota de Caporetto16 ante las fuerzas austríacas como el episodio del Gólgota. No

obstante, advertimos que el cristianismo no constituye la única fuente de la cual el fascismo extrae fundamentos religiosos: el carácter sincrético de su sistema político- religioso se distingue por la adopción de algunos símbolos y rituales provenientes de otras culturas –pensemos, por ejemplo, en el haz lictorio del mundo romano–, los cuales fueron seleccionados en base a su eficacia en relación con la transmisión de la ideología del movimiento.

Tratemos ahora de esquematizar los principales elementos presentes en la “religión política fascista”:

a. La apología de la Primera Guerra Mundial en cuanto mito fundacional y gesta fascista.

b. La instauración de rituales, mitos y símbolos sincréticamente reunidos. Entre los símbolos más representativos, Gentile (2007) cita el haz lictorio, la camisa negra y el gallardete. Por su parte, los rituales más difundidos eran el saludo romano, el culto a algunos símbolos de la nación y la guerra, la apoteosis de los mártires fascistas, la consagración de los gallardetes, el culto a la patria y a los caídos y las ceremonias masivas.

c. Un calendario fascista caracterizado por la celebración de nuevas fechas y la transformación de las fiestas tradicionales. Entre las nuevas festividades podemos señalar la celebración del nacimiento de Roma (21 de abril) y de la Marcha sobre Roma, con el consiguiente comienzo de la Era Fascista (28 de octubre); la conmemoración del ingreso en el primer conflicto mundial (24 de mayo), la evocación del nacimiento de los precursores del fascismo, entre los que se destacan Dante Alighieri, Leonardo, Giuseppe Mazzini y Giuseppe Verdi, como así también la remembranza de los mártires fascistas. Entre las celebraciones tradicionales que se incluyeron en el sistema religioso del régimen, colmadas de

16 La derrota que sufrió Italia en la batalla de Caporetto en manos de las fuerzas austro-alemanas durante la Primera Guerra Mundial repercutió gravemente en los planos militar y político, hasta el punto de provocar la caída del gobierno del momento.

elementos típicamente fascistas, podemos indicar la “Epifanía fascista” o la “Fiesta de la Uva”, fiestas rurales colmadas de propaganda nacionalista que pretendían aumentar el consumo de determinados productos agrícolas a fin de incrementar su producción a nivel nacional.

d. La realización de ceremonias coreográficas en las plazas, las cuales fueron limitadas y estructuradas para incrementar la solemnidad del rito litúrgico fascista. e. La polarización “nosotros/ellos”, según la cual el otro –ya sean los adversarios políticos, los países invadidos o las naciones que sancionaron económicamente a Italia– era un ser ignominioso, con intenciones de perjudicar al Estado fascista. Esta propensión a la victimización constituye una característica distintiva de esta ideología.

f. El control absoluto de la simbología de Estado y la consiguiente supresión de los símbolos pertenecientes a otras tendencias políticas.

g. La veneración de cuatro grandes mitos: el mito de Roma, del Duce, del Estado totalitario y del “hombre nuevo”.

Como podemos observar, la difusión de mitos constituye un mecanismo fundamental para la consolidación ideológica del régimen. Tratemos ahora de describir las características de cada uno de ellos.

El mito de Roma, acrecentado por los trabajos de redescubrimiento arqueológico y las obras públicas destinadas a proteger el patrimonio del antiguo Imperio romano, no estaba concebido como un elemento histórico estático, sino que fue recuperado y transformado en algo vivo y moderno. Por lo tanto, podríamos hablar de una “romanidad fascista”.

El “hombre nuevo” fascista, definido por Gentile como “un uomo collettivo organizzato, che, attraverso la pedagogia totalitaria, era educato a identificare normalmente e spontaneamente la propria persona con la comunità di massa integrata

nello Stato” 17 (2002, p. 258), era concebido como un “ciudadano-soldado”, un italiano

virtuoso y viril con un adiestramiento físico y militar indispensable para representar a la patria frente a los extranjeros y siempre dispuesto a defenderla, respetuoso de las glorias del pasado y, al mismo tiempo, preparado para afrontar la modernidad. El modelo esencial

17 Un hombre colectivo organizado al cual se lo educaba mediante la pedagogía totalitaria para identificar normal y espontáneamente a su propia persona con la comunidad de masas que estaba integrada al Estado.

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de esta figura era el soldado que había luchado en la Primera Guerra Mundial y que más tarde integraría las milicias fascistas.18 Este mito se renovaba constantemente utilizando distintos ritos y símbolos que funcionaban como un “modelo doctrinario” destinado a formar al nuevo fascista, cuyo arquetipo estaba encarnado por el Duce, quien, a su vez, era considerado el creador del fascismo. En opinión de Finchelstein, el mito de Mussolini encerraba “una concepción religiosa mesiánica que enfatizaba la centralidad de un líder dictatorial” (2010, p. 65), cuyas premisas principales eran la guerra, la violencia y la acumulación de poder, características de la estirpe y la masculinidad italianas. En este sentido, Gentile (2002, 2007) añade que no existe un único mito del Duce, sino varios mitos19 –algunos de los cuales inclusive preceden el nacimiento del movimiento– surgidos en distintos contextos políticos y culturales, que contribuyeron a la creación de una atracción carismática en torno a la figura de Mussolini, la cual, a su vez favoreció progresivamente la construcción de un culto hacia su persona.

Por su parte, el mito del Estado totalitario, que concebía al Estado como la única forma de vida social en la que confluían todos los aspectos de la vida del pueblo, nunca pudo realizarse plenamente porque –como menciona Emilio Gentile (2002)– el fascismo concibió al Estado como fin supremo y no como un medio para lograr la revolución. De todas maneras, este autor insiste en la vigencia de la concepción fascista de una completa racionalización del Estado totalitario, caracterizado como “una società organizzata e subordinata a un’aristocrazia politica, che traeva la legittimità del suo potere soltanto

dalla conquista e dalla perpetuità della sua azione”20 (p. 83).

A partir de su instauración, con el correr de los años, estos y otros mitos que se van incorporando devienen creencias, y su influencia sobre el pueblo genera una suerte de fe colectiva. Por esa razón, la veneración de los mitos a través de la práctica de rituales y el empleo de símbolos apuntaban a consolidar la presencia del partido entre los italianos y reforzar el apoyo del pueblo, ostentando la sacralidad del Estado totalitario y el poder del Duce. Eran considerados excelentes medios de propaganda y educación, que apelaban a las emociones y sentimientos del pueblo, toda vez que lo distraían de los verdaderos problemas del país.

18 El escuadrismo era sinónimo de juventud y heroísmo, en contraposición a la cúpula liberal que había gobernado Italia desde su unificación, desacreditada por su estatismo.

19 Al respecto, este autor menciona el mito socialista, que ratificó a Mussolini como jefe revolucionario durante su juventud, el cual, junto a los mitos del “hombre nuevo”, el renovador nacional, el jefe y el protector del pueblo, componen el mito poliédrico del Duce.

20Una sociedad organizada y subordinada a una aristocracia política, cuyo poder adquiría legitimidad solo a partir de la conquista y perpetuidad de su acción.

Sin embargo, debemos recordar que –como plantea Emilio Gentile– la sacralización del Estado iba más allá de las simples palabras: descendía de las esferas del Estado y del partido hacia el pueblo a través de las instituciones públicas –entre las cuales se encontraba la escuela–, de manera tal que trasformaba la conciencia colectiva. El Duce estaba convencido de la necesidad de educar al pueblo porque éste no actuaba guiado por la inteligencia, sino por los sentimientos. En este aspecto resulta fundamental el aporte del filósofo Giovanni Gentile, para quien el fascismo era una doctrina política integral – confirmando en cierto modo el carácter totalitario del movimiento–, según la cual la función principal del Estado era disciplinar y adoctrinar al pueblo. A partir de esta meta, podrían justificarse la creación de la patria y la unión del pueblo italiano.

Dentro de esa conciencia colectiva, formada por creencias comunes a toda la comunidad fascista, cada integrante, en lugar de conocer y adoptar reflexivamente la doctrina del movimiento, adhería a sus preceptos desde el plano emocional, ponderando cualidades y prácticas tales como el heroísmo, el sacrificio, los ideales de la guerra y sus mártires, los rituales masivos y el culto al deporte y a la imagen sacralizada del Duce21.

En todo lo descripto se observa la deuda que el fascismo sentía en relación con los patriotas artífices del Risorgimento22 respecto de la unificación italiana: “hacer a los italianos”23. Esta frase, adaptada a los objetivos del régimen, se transformaba en ‘hacer de los italianos perfectos fascistas’ recurriendo a la concepción del “colectivo armónico” (Gentile, 2001/2007, p. 161), según el cual la fe fascista llevaría a la unificación moral del pueblo italiano. Entre los recursos adoptados por el fascismo para lograr la fidelidad hacia su “religión política” debemos recordar la obra de “nacionalización” –en realidad, de control social– ejercida sobre la mayor parte de la ciudadanía. Así, los hombres adultos ocupaban su tiempo libre participando de las iniciativas organizadas por la Opera

Nazionale Dopolavoro (OND), asociación surgida en 1925 que proponía la práctica de

deportes y otras actividades recreativas y turísticas, la enseñanza de la cultura fascista, la formación profesional, así como también el acercamiento al cine, la radio, la música y el

21 En los capítulos reservados a la descripción e interpretación de los resultados de esta