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Las escuelas situadas en países con una importante colectividad italiana se enmarcan dentro de las temáticas de la emigración y la difusión de la cultura italiana dado que, desde los inicios de su fundación, su objetivo primordial fue funcionar como instrumento de cohesión de los niños emigrados y sus familias y como motor de transmisión de la idea de italianidad y la pertenencia al Estado italiano.

Las primeras escuelas estatales italianas en el exterior surgieron inmediatamente después de la unificación italiana (1861), principalmente en ciudades costeras del Mediterráneo y, desde el punto de vista pedagógico y económico, dependían del Estado italiano10. A partir de 1870, el Ministerio de Educación delegó la administración de esos establecimientos escolares al Ministerio de Relaciones Exteriores. El crecimiento de la emigración y la llegada al gobierno de Francesco Crispi y su política de expansión colonial tuvieron como consecuencia la sanción de la Ley Crispi (1889), destinada a organizar el funcionamiento de las escuelas en el exterior. Domínguez Méndez (2012) sintetiza su contenido indicando que, en vistas de la conservación de la identidad italiana y de la penetración cultural y comercial, se otorgaba una mayor jerarquía a la instrucción primaria, mientras que el nivel secundario dependía de la capacidad económica y organizativa de las colonias de emigrados. La ley también uniformaba aspectos académicos y precisaba las pautas exigidas para la obtención de subsidios. Como corolario de este nuevo paquete de medidas, se instituyó dentro del Ministerio de Relaciones Exteriores la Ispezione Generale delle Scuole Coloniali y se incrementó el presupuesto destinado a estos colegios. Sucesivamente, se introdujeron modificaciones, entre las cuales destacamos la transformación de la Ispezione en Direzione Generale, en virtud del crecimiento del número de institutos escolares.

En ese período surgieron numerosas escuelas –privadas laicas o confesionales, denominadas “coloniales”, o bien, estatales– en países receptores de emigración italiana, como la Argentina. A modo de ejemplo, el Annuario delle Scuole Italiane all’Estero elaborado por el Ministerio de Asuntos Exteriores italiano entre 1930 y 1932 establece que, en Argentina, que contaba con 1.500.000 residentes italianos sobre un total de 12.000.000 de habitantes, funcionaban 130 escuelas italianas con 22.000 inscriptos,

10 Ya desde principios del siglo XIX existían escuelas privadas creadas por algunas asociaciones comunitarias para los hijos de los inmigrantes italianos. En Buenos Aires, por ejemplo, existen datos acerca de una escuela italiana desde 1861.

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equivalentes al 1,46% de la población proveniente de ese país europeo(Garrapa Albani, 2009). Estas escuelas funcionaban en distintas provincias, especialmente en las ciudades que albergaban una comunidad italiana considerable, como por ejemplo en Buenos Aires (Unione e Benevolenza, Nazionale Italiana, Italia Unita, XX Settembre, Margherita di

Savoia, Gabriele d’Annunzio, Principe Umberto y Modello, entre otras), Bahía Blanca

(Società di Mutuo Soccorso, Istituto Culturale Umberto di Savoia), La Plata (Scuola Italiana Vittorio Emanuele III, Società Umberto I), Cañada de Gómez (Unione e Benevolenza, Scuola Italo Argentina), Rosario (Dante Alighieri, Umberto I), Mendoza (Scuola XXI Aprile) y Córdoba, ciudad en la cual desde 1913 funcionaba una escuela en la sede de la asociación Unione e Fratellanza, a la que se agregó posteriormente la scuola

E. Testi11. Estas instituciones –nacidas en el seno de las asociaciones italianas en el

exterior– recibían un subsidio por parte del Estado italiano, siempre que se adecuaran a los programas y métodos didácticos de su sistema escolar, y estaban sometidas a estrictos controles realizados por las autoridades consulares. Según Devoto (2008), la principal misión de estas escuelas era preservar el patrimonio cultural entre los inmigrantes y transmitirlo a sus descendientes.12 De este modo, en las escuelas se enseñaba la lengua italiana y las nociones básicas de la historia, la geografía y la literatura del país peninsular, acompañados de la práctica de rituales patrióticos cuya función era, principalmente, inculcar la noción de que las familias inmigrantes eran huéspedes en el país receptor.

Ya desde sus inicios, el fascismo consideró a los establecimientos escolares como uno de los puntales de la difusión de su ideología en el exterior, con el objetivo de inculcar a los emigrados y a sus descendientes los valores de la Italia fascista. Domínguez Méndez (2012) relata que el proceso de fascistización de las escuelas en el extranjero comenzó en 1922, y poco a poco la gestión escolar se concentró en los consulados, mientras en Italia se sancionaban leyes y reglamentaciones y se realizaban recopilaciones que permitieran una rápida consulta sobre el tema. En 1927, poco tiempo después de iniciada su fase totalitaria, el fascismo extendió la obligación de colocar crucifijos y enseñar religión en todas las escuelas en el exterior, cancelando de este modo el carácter laico de algunos colegios. Pretelli (2010) asevera que Mussolini consideraba a la escuela como un

11 En la provincia de Córdoba hemos constatado la existencia de una escuela en La Cumbre (fundada en 1933, probablemente por iniciativa de los miembros del fascio local) y otra en San Francisco, el Collegio Italo-argentino.

12 Dejamos de lado la cuestión acerca de la decadencia de las escuelas italianas en Argentina en lo que se refiere al número de inscriptos a causa del impulso dado por el gobierno nacional a la escuela pública y gratuita, ya que nuestro trabajo se centra en la descripción de los textos escolares y no en los alcances de la recepción de su contenido.

instrumento de primer orden para preparar a las nuevas generaciones en el culto a la patria y para formar al italiano nuevo. Es por eso que entre 1924 y 1942 se incrementó considerablemente el presupuesto destinado a estas escuelas, a las que se agregarían otras erogaciones para el fortalecimiento de las organizaciones juveniles y de Dopolavoro, los Istituti Italiani di Cultura y los centros Casa d’Italia, con el fin de fortificar la italianidad en el exterior (Garzarelli, 2010). Asimismo, el régimen apoyó la acción de distintos tipos de escuelas privadas: los Doposcuola, es decir, cursos nocturnos de lengua y cultura italiana para extranjeros organizados por los Fasci all’estero, las escuelas dependientes de la Società Dante Alighieri y los establecimientos religiosos. Pretelli (2010) revela que entre 1939 y 1940, las escuelas italianas en el exterior contaban con más de cien mil alumnos, lo que implicaba un presupuesto capaz de solventar no solo el mantenimiento de las escuelas estatales, sino también la retribución de los maestros y la entrega de libros y material didáctico.

Asimismo, a los fines de incrementar el control sobre las instituciones educativas en el mundo, se produjo una progresiva centralización de los organismos que tenían a su cargo la toma de decisiones respecto de la gestión escolar: en 1923 –a partir de la reforma Gentile– las escuelas pasaron bajo la órbita de la Direzione Generale delle Scuole Italiane

all’estero del Ministerio de Asuntos Exteriores, quien delegaba ciertas atribuciones al

cónsul y a un consejo escolar local. Luego de sucesivas modificaciones13, a partir de 1929 las escuelas fueron administradas por la Direzione degli Italiani all’Estero, encargada de la organización de los Fasci italiani all’estero y del funcionamiento de las escuelas, las cuales comenzaron a recibir material didáctico concebido especialmente: libros de lectura y manuales escolares cuya misión era desarrollar en los hijos de los emigrados el amor hacia su patria de origen (Pretelli, 2010; Cavarocchi, 2010).

Devoto considera que “es posible que el fascismo haya obtenido mayores éxitos en el terreno de las escuelas italianas en la Argentina que en otros [países]” (2008, p. 355). Tal vez la prueba de estas consideraciones se encuentra en el control ejercido por el régimen sobre las asociaciones Dante Alighieri y Pro Scuola, esta última, creada en 1911 con el objetivo de sostener a las escuelas que funcionaban en el seno de las distintas asociaciones italianas.

13 El Decreto-ley N° 628 del 28/01/1027 (convertido en Ley N° 1783 del 6/1/1928) suprimió el

Commissariato Generale dell’Emigrazione –en funciones desde 1901– para instituir la Direzione Generale degli Italiani all’Estero.

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En lo que respecta a la didáctica, las políticas del fascismo establecían una adaptación a las características y la legislación de los países en los cuales se asentaban las escuelas, por lo que los programas diferían de los vigentes en los establecimientos educativos de la península en la introducción de uno o más idiomas y de contenidos relativos a la historia, las leyes y la geografía de la nación anfitriona (Cavarocchi, 2010). De todos modos, Pretelli (2010) asegura que los programas privilegiaban el aprendizaje de la historia –especialmente la referida a la Primera Guerra Mundial y al rol histórico del fascismo y sus mártires, así como también a la misión civilizadora de la antigua Roma– y la geografía de Italia y el Mediterráneo a través de manuales, lecturas, composiciones y conversaciones, mientras que la enseñanza del idioma italiano era cardinal, no solo por ser la lengua vehicular de todos los demás contenidos disciplinares, sino porque se la consideraba un instrumento indispensable para la conservación de la identidad étnica (Cavarocchi, 2010). Asimismo, en distintas disciplinas –desde geografía e historia hasta derecho y economía– se daba espacio a las obras realizadas por el fascismo, tales como la recuperación de tierras, las obras de infraestructura y las leyes sobre protección y asistencia a los trabajadores.

En lo que respecta a la labor educativa, en 1930, desde la Direzione Generale degli Italiani all’Estero se indicaba a los maestros del ciclo primario el abandono de la programación mensual por grupos de clases unificados en torno a temas como la familia, la escuela, la patria, el fascismo, la Iglesia, los soldados, entre otras temáticas. A su vez, los docentes recibían indicaciones precisas acerca de sus actividades didácticas, así como también sobre el estilo de vida que debían seguir, su participación activa en la colectividad y su colaboración con las organizaciones juveniles en el exterior, demostrando integridad en sus comportamientos cotidianos y obediencia hacia las autoridades italianas14. Los

maestros también debían convertirse en informantes secretos, estableciendo contacto con intelectuales y docentes locales para conocer su opinión sobre el fascismo y otras cuestiones relacionadas con Italia (Cavarocchi, 2010).

La función propagandística de los docentes y el control sobre sus actividades se intensificó a partir de 1937, mientras que desde 1938 –a partir de las leyes antisemitas–

14 Los maestros de las escuelas italianas en el exterior eran de origen italiano, y desde 1923, en consonancia con los requisitos instaurados por la reforma Gentile, para obtener su puesto de trabajo debían someterse a un juramento profesional cuya fórmula incluía el compromiso de educar a los alumnos incentivando su amor por Italia, sus instituciones y costumbres morales y cívicas, además de la responsabilidad de colaborar con “una enérgica acción propagandística” para mantener la italianidad en la colonia en la cual trabajaba. (Regio Decreto N° 932, 19/04/1923)

las autoridades debían informar a Italia sobre el eventual origen judío de los maestros en el exterior.