Los productos culturales sufren, a lo largo del tiempo, numerosas modificaciones –tanto en su forma como en su significado–, que guardan estrecha relación con las sociedades en las cuales se desarrollan. Entre aquellos, los más susceptibles de ser alterados en su significado son los conceptos abstractos, los cuales adquieren diferentes interpretaciones y alcances en base a las coordenadas espacio-temporales y a la cultura en la que se emplean. A su vez, en la esfera de lo abstracto, destacamos los conceptos referidos a la vida política, que no pueden ser interpretados sin tener en cuenta su temporalidad. Concretamente, en este trabajo nos interesa abordar especialmente las diversas significaciones que adquirieron a lo largo del tiempo tres nociones políticas complejas –patria, nación y Estado–, así como también conocer la evolución histórica de los conceptos patriotismo y nacionalismo.
El término patria posee un origen lingüístico y nocional común a la mayoría de los pueblos indoeuropeos. En la antigüedad, tanto en Grecia como en Roma, el vocablo estaba ligado a la paternidad: en latín, por ejemplo, patria es el femenino de patrius (paterno) y hacía referencia a dos entidades relacionadas. Por una parte, la terra patrum era la “tierra de los padres”, es decir, el lugar de nacimiento de un individuo; por otro, aludía al pater familias –líder de una progenie y responsable de su persistencia en el tiempo–, figura que en el derecho romano representaba el valor moral superior, con la potestad para comandar sobre su familia consanguínea y sobre todas las personas que se hallaban bajo su dominio y con la obligación de conservar el patrimonio doméstico. A su vez, los espacios territoriales y los individuos que conformaban dicho patrimonio definían los confines de la patria, entendida por extensión como el origen territorial y social de una persona. En opinión de Lamas (2009), la familia encuentra de este modo su continuación en la patria: los vínculos biológicos se disipan para dar paso a la formación de seres sociales y políticos con un pasado y un futuro común. Esta transformación se ve
favorecida por procesos de socialización derivados de actividades económicas, religiosas, culturales y sociales. Por otra parte, el sentido de la sumisión –la pietas romana– hacia los progenitores y los dioses y difuntos de la familia se convierte en el respeto y la fidelidad hacia la tierra de origen por parte de sus habitantes, así como también la autoridad que posee el pater en el espacio doméstico es la misma que adquiere la patria en el espacio público.
Viroli (2001) destaca el componente religioso en la noción de patria vigente en la antigua Roma y le incorpora además un aspecto político. El primer factor se relaciona con la santificación del territorio, en el cual se conservaba el espíritu de los antepasados y reposaban sus restos mortales. Dicha glorificación unía mediante un vínculo sagrado a los individuos y su patria, a la cual debían venerar con pasión, obedecer sus leyes y entregarse a ella sin condiciones (caritas reipublicae). El componente político, en cambio, sugiere la identificación de patria con república, bien común y libertad, tal como lo plantean autores clásicos como Cicerón, Tito Livio, Salustio y San Agustín. Por su parte, Quintiliano distingue la nātio –concebida como las costumbres de un pueblo– de la patria, es decir, las leyes e instituciones de la ciudad, mientras que los padres de la Iglesia definen a la patria como la patria paradisii –la ciudad divina que exige el sacrificio del mártir–, del mismo modo que la respublica terrena demanda el sacrificio del ciudadano. Más allá de la vigencia de la patria celestial del mundo cristiano, el concepto político- filosófico, que durante el Imperio romano hace referencia a un territorio política y jurídicamente constituido, durante el período medieval queda restringido a una entidad local, la comarca: la idea de patria pierde así su antigua connotación de communis patria1 y mantiene, en cambio, su significación territorial como lugar de nacimiento de un individuo, en razón de la desaparición de todo vínculo político con un Estado organizado, que fue sustituido por las relaciones de fidelidad personal entre señores y vasallos típicas del sistema feudal. Recién después de las Cruzadas, la patria adquiere nuevamente un carácter terrenal y recobra un alcance territorial más extenso de la mano de la formación de monarquías nacionales. De este modo, “la lealtad a la nueva patria territorial restringida, la patria común de todos los súbditos de la Corona, vino a sustituir los vínculos supranacionales de un Imperio universal ficticio” (Kantorowicz, 1957/2012, p. 258). Precisamente, en opinión de este medievalista alemán, como consecuencia de la
1 Para autores como Cicerón la idea de patria encerraba dos conceptos: la communis patria (la patria común, de la cual todos los ciudadanos del Imperio romano se sentían parte integrante) y la patria propia, que indicaba el lugar de residencia de cada individuo (Kantorowicz, 1957/2012).
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transición del reino celestial al temporal, la patria anticipa el concepto moderno de territorio nacional, si bien aún persiste la influencia de la Iglesia en la asociación entre patria y “cuerpo místico”2, a través de la cual comienzan a vincularse el territorio y la
comunidad con las ciudades y los Estados. Este autor sostiene que la idea de pro patria mori3 difundida entre los cruzados –que representa su martirio y su devoción absoluta a
Dios y al prójimo–, incorpora paulatinamente el elemento político, de manera que morir por el “cuerpo místico político” (Kantorowicz, 1957/2012, p. 276) –el Estado– se equipara a ofrecer la vida por la fe cristiana. En resumidas cuentas, para este autor, la recuperación del significado político del concepto de patria en la época medieval conlleva también un significado emocional, por cuanto la comunidad de súbditos debía ofrecer su entrega y sacrificio a las nacientes monarquías nacionales europeas.
Coincidimos con Viroli (2001) al afirmar que el concepto de patria reaparece fortalecido en su contenido republicano en la época de las repúblicas renacentistas italianas, en las cuales pensadores humanistas como Leon Battista Alberti, Leonardo Bruni y, especialmente, Maquiavelo, reafirman los razonamientos de los filósofos romanos argumentando que el compromiso de los ciudadanos hacia la patria es supremo y que el amor por la patria “è una forza morale che rende i cittadini comuni capaci di
grandi cose contro la tirannide e la corruzione”4 (Viroli, 2001, p. 41). En pocas palabras,
el amor patriótico es sinónimo de pasión por la libertad. Sin embargo, cuando se consolidan los principados y las monarquías absolutas, la patria comienza a perder paulatinamente su vinculación con la libertad y la república para volver a adquirir la particularidad de la devoción al rey, por lo que el objetivo del bien común queda relegado a la atención de los intereses particulares de la monarquía. En efecto, el escritor inglés Robert Filmer (1680, citado en Viroli, 2001, p. 57) vuelve a la acepción original del término cuando sostiene que la patria hace referencia a la comunidad política fundada sobre el poder de los padres. Expresado en otros términos, el rey se convierte en el padre de la patria y sus súbditos le deben un amor filial.
2 La noción de “cuerpo místico” con la que, según Kantorowicz (1957/2012), se identificaba a la patria en el Medioevo, pertenecía al pensamiento teológico e indicaba, en principio, a la comunidad cristiana reunida bajo la imagen de Cristo. En la época de las Cruzadas y del nacimiento de las monarquías nacionales, si bien no abandona por completo la referencia religiosa, dicho concepto se seculariza para designar a la comunidad de súbditos gobernada por el rey.
3 “Morir por la patria”, expresión extraída del verso Dulce et decorum est pro patria mori (Morir
por la patria es dulce y honorable), escrito por el poeta latino Horacio en sus Odas, que retomaremos al mencionar a Herder.
4 “Es una fuerza moral que vuelve a los ciudadanos comunes capaces de grandes cosas contra la
Durante la Ilustración, el concepto vuelve a acercarse a la libertad y al bien común. Pensadores como Montesquieu, Rousseau y Voltaire asocian la palabra patria a la ley, la libertad y el autogobierno. De esto se desprende que, para estos intelectuales, el
patriotismo –la pietas romana, el amor por la patria– no es un sentimiento natural y
espontáneo, sino una pasión política, que debe ser impulsada a través del buen gobierno y de la intervención de los ciudadanos en la vida pública. En este sentido, no es menor la reflexión de un intelectual poco conocido, Paolo Mattia Doria (citado en Viroli, 2001), quien en 1729 define la patria como una pasión virtuosa surgida a partir de la transformación de pasiones nocivas. Doria agrega que la adhesión al bien común por parte del pueblo puede acrecentarse a través de ceremonias públicas destinadas a aclamar la solemnidad de la república o del príncipe y a infundir valor. De la misma manera, los ciudadanos deben ser capaces de movilizarse en armas para defender a su patria. Viroli destaca además la visión de Doria respecto de las maneras de transformar el amor a sí mismo en amor a la patria, que este último autor centra en la estima del pueblo hacia sus autoridades o su príncipe: a fin de obtener el favor del pueblo, un gobernante debe ante todo conquistar su admiración y veneración, impresionándolo con una gran virtud para convencerlo de su superioridad. La posesión de esa virtud por parte de la autoridad –que puede ayudarlo a lograr el engrandecimiento de la patria– hace que los individuos sean capaces de soportar las guerras y el desgobierno (Viroli, 2001, p. 65).5
Hacia fines del siglo XVIII, la noción de patria comienza a verse eclipsada por la idea de nación. El término proviene del latín nātio, derivado a su vez de nascor, nascere
(ser natural de, provenir de), por lo que, en su significado original, designa el lugar de nacimiento de un individuo. Los romanos identificaban con este término a las tribus bárbaras, las cuales contaban con un origen común, pero carecían de una estructura política evolucionada. En la época medieval, la nación subsiste en su significación demográfica y etnográfica6, aún lejana de su concepción política: un individuo pertenece, en primer lugar, a una religión, y, en segundo término, a una nación por su origen y a una patria por el apego a su tierra natal y a sus vínculos familiares. La Revolución Francesa
5 Cuando determinemos los rasgos distintivos del período fascista, seguramente podremos advertir una reminiscencia de las estrategias planteadas por Doria para engrandecer la figura de Mussolini y lograr el consenso popular.
6 Recordemos que, en las universidades medievales, la nación agrupaba a los estudiantes pertenecientes a un determinado grupo étnico: italianos, flamencos, polacos, etc. El término también se empleaba en ámbito religioso, para identificar a los prelados que hablaban un mismo idioma, o mercantil, pues los mercaderes eran identificados según este principio. En estos ejemplos podemos advertir el vínculo que une a la nación en su sentido étnico con la lengua, pues el origen que estas referencias tienen en cuenta no es territorial, sino lingüístico.
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modifica la significación del vocablo nación y le otorga una dimensión política, por lo que se lo considera “como una idea-fuerza de carácter mítico” (Hubeñak, 2010, p. 14), es decir, una entidad abstracta determinada por el concepto de soberanía: la nación se distingue por su soberanía en relación con lo extranjero.
Con el movimiento romántico –precisamente con el filósofo alemán Herder (1784-1791)– la patria se convierte prácticamente en sinónimo de nación, esta última entendida como característica histórica supraindividual, es decir, la cultura y la vida espiritual de un pueblo. Según la perspectiva del romanticismo germano, la nación – concebida como una creación natural– se funda sobre la historia, la lengua, la religión, la literatura, el arte y la ciencia de un pueblo. Y, precisamente, la lengua nacional constituye el medio para mantener el contacto con la cultura de la nación. De esta manera nace el concepto de nacionalismo, que indica la tendencia político-cultural e ideológica a la consolidación de la cultura nacional, la cual debe ser protegida del cosmopolitismo y la asimilación cultural (Viroli, 2001). Si la cultura es una entidad natural –sostiene Herder– , es necesario proteger la pureza y la legitimidad de la cultura nacional para respetar el propósito de la naturaleza. Este autor plantea una concepción que, creemos, bien podría aplicarse al sentimiento patriótico de época fascista: “morir por la patria es dulce y honorable”, evocando las palabras del poeta Horacio. Asimismo, ya no es importante si la patria es una república o una monarquía “dove governano la legge e i molti, o una monarchia dove governano la legge e uno solo, se chi regge agisce come padre o madre
di un popolo felice”7 (Viroli, 2001, p. 112). Esto significa que, para Herder, no interesa
la forma de gobierno, sino la unidad espiritual del pueblo, edificada en torno a una misma lengua.
El lenguaje del patriotismo recibe un nuevo elemento nacionalista de la mano de otro alemán, Fichte (1808/1984), quien niega que el amor por la patria sea amor por la libertad política y civil, sino amor por la propia comunidad, dentro de la cual los individuos comparten una misma cultura y son capaces de lograr la libertad espiritual. Para Fichte, la misión del patriota de definir la identidad nacional de un pueblo es mucho más compleja que la del nacionalista. Si bien ambos se basan en las memorias compartidas (cuáles son los momentos de la historia nacional que deben ser recordados y cuáles olvidados), el patriota debe formar a los ciudadanos de una determinada nación.
7 Donde gobierna la ley y todos, o una monarquía donde gobierna la ley y uno solo, si quien reina actúa como padre o madre de un pueblo feliz.
De este modo, parafraseando al historiador francés Jules Michelet (1846, citado en Viroli, 2001), la política debe imponerse la tarea de crear un orden social en el cual los ciudadanos, educados desde niños en la idea del sacrificio, no solo persiguen sus intereses individuales, sino también el bien común. Para que los individuos amen a su patria – continúa Michelet–, deben asociar a esa palabra imágenes vivas, tales como monumentos nacionales, desfiles militares y concentraciones masivas para celebrar las fiestas nacionales.
En opinión de un intelectual democrático como Giuseppe Mazzini, el patriotismo significaba amor por la libertad y el respeto por los distintos pueblos. En efecto, a comienzos del siglo XIX, la perspectiva de Mazzini en relación con la patria difiere netamente de la postura alemana: la patria no equivale a la nación de Herder; es una asociación democrática formada por individuos iguales y libres, en pleno respeto por la libertad de los demás pueblos, que trabaja con un fin único (Viroli, 2001). Sin embargo, Mazzini reconoce la trascendencia de la nación, por cuanto el ideal de la república solo es posible si se combina con los valores culturales de la nación. El patriota italiano distingue el nacionalismo del principio de nacionalidad (Rosati, 2000), según el cual, si se abandona el principio de libertad de todos los individuos, el valor de la nacionalidad degenera en un nacionalismo mezquino, propio de un gobierno ilegítimo e injusto.
A pesar de esos intentos por recuperar el patriotismo republicano, el peso de las monarquías en Europa –así como también en Italia– permite que el nacionalismo se imponga sobre el amor a la patria. Esta situación se acentúa aún más hacia fines del siglo XIX, cuando –en plena época del imperialismo– el lenguaje del nacionalismo termina por absorber completamente el ideal de la patria y transformar su contenido. Así, por ejemplo, la forma de gobierno deja de ser el tema esencial del patriotismo, el cual refuta el principio republicano que identifica la patria con la república autogobernada y se desplaza hacia la unidad espiritual del pueblo. De la misma manera, patria y patriotismo adquieren connotaciones tales como la unidad cultural y étnica y la pureza lingüística y racial de la mano de la derecha conservadora, mientras que la izquierda se inclina hacia el pacifismo y el internacionalismo.
Para encontrar nuevamente una distinción entre patria y nación, patriotismo y nacionalismo, debemos esperar al período de los fascismos europeos, entre las dos guerras mundiales. A modo de ejemplo, durante el fascismo italiano, algunos intelectuales antifascistas –entre los cuales destacamos a Carlo Rosselli (2008)– plantean la separación entre patriotismo y nacionalismo: mientras el primer concepto volvía a recuperar el ideal
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de libertad mazziniano, basado en el respeto de los derechos de los demás pueblos, el segundo estaba asociado con la política de expansión realizada por los regímenes reaccionarios (Viroli, 2001). De este modo, ambas concepciones se incorporaban al conflicto político e ideológico que enfrentaba al fascismo con sus detractores. Si, por una parte, los fascistas exaltaban la nación italiana, los antifascistas también se presentaban como defensores de la nación, si bien la concebían como una nación libre, abierta al mundo, comprometida con la dignidad del hombre, la justicia, la libertad, la cultura y el trabajo.8
En lo que respecta al Estado, si bien el vocablo –derivado del latín status, condición de ser– adquiere un significado político a partir del siglo XII9, coincidimos con Norberto Bobbio (1985/1989) al afirmar que se trata de un concepto generalizado a partir de su empleo en El Príncipe de Maquiavelo, el cual se refiere a la organización política, económica y cultural de un grupo de individuos que habitan un territorio. Con el correr del tiempo, el Estado reafirma dos de sus elementos fundamentales –el pueblo, en cuanto unidad de individuos que comparten objetivos e intereses, y el territorio, concebido como una unidad geográfica con límites definidos– y adquiere otros atributos, tales como el poder político, la soberanía y las leyes. Es justamente en la época del absolutismo monárquico cuando autores como Jean Bodin y Thomas Hobbes vinculan la legalidad del poder del Estado con la monarquía. En efecto, en su Leviatán (1651/2005), Hobbes afirma que
ese gran Leviatán que llamamos república o Estado (en latín civitas) que no es sino un hombre artificial, aunque de mayor estatura y robustez que el natural para cuya protección y defensa fue instituido; y en el cual la soberanía es un alma artificial que da vida y movimiento al cuerpo entero; los magistrados y otros funcionarios de la judicatura y ejecución, nexos artificiales; la recompensa y el castigo (mediante los cuales cada nexo y cada miembro vinculado a la sede de la soberanía es inducido a ejecutar su deber) son los nervios que hacen lo mismo en el cuerpo natural; la riqueza y la abundancia de todos los miembros particulares constituyen su potencia;
8 En este mismo capítulo analizaremos de qué modo se interpretan patria y nación durante la época fascista.
9 En la antigua Roma, el término “Estado” hacía referencia a la posición jurídica de un individuo en relación con la ciudad (status civitatis, que diferenciaba a los ciudadanos de los extranjeros), la libertad (status libertaris, que distinguía al hombre libre del esclavo) y la familia (status familiae, los derechos y deberes en función de lo que estaba o no bajo el poder del paterfamilias), según sostiene Hubeñak (2010).