• No se han encontrado resultados

Capítulo III. Práctica de la conformidad con la voluntad de Dios

10. En la privación de las gracias exteriores

Debemos practicar la conformidad con la voluntad de Dios en la privación de los medios de salvación externos o sensibles que quiera retirarnos. Por ejemplo, os veis privados de un director o un amigo que os dirige y anima. Os parece que, sin su ayuda no podéis sosteneros. Y, en efecto, algo hay de verdad en esto que sentís, y es que realmente sois incapaces de caminar solos; os es indispensable una ayuda y por ello os fue concedido ese prudente director, o ese amigo. Pero ¿es que Dios te ama menos ahora de lo que te amó cuando te hizo ese don? ¿Acaso no es ya tu Padre? ¿Y un Padre como Él, abandona a sus hijos? Es verdad que el guía que echas de menos te ha conducido felizmente por el camino que has recorrido. Pero ¿sabes si era el adecuado para conducirte por el trecho a recorrer aún para llegar a donde se te llama? Jesucristo, nuestro divino Maestro ha dicho de Sí mismo a los Apóstoles: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Abogado no vendrá a

vosotros; pero si me fuere, os lo enviare[62]. Visto esto, ¿quién se atreverá a decir que

no es mejor verse privado de un director, o de un amigo, por excelente y por santo que fuera? «Pero —me diréis—, es que ignoro si esto ha sido un castigo a causa de mis infidelidades». Admitido. ¡Pues bien!, no olvidéis que los castigos de un padre, para los hijos dóciles, vienen a ser remedios saludables. ¿Queréis desarmar el brazo del Padre celestial, tocar su corazón, obligarle incluso a colmaros de nuevas gracias? Aceptad su castigo y en precio de vuestro confiado abandono a su voluntad, suscitará a alguien que os haga avanzar más de lo que hasta ahora, o este Dios de bondad se dignará de conduciros Él mismo y os enviará su Espíritu Santo como a sus apóstoles, su luz iluminará vuestros pasos y la unción de su gracia os fortalecerá admirablemente.

Otro ejemplo: Vuestra vida está consagrada enteramente a la piedad, por ejercicios que vienen a ser como el alimento de vuestra alma. Pero una enfermedad viene a romper la cadena de prácticas piadosas que os habéis impuesto; ya no podéis asistir a la santa Misa, ni siquiera los domingos; estáis privados del alimento sagrado de la Comunión y pronto vuestro estado de debilidad os impedirá hasta la oración. Alma piadosa, no os quejéis. Estás llamado al honor de alimentar tu alma participando con Jesucristo mismo, de un alimento que tal vez no

conoces, pero cuyo uso hará de tu enfermedad un medio poderoso de santificación. Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió[63]. Es este mismo alimento el que

os es presentado. Y advertid que solo por él se os da la vida eterna. Incluso la misma oración es ineficaz si no es vivificada por este saludable alimento, como nuestro divino Maestro lo dijo en aquel pasaje del santo Evangelio: No todo el que

dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre[64]. Luego ya lo sabéis, es Dios quien os reduce al estado en que estáis, es Él

quien os dispensa de sus prácticas de piedad o más aún quien os las prohíbe. Así, pues, no os inquietéis, sino poned todo el cuidado porque Él espera de vosotros que os ejercitéis, a cambio, en cumplir mejor su voluntad, renunciando a la vuestra; y del modo como hagáis de este ejercicio vuestro principal alimento, os será dado más a menudo. En efecto, ¡cuántas contrariedades, cuántos sacrificios no impone la enfermedad! Destruye proyectos, ocasiona gastos, medicamentos con mal sabor o que repugnan, negligencias por parte de quienes os cuidan… en fin, una multitud de pequeños detalles que llegan a herir. ¡Cuántas ocasiones para decir: es Dios quien lo quiere, hágase su voluntad! Poned todo vuestro cuidado en no dejar escapar ninguna de estas ocasiones y estaréis al nivel de las almas más queridas de Jesús: Porque quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está

en los cielos, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre[65].

Aún otro ejemplo: Se acerca una de nuestras grandes solemnidades; lo disponéis todo lo mejor posible y ya os sentís animados por un fervor que parece un anuncio del gozo, de las consolaciones que recibiréis en ese hermoso día. Sin embargo, llega el día y no sois el mismo: a los sentimientos que habíais experimentado sigue una desoladora aspereza; sois incapaces de tener un buen pensamiento. Guardaos de entristeceros por esta situación; guardaos de hacer esfuerzos por salir de ese estado. Es el mismo Dios quien os ha puesto en él y

sabéis que de su parte no viene nada que no sea bueno y que no reparte grandes ventajas a cualquiera que no lo reciba con sumisión. Aceptad, pues, esta situación de su mano. Y en cuanto sea posible, manteneos recogidos en su presencia, sometiéndoos a Él como un enfermo lo hace con su médico, sometiéndose a su acción en espera de la curación que espera conseguir de sus cuidados. Y estad seguros de que jamás habrá ninguna consolación tan provechosa como esta aspereza soportada apaciblemente, con espíritu de conformidad a la voluntad divina. No es, en efecto, lo que experimentamos lo que nos dispone a las gracias de Dios; lo que nos dispone en el acto de nuestra voluntad, y esto no se siente. Puede que vaya acompañado de cierta cosa sensible, pero este sentimiento no añade nada a su mérito a los ojos de Dios, como tampoco le quita nada la ausencia de sentimiento o incluso la presencia de sentimientos opuestos que lo contradigan.

Así, pues, penetraos de esta verdad: la oración no tiene necesidad de ser sentida para ser eficaz, pues consiste únicamente en el movimiento de la voluntad hacia Dios, movimiento que por su naturaleza, no tiene nada de sensible. Añado que esto también es una operación de Dios sobre el alma. Se la puede comparar a los efectos que produce en nosotros el alimento corporal: así como la eficacia de este alimento terrestre se extiende por nuestros miembros, para repararlos y fortificarlos, sin advertir ninguna sensación de este desparramamiento saludable; así también Jesucristo, alimento celestial que nos es dado por manjar espiritual, opera secretamente en nuestras almas. Pero el mal está en que se quiere sentir todo. Desde el momento en que no se prueba nada sensible, nada que satisfaga, uno se desanima, o bien, mediante muchas oraciones producidas con gran contención de espíritu, con penosos esfuerzos, busca expresar en sí mismo algo que le tranquilice; y estos esfuerzos lejos de disponerle mejor a la acción de la gracia, le ponen obstáculo en tanto que ocupan o agitan demasiado nuestro interior.

Se cuenta que habiendo pedido un día santa Catalina de Siena a Nuestro Señor, que con tanta frecuencia se comunicaba a los patriarcas, a los profetas y a los primeros cristianos, por qué las divinas comunicaciones eran más raras en su tiempo, Nuestros Señor le contestó que era porque estos grandes servidores de Dios, desocupados y vacíos de la estima de sí mismos, venían a Él como discípulos fieles, estando a la espera de sus divinas inspiraciones, dejándose poner en obra como el oro en el crisol o pintar de su mano como una tela bien preparada, y dejándole escribir en su corazón su ley de amor; mientras que los cristianos de su tiempo obraban como si Él no les viera, ni oyera, queriendo hacer y hablar solos y estando de este modo tan ocupados y agitados, que no le dejaban operar en ellos. Notad que ya este divino Salvador nos había querido inmunizar contra este exceso en su santo Evangelio: Y orando, no seáis habladores, como los gentiles, que piensan

ser escuchados por su mucho hablar. No os asemejéis a ellos, porque vuestro Padre conoce las cosas de que tenéis necesidad antes que se las pidáis[66].

Documento similar