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Capítulo III. Práctica de la conformidad con la voluntad de Dios

14. Resumen y conclusión de este capítulo

Esta sumisión, esta conformidad en todas las cosas a su voluntad es tan agradable a Dios que obtuvo para el rey David el honor de ser llamado «un hombre según su corazón». He hallado a David, hijo de Jesé, varón según mi corazón, que hará

en todo mi voluntad[68]. Es que David estaba tan sumiso a las órdenes de la

Providencia que tenía siempre dispuesto el corazón a recibir igualmente toda clase de impresiones de la mano de Dios, como la cera blanda está dispuesta a recibir la figura que se le quiera imprimir. ¡Pronto está mi corazón, oh Dios! Pronto está mi

corazón[69]. «¿Por qué —pregunta san Bernardo— profiere David dos veces estas

palabras: Pronto está mi corazón?». «Por esta repetición —responde el santo Doctor—, David quiere decir que está presto, dispuesto a recibir las cosas desagradables como las prosperidades, las humillaciones como los honores, que está presto a todo lo que Dios quiera». Entremos nosotros también, resueltamente, en una disposición que alegra el corazón de nuestro Padre celestial y que, atrayendo sobre nosotros sus divinas complacencias, hará nuestra santificación, será para nosotros una fuente de paz y de alegría en este mundo y la prenda de la eterna felicidad en el otro.

Con este fin y a propósito, nos haremos familiares algunas frases señaladas de la Sagrada Escritura, donde brilla de modo más expresivo, esta conformidad con la voluntad de Dios. ¿Diremos por ejemplo con el Apóstol: Señor, qué queréis que

haga[70]?, heme aquí dispuesto a cumplir todas tu voluntades. O con David: Heme

resistencia; soy vuestro, disponed de mí según vuestro placer. Ha bajado del cielo no

para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió[71]. Y en otro lugar dice

Jesús también: Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra[72].

Que a ejemplo de este divino modelo, nuestro alimento sea el cumplimiento de su santa voluntad: Sí, Padre, que así, sea, porque te plugo de tal modo[73]. Hágase tu

voluntad así en la tierra como en el cielo[74]. Nuestro Señor recomendó a santa

Catalina a Génova detenerse especialmente en estas palabras cuando recitaba el «Padrenuestro». Debemos hacer lo mismo y rogar a menudo a Dios para que se cumpla aquí abajo su santa voluntad con la misma perfección y por los mismos motivos que aportan los Santos en su cumplimiento allá en el cielo, que se cumpla en nosotros y generalmente en todas las creaturas. Esta era la oración habitual de san Pacomio. Cuando sintamos alguna dificultad en obedecer a Dios o que notemos surgir en nosotros alguna protesta, digamos con David: Y bien alma mía, ¿no vas a someterte al Señor? De Él has recibido todos los bienes, es Él quien dispone todas las cosas para tu salud; ¡oh!, no, no le resistiré, obedeceré sus mandatos, pues Él es mi Dios y mi Salvador; y si la naturaleza rechaza lo que Él ordena, Él mismo será mi fuerza para ayudarme a vencerla. Digamos con nuestro Señor durante su agonía: Padre mío…, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya[75]. «Estas palabras de nuestro divino Jefe

—dice san León Magno—, son la salvación de todo su Cuerpo Místico, la santa Iglesia: estas palabras han instruido a todos los fieles, animado a todos los confesores, coronado a todos los mártires. Que aprendan estas divinas palabras todos los hijos de la Iglesia comprados a tan elevado precio, justificados sin ningún mérito de su parte; y cuando sean asaltados por alguna violenta tentación, que se sirvan de ellas como defensa segura, entonces superarán los terrores de la naturaleza y sufrirán con valor la tribulación». Con este espíritu de conformidad a la voluntad divina hemos de recibir, no sólo los accidentes que nos sobrevengan, sino también todas las penas y combates interiores que nos cueste esta resignación, porque Dios quiere que los probemos para su gloria y para nuestra propia ventaja.

Señalemos aquí, respecto a estas dificultades que encontramos en someternos a la voluntad divina, que incluso cuando nuestra propia voluntad está firmemente decidida a esta sumisión y que ella se somete efectivamente, nuestro espíritu a pesar de todo, ganado por la inclinación natural, se pone a razonar y a discurrir sobre los acontecimientos que nos suceden o que puedan suceder. Dirá, por ejemplo: si ahora me portara mejor, o bien, si cayera enfermo, si se me diera tal o cual empleo, si se me mandara a tal o cual casa, si me sucediera tal o cual cosa, esto sería bueno o malo para mí; esto favorecería o contrariaría el plan que me he formado, podría hacer así o asá, según mi voluntad, etc. De este modo la naturaleza busca al menos darse la satisfacción de pensar en los acontecimientos y entretenerse en ellos. Pero también hay que cercenar este resto de corrupción natural, y del mismo modo que por amor de Dios hemos prohibido a nuestra voluntad el uso de su libertad, de resistir y escoger, por el mismo motivo hemos de rechazar a nuestra razón la libertad de discurrir y juzgar. Confiémonos para todas

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