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El Confiado Abandono en La Divina Providencia - San Claudio de Colombiere and Jean Baptiste Saint-Jure

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Index

Índice

4

Primera parte

6

Jean Baptiste Saint-Jure 7

Capítulo I. La voluntad de Dios ha hecho y gobierna todas las cosas 8 1. Dios regula todos los acontecimientos, buenos o malos 9 ¿Cómo puede Dios querer o permitir los acontecimientos malos? 10

Ejemplos prácticos 12

2. Dios hace todas las cosas con suprema sabiduría 13 Incluso las pruebas y los castigos son beneficios de Dios, signos de su

misericordia 15

Las pruebas son siempre proporcionadas a nuestras fuerzas 16 Capítulo II. Grandes ventajas que el hombre percibe de una entera conformidad

con la voluntad divina 17

1. Por esta conformidad el hombre se santifica 17 2. La conformidad a la voluntad de Dios hace al hombre feliz desde esta vida 19

3. Historia del P. Taulère 21

Capítulo III. Práctica de la conformidad con la voluntad de Dios 25

1. En las cosas y acontecimientos naturales 25

2. En las calamidades públicas 26

3. En las dificultades y cuidados domésticos 28

4. En los reveses de fortuna 29

5. En la pobreza y sus circunstancias 30

6. En las adversidades y humillaciones 32

7. En los defectos naturales 33

8. En las enfermedades y debilidades 34

9. En la muerte y sus circunstancias 35

10. En la privación de las gracias exteriores 36

11. En las consecuencias de nuestros pecados 38

12. En las penas interiores 39

13. En las virtudes y favores espirituales 41

14. Resumen y conclusión de este capítulo 42

Segunda parte

45

(3)

Capítulo I. Verdades consoladoras 47

1. Confiemos en la sabiduría de Dios 47

2. Cuando Dios nos prueba 49

3. Arrojarse en los brazos de Dios 50

4. Práctica del abandono confiado 51

Capítulo II. Las adversidades son útiles a los justos, necesarias a los pecadores 54

1. Hay que confiar en la Providencia 54

2. Ventajas inesperadas de las pruebas 56

3. Ocasiones de méritos y de salvación 57

Capítulo III. Recurso a la oración 58

1. Para obtener bienes 58

2. Para apartar los males 59

3. No se pide bastante 60

4. Perseverancia en la oración 61

5. Una confianza obstinada 62

Capítulo IV. Ejercicio particular de conformidad con la divina Providencia 64

1. Actos de fe, de esperanza y de caridad 64

2. Acto de filial abandono a la Providencia 65

3. Utilidad de este ejercicio 65

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Table of Contents

Índice Primera parte Jean Baptiste Saint-Jure Capítulo I. La voluntad de Dios ha hecho y gobierna todas las cosas 1. Dios regula todos los acontecimientos, buenos o malos ¿Cómo puede Dios querer o permitir los acontecimientos malos? Ejemplos prácticos 2. Dios hace todas las cosas con suprema sabiduría

Incluso las pruebas y los castigos son beneficios de Dios, signos de su misericordia

Las pruebas son siempre proporcionadas a nuestras fuerzas

Capítulo II. Grandes ventajas que el hombre percibe de una entera conformidad con la voluntad divina 1. Por esta conformidad el hombre se santifica 2. La conformidad a la voluntad de Dios hace al hombre feliz desde esta vida 3. Historia del P. Taulère Capítulo III. Práctica de la conformidad con la voluntad de Dios 1. En las cosas y acontecimientos naturales 2. En las calamidades públicas 3. En las dificultades y cuidados domésticos 4. En los reveses de fortuna 5. En la pobreza y sus circunstancias 6. En las adversidades y humillaciones 7. En los defectos naturales 8. En las enfermedades y debilidades 9. En la muerte y sus circunstancias 10. En la privación de las gracias exteriores 11. En las consecuencias de nuestros pecados 12. En las penas interiores 13. En las virtudes y favores espirituales 14. Resumen y conclusión de este capítulo Segunda parte San Claudio de la Colombiére Capítulo I. Verdades consoladoras 1. Confiemos en la sabiduría de Dios 2. Cuando Dios nos prueba 3. Arrojarse en los brazos de Dios 4. Práctica del abandono confiado Capítulo II. Las adversidades son útiles a los justos, necesarias a los pecadores 1. Hay que confiar en la Providencia 2. Ventajas inesperadas de las pruebas

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3. Ocasiones de méritos y de salvación Capítulo III. Recurso a la oración 1. Para obtener bienes 2. Para apartar los males 3. No se pide bastante 4. Perseverancia en la oración 5. Una confianza obstinada Capítulo IV. Ejercicio particular de conformidad con la divina Providencia 1. Actos de fe, de esperanza y de caridad 2. Acto de filial abandono a la Providencia 3. Utilidad de este ejercicio Notas

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Jean Baptiste Saint-Jure y San Claudio de la Colombiére

El confiado abandono en la divina

Providencia

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Título original: De la connaissance et de l’amour du Fils de Dieu, Notre-Seigneur Jesus-Christ (extracto) Jean Baptiste Saint-Jure y San Claudio de la Colombiére © de esta edición, Club del Lector, 2014 Traducción: Ricardo Regidor Diseño de portada: José María Vizcaíno Todos los derechos reservados. No se permite la reproducción de ninguna parte de este libro sin el permiso por escrito del editor.

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Índice

Primera parte Jean Baptiste Saint-Jure Capítulo I. La voluntad de Dios ha hecho y gobierna todas las cosas 1. Dios regula todos los acontecimientos, buenos o malos ¿Cómo puede Dios querer o permitir los acontecimientos malos? Ejemplos prácticos 2. Dios hace todas las cosas con suprema sabiduría Incluso las pruebas y los castigos son beneficios de Dios, signos de su misericordia Las pruebas son siempre proporcionadas a nuestras fuerzas Capítulo II. Grandes ventajas que el hombre percibe de una entera conformidad con la voluntad divina 1. Por esta conformidad el hombre se santifica 2. La conformidad a la voluntad de Dios hace al hombre feliz desde esta vida 3. Historia del P. Taulère Capítulo III. Práctica de la conformidad con la voluntad de Dios 1. En las cosas y acontecimientos naturales 2. En las calamidades públicas 3. En las dificultades y cuidados domésticos 4. En los reveses de fortuna 5. En la pobreza y sus circunstancias 6. En las adversidades y humillaciones 7. En los defectos naturales 8. En las enfermedades y debilidades 9. En la muerte y sus circunstancias 10. En la privación de las gracias exteriores 11. En las consecuencias de nuestros pecados 12. En las penas interiores 13. En las virtudes y favores espirituales 14. Resumen y conclusión de este capítulo Segunda parte San Claudio de la Colombiére Capítulo I. Verdades consoladoras 1. Confiemos en la sabiduría de Dios 2. Cuando Dios nos prueba 3. Arrojarse en los brazos de Dios 4. Práctica del abandono confiado Capítulo II. Las adversidades son útiles a los justos, necesarias a los pecadores

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1. Hay que confiar en la Providencia 2. Ventajas inesperadas de las pruebas 3. Ocasiones de méritos y de salvación Capítulo III. Recurso a la oración 1. Para obtener bienes 2. Para apartar los males 3. No se pide bastante 4. Perseverancia en la oración 5. Una confianza obstinada Capítulo IV. Ejercicio particular de conformidad con la divina Providencia 1. Actos de fe, de esperanza y de caridad 2. Acto de filial abandono a la Providencia 3. Utilidad de este ejercicio Notas

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Jean Baptiste Saint-Jure

Este texto sobre la divina Providencia ha sido extraído, casi textualmente, de la gran obra del famoso maestro de espiritualidad, el sacerdote jesuita francés Jean Baptiste Saint-Jure (1588-1657), «Del conocimiento y del amor del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo», que hizo las delicias y fue como el manual de ascética del santo Cura de Ars.

Jean Baptiste nació en la ciudad de Metz en 1588. Entró como novicio de la Compañía de Jesús en Nancy en 1604. Fundó un centro de enseñanza en Alençon, del que fue el primer rector. Más adelante, fue rector de otros centros en Amiens, Orleans y París. Es conocido por haber sido el director espiritual, junto con el sacerdote jesuita Jean-Joseph Surin, de la célebre hermana Jeanne des Anges, después de ser liberada de los demonios que la poseían y con quien intercambió una voluminosa correspondencia. También fue director espiritual de Gastón de Renty. Murió en París el 3 de abril de 1657.

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Capítulo I. La voluntad de Dios ha hecho y gobierna

todas las cosas

Escribiendo sobre la voluntad de Dios, santo Tomás enseña, siguiendo a san Agustín, que ella es la razón, la causa de todo cuanto existe[1]. En efecto: «El Señor

—dice el Salmista— hace cuanto quiere en los cielos, en la tierra, en el mar y en todos los abismos[2]». También está escrito en el libro del Apocalipsis: «Digno

eres, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque Tú creaste todas las cosas y por tu voluntad existen y fueron creadas[3]». La voluntad

divina ha creado los cielos de la nada, con todos sus habitantes y magnificencias, la tierra con lo que ella lleva en su superficie y encierra en su seno; en una palabra, todas las criaturas visibles e invisibles, animadas e inanimadas, racionales e irracionales, desde la más elevada hasta la más ínfima.

Pues, si el Señor ha hecho todas estas cosas, como dice el apóstol san Pablo,

conforme al consejo de su voluntad[4], ¿no es soberanamente justo y razonable, e

incluso absolutamente necesario, que sean conservadas y gobernadas por Él, siguiendo el consejo de esta misma voluntad? Y de hecho: ¿Cómo podría nada

subsistir —dice el Sabio—, si Tú no quisieras, o cómo podría conservarse sin Ti[5]?

Sin embargo, las obras de Dios son perfectas, está escrito en el cántico de Moisés[6]. Están tan acabadas que el mismo Señor, cuya censura es rigurosa y su

juicio formado de rectitud, ha constatado, al fin de la creación, que era muy bueno

cuanto había hecho[7]. Pero es evidente que Él, que con la sabiduría fundó la tierra y

con la inteligencia consolidó los cielos[8], pondría la misma perfección en el

gobierno que en la formación de sus obras. También, como no tiene a mal recordárnoslo, su Providencia cuida de todas las cosas[9], todo lo dispone con medida,

número y peso[10], y todo con justicia y misericordia[11]. Pues, ¿quién podrá decirle:

Qué es lo que haces[12]? Él asigna a sus criaturas el fin que quiere, y escoge para

conducirlas los medios que le placen, no puede menos de asignarles un fin inteligente y bueno, ni dirigirles hacia este fin más que por medios igualmente sabios y buenos.

No seáis insensatos, dice el Apóstol, sino entendidos de cuál es la voluntad de Dios[13]; para que cumpliendo su voluntad, alcancéis la promesa[14]; es decir, la

dicha eterna, pues está escrito: el mundo pasa, y también sus concupiscencias; pero el

que hace la voluntad de Dios permanece para siempre[15].

1. Dios regula todos los acontecimientos, buenos o

malos

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No, nada pasa en el universo que Dios no lo quiera, que Él no lo permita. Y esto se ha de entender de todas las cosas, excepto del pecado. «Nada —enseñan unánimemente los santos Padres y Doctores de la Iglesia con san Agustín—, nada sucede por azar en el curso de toda nuestra vida; Dios interviene en todo».

Yo soy el Señor —dice Él mismo por boca del profeta Isaías—, no hay ningún

otro. Yo formo la luz y creo las tinieblas, yo doy la paz y creo la desdicha; soy yo, el Señor, quien hace todo esto[16]. Soy yo —había dicho antes por Moisés—, yo doy la

vida, yo doy la muerte, yo hiero y yo sano[17]. El Señor da la muerte y la vida —se dice

también en el cántico de Ana, madre de Samuel—, hace bajar al sepulcro y subir de

él; a uno empobrece o enriquece, humilla o exalta[18]. ¿Habrá en la ciudad —dice el

profeta Amos— calamidad cuyo autor no sea el Señor[19]? Sí —proclama el Sabio—,

los bienes y los males, la vida y la muerte, la pobreza y la riqueza, vienen del Señor[20].

Así en cien lugares más.

Tal vez digáis que si esto es verdad en ciertos casos necesarios, como las enfermedades, la muerte, el frío, el calor y otros accidentes producidos por las causas naturales, desprovistas de libertad, no será lo mismo cuando se trate de cosas que provienen de la propia libertad del hombre. Pues, me diréis, si alguien habla mal de mí, si me arrebata los bienes, me hiere, me persigue, ¿cómo puedo atribuir esta conducta a la voluntad de Dios que, lejos de querer que se me trate de tal modo, lo prohíbe por el contrario severamente? Luego, no se puede atribuir más que a la voluntad del hombre, a su ignorancia o a su malicia. Esta será vuestra conclusión. Este es, en efecto, el último reducto que buscamos para protegernos, para eludir los golpes administrados por la mano del Señor, y excusar una falta de valor y de sumisión. En vano —respondo yo— pensáis escudaros en este razonamiento, para libraros del abandono a la Providencia; pues Dios mismo lo ha refutado, y nosotros debemos creer, según su palabra, que en este tipo de acontecimientos como en los demás, nada sucede sin su querer o permisión. Escuchad un momento.

Dios quiere castigar el homicidio y el adulterio de David, y he aquí cómo se expresa por boca del profeta Natán: ¿Cómo, pues, menospreciando al Señor, has

hecho lo que es malo a sus ojos? Has herido a espada a Urías, el hitita; tomaste por mujer a su mujer, y a él le mataste con la espada de los hijos de Ammán. Por eso no se apartará ya de tu casa la espada, por haberme menospreciado, tomando por mujer a la mujer de Urías, el hitita. Así dice el Señor: Yo haré surgir el mal contra ti de tu misma casa, y tomaré ante tus mismos ojos tus mujeres, y se las daré a otro, que yacerá con ellas a la cara misma de este sol; porque tú has obrado ocultamente, pero yo haré esto a la presencia de todo Israel y a la cara del sol[21].

Más tarde, habiendo ultrajado los judíos gravemente al Señor con sus iniquidades y provocado su justicia, dijo: ¡Ay de ti, Asur es la vara de mi cólera y de

mi furor! Yo le mandé contra una gente impía le envié contra el pueblo objeto de mi furor, para que saquease e hiciera de él su botín y les pisase como se pisa el polvo de las calles[22].

Y bien, ¿podía declararse más abiertamente, el Señor, como autor de los males que Absalón hizo sufrir a su padre y el rey de Asiria a los judíos? Sería fácil citar

(15)

otros ejemplos; pero estos bastarán.

Concluyamos, pues, con san Agustín: «Todo lo que nos sucede aquí abajo contra nuestra voluntad (ya provenga de los hombres o de otro origen), no nos sucede más que por voluntad de Dios, por los designios de su providencia, por sus órdenes y bajo su dirección; y si, por la debilidad de nuestro espíritu, no llegamos a comprender la razón de tal o cual acontecimiento, atribuyámoslo a la divina Providencia, rindámosle este honor de recibirlo de su mano, creamos firmemente que no nos lo envía sin alguna razón».

Respondiendo a las quejas y a las murmuraciones de los judíos, que atribuían su cautividad y sus sufrimientos a la mala fortuna y a otras causas distintas de la justa voluntad de Dios, el profeta Jeremías les respondió: ¿Quién podrá decir que

una cosa sucede sin que lo disponga el Señor? ¿No es de la voluntad del Altísimo de donde proceden los males y los bienes? ¿Por qué, pues, ha de lamentarse el viviente? Laméntese más bien cada uno de sus pecados. Escudriñemos nuestros caminos, examinémoslos y convirtámonos al Altísimo. Alcemos nuestro corazón y nuestras manos a Dios, que está en tos cielos: hemos pecado, hemos sido rebeldes y no nos perdonaste[23]. ¿Estas palabras no son acaso bastante claras?

Debemos aprovecharnos de ellas. Cuidemos de atribuirlo todo a la voluntad de Dios y creamos de buen grado que todo es conducido por su mano paternal.

¿Cómo puede Dios querer o permitir los

acontecimientos malos?

Sin embargo, tal vez diréis aún: hay pecado en todas estas acciones; ¿cómo puede Dios quererlas y tomar parte en ellas, Él que, siendo la misma Santidad, no puede tener nada en común con el pecado?

En efecto, Dios no es ni puede ser el autor del pecado. Pero no olvidemos nunca que en todo pecado, como dicen los teólogos, hay que distinguir dos partes: una

natural y otra moral. Así, en el acto del hombre del cual creéis que debéis quejaros,

hay, por ejemplo, el movimiento del brazo que os golpea, de la lengua que os injuria, y el movimiento de la voluntad que se aparta de la recta razón y de la ley divina. Pero el acto físico del brazo o de la lengua, como todas las cosas naturales, es muy bueno en sí mismo, y nada impide que sea producido con y por el concurso de Dios. Lo que es malo, aquello a lo que Dios no puede contribuir, y de lo que no puede ser autor, es de la intención defectuosa, desordenada, que la voluntad del hombre aporta al mismo acto.

El caminar de un cojo, en tanto que movimiento, proviene a la vez, es verdad, del alma y de la pierna; pero el defecto que obliga a este caminar vicioso no proviene más que de la pierna. Del mismo modo, todas las acciones malas deben

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ser atribuidas a Dios y al hombre en cuanto son actos físicos, naturales; pero solo atribuibles a la voluntad del hombre en cuanto son desordenadas, culpables.

Si alguien, pues, os golpea o habla mal de vosotros, este movimiento del brazo o de la lengua, no siendo en sí mismo un pecado, puede ser Dios, y es efectivamente su autor; pues el hombre, como cualquier otra criatura no posee la existencia ni el movimiento por sí mismo, sino que Dios obra en él y por él: pues es en Él que

vivimos, nos movemos y existimos, dice san Pablo[24]. En cuanto a la malicia de la

intención, es toda del hombre; y es sólo ahí que se encuentra el pecado, en el cual Dios no toma parte alguna, pero que sin embargo permite, para no atentar al libre albedrío.

Además, cuando Dios concurre con el que os golpea u os roba vuestros haberes, quiere privaros sin duda de esta salud o de estos bienes, de los que estáis abusando y que hubieran causado la ruina de vuestra alma; pero no quiere de ningún modo que el bruto o el ladrón los arrebaten por un pecado. Este no es en ningún caso el designio de Dios, no es otra cosa que la maldad del hombre.

Un ejemplo podrá hacerlo todo más comprensible. Un criminal, por un juicio justo, es condenado a muerte. Pero el verdugo resulta ser enemigo personal de este desgraciado, y en lugar de ejecutar la sentencia del juez sólo por obligación, lo hace por espíritu de venganza y de odio… ¿No es evidente que el juez no participa en ningún modo en el pecado del ejecutor? La voluntad, la intención del juez, no es que se cometa este pecado, sino que se cumpla la justicia y el criminal sea castigado.

Del mismo modo, Dios no participa de ninguna manera en la maldad de este hombre que os hiere o que os roba: es algo exclusivo del hombre por completo. Dios quiere, hemos dicho, corregirnos, humillarnos o despojarnos de nuestros bienes, para emanciparnos del vicio y conducirnos a la virtud; pero este designio de bondad y de misericordia, que podría ejecutar por mil medios distintos de los cuales ninguno sería pecado, no tiene nada en común con el hombre que le sirve de instrumento. Y, de hecho, no es su mala intención, su pecado lo que os hace sufrir, humilla o empobrece; es la pérdida, la privación de vuestro buen nombre, de vuestro honor o de vuestros bienes temporales. El pecado no daña más que al culpable. Por esto, debemos separar lo bueno de lo malo, en esta clase de acontecimientos; distinguir lo que Dios opera por medio de los hombres y lo que su voluntad añade de su propio fondo.

Ejemplos prácticos

San Gregorio nos propone la misma verdad con un ejemplo. «Un médico —dice — ordena la aplicación de sanguijuelas. Estos animalitos sólo pretenden al extraer

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la sangre del enfermo, saciarse y chuparle hasta la última gota en cuanto dependa de ellas. Sin embargo, el médico no tiene otra intención que quitar al enfermo toda la sangre viciada y curarle por este medio». No hay nada de común entre la loca avidez de las sanguijuelas y el fin inteligente del médico que las emplea. También el enfermo lo contempla sin pesar. No ve a las sanguijuelas como malhechoras en ningún modo; por el contrario, intenta sobreponerse a la repugnancia que su fealdad le muestra e incluso protege y favorece su acción, sabiendo bien que ellas no obran más que porque el médico lo ha juzgado útil para su curación.

Pues Dios se sirve de los hombres como el médico de las sanguijuelas. Tampoco debemos detenernos en las pasiones de aquellos a los que Dios ha dado el poder de obrar contra nosotros, ni entristecernos de sus perversas intenciones, preservándonos de cualquier aversión hacia ellos. Cualquiera que pueda ser su vida particular, ellos sólo están relacionados con nosotros como instrumentos de salvación, dirigidos por la mano de un Dios, de una bondad, sabiduría y poder infinitos, que no les permitirá obrar más que cuando nos sea útil. Nuestro interés debería llevarnos a acoger más que a rechazar sus ataques, ya que en realidad no son más que los ataques de Dios mismo. Y lo mismo sucede con todas las criaturas, cualesquiera que sean; ninguna podrá obrar contra nosotros si el poder no le fuera dado de lo Alto. Esta doctrina ha sido siempre familiar a las almas verdaderamente iluminadas por Dios. Tenemos un ejemplo célebre en el santo varón Job. Ha perdido sus hijos y sus bienes; ha caído de la fortuna más elevada a la más profunda miseria. Y él dice: El Señor me lo dio, el Señor me lo ha quitado; ¡bendito sea el nombre del

Señor[25]! Mirad, observa aquí san Agustín, Job no dice: El Señor me lo dio y el

demonio me lo ha quitado; sino que como hombre iluminado, dice: Es el Señor

quien me había dado mis hijos y mis bienes y es Él quien me los ha arrebatado; ha sucedido como le pareció al Señor, y no como quiso el demonio.

El ejemplo de José no es menos de señalar. Está claro que sus hermanos lo vendieron a los mercaderes con un fin malo; y sin embargo, este santo patriarca lo atribuye todo a la providencia de Dios. Él mismo habla de ello en varios pasajes:

Dios —dice— me ha traído a Egipto antes de vosotros, para vuestra vida… No sois, pues, vosotros los que me habéis traído aquí; es Dios quien me trajo y me ha hecho padre del Faraón y señor de toda su casa y me ha puesto al frente de toda la tierra de Egipto[26]. Pero detengamos nuestra atención en nuestro Divino Salvador, el Santo de los santos, bajado del cielo para enseñarnos con sus ejemplos y palabras. San Pedro, impulsado por un celo indiscreto, quiere hacerle desistir del designio que tiene de sufrir e impedir que los soldados pongan la mano en Él. Pero Jesús le dice: …el cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo[27]? De este modo, no atribuye los dolores y las ignominias de su pasión a los judíos que la ejecutan, a Judas que le traiciona, a Pilato que le condena, a los verdugos que le atormentan, a los demonios que excitan todos estos padecimientos, aunque sean las causas inmediatas de sus sufrimientos; sino a Dios, y a Dios considerado como Padre amante y bien amado, y no en calidad de juez riguroso.

(18)

No atribuyamos, pues, ni a los demonios ni a los hombres, sino a Dios, como a su verdadera fuente, nuestras pérdidas, nuestras desgracias, nuestras aflicciones, nuestras humillaciones. «Obrar de otro modo —señala santa Dorotea— sería hacer lo mismo que un perro que descarga su cólera contra la piedra en lugar de dirigirse a la mano que se la ha arrojado». Guardaos pues de decir: Fulano es la causa de la desgracia que padezco; es el autor de mi ruina. Vuestros males son obra, no de este hombre, sino de Dios. Y lo que debe tranquilizaros, es que Dios soberanamente bueno procede en todo lo que hace con la más profunda sabiduría y por fines altos y sublimes.

2. Dios hace todas las cosas con suprema sabiduría

Toda sabiduría viene del Señor y con Él está siempre, —se lee en el libro del

Eclesiástico—, ella es antes de todos los siglos… Y la derramó sobre todas sus

obras[28]. Cuántas son tus obras, ¡oh Señor! —dice a su vez el Rey Profeta—, y cuán

sabiamente ordenadas[29]. Y no podría ser de otro modo; pues siendo Dios

sabiduría infinita y obrando por sí mismo, no puede hacerlo más que de una manera infinitamente sabia.

Por esta razón varios santos doctores consideran que, vistas las circunstancias, todas sus obras están tan acabadas que no podrían ser mejores. «Debemos pues — dice uno de ellos, san Basilio—, penetrarnos bien de este pensamiento, que somos la obra de un buen Obrero y que nos dispone y distribuye todas las cosas, grandes y pequeñas, con una providencia sapientísima; de modo que nada nos suceda contra su voluntad, nada que sea malo, nada incluso que se pueda concebir mejor».

Grandes son las obras del Señor —dice también el Rey Profeta—, muy dignas de meditarse por todos cuantos en ellas se deleitan[30]. Y precisamente en esta justa

proporción de los medios que emplea y el fin que se propone, es donde resalta su sabiduría. Se extiende poderosa del uno al otro extremo y lo gobierna todo con

suavidad[31]. Gobierna a los hombres con orden admirable; los conduce a su dicha

firmemente, no obstante, sin violencia ni presión, sino con suavidad, y no solamente con suavidad, sino con circunspección.

Pero Tú —dice el Sabio—, Señor de la fuerza, juzgas con benignidad y con mucha indulgencia nos gobiernas, pues cuando quieres tienes el poder en tus manos[32].

Estáis dotados de un poder infinito al cual nada puede resistir; no obstante no lo empleáis contra nosotros con autoridad soberana; sino que nos tratáis con extrema condescendencia. Os dignáis colocarnos a cada uno de nosotros en la situación más conveniente y más propia para operar nuestra salvación, conforme a nuestra débil naturaleza. Pero sólo disponéis de nosotros con reserva, como a personas que son vuestra imagen viviente de noble origen y a quienes, en atención

(19)

a su condición, no se les manda nada en tono absoluto como a esclavos, sino con deferencia y consideración. «Obráis con nosotros —dice el ilustre Cantacuzano— con la circunspección del que toca un rico vaso de cristal o de frágil arcilla que teme romper. ¿Es preciso afligirnos, enviarnos alguna enfermedad, hacernos sufrir alguna pérdida, someternos a algún dolor para nuestro bien? Pues siempre es con ciertos miramientos, procedéis con mucha deferencia».

Como un gobernador que castiga de modo diferente al joven príncipe cuya educación le ha sido confiada y al criado que está a su servicio. Como el cirujano encargado de hacer la amputación de algún miembro a un ilustre personaje dobla la atención, para hacerle pasar el mínimo de dolor necesario para su curación. Del mismo modo que el padre, obligado a castigar a su hijo tiernamente querido no lo hace más que a su pesar y porque el bien de su hijo lo exige; pero la mano le tiembla de emoción y se apresura a acabar. Así Dios nos trata como a nobles criaturas que están en grande consideración cerca de Él como a hijos queridos. Yo

reprendo y corrijo a cuantos amo[33].

Incluso las pruebas y los castigos son beneficios de

Dios, signos de su misericordia

Contemplad —nos dice san Pablo—, poned los ojos en el autor y consumador de la fe, Jesús (el Hijo único y bien amado en quien el Padre ha puesto todas sus

complacencias)… Traed, pues, a vuestra consideración al que soportó tal

contradicción de los pecadores contra sí mismo, para que no decaigáis de ánimo rendidos por la fatiga. Aún no habéis resistido hasta la sangre (como lo hizo Él) en vuestra lucha contra el pecado, y os habéis ya olvidado de la exhortación que a vosotros, como hijos, se dirige: Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor y no desmayes reprendido por Él; porque el Señor, a quien ama, le reprende y azota a todo el que recibe por hijo. Soportad la corrección. Como con hijos se porta Dios con vosotros. Pues, ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija[34]? En una palabra, Dios obra sólo

con una finalidad muy elevada y santa, su gloria y el bien de sus criaturas. Infinitamente bueno y la bondad misma, busca perfeccionarlas a todas atrayéndolas a Él, comunicándoles los caracteres y los rayos de su divinidad, en cuanto son susceptibles de recibirlos. Pero gracias a los estrechos lazos que ha contraído con nosotros, por la unión de nuestra naturaleza con la suya en la Persona de su Hijo, somos aún de modo más especial el objeto de su benevolencia y de sus tiernas solicitudes; el guante está menos ajustado a la mano y la vaina a la espada que lo que Él opera y ordena en nosotros y a nuestro rededor, sin fuerza ni coacción, de modo que todo pueda concurrir a nuestra ventaja y a nuestra perfección, si queremos cooperar a los proyectos de su Providencia.

(20)

Las pruebas son siempre proporcionadas a nuestras

fuerzas

No nos turbemos, pues, en las adversidades que algunas veces nos acometen, sabiendo que están destinadas a producir en nosotros frutos de salvación, cuidadosamente puestas en relación con nuestras necesidades por la sabiduría de Dios mismo, que sabe darles su límite como se los da al mar. A veces parece que el mar en su furia va a inundar regiones enteras; y sin embargo respeta los límites de su orilla, viniendo las olas a romper contra la arena movediza. Del mismo modo, no hay ninguna tribulación, ninguna tentación a la que Dios no haya puesto sus límites, a fin de que sirva para salvarnos y no para perdernos. Dios es fiel —dice el Apóstol—, y no permitirá que seáis tentados (o afligidos) más allá de vuestras

fuerzas[35], pero es necesario que lo seáis, ya que por muchas tribulaciones no es

preciso entrar en el reino de Dios[36], siguiendo a nuestro Redentor que ha dicho de

él mismo: ¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria[37]? Si

rehusáis recibir estas tribulaciones, obraréis contra vuestros mejores intereses. Sois como un bloque de mármol en las manos del escultor. Es necesario que el escultor haga saltar lascas, que talle, que pula, para conseguir de su bloque una bella estatua. Dios quiere hacer de nosotros su imagen viva; procurad tan sólo comportaros bien en sus manos, mientras trabaja en vosotros y estad seguros de que no dará el menor golpe de cincel que no sea en la perfección del arte, que no sea necesario a sus designios y que no tienda a santificaros; pues —como dice san Pablo— la voluntad de Dios es vuestra santificación[38].

(21)

Capítulo II. Grandes ventajas que el hombre percibe

de una entera conformidad con la voluntad divina

El fin que Dios se propone en toda su conducta a nuestro respecto es nuestra santificación. ¡Oh, las cosas que obraría en nosotros, para su honor y nuestro bien, si le dejáramos hacer! Por esto los cielos, que no oponen ninguna resistencia a los espíritus que los gobiernan, tienen unos movimientos tan magníficos, tan regulares y tan útiles, por eso publican tan alto la gloria de Dios, y por su influencia en la sucesión invariable de los días y de las noches conservan el orden en todo el universo. Si resistieran estas impresiones y si en vez de seguir el movimiento que les ha sido dado, siguieran otro, enseguida caerían en el más extraño desorden arrastrando al mundo con ellos. Lo mismo sucede cuando la voluntad del hombre se deja llevar por la de Dios: entonces, todo lo que está en este «pequeño mundo», todas las facultades de su espíritu, en el movimiento más regular. Pero no tarda en perder todas estas ventajas y caer en el mayor desorden, desde que su voluntad se opone a la de Dios apartándose de ella.

1. Por esta conformidad el hombre se santifica

¿En qué consiste en efecto, la santidad del hombre? «Unos —dice san Francisco de Sales— la sitúan en la austeridad, otros en la limosna, otros en la frecuencia de sacramentos, otros en la oración. Para mí no conozco otra perfección que la de amar a Dios de todo corazón. Sin este amor, todo el conjunto de virtudes, no es más que un montón de piedras», que esperan ser colocadas en la obra y su coronación. Esta doctrina no puede ser dudosa para nadie. La Escritura está llena de lo mismo. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con

toda tu mente. Este es —dice nuestro Señor Jesucristo— el más grande y el primer mandamiento[39]. Por encima de todo esto —dice san Pablo—, vestíos de la caridad,

que es vínculo de perfección[40].

Según esto, lo más elevado y perfecto de todas las virtudes es amar a Dios; «del mismo modo también —dice el P. Rodríguez siguiendo a san Crisóstomo—, lo más sublime, lo más puro, lo más exquisito en este amor es conformarse absolutamente a la voluntad divina y no tener nunca otra voluntad que la de Dios». Pues como lo enseñan los teólogos y moralistas, con san Dionisio Areopagita y san Jerónimo «el principal efecto del amor es unir los corazones de aquellos que se aman, de modo que tengan la misma voluntad». Así pues, cuanto más sumisos somos a los designios de Dios sobre nosotros, más avanzamos hacia la perfección; y si queremos resistirla, hacemos marcha atrás.

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aplica a la oración, debe proponerse únicamente tener el máximo cuidado en conformar su voluntad a la de Dios. Y estad seguras de que en esta conformidad es donde reside la más alta perfección que podemos adquirir, y que el que se dé a ello con el mayor cuidado, será favorecido con los mayores dones de Dios y hará los más rápidos progresos en la vida interior. No, no creáis que haya otros secretos; en esto consiste todo nuestro bien».

Se cuenta que la bienaventurada Estefanía de Soncino, religiosa dominica, fue un día transportada, en espíritu, al cielo para contemplar allí la gloria de los santos. Vio sus almas mezcladas con el coro de los ángeles, según el grado de méritos de cada uno. Incluso notó entre los serafines a las almas de varios personajes que ella había conocido en vida: habiendo pues preguntado por qué estas almas habían sido elevadas a un tan alto grado de gloria, le fue respondido que era a causa de la conformidad y de la perfecta unión de su voluntad con la de Dios mientras vivían en la tierra. Pues, si esta conformidad con la voluntad de Dios eleva en el cielo al más alto grado de gloria, que es el de los serafines, será preciso concluir que también será ella quien eleva aquí abajo al más alto grado de gracia y que ella es el fundamento de la perfección más sublime que el hombre puede alcanzar.

La sumisión entera de la voluntad, siendo pues el sacrificio más agradable, el más glorioso a Dios que le ha sido dado al hombre poder ofrecer, siendo el acto más perfecto de caridad, el más noble y el más meritorio de todas las virtudes, está fuera de duda que el que practica esta sumisión, adquiere en cada instante tesoros inestimables, pudiendo reunir en unos días más riquezas que otros en varios años y por muchos trabajos. La historia célebre de un religioso, contada por Cesáreo, nos ofrece un ejemplo muy señalado.

Este santo hombre no difería en nada, respecto en las cosas exteriores, de los demás religiosos que habitaban en el mismo monasterio, sin embargo había logrado un grado tan elevado de santidad que sólo el contacto de sus vestidos curaba los enfermos. Un día su superior le dijo que se extrañaba mucho de que sin ayunar, ni velar, ni orando más que los demás religiosos hicieran tantos milagros. Y le preguntó la causa. El buen religioso respondió que él mismo estaba más extrañado que nadie y que ignoraba la razón de tales hechos; pero no obstante, si él pudiera sospechar de alguna, sería de que siempre había tenido gran cuidado de querer todo lo que Dios quería y que había obtenido del cielo esta gracia de perder y fundir de tal manera su voluntad en la de Dios, que no hacía nada sin su movimiento, fuera cosa grande o pequeña. «La prosperidad —añadió— no me engríe, y la adversidad no me abate; porque lo acepto todo de la mano de Dios, indiferentemente, sin examinar nada. No pido que las cosas sucedan como podría desearlo, sino que lleguen absolutamente como Dios lo quiera, y todas mis oraciones tienen este único fin, que la voluntad divina se cumpla perfectamente en mí y en todas las criaturas». «¡Cómo!, hermano —le dijo el superior—, ¿entonces no te conmoviste el otro día, cuando nuestro enemigo quemó nuestra granja, con el trigo y el ganado que se encontraba allí en reserva para las necesidades de la comunidad?». «No, padre —respondió el santo varón—, al contrario, en esta clase de acontecimientos tengo la costumbre de dar gracias a Dios, con la persuasión

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que tengo de que Él las permite para su gloria y para nuestro mayor bien. Y no me inmuto si tenemos poco o mucho para nuestro sustento, sabiendo bien que si tenemos plena confianza en Él, Dios podrá tan fácilmente alimentarnos con un trozo de pan como con un pan entero. En esta disposición, estoy siempre contento y gozoso, llegue lo que llegare».

Desde entonces, el superior no se extrañó más de ver a este religioso hacer milagros. En efecto, está escrito: El Señor satisface los deseos de los que le temen, oye

sus clamores y los salva. El Señor guarda a cuantos le aman[41]. Y en otra parte:

Sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman[42].

2. La conformidad a la voluntad de Dios hace al

hombre feliz desde esta vida

La conformidad de nuestra voluntad con la de Dios no se limita a obrar nuestra santificación, también tiene el efecto de hacernos felices aquí abajo. Por ella se adquiere el más perfecto reposo que es posible gustar en esta vida, es el medio de hacer de la tierra un paraíso anticipado. Se ha podido ver un ejemplo en la pequeña introducción de este opúsculo.

Alfonso el Grande, rey de Aragón y de Nápoles, príncipe muy instruido y prudente, había comprendido muy bien esta verdad. Un día le preguntaron quién era la persona a la que consideraba la más feliz de este mundo. «Aquella — respondió el rey— que se abandona enteramente a la conducta de Dios y que recibe todos los acontecimientos felices o desgraciados, como viniendo de su mano».

Si atendierais a mis leyes —decía el Señor a los judíos—, vuestra paz sería como un río[43]. Algo parecido decía Elifaz, uno de los tres amigos de Job: Reconcíliate

con Dios y tendrás la paz… hallarás en el Omnipotente tus delicias[44]. Esto fue

también lo que cantaron los ángeles en el nacimiento del Salvador: ¡Gloria a Dios en

las alturas y paz en la tierra a tos hombres de buena voluntad[45]! ¿Quiénes son estos

hombres de buena voluntad, sino los que tienen una voluntad conforme a aquella que es soberanamente buena, quiero decir la voluntad de Dios? Toda voluntad dispuesta de otro modo sería infaliblemente mala y, por consiguiente, no podría procurar la paz prometida a los hombres de buena voluntad.

En efecto, para que podamos gozar de calma y paz, es preciso que todo llegue según nuestros deseos, que nadie se oponga a nuestra voluntad. Pero ¿quién puede pretender tal dicha sino solo aquel cuya voluntad está conforme con la voluntad de Dios? Recordad los tiempos pasados desde el principio. Sí, yo soy Dios, yo,

y no tengo igual —dice el Señor por boca del profeta Isaías—. Yo anuncio desde el principio lo por venir y de antemano lo que no se ha hecho. Yo digo: Mis designios se

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realizan y cumplo toda mi voluntad[46]. El que lucha contra Dios pierde la pelea, se

dice vulgarmente. Toda voluntad que pretende oponerse a la voluntad divina es necesariamente vencida y rota, y en lugar de paz y dicha, no consigue de su intento más que amargura y humillación. El Señor es sapientísimo y potentísimo, ¿quién se le

opondrá? ¿Saldría ileso[47]? Aquel, pues, y sólo él, posee esta paz bienaventurada de

Dios que sobrepuja todo entendimiento[48], cuya voluntad está unida con la de Dios,

perfectamente conforme. Sólo él puede decir, como Dios mismo, que todas sus

voluntades se cumplen; porque queriendo todo lo que Dios quiere y no queriendo

más que esto, tiene verdaderamente todo lo que quiere y nada más que lo que quiere.

Sobre el justo no vendrá la adversidad —dice el Sabio—, más para los impíos todo serán males[49]. Nada puede alterar la serenidad del alma del justo, porque nada le

viene contra su gusto y nada en el mundo puede hacer a un hombre desgraciado a su pesar. «Nadie es desgraciado —dice el elocuente Salviano— por el sentimiento de otro sino por el suyo propio, y no se debe en ningún modo considerar desgraciados a aquellos que en su opinión y por el testimonio de sus conciencias son realmente dichosos. Considero que nadie es más feliz que los justos, los hombres verdaderamente religiosos, a quienes nada les sucede fuera de lo que ellos desean. Sin embargo, ¿son humillados, despreciados? Porque quieren serlo. ¿Son pobres? Se complacen en su pobreza… Siempre son felices, venga lo que viniere; pues nadie puede ser más feliz y contento que aquellos que en medio de las mayores amarguras, están en el estado en que quieren estar».

En tal estado, sin duda, el hombre no deja de sentir el aguijón del dolor, pero no le alcanza más que a la parte inferior de su ser, sin poder penetrar en la parte superior donde reposa el espíritu. Hay almas perfectamente resignadas y sumisas, semejantes, si se guarda toda proporción, a nuestro Señor que, desgarrado por los golpes y clavado a un cadalso, no cesaba de ser feliz, por un lado sumergido, anegado en el abismo de todos los males que es posible sufrir en este mundo; por otro, colmado de una alegría inefable, infinita.

Todo el mundo estará de acuerdo sin duda, en que existe en nuestra naturaleza una oposición casi inconciliable entre la idea de sufrimiento, de humillación, de oprobio o incluso de pobreza y la idea de felicidad. Así, pues, es un milagro de la gracia el poder sentirse feliz y contento, con todo y estar bajo el peso de semejantes males. Pero este milagro será concedido misericordiosamente a los sacrificios de cualquiera que se consagre al cumplimiento de todas las cosas de la voluntad divina; pues es honra y gloria de Dios que los que se ligan generosamente a su servicio sean felices y contentos con su suerte. Quizás alguien se sienta tentado de preguntarme cómo es posible conciliar esta doctrina con las palabras de nuestro Señor Jesucristo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame[50]. Responderé que si el divino Maestro exige en este punto que los discípulos renuncien y tomen su cruz y le sigan, también se compromete con juramento a darles por un milagro de su omnipotencia, el céntuplo aquí abajo y la vida eterna[51] por todo cuanto

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tornarla ligera; pues no se limita a decir que su yugo es blando, sino que añade, mi

carga es ligera[52]. Pues, si nosotros no experimentamos la dulzura del yugo de

Jesús, ni el aligeramiento del peso de la cruz que nos impone, es debido a que no hemos abnegado bien nuestra voluntad, no hemos renunciado completamente a todos nuestros puntos de vista humanos para no apreciar las cosas más que a la luz de la fe. Esta luz divina nos haría dar gracias a Dios en todo[53] como enseña san Pablo, que Él exige de nosotros; sería para nosotros el principio de esta alegría inefable que el gran Apóstol nos recomienda tener en todo tiempo[54].

3. Historia del P. Taulère

El P. Taulère, piadoso y sabio religioso de la Orden de Santo Domingo, aporta a este tema un ejemplo conmovedor. Animado del vivo deseo de hacer progresos en la virtud y no fiándose de su saber, conjuraba al Señor desde hacía ocho años de enviarle alguno de sus servidores que le enseñara el camino más seguro y más corto de la verdadera perfección. Un día que sentía este deseo más vivamente aún y que redoblaba sus súplicas, se hizo oír una voz que le decía: «Ve a tal iglesia y allí encontrarás a quien buscas». El piadoso doctor salió inmediatamente. Al llegar cerca de la iglesia indicada, encuentra en la entrada a un pobre mendigo medio cubierto de harapos, los pies desnudos y manchados de barro, de un aspecto completamente digno de piedad y pareciendo más preocupado de obtener socorros temporales que ser el apropiado para dar consejos espirituales. No obstante, Taulère se acerca y le dice:

—¡Buenos días, amigo!

—Maestro —responde el mendigo—, le agradezco su deseo; pero no recuerdo haber tenido nunca un día malo.

—¡Está bien —dijo Taulère— que Dios le conceda una vida dichosa!

—¡Oh! ¡Gracias a Dios, siempre he sido dichoso!, no sé lo que es ser desgraciado.

—¡Quiera el buen Dios, hermano —dijo extrañado Taulère—, que después de la dicha que ahora disfrutáis, lleguéis a la felicidad eterna! Pero confieso que no he comprendido bien el sentido de sus palabras, ¡por favor!, explíquese más claro.

—Escuche —prosiguió el mendigo—. No, no es sin razón que le he dicho que no he tenido malos días. Los días sólo son malos cuando no los empleamos en dar a Dios, por nuestra sumisión, la gloria que le debemos; siempre son buenos, si suceda lo que suceda, los consagramos en alabarle, y siempre podemos hacerlo con su gracia. Como ve, soy un pobre mendigo enfermo y reducido a extrema indigencia, sin ningún apoyo ni abrigo en el mundo, me veo sometido a muchos

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sufrimientos y miserias de toda clase. Pues bien, cuando no encuentro limosnas y sufro hambre, alabo a Dios; cuando soy importunado por la lluvia, o el granizo, o el viento, o el polvo, o los insectos, atormentado por el calor o por el frío, bendigo a Dios; cuando los hombres me rechazan o me desprecian, bendigo y glorifico al Señor. Mis días no son malos porque las adversidades no hacen los días malos; lo que los vuelven tales es nuestra impaciencia, lo que sucede porque nuestra voluntad es rebelde, en lugar de estar siempre sumisa y ejercitarse como debe en honrar y alabar a Dios continuamente.

También he dicho que no sé lo que es ser desgraciado, que por el contrario yo he sido siempre feliz. Esto le extraña. Usted mismo juzgará. ¿No es cierto que nos consideraríamos muy felices, si las cosas que nos suceden fueran de tal modo bueno y favorable que nos fuese imposible desear algo mejor, o más ventajoso? ¿No consideraríamos dichosa a una persona cuyos deseos se cumplen sin obstáculos, siendo siempre satisfechos? Ciertamente, ningún hombre podría llegar a esta felicidad perfecta viviendo según las máximas del mundo; tal dicha está reservada a los habitantes del cielo que la poseen totalmente, consumados en la unión de su voluntad con la de Dios. No obstante, nosotros estamos llamados a disfrutar de ella aquí abajo, y es en la conformidad de nuestra voluntad con la de Dios que nos es dado tener parte en la felicidad de los elegidos. En efecto, la práctica de esta conformidad está siempre acompañada de una paz deliciosa, que es como un goce por adelantado de la felicidad celestial. Y no puede ser de otro modo, pues el que no quiere más que lo que Dios quiere no encuentra ningún obstáculo a su voluntad, ni a sus deseos; estando conformes con el querer de Dios, no pueden por menos que ser satisfechos; por tanto es dichoso.

Pues bien, padre mío, tal como usted me ve, disfruto siempre de esta dicha. Usted sabe que nada nos acaece que Dios no lo quiera; y lo que Dios quiere es lo mejor para nosotros. Debo, pues, considerarme dichoso con lo que reciba de Dios o lo que Él permite reciba de los hombres. ¿Cómo no voy a ser feliz, persuadido como estoy de que todo lo que sucede es para mí lo más ventajoso y lo que hay de más conveniente? Sólo tengo que recordar que Dios es mi Padre y yo soy su hijo. Un Padre infinitamente sabio, infinitamente bueno y todopoderoso que conoce bien lo que conviene a sus hijos y no deja de dárselo a su tiempo. Así, pues, las cosas que me acaezcan, repugnen o halaguen a los sentimientos de la naturaleza, que estén sazonados de dulzura o de amargura, favorables o perjudiciales a la salud, que me atraigan la estima o el desprecio de los hombres, los recibo como lo mejor para mí en estas circunstancias, y estoy tan contento como puede estarlo aquel cuyos gustos son plenamente satisfechos. Así es cómo todo contribuye a mi alegría y felicidad. Maravillado de la profunda sabiduría y de la suma perfección de este mendigo, el teólogo le preguntó: —¿De dónde viene usted? —Vengo de Dios —responde el pobre. —¡Usted viene de Dios! ¿Y dónde le ha encontrado? —En el lugar en que dejé las criaturas.

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—¿Dónde vive? —preguntó el religioso. —En los corazones puros y en las almas de buena voluntad. —Pero ¿quién es usted, pues? —Soy rey —respondió el mendigo. —¿Dónde está su reino? —Allá arriba —dijo, mostrando el cielo— es rey el que posee un título seguro en el reino de Dios Padre. —¿Qué maestro le ha enseñado tan hermosa doctrina? —preguntó por último Taulère—. ¿Cómo la ha aprendido?

—Se lo diré —dijo el mendigo—; la he adquirido evitando hablar con los hombres para conversar con Dios en la oración y en la meditación; mi único cuidado es mantenerme constante e íntimamente unido a Dios y a su santa voluntad. Esta es toda mi ciencia y mi felicidad.

Desde entonces Taulère supo lo que deseaba saber. Saludó a su interlocutor y se alejó. Al fin he encontrado —dijo, entregado a sus reflexiones—, encontré al fin al que buscaba desde hacía tanto tiempo. ¡Oh!, cuan cierta es la palabra de san Agustín: «He aquí que los ignorantes se elevan y arrebatan el cielo; y nosotros con nuestra ciencia árida, quedamos atollados en la carne y en la sangre».

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Capítulo III. Práctica de la conformidad con la

voluntad de Dios

¿Se nos pregunta en qué debemos practicar la conformidad con la voluntad de Dios? Y respondo: en todas las cosas.

En primer lugar debemos hacer lo que Dios quiere, observar con fidelidad sus mandamientos y los de su Iglesia, obedecer humildemente a las personas que tienen autoridad sobre nosotros, cumplir con exactitud los deberes del propio estado.

Seguidamente debemos querer lo que Dios hace, aceptar con sumisión filial todas las disposiciones de su Providencia. Consideraremos algunas, todas las demás se refieren a ellas.

1. En las cosas y acontecimientos naturales

Así pues hemos de acostumbrarnos a sufrir por el amor de Dios, en espíritu de conformidad con su santa voluntad, las pequeñas contrariedades de cada día, tales como una palabra hiriente a nuestro amor propio, una mosca importuna, el ladrido de un perro, una piedra con la que tropezamos al caminar, una heridita que nos hacemos accidentalmente o por torpeza, una luz que se apaga, un vestido que se rompe, una aguja, una pluma o cualquier otro instrumento de trabajo que ya no se presta o se presta mal al uso que quisiéramos hacer de él, etc. En cierto modo, es incluso más importante aplicarse bien en conformarse a la voluntad divina en estas pequeñas contrariedades que en las grandes, porque las primeras son más frecuentes y porque el hábito de soportarlas cristianamente dispone por adelantado y naturalmente a la resignación para las grandes dificultades.

Debemos querer con la voluntad divina el calor, el frío, la lluvia, el trueno, las tempestades, en fin, todas las intemperies del aire y el desorden aparente de los elementos. En una palabra, debemos aceptar cualquier tiempo que el Señor nos envíe, en lugar de soportarlos con impaciencia y cólera, como se acostumbra: ¡Qué calor tan insoportable! ¡Qué frío tan horrible! ¡Qué tiempo más detestable, es desesperante! ¡Qué mala suerte! Todas estas expresiones y otras semejantes testimonian nuestra poca fe y nuestra falta de sumisión a la voluntad divina.

Y no solo hemos de querer el tiempo como es, ya que es Dios quien lo hace, sino que aún en las incomodidades que pasamos debemos decir con los tres jóvenes hebreos en el horno de Babilonia: Frío, calor, nieves y hielo, rayos y nubes, viento y

tempestad bendecid al Señor; cantadle y ensalzadle por tos siglos[55]. Cumpliendo la

voluntad de Dios es como las criaturas insensibles le bendicen y glorifican y por el mismo medio debemos nosotros glorificarle y bendecirle. Además, si este tiempo

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nos es incómodo, puede ser muy favorable a otro; si nos molesta en nuestros planes ¿no puede ser muy propicio para los planes de otros? Y aun cuando no fuera así, ¿no nos basta con que este mismo tiempo dé gloria, de este modo, a Dios, pues es Él quien lo quiere de tal suerte? La vida de san Francisco de Borja, tercer general de la Compañía de Jesús, nos proporciona un bello ejemplo de esta conformidad con la voluntad de Dios en las intemperies y contratiempos. En cierta ocasión iba a una casa de la Compañía, pero a causa de la nieve fuerte y fría, no pudo llegar más que a altas horas de la noche cuando todo el mundo se encontraba en cama y dormido, y el santo tuvo que llamar y esperar largo tiempo a la puerta. Cuando al fin le abrieron y le pedían excusas por haberle hecho esperar tan largo rato, en un tiempo tan malo, respondió con serenidad: «Sentía una gran consolación pensando que era Dios quien me arrojaba esta nieve a grandes copos».

Estas prácticas de conformidad a su voluntad son tan agradables a Dios que su influencia se hace sentir a menudo visiblemente hasta en los bienes de este mundo. Sirva de testimonio aquel labrador de quien se hace mención en la vida de los Padres del Desierto. Sus tierras daban siempre más que las de los demás. «No os extrañe de ello —decía un día a sus vecinos que le preguntaban la causa—, siempre tengo todas las estaciones y todos los tiempos a gusto mío». Sorprendidos de esta respuesta, le presionaron para que explicara cómo podía ser aquello. «Pues porque no deseo otro tiempo que el que Dios quiere —les respondió—, y como yo quiero todo lo que a Él le place, me da una cosecha tal como puedo desearla».

2. En las calamidades públicas

Debemos conformarnos con la voluntad de Dios en todas las calamidades públicas, tales como las guerras, el hambre, la peste, reverenciar y adorar sus juicios con profunda humildad, y aunque parezcan muy rigurosos, creer con toda seguridad que este Dios de infinita bondad no enviaría semejantes azotes si de ellos no resultaran grandes bienes. En efecto, ¡cuántas almas han sido salvadas por las tribulaciones, que se hubieran perdido de otro modo! ¡Cuántos son los que, en las contrariedades y aflicciones, se convierten a Dios de todo corazón y mueren con verdadero arrepentimiento de sus pecados! Así, pues, lo que nos parece un azote y un castigo, es a menudo una misericordia y gracia insigne.

En cuanto nos concierne personalmente, penetrémonos bien de esta verdad de nuestra santa fe: todos los cabellos de vuestra cabeza están contados[56], y que no

caerá ni uno solo sino por la voluntad de Dios; en otras palabras, nadie nos dará el menor golpe que Él no lo quiera y ordene. Iluminados por la meditación de esta verdad, comprenderemos fácilmente que no tenemos que temer ni más ni menos

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en un tiempo de desastre público que en cualquier otro tiempo, que Dios puede ponernos perfectamente al abrigo de todo mal, en medio del desastre universal, como puede entregarnos a todos los males mientras a nuestro alrededor cada uno está en paz y gozo; lo que debe preocuparnos es hacernos favorable a Dios todopoderoso.

Aquí está, pues, el efecto infalible de la conformidad de nuestra voluntad a la de Dios. Apresurémonos en aceptar de su mano todo lo que nos envíe. Esta disposición tiene pleno poder sobre su corazón. Aceptemos nuestro humilde y confiado abandono, pues o nos permite sacar las mayores ventajas de los males a que nos sometemos o bien nos evitará dichos males.

En el año 451, el bárbaro Atila, rey de los Hunos, invadió la Galia al frente de un ejército formidable. Se llamaba a sí mismo el «Terror del Mundo» y el «Azote de Dios», considerándose como enviado por Dios para castigar los crímenes de los pueblos. Todo era entregado al fuego, a la sangre, a la matanza y al pillaje. Gran número de ciudades populosas y florecientes habían ya sucumbido. Ahora le llegaba la vez a Troyes y los habitantes estaban sumidos en la mayor consternación. Pero san Lupo, su obispo, poniendo toda su confianza en el cielo, se revistió de hábito pontifical y precedido de la cruz y seguido por los clérigos, fue al encuentro de Atila. Admitido en su presencia le dijo: —¿Quién sois vos que asoláis así nuestras comarcas y turbáis el mundo con el ruido de vuestras armas? —Yo soy el «Azote de Dios» —respondió Atila.

—¡Que el «Azote de Dios» sea bienvenido! —dijo entonces el santo—, pues, ¿quién podrá resistir al «Azote de Dios»?

Y ordenó que se le abrieran las puertas de la ciudad. Pero a medida que los bárbaros entraban, Dios los disponía de tal modo que no causaron ningún daño. Así pues, señala el P. Rodríguez, aunque Atila fuera verdaderamente el «Azote de Dios», Dios no quiso que ejerciera su función para los que le recibían como a su «Azote», con tanta sumisión.

3. En las dificultades y cuidados domésticos

Si sois padre o madre de familia, debéis conformar vuestra voluntad a la de Dios, tanto por el número como por el sexo de los hijos que le plazca concederos. Cuando los hombres estaban animados por el espíritu de fe, miraban a la familia numerosa como un don de Dios, como una bendición del cielo, y consideraban a Dios como Padre de sus hijos, más que ellos mismos. Hoy día en que la fe está casi apagada, que se vive, en cierta manera, aislado de Dios, que si nos ocupamos de Él es a lo sumo para temerle, de ningún modo para confiarse a su divina providencia,

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uno se ve reducido a llevar solo la carga de la familia. Y como los recursos del hombre, por extensos y seguros que parezcan, son siempre limitados e inseguros, no hay nadie, hasta los más favorecidos por la fortuna, que no vea con espanto la multiplicación de los hijos. Viene a ser para ellos una especie de calamidad que los entristece y abate, una fuente inagotable de inquietudes que envenenan su existencia. ¡Oh, cuán diferente sería si nos penetráramos de la idea que se debe tener de la acción paternal de Dios sobre los que se someten a su dirección con el abandono de una confianza filial! ¡Queréis convenceros! Tened los sentimientos de esta piedad filial y en seguida experimentaréis lo que decía san Pablo de este Dios de bondad, pues, poderoso es Dios para acrecentar en vosotros todo género de gracias, para que, teniendo siempre y en todo lo bastante, abundéis en toda obra buena[57].

Para atraer hacia vosotros los efectos de la divina providencia no tenéis más que concurrir, de algún modo, a la paternidad del mismo Dios, formando, con vuestro ejemplo ante todo, hijos según su corazón. Tened cuidado de evitar cualquier otra ambición, que sea este el objeto de todos vuestros deseos y de todas vuestras solicitudes; luego descansad con plena seguridad, podéis hacerlo, cualquiera que sea el número de vuestros hijos, en los solícitos cuidados de su Padre celestial. Él velará por ellos, Él gobernará su corazón, y dispondrá de todas las cosas para asegurar su dicha, incluso la de aquí abajo, y lo hará de un modo tanto más admirable cuanto más fielmente sepáis preservaros de toda visión mundana a este respecto, colocando su porvenir en sus manos.

Evitad, pues, preocuparos con exceso de vuestros hijos en otra cosa que en lo que pueda contribuir más en formarles en la virtud. Por lo demás, confiándolos todos al Señor, no os reservéis más cuidados que el de estudiar su voluntad en ellos, con el fin de ayudarlos a marchar por el camino que vosotros veáis que Él les llama, ya sea el camino del retiro o el del mundo; y creed que, lo mismo en el mundo como en el retiro, Él sabrá conciliar todo admirablemente a vuestra satisfacción en el tiempo conveniente, desde que podáis daros el testimonio de que vuestra única ambición es realmente agradar a Dios y educar vuestros hijos para Él. En esta disposición no temáis nunca llevar demasiado lejos vuestra confianza; antes bien, esforzaos en aumentarla, en acrecentarla siempre más; pues este es el más glorioso homenaje que podéis dar a Dios y será la medida de las gracias que recibiréis. Se os dará poco o mucho, según hayáis esperado poco o mucho.

4. En los reveses de fortuna

Debemos recibir con la misma conformidad a la voluntad divina, las privaciones de empleo, las pérdidas de dinero y todas las demás penalidades que

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experimentemos en nuestros intereses temporales. ¿Se os aparta de una situación ventajosa y honorable? ¿Se os priva de un empleo lucrativo sin el cual os será difícil cubrir vuestras necesidades y las de vuestra familia? Repetid con fe las palabras de Job: El Señor me lo dio, el Señor me lo ha quitado; ha sucedido como ha

querido el Señor; ¡bendito sea su Nombre! ¡Qué importa cuál sea el motivo a que

hayan obedecido los que se han convertido en instrumentos de vuestros reveses! La revuelta de Absalón y los ultrajes de Semeí se dirigían contra David con un fin y un pensamiento político, lo que no impidió al santo rey atribuirlo todo a la voluntad del Señor con mucha razón, como hemos visto más arriba. Las desgracias de Job le fueron suscitadas por el demonio a causa de sus sentimientos religiosos. ¡Cuántos cristianos generosos, por sus opiniones religiosas, su fe en Cristo Jesús, fueron despojados en tiempo de persecuciones, de sus grados militares, o de sus funciones civiles, desposeídos de sus bienes, arrancados a sus familias, arrojados al destierro, entregados a los verdugos! Lejos de quejarse, iban contentos, a ejemplo

de los apóstoles, porque habían sido dignos de padecer ultraje por el nombre de Jesús[58]. Cualquiera que sea, pues, el pretexto de las persecuciones que sufrís, y,

sobre todo, si la razón de ello es el aborrecimiento de vuestros sentimientos religiosos, aceptadlo todo sin titubear como venido de la mano paternal e inteligente de vuestro Padre que está en el cielo.

De igual modo debéis proceder en las cuestiones de dinero; si os veis constreñidos a realizar algún pago que creéis injusto, ya sea, por ejemplo, que os veis obligados a pagar una segunda vez por carecer de justificantes de vuestro primer pago, ya sea para pagar deudas contraídas insensatamente por un tercero del que os habéis hecho fiador por complacencia; o bien para saldar algún impuesto exagerado, inicuo, destinado al despilfarro, sea, en fin, por cualquier otra razón. Si se tiene poder para exigiros este pago y si se usa de este poder, es Dios quien lo quiere así; es Él quien os pide este dinero y es a Él a quien se lo dais cuando aceptáis, en espíritu de sumisión a su divina voluntad, la contrariedad que se os hace. ¡Muchas son las gracias que se aseguran a quienquiera que obra de este modo! Suponed dos personas: la una, por espíritu de conformidad a la voluntad de Dios, ejecuta un pago quizá exagerado, tal vez injusto, pero que se le puede exigir; la otra, por propia elección y por su libre voluntad, consagra una suma igual en limosnas. Sabido es que la limosna procura algunas ventajas admirables a los que la practican, incluso en esta vida; pues bien el acto de la persona que hace el sacrificio de su dinero, no por propio movimiento, no en favor de alguien de su elección, sino por espíritu de conformidad con la voluntad divina, es una obra más provechosa, más pura, más agradable a los ojos de Dios; y si es verdad decir, según la Sagrada Escritura y según la experiencia de todos los siglos, que la limosna atrae sobre las familias las más abundantes bendiciones, se puede atribuir sin exageración a la obra más excelente de que hablamos, frutos más maravillosos aún.

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5. En la pobreza y sus circunstancias

Debemos conformarnos a la voluntad de Dios en la pobreza, como en las consecuencias incómodas que ella acarrea. Tal conformidad nos costará poco si estamos penetrados, como hemos de estarlo, de esta verdad, que Dios vela por nosotros como un padre por sus hijos, que no nos reduce a tal estado nada más que porque nos es más ventajoso. Entonces la pobreza cambiará de aspecto a nuestros ojos; o mejor aún, no viendo las privaciones que ella nos impone más que como remedios saludables, cesaremos incluso de sentirnos pobres.

En efecto, si un rey poderoso somete a uno de sus hijos cuya salud está alterada, a un régimen severo para que pueda restablecerse, ¿deducirá el joven príncipe que es realmente presa de la indigencia porque se le obligue a vivir de alimentos insípidos y en pequeña cantidad? ¿Concebirá inquietudes para el futuro respecto a su subsistencia? ¿Alguien juzgará que es pobre? Seguramente, no. Todo el mundo sabe cuáles son las riquezas de su padre, que él mismo está llamado a disfrutar de ellas y que este disfrute cesará de serle prohibido en el momento en que su salud le permita usarlas sin perjudicarse.

¿Y acaso no somos nosotros los hijos del Todopoderoso, del Altísimo, coherederos con Jesucristo? ¿Con este título, nos puede faltar cosa alguna?… Sí, digámoslo atrevidamente, cualquiera que desee responder a esta divina adopción, por los sentimientos de amor y de confianza que exige de nosotros la noble cualidad de hijos de Dios, tiene derecho desde este momento a todo lo que Dios posee. Pero no está a punto para que disfrutemos de todo, sino que adrede y muy a menudo conviene que seamos privados de muchas cosas. Guardémonos concluir que estas privaciones nos son impuestas solamente como remedios, que podríamos faltar siempre de lo que nos sería ventajoso tener; creemos con toda seguridad, que si alguna cosa nos es necesaria o incluso verdaderamente útil, nuestro Padre todo poderoso nos la dará infaliblemente. Nuestro divino Salvador decía a las muchedumbres que le escuchaban: Si, pues, vosotros siendo malos, sabéis

dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a quien se tas pide[59].

Es esta una verdad segura de nuestra santa fe y nuestras dudas sobre este punto, faltando de fidelidad para desmentirlo, serían tanto más culpables e injuriosas a Jesucristo, cuanto nos ha hecho a este respecto las promesas más positivas consignadas en varios pasajes del santo evangelio. No os inquietéis —nos dice— por vuestra vida, sobre qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, sobre con qué os

vestiréis. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad como las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?… Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Mirad a los lirios del campo cómo crecen: no se fatigan ni hilan. Pues yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana es arrojada al fuego, Dios así la viste, ¿no hará mucho más con vosotros hombres de poca fe? No os preocupéis pues diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo esto;

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