Schachter y Singer (1962) proponen una doble vía para las emociones. La que aceptan como común en poco se diferencia de la trazada por Arnold en cuanto combina la activación fisiológica generalizada con la valoración temprana de las situaciones. No obstante, Schachter y Singer se concentran en el caso relativamente atípico de una activación inexplicable –el corazón late con fuerza o las palmas de las manos sudan con intensidad infrecuente–, que sólo se clarifica como emoción por indicación social. Es esta “valoración tardía”, según la nomenclatura de los autores, la que nos dice qué es la alegría y qué es el dolor.
La postura de Schachter y Singer fue criticada desde la propia psicología social, singularmente por Zajonc, singularmente en Zajonc (1980), con desarrollos en Zajonc (1984, 1994), autor homenajeado en Bargh y Apsley (2000). Zajonc parte de un grupo de experimentos en los que la exposición extraordinariamente breve a estímulos logra el establecimiento de preferencias: los sujetos tienden a preferir las imágenes, ideogramas chinos, por ejemplo, ya mostradas respecto a las nuevas. Nada que objetar al poder de la exposición subliminal, ya que las pruebas empíricas a su favor son abrumadoras: Bornstein y Pittman (1992), Dixon (1981) y Zajonc (2001). Como nada que objetar a Zajonc en cuanto devuelve las emociones primarias a los niveles más sencillos. Sin embargo, todo que objetar a Zajonc en lo referente a entender los logros subliminales como auténticas preferencias, ya que con aferencias y eferencias en contigüidad sobra (y es preferible un acuerdo en esta cuestión, ya que, de persistir en las emociones primarias como auténticas preferencias, se estaría con Arnold). Como todo que objetar a Zajonc en su intento de negar el impulso social a las emociones. Es cierto que nada soluciona fundir por principio emoción y factor social, pura confusión. Pero puede ser que la solución sea compleja, compleja sobre todo. Puede ser que la solución consista en un ciclo, cuyo extremo inferior se halle ocupado por las emociones primarias y cuyo extremo superior sea social. Ciclo que es espiral, más que círculo.
Los dos extremos están diferenciados desde el comienzo. El problema consiste en que, a veces, el asunto queda en simple distinción, caso de James, con las emociones toscas y las emociones sutiles. Y que en otros, caso de Vygotski, por ejemplo, que lógicamente no reniega de Pavlov para superarlo, cuando opone las emociones previas al lenguaje y las posteriores en su Doctrina de las emociones, un inédito hasta fechas cercanas, redactado en 1933, el medio resulta insuficiente. Sin verdadera solución, el extremo inferior suele estar supervalorado e infravalorado el superior.
La distinción extrema hace inservible la hipótesis de Plutchik. Plutchik (1980) intenta derivar las emociones psicosociales como simples sumas de ocho emociones básicas, aunque el propio autor se corrige, no respecto a lo fundamental, en Plutchik (1991). A partir de una rueda donde aparecen la aceptación, el miedo, la sorpresa, la tristeza, la aversión, la ira, la expectación y la alegría, Plutchik establece díadas primarias con la suma de dos emociones adyacentes, díadas secundarias con la suma de dos emociones distanciadas por una, díadas terciarias con la suma de dos emociones
distanciadas por dos, etc. Por ejemplo, en el primer caso, alegría + aceptación = amor; en el segundo, alegría + miedo = culpa; en el tercero alegría + sorpresa = deleite.
Tampoco es solución el intento de Frijda. Frijda (1988), a completar con Frijda (1992) para asuntos empíricos, formula una serie de “leyes de la emoción”. De acuerdo con la “ley de cierre”, las emociones son impermeables a los juicios correspondientes, es decir, las emociones son modulares, según la acepción de Fodor (1983). No obstante, de acuerdo con la “ley de la preocupación por las consecuencias”, toda emoción suscita un impulso secundario que tiende a modificarla. Pues bien, para que el intento fuera solución, habría que fortalecer el arranque pero sobre todo el impulso, aparte de todo lo intermedio. Por la primera de las leyes, la “ley del significado situacional”, Frijda concibe las emociones como respuestas al significado. Pero las emociones son propias, lo que no quiere decir impenetrables, ya que la penetrabilidad depende más que nada del impulso, por generales respecto al auténtico significado: las emociones conocen con una certeza más simple o inmediata que las verdades simbólicas. Y respecto al impulso, es cierto que, desde Frijda (1986), el autor entra en el factor biológico, aunque con dinamismo insuficiente. Lo que lastra sin remedio para proponer el carácter social sobre todo. Y eso que, en Frijda (1993, 1998), se deja arrastrar por la teoría de la valoración, nada menos que en sus versiones complejas.
Después de Weiner –Weiner (1972, 1974, 1980, 1986, 1995), con Weiner y Graham (1984) –, no carecemos precisamente de perspectivas socioculturales en la emoción. Como mínimo, es obligada la cita de Averil (1980), Buss (1992), Harré (1986), Harré y Gillett (1994), Frank (1988), Gergen (1985), Krebs y Davis (1993), Lutz (1988), Nesse (1990), Öhman (1986, 1988), Oatley (1993), Shweder y Haidt (2000) y Trivers (1971), con Keltner y Haidt (2001) y Mesquita (2001) en cuanto resúmenes. El componente social aparece también en modelos integradores como el de Barrett –desde Barrett y Campos (1987) a Barrett (1998) –, el del último Frijda –a partir de Frijda y Mesquita (1998) – o el de Scherer –de Scherer (1988) a Scherer (2001) –. La clave reside en qué entendemos por factor social, no sólo para las emociones sino para la organización de todo el conocimiento.
Mejor que emociones primarias y emociones secundarias, o similares, estos principios distinguen emociones y sentimientos. Y no es cuestión de meras palabras, ya que en los principios de emoción sólo hay emoción, mientras que en los sentimientos entran todos los principios cognoscitivos. Lo que puede parecer magia se logra haciendo surgir las emociones no sólo más abajo de lo biológico sino más abajo que simbolizaciones y planes. Pero, más que nada, completando lo biológico por arriba, hasta tal punto que el factor social se convierte en el máximo conocimiento, es decir, no solamente prolongando el sentido que arranca en las emociones, labor que realiza de maravilla la biocognición, sino llevando la continuidad al límite, a los límites, es decir, volviendo, invirtiendo la tendencia de ida, asumiendo el control total: el recurso sólo es verdaderamente posible, mejor, necesario, en el último extremo. Y puesto que la vuelta, por ser generativa, no puede conducir al mismo sitio, al sitio exacto, sólo puede ser para cambiar: el factor social, multiplicando de inmediato el biológico, penetrando en todos los principios para ofrecer, en fabulosa retroalimentación, las infinitas síntesis de distinción extrema, singularizadas, entre todo lo demás, por la carga, menor o mayor, de fluctuantes sentimientos, es decir, el factor social en su versión dinámica caótica, no lineal o compleja, sobre un factor biológico que representa la verdadera continuidad, el medio por excelencia, no la excepcionalidad, que ya es bastante (algo comparable a lo que se va a proponer para relacionar las simples formas con las lenguas como actividades biológicas y socioculturales; algo comparable también a la relación entre planes y sus realizaciones). Por lo dicho, son de sumo interés los actuales modelos de
emoción que incorporan la teoría matemática de los sistemas dinámicos caóticos, precisamente desde el lado social, según puede comprobarse en la recopilación de Lewis y Granic (2000), en la línea de Camras (1992) o Fogel y otros (1992), a partir de la nota de Campos, Campos y Barrett (1989), o en el resumen de Mayne y Ramsey (2001), aunque causa zozobra que, por ejemplo, Scherer (2000), que bendice el asunto, mantenga una perspectiva secuencial. Más allá de las teorías, algunas personas se sienten libres al cortar la vía por la que las emociones maduran en sentimientos, pero pronto se encuentran sin capacidad de reacción.