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Percepción y acción motora como procesos inconscientes o paralelos

La inconsciencia no es originaria de la percepción por separado, como tampoco es propia de la acción por su cuenta y riesgo. La inconsciencia surge como relación específica entre ambas. Lo que ocurre es que, siendo la conciencia la auténtica relación, la inconsciencia queda en relación tan preparatoria que no parece relación. Lo que explica, entre otras cosas, que pueda rebajarse a uno de los dos polos solamente, incluso más abajo.

Percepción y acción motora comienzan a constituirse, se hacen inconscientes en su paralelismo. El paralelismo biocognitivo es tan propio como el geométrico, sólo que el geométrico es el general, mientras el biológico es el especificado. En este sistema, hablar de procesos inconscientes es referirse a percepciones y acciones como procedimientos que, por mucho que se prolonguen, nunca se encuentran. No para pararse ahí sino para prolongarse en la bioconciencia, que cruza percepción y acción.

La falta de convergencia entre percepción y acción motora deja de extrañar al caer en la cuenta de su función en el conjunto. El continuo espacio-tiempo es la falta de divergencia, la garantía de que percepción y acción podrán desarrollarse al máximo por

partir de lo común. La inconsciencia es la versión en la cual percepción y acción no convergen. Sólo para que percepción y acción converjan y diverjan al límite en el modo consciente o superior.

Sin este zigzaguear, lo inconsciente a lo sumo queda en un paralelismo impropio, el que generaliza percepción y acción motora, con todo lo que haga falta, en un mismo proceso rudimentario –el simple paralelismo del trabajo de las neuronas, a partir de McCulloch (1956) –, y peor aún, la conciencia queda en algo paralelo a la inconsciencia, un simple levantar acta a otro nivel supuestamente superior, como una nube, algo de lo que tanto supo W. James, que se evapora.

La gran corriente que defiende el paralelismo como el carácter del procesador cognitivo es el modelo del procesamiento distribuido en paralelo (PDP), desde McClelland y Rumelhart (1986) y Rumelhart y McClelland (1986). La idea del enfoque consiste en el abandono de los sistemas simbólicos para acercarse al cerebro humano en su manera de funcionar: Clark (1990). Dado que el funcionamiento de las neuronas es relativamente lento, dichas células están fuertemente interconectadas y trabajan al unísono. Desde tal base, el enfoque se plasma en inmensas redes cerebroides, neuromorfas, de unidades idénticas entre sí, en conexiones de entrada y salida –de ahí “enfoques conexionistas”, o mejor “neoconexionismo”, ya que la conexión estricta, incluso como palabra para semejantes menesteres, aparece en E. L. Thorndike–, inhibidoras y excitadoras, capaces de abordar cualquier tarea cognitiva desde su aprendizaje –vincular el aprendizaje y lo biológico no tiene precio– como patrones de actividad cambiantes en una única red.

Por desgracia, todo se torna pronto en una carrera de simplificaciones. Muchos enfoques neoconexionistas utilizan el planteamiento biológico para impedir el social, y aquí tampoco valen las buenas palabras, menos mirar al otro lado, como si un redentor pudiera tender puentes sobre pilares inexistentes. Muchos conexionistas utilizan el proceso inconsciente o en paralelo para negar a la biología su conciencia. Muchos utilizan, según la vieja costumbre, lo perceptivo contra lo motor. Pero es que lo precedente poco puede extrañar en una postura que puede confundir los productos y los procesos. Me refiero, por ejemplo, a la corriente de las “representaciones distribuidas” que parte de Smolensky (1988), como si los fundamentos geométricos olvidasen las rectas paralelas a favor de las figuras o viceversa. Es verdad que la hipótesis de las “representaciones locales” –Grainger y Jacobs (1998) o Page (2000) – es inicio de distinción. Pero uno teme lo peor cuando en O’Brien y Opie (1999) se hace emerger la conciencia como una representación de este tipo. El asunto alcanza el paroxismo cuando a un procedimiento tan esquilmado se le exige dar razón de algo tan potente, por ejemplo, como la percepción del lenguaje, desde las primeras intentonas, adelantadas a la presentación conjunta de 1986, McClelland y Rumelhart (1981) y Rumelhart y McClelland (1982), hasta Palmer-Brown, Tepper y Powell (2002), con los apartados correspondientes de Markus (2001). En una nueva versión del tiro por la culata, el enfoque pronto se convierte en un campo de micromodelos para cada tarea concreta, sin más vinculación que algunos algoritmos, como el de “retropropagación” de Chauvin y Rumelhart (1996), a partir de la panoplia de Hinton (1989).

El enfoque PDP es un método extraordinariamente expeditivo de dar cuenta de las relaciones cognoscitivas no sólo al limitarse al conocimiento continuo o biológico sino a limitarlo por la sola generalización: evidentemente, estoy de acuerdo con el carácter totalizador del conexionismo, con lo que el conexionismo tiene de totalizador, pero no con su totalización homogeneizadora por abajo, disfrazada de paralelas, y no lo estoy porque, evidentemente, las totalidades, si generativas, sólo pueden ser heterogéneas, heterogéneas de homogeneidad y heterogeneidad. Sin entrar en la vertiente innatista, la

ventaja de Fodor (1983) es que mantiene la diversidad, en concreto, siguiendo la tradición de Bruner (1973). La diversidad de Fodor arranca de la distinción entre los sistemas de entrada, de naturaleza modular, y los sistemas centrales, de naturaleza interactiva. El problema consiste en que la especificidad de los primeros, que nada tiene que ver con el encapsulamiento o la impenetrabilidad, radica principalmente en la acción motora, contra la importancia que Fodor otorga a la percepción. Fodor, y no sólo Fodor, nunca logrará relacionar sus dos polos mayores, aunque sólo sea por simplificar el inferior, ya que la relativa periferia es sobre todo relación recíproca de percepción y acción motora. Para uno de sus apartados críticos, Fodor debería caer en la cuenta de que la percepción del lenguaje es, más que nada, percepción de la producción (motora) del lenguaje, si bien el problema no es sólo de Fodor, según se puede comprobar en las recensiones de Gernsbacher y Kaschak (2003) y Martin (2003). Más aún, casi todos deberían caer en la cuenta de que, dejando aparte que percepción y acción poseen sus niveles centrales, biológicos, el nivel superior del conocimiento, efectivamente interactivo en la acepción más estricta, es sociocultural, complejo o distintivo al máximo –de poco sirven generalidades como el sistema cognitivo del mundo, las creencias perceptivas o la experiencia fenoménica–, y que dicha interacción, de impulso social, se comunica con lo biológico, incidiendo en la acción motora, no en la percepción, por lo que al modo directo se refiere.

El paralelismo de percepción y acción viene de entrada. Ambos procesos toman su porción correspondiente del mundo físico. La percepción toma la energía como disipación al límite, para obtener el oportuno precepto, y la acción toma las emociones, los símbolos y los planes en su físico, en su añadidura física, para obtener, siempre a la espera del factor social, sentimientos, habla o escritura y diseños manuales, entre otros. Semejante perspectiva, psicofísica en verdad, se libera de este modo del gran paralelismo impropio, el paralelismo de entrada y tratamiento, por supuesto en su faceta más sencilla, siempre con el trasfondo acechante del isomorfismo, como si las malas paralelas se acercasen demasiado.

El problema de la psicofísica habitual es que, efectivamente, favorece mucho más a la percepción que a la acción motora, lo que algunos compensan entendiendo la percepción como entrada primera de la acción, remedio que acaba por sepultar el paralelismo. Se puede aprender mucho, por ejemplo, del enfoque que partió de Campbell y Robson (1964, 1968), con Blackmore y Campbell (1969), tomando como forma de base la transformada de Fourier (1822) –en la aplicación, Goodman (1967) –, sobre resultados experimentales, en experimentos con implante de electrodos, como los de Hubel y Wiesel (1959, 1962, 1963, 1968). Si concebimos la luz como patrones de ondas electromagnéticas, al igual que otras sinusoidales, o más genéricamente periódicas, cuantificables por la longitud, la frecuencia o la fase, aunque también podría concebirse como flujo de corpúsculos, entendemos la visión, en lo referente a la periferia de su sistema sensorial, como conjunto de células con pigmentos fotosensibles que modifican su organización bioquímica ante un entorno de absorción, reflexión y refracción de tales ondas en los objetos, es decir, prototípicamente, la visión como procesadora de determinadas frecuencias espaciales. Pero parece que tan gran esfuerzo concentrado en una parte impide detallar lo superior, la acción motora.

El lector interesado hará bien en concretar estas cuestiones con la ayuda de textos y reseñas relevantes en la percepción. Entre otros, dentro de la visión, Kaiser y Boynton (1996) para los colores, con Matlin y Foley (1996) para la profundidad y el tamaño; para el sistema auditivo, Moore (1989); para el tacto, Heller y Schiffs (1991); para el olfato, Schab y Crowder (1995); para el gusto, Carterette y Friedman (1978). Además para el conjunto completo, es conveniente consultar manuales como Boff, Kaufman y

Thomas (1989) o Goldstein (1999), aunque para la organización perceptiva nada como Mountcastle (1998), desde el enfoque de la neurociencia. Para la acción, mucho menos profusa en su tratamiento, partiendo de Sherrington (1906/1947), deben consultarse Rosenbaum (1990) y Rothwell (1987) en lo referente a los tres niveles de control –la médula espinal, el tronco del encéfalo y la corteza motora– hasta llegar a los detalles más complejos a través de la obra de Jeannerod, como resumen Jeannerod (1997).

Bioconciencia

Terminología

La palabra latina “conscientia” se traduce al español por “conciencia” o por “consciencia”. Con los datos en la mano, no se puede sostener que la segunda sea de uso restringido en ciertas disciplinas y la primera de uso general, en el sentido de que en psicología, por ejemplo, hoy por hoy, aparecen ambas. Utilizaré “conciencia”, como “concienciación”, “concienciar”, etc., simplemente por su empleo más extendido, a pesar del alejamiento de la etimología, y a pesar de “consciente”, “inconsciente”, “inconsciencia”, etc. De todos modos, es claro que nuestro idioma no sólo trabaja en este terreno con elementos léxicos sino con expresiones enteras, ya que no es lo mismo, por ejemplo, “ser un inconsciente” que “estar, quedar inconsciente”.

Si partimos del verbo, “cumscire”, por “cum” y “scire”, no quiere decir otra cosa que saber con otros, saber relacional, saber supremo. O sencillamente dejamos la conciencia en el saber, conocimiento por excelencia, al emplear palabras como “conocer” para el conjunto. De cualquier modo, la conciencia siempre en la cúspide. La exclusión por principio de la conciencia es la gran manifestación de la impotencia del enfoque excluyente.

Dado que la relación cognoscitiva por antonomasia es la bio-social, la conciencia surge en ambas vertientes, al final de las mismas. Distingo, entonces, “bioconciencia” y “socioconciencia”, de utilizar una sola palabra en cada lado. Una alternativa para la segunda es “moral” o “ética”, mejor como adjetivo, ya desde Aristóteles, aquí en “conciencia moral”, porque siempre es mejor que las conciencias vayan unas con otras. Pero, al menos en los titulares, es mejor todavía que la conciencia y lo social vayan juntos, y lo más estrechamente.

Esta plenitud de los principios de conciencia excluye los fantasmas en lo social y la propia reclusión en lo biológico. Dejando los fantasmas para mejor ocasión, es peligroso titular un libro Consciousness, como hace Hobson, psiquiatra y neurofisiólogo, en Hobson (1999), por poner un ejemplo, cuando se trata exclusivamente el perfil biológico de la conciencia. Sin duda, los enfoque que reclaman para el conocimiento la totalidad del cuerpo –debería ser evidente que conocemos con todo– tienen todas las ventajas para abrirse a lo social, entre otras perspectivas, la obra de Varela, desde Maturana y Varela (1987) a Thompson y Varela (2001), y la del último Damasio, a partir de Damasio (1999). Pero todo puede quedar en buenas palabras, a lo sumo, en buenas intenciones, sobre todo cuando la profesión manda, y más aún cuando el pensamiento social en su conjunto deja tanto que desear.

Propiedad

La propiedad constituyente de la conciencia biológica es la reciprocidad de percepción y acción motora. Por ella, percepción y acción son una y diversas al máximo. Unidad y diversidad extrema aparecen también en cada uno de los polos. Se trata de una integración de las diversas modalidades sensoriales, como de los distintos tipos de acciones, con mayor capacidad transformadora que la inconsciente.

Tradicionalmente la reflexión es la propiedad elegida para la conciencia, tal y como figura en nuestros diccionarios. Conduciría a bien poco una comparación por las bravas entre reciprocidad y reflexión. Es más fructífero partir de desarrollos como Carruthers (1996), que integra posturas como Kirk (1994), para la hipótesis de la reflexión, aparte de llegar al final de mi exposición de la bioconciencia, como mínimo. Porque, al defender la reflexión, se habla de conciencia en el sentido más amplio, tan amplio que, aparte de no distinguir entre conciencia biológica y conciencia social, no se distingue en lo que debería ser la primera entre percepción y acción motora.

Searle (2000b) defiende la conciencia “enteramente causada por procesos neurobiológicos y realizada en las estructuras cerebrales, [cuyo] rasgo esencial […] es la subjetividad cualitativa unificada”, aunque a reglón seguido suma otras muchas propiedades. No voy a entrar en éstas, porque unas son tan generales como la autoorganización, otras tan regresivas, simples precursoras, como la intencionalidad, y más abajo, abajo por completo, la dimensión de (dis)placer, o tan ambiguas como la familiaridad, porque no es lo mismo ser familiar respecto a Debussy o a Stravinski, nada decir de Stockhausen, por ejemplo, en Licht, que de cualquiera. Volviendo a lo “esencial”, estamos de acuerdo en la conciencia biológica, aunque no en las ideas de correlato o de efecto de los procesos neurobiológicos, ya que se origina como tales procesos, eso sí, en su funcionamiento al máximo nivel, y mucho menos aún en que la conciencia biológica sea la conciencia completa. Respecto a las propiedades, dejando aparte el aspecto cualitativo, ya que el propio Searle reconoce la extensión compartida por qualia y conciencia, el asunto queda en subjetividad unificada. La hipótesis podría pasar en cuanto intento de combinación de unidad y diversidad. Pero la idea de sujeto como persona es tan compleja que no cabe en la conciencia biológica, como tendremos ocasión de comprobar. A no ser que nos refiramos al tradicional sujeto verbalista, a la subjetividad en base a “una ontología en primera persona, como opuesta a la ontología en tercera persona de las montañas y moléculas”, en cuyo caso, se trata de simplificación.

Al menos desde Wittgenstein (1921), es costumbre ridiculizar la noción de conciencia como el punto donde todo se junta, es decir, la idea cartesiana de conciencia. Una de las máximas expresiones actuales de tal crítica es Dennett (1991), con Dennett y Kinsbourne (1992) para detalles neurológicos, dada la naturaleza filosófica del primer trabajo. Sostiene Dennett que la conciencia se asemeja a la producción, edición y circulación de borradores múltiples de los artículos científicos usuales, donde ningún borrador es definitivo, por lo que no existe ningún punto de confluencia, a pesar de que algunos, sólo algunos borradores se sondean por parte de los otros profesionales o quedan fijados en forma y contenido. La conciencia biológica tiene poco que ver con esta imagen, válida, eso sí, para desechar la sola unidad o la unidad a la fuerza,

simplemente porque Dennett, como casi todos, sigue dando vueltas en torno a Descartes.