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En torno a la noción de intencionalidad de Brentano

Franz Brentano, en su Psicología desde un punto de vista empírico (1874) –consúltese sobre todo el primer capítulo del libro segundo–, rescata la noción de intencionalidad, promovida por los escolásticos de la Edad Media –como prototipo la Summa Theologica de Santo Tomás de Aquino (c. 1265-1273) –, aunque en la senda de Aristóteles, en su “inherencia psíquica”, según reconocimiento del propio Brentano. La función primaria de la intencionalidad es distinguir los fenómenos psíquicos de los físicos, por medio de la inexistencia mental de los objetos, exclusiva de los fenómenos psíquicos. La inexistencia se refiere, por una parte, a que los contenidos intencionales no tienen que ser reales, ya que, por ejemplo, se puede creer en objetos no existentes como los unicornios. Por otra, para Brentano la inexistencia se refiere principalmente a su carácter interior: “Los fenómenos psíquicos […] son aquellos fenómenos que contienen en sí, intencionalmente, un objeto”, la “objetividad inmanente”.

Brentano, como culminación de un pensamiento bien antiguo, acierta al crear un nivel en el que lo psíquico se entiende con lo físico.

Brentano falla por homogeneizar en exceso, lo que conduce al exceso contrario. En la intencionalidad, lo físico, si se quiere hablar así, debe desdoblarse en objeto primario y disipación energética. El objeto primario explica la orientación a la falta de existencia, si bien se trata de la primera realización específica, la realización que se caracteriza por ser la única que no pasa a realizaciones más poderosas. Pero lo físico, en la genuina intencionalidad, surge realmente en la disipación del universo, en el universo como disipación, algo tan real, tan existente que es tomado como entrada para estadios ulteriores de la realización. Se trata de lo físico, pero sólo en su principio, en su principio de conocimiento, integrado en la intencionalidad, dualidad irreconciliable con el dualismo. Brentano falla también en la homogeneización de lo psíquico. Cuando Brentano distingue en este aspecto –“Todo fenómeno psíquico contiene en sí algo como su objeto, si bien no todos del mismo modo” – se limita a distinguir entre algo parecido a emociones, símbolos y planes –“En la representación hay algo representado; en el juicio hay algo admitido o rechazado; en el amor, amado; en el odio, odiado; en el apetito, apetecido, etc.” –, lo que está muy bien pero sin llegar a distinguir estos asuntos respecto a sus versiones anteriores a la intencionalidad ni respecto a sus versiones posteriores. Todo hace pensar, en la mejor de las exégesis, que Brentano se refiere exclusivamente a lo psíquico en la vertiente positiva de la intencionalidad, ya que, por ejemplo, en la negativa, lo psíquico queda en el interior de lo físico, como el segmento queda entre sus dos extremos. Entonces, la vertiente positiva parece quedarse con todo en el dominio, interiorizando, comiéndose, devorando, haciendo desaparecer lo verdaderamente físico, lo físico existente, con lo que la propia vertiente se hace irreal, y con ella todo lo cognitivo. Irreal frente a una física, con todo, inquietante.

El problema fundamental de Brentano estriba en las repercusiones. Una noción tan central, falta de una concepción apropiada, tiende a ser asimilada a antecedentes o a consecuentes. Es clásico el error hacia abajo, en concreto, la simplificación de la intencionalidad a creencia, y la creencia a forma, sobre todo a alguna de las lingüísticas: Russell (1940), con su famosa noción de intencionalidad como actitudes proposicionales, abre una senda que se convierte en carretera, y autopista, en Chisholm

(1957, 1967, 1984) –Fodor (1990) si no ha tenido bastante–, camino de singular fortuna a pesar de las contundentes críticas de Lyons (1995) y Searle (1983, 1992), cuyas teorías el lector hará bien en revisar. Pero también se puede fallar en sentido inverso, por precipitación, como puede ser el caso del enfoque instrumental –los instrumentos con intencionalidad, por ejemplo, Dennett (1987), en la línea de Quine (1960, 1961, 1981) –, el caso de los enfoques biológicos –McGuinn (1989, 1991), Millikan (1984) o Searle– y el caso de los enfoques funcionalistas hasta lo social –Loar (1988, 1990), por ejemplo–.

Entropías

El desatinado tratamiento de la intencionalidad en filosofía no ha sido ajeno al poco aprecio de la noción en las ciencias biopsicosociales. Sin embargo, en el otro lado de la ciencia, en las ciencias físicas, aunque parezca increíble, las cosas han ido por otros derroteros. Por supuesto, sin que tengan que aparecer palabras como “intencionalidad”. El asunto puede parecer curioso, y en cierto sentido lo es, pero no lo es tanto cuando concebimos la disipación energética o física como una parte de la intencionalidad.

Una palabra clave en el desarrollo de las ciencias físicas es “entropía”. La palabra posee significados tan amplios como transformación o vuelta. La amplitud puede entenderse perfectamente como preparación. Como entropía o como intencionalidad, nos hallamos en una etapa por la que el conocimiento se prepara de modo inmediato para lo más importante, lo biológico y lo sociocultural, por lo que la preparación requiere dos facetas, algo fundamental para comprender la ambivalencia siempre asociada a la entropía, por una parte, cargada de carácter negativo, pero por otra capaz de contrarrestar dicho valor.

Clausius (1850) introduce la palabra “entropía” en su acepción moderna para destacar la vertiente degradante en las transformaciones de energía mecánica. Según la primera ley de la termodinámica clásica, la energía no se pierde, pero, en un sistema cerrado, todo intercambio real lleva consigo una pérdida de calor con fines útiles. La segunda ley, el problema de Carnot, concibe la entropía como medida de tal pérdida. Pérdida que tiende a aumentar sin remedio en el dominio.

Las ciencias cognitivas deberían otorgar la importancia que se merece a Lord Kelvin, porque fue capaz de establecer ciertas repercusiones en la esfera de los quehaceres humanos de algo tan distante en apariencia como la transferencia de calor. Es verdad que su aportación se queda bien corta, en cuanto cree imposible el lado principal o positivo. Pero su pesimismo radical es un tocar fondo, lo que, en asuntos de superación, no tiene precio. Thomson (1881, 1911) niega a los humanos toda posibilidad de intervenir con éxito en la recuperación de la pérdida. Más aún, todo intento de reforma, toda reforma añade disipación a la disipación, poco entonces de revoluciones. Lord Kelvin confiesa que las transformaciones requeridas para atajar de raíz la disipación universal de energía se le antojan “inimaginables”. Parece no quedar más remedio que imaginarlas… y realizarlas.

El Maxwell más convencional podría pasar a la historia por haber ideado una solución probabilista a la degradación extrema: si todo es cuestión de probabilidades, su rango, en su inmenso juego, parece liberarnos del destino atroz. Sin embargo, la aportación verdaderamente radical se apunta en una de las últimas notas a pie de página de Maxwell (1871), no tan lejos del libro fundamental de Brentano, radical por hacer referencia a la necesidad de trascender lo termodinámico. Imagina Maxwell un ser –“el demonio de Maxwell”, según una tradición que puede consultarse, por ejemplo, en Leff y Rex (1990) –, cuyas facultades son tan agudas que le permiten, sin gasto de trabajo mecánico, ya que de otro modo se entraría en contradicción con la segunda ley, incluso los cambios más extremos de temperatura. El ser ve las partículas individuales y actúa para abrir o cerrar un diminuto orificio o pequeña trampilla en el tabique que separa las dos porciones de un recipiente lleno de aire para que las moléculas de gas más rápidas pasen de la cámara izquierda a la derecha y las más lentas de derecha a izquierda, con lo que se eleva la temperatura en la derecha y baja en la izquierda.

A pesar de las contribuciones de Boltzmann (1909) en múltiples sentidos, es costumbre aludir, sobre todo en la literatura anglosajona, a Szilard (1929) como el pionero en la vinculación de entropía y memoria, una buena manera la última de referirse a la superación de la tendencia degradante. No obstante, sin negar a Szilard la recuperación del rótulo, recupera también las concepciones de memoria como mero almacenaje, almacén con sus pérdidas, por lo que el autor acaba equiparando la memoria a la entropía termodinámica. Aumentar la memoria es aumentar la entropía, con lo que salva la segunda ley, verdadera obsesión de Szilard, pero con lo que impide el auténtico progreso. Una auténtica regresión respecto al ser de Maxwell y su dinamismo, ya que, en términos actuales, al ver, posee la correspondiente memoria sensorial, sólo para los menos osados un almacén.

Con tanto impedimento, con impedimento tan reconocido aunque no en la mejor dirección, tenemos que esperar hasta la mitad casi exacta del siglo XX para volver al buen sentido. Se trata de Shannon (1948, 1951), mucho más que Brillouin (1951, 1956). Es, sin embargo, Brillouin el autor que introduce la palabra más famosa en el nuevo desarrollo: “información”. Y lo hace además con el significado preciso, positivo, de entropía negativa –la información es lo que se opone de modo directo a la degradación termodinámica–, pero su información es tan termodinámica como la degradación que enfrenta.

Shannon, más que por sus ecuaciones, en la línea de Boltzmann, sustento también de Brillouin, es importante por reconocer en la información, como verdadero carácter de la información, la novedad. Frente a la certeza postulada por Brillouin, Shannon determina que cuanto más novedoso es el mensaje más es la información transportada. Sin embargo, en Shannon, la información es ciega: cualquier trabalenguas, con tal de ser una combinación novedosa, transmite más y más información. Pero aun teniendo que aceptar que el conocimiento que se opone directamente a la disipación energética no puede contener las últimas metas, es evidente que no es solución negarle el sentido, sobre todo, cuando la disipación lo tiene claro. Una información sin sentido propio no puede entroncarse con la comunicación, verdadero caballo de batalla de Shannon. Aunque, en este punto también, Shannon opta por las simplificaciones. La comunicación –mejor sería cooperación– para Shannon se reduce al juego de emisor, codificador, canal, descodificador y receptor, algo que puede servir, ser perfectamente válido y útil para ciertos tipos de comunicaciones –Markov, por ejemplo–, pero no, para el conocimiento al límite.

Una de las polémicas más famosas en ciencia fue la que mantuvieron Bohr y Einstein: Bohr (1934, 1937, 1958), Einstein (1954) y Einstein, Podalsky y Rosen

(1935). Pues bien, Einstein falla en cuanto exige una descripción completa de la realidad con independencia de todo conocimiento, mientras Bohr se equivoca en cuanto, precipitadamente, exige de entrada auténticas interacciones, interacciones ya frente a lo físico, como de una sola vez. La genuina intencionalidad es el encuentro –ya en parte desencuentro, porque la semejanza combina igualdad y desigualdad– del mundo físico y el conocimiento que lo supera, pero sólo de inmediato. Las auténticas interacciones vendrán, pero apartándose de lo físico; incluso volverán, pero desde muy lejos.

Entrando en el juego de reversibles e irreversibles de Einstein, Prigogine – por ejemplo, Prigogine y Stengers (1984) – opone el universo reversible de la física clásica, capaz de avanzar o de retroceder en el tiempo, a la irreversibilidad desde el nacimiento hasta la muerte de los sujetos en las ciencias biológicas –Prigogine fue bioquímico en primer lugar– y en la ciencias humanas. Prigogine pretende hacer compatibles estos conceptos de reversibilidad e irreversibilidad en cuanto solución al viejo problema de las relaciones entre el ser y el devenir, el ser y el tiempo. Pues bien, el juego es, en conjunto, al revés; vamos a jugarlo al revés de una vez por todas. Primariamente el universo en general consiste en la irreversibilidad de la disipación energética, mientras que el devenir es tan reversible como cíclico, llega a ser tan reversible como cíclico. Las ecuaciones de Newton –para empezar es suficiente Newton (1728), sabiendo que su obra tiene muchas caras– acerca del movimiento pueden incorporar tanto el tiempo positivo como el negativo sin que el reemplazo produzca variaciones significativas. Pero sobre simples decisiones de este tipo no se puede mantener que el tiempo original transcurra hacia atrás o hacia delante sin mayores consecuencias. Lo que sí se puede mantener es que la física newtoniana, y epígonos, es incapaz de decantarse por uno u otro sentido. Aparte de que pudiera ser que tengamos que concebir varios principios de tiempo. No hay que tener miedo a la disipación universal –desde una perspectiva, el big bang conduce a una expansión al límite, frenada, por ejemplo, por la gravedad, pero la aceleración se impone al retardo–, mientras el conocimiento funcione al límite. Contra el existencialismo de cierta física contemporánea, un existencialismo más aterrador todavía que el tradicional literario-filosófico, debe quedar claro que la disipación más disipada sólo es disipación, no es la nada, y sobre todo que podemos invertir, invertir la tendencia, por supuesto, trabajando en tal sentido, al menos, no yendo en contra de quienes invierten, porque podrían cansarse.

BIOCOGNICIÓN