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SISTEMA DE CONOCIMIENTO PRINCIPIOS DE SIMBOLIZACIÓN

Simbolizar es anunciar, preparar las realizaciones. Pero al menos en origen, el concepto resulta insuficiente. La necesidad de introducir la realización desde algo más sencillo ya se ha manifestado desde las emociones. Aparte de que, para precursor, nada como un plan.

Las simbolizaciones se originan como el precursor medio de la realización. La función constituyente de los símbolos es mediar, mediar entre las emociones y los planes, entre el comportamiento involuntario y el voluntario. La doble orientación, connotativa, hacia las emociones, y denotativa, hacia los planes y su realización, no puede confundirse con una especie de limbo o ensimismamiento inútil, completamente neutro, porque se trata de un tira y afloja, que a veces queda en autorreferencia. El vínculo se capta perfectamente como convención, algo inconfundible con la realización, aunque mediadamente vinculadas.

No es aberrante concebir los símbolos como abstracción. Ahora bien, la abstracción original ni es un quedarse en blanco ni un remonte directo respecto a las realizaciones. Abstraer es alejarse de las emociones, lo que acerca la planificación, y viceversa. Pero falta el impulso (para subir y bajar), con lo que falta el resultado de aplicarlo a la abstracción. Para marcar que el impulso es lo más importante, el límite supremo, también en las simbolizaciones, lo concebimos ahora como delimitación o definición. Abstracción y definición conforman el significado. El significante se origina como el producto de multiplicar los dos factores, significante como mera forma, para diferenciarlo de su vertiente en la realización, a través de sonidos, por ejemplo.

Dado que abstraer en origen es transitar, se entiende que concibiéramos su base como una escala, el vector vertical de la segunda igualdad del Acceso. El progreso en el detalle dentro de las definiciones primarias queda claro desde el correspondiente Acceso, el vector horizontal de la segunda igualdad. La matriz correspondiente, tan expansiva, es una buena base para la expresión simbólica, dada la especial dedicación de los símbolos al aspecto expresivo. Con todo, lo que posee verdadero carácter es la igualdad completa, base de la vinculación de significado y significante, base del símbolo.

SÍMBOLO

En honor a Saussure (1916) entendemos las dos vertientes del símbolo como significado y significante, signifié y signifiant. (Si nos hallamos más cerca del griego, utilizaremos la palabra “símbolo”, y “signo” de colocarnos más cerca del latín.) Sin embargo, la guía nos sirve por poco tiempo. Como en otras ocasiones, la separación es inevitable, aunque las buenas guías vuelven.

La noción de signo como encuentro de un lado conceptual, el del significado, con la sustancia fónica, en el lado material, para el significante, es puro dualismo. La solución

consiste en llevar significado y significante al lado conceptual y al lado de las realizaciones, distinguiendo entre el signo sin más, en el fondo, un producto, y la faceta cooperativa, biosocial o productora. Es cierto que otras bifurcaciones de Saussure , singularmente langue y parôle, tratan de abordar la gran distinción, pero no lo consiguen, de modo principal, porque en ambos casos los símbolos se rodean de otros conocimientos, aparte de que no todos los signos originales son lingüísticos, menos aún lingüísticos naturales. Incluso en el propio signo, de entrada, hay que huir de la simetría que se supone en imágenes como los dos lados de una hoja de papel o las dos caras de una misma moneda, para plantear en la base, y sólo en la base, una igualdad, pero no entre un significante y un significado con idéntico desarrollo, sino entre un significado con el máximo poder y un significante con el mínimo, mucho menos al revés, error en el que puede precipitarnos la expresión pasiva para el significado y la activa para el significante: la sinonimia y la polisemia están en el origen de los símbolos al no existir en la base una unidad de significado para cada una de las significantes.

La composición del significado en dos constituyentes mayores aparece en Frege (1892) en forma de Sinn (sentido) y Bedeutung (referencia), circunscrita a un lenguaje artificial, como es el cálculo de predicados de su lógica. En la semántica formal, la distinción se recoge como “intensión” frente a “extensión”. No puedo aceptar, por demasiado estrecha para todos los símbolos originales, la idea de que la extensión (de un enunciado declarativo) es el valor de verdad y que la intensión es el conjunto de condiciones. Sencillamente propondría la referencia (o la extensión) como el aspecto menos específico y el sentido (o la intensión ) como el más, aunque mi divergencia es tanta que he optado incluso por otros significantes. Ullman (1962) organiza los grandes enfoques de la semántica léxica en dos: el analítico o referencial frente al contextual u operativo, tomando como estrellas a Ogden y Richards (1923) y Wittgenstein (1953) respectivamente. Dan ganas de hacer corresponder las dos posiciones con los dos factores semánticos. Pero la correspondencia pronto se enturbia porque la analítica que se propone es demasiado poco para construir el significado y la operativa es precipitada –“el significado es uso”, según el lema de Wittgenstein, aunque Morris (1938) ya iniciaba la línea, olvida el propio principio semántico, a no ser que, mucho peor, trate de un uso vacío– o general en exceso al hacer iguales actividad y uso. Entiendo los esfuerzos de las actuales “gramáticas de construcciones” y asimiladas: por ejemplo, Goldberg (1995) para las gramáticas en sí y Tomasello (2003) para la adquisición lingüística, con Goldberg (2003) para una introducción de otros muchos nombres. Entiendo tales tendencias gramaticales porque las que han predominado en la segunda mitad del siglo XX no han sabido llevar los símbolos hasta la experiencia. Pero enfocar los símbolos desde los usos no nos libera de unos principios para la organización simbólica, eso sí, preparada para ser penetrada “desde esfuerzos más allá del significado”, como gustaba a F. C. Bartlett, desde planes y memorias, incluso más; en último extremo, asuntos tan distintos como la regla y la excepción extrema.

El estudio del significante original, desechadas la fonética y la fonología, corresponde, en cuanto forma, a la morfología, si bien, tal y como están las cosas, tendríamos que hablar de la “formalogía”, y si os parece demasiado, el momento es bueno para no dejar de pensar. El estudio del significado original puede quedar en semántica. Por la coordinación, los principios de simbolización son principios de sintaxis. Punta de lanza de la auténtica semiología, porque el signo, medio él, llega a lo social a través de muchos y muy distintos medios.