Claramente, son responsables en gran medida, si se considera que las funciones del científico en la sociedad no deberían estar limitadas a ejecutar proyectos de manera socialmente acrítica, sino involucrarse en la orientación y programación de la CyT con conocimiento y opinión fundada sobre las políticas científicas adecuadas. Es decir, formar parte significativa de las reflexiones y orientación de decisiones sobre la planificación de la CyT local y regional. Para que un sistema científico funcione con objetivos claros y pre-establecidos, de manera racional, eficiente, responsable y de cara a la sociedad que debe servir, es necesario que los científicos aporten algo más que el trabajo bien hecho en sus laboratorios y gabinetes, y formen parte –con otros actores sociales– de la construcción del sistema de CyT. En caso contrario, como es frecuente en la actualidad, los científicos seguirán siendo entes ciegos-sordos-mudos que acatan lo que se indique desde los “círculos áulicos” vernáculos y foráneos. Y así, todo seguirá ocurriendo sin cambios, desplegando la liturgia científica, con su espacio (laboratorios y gabinetes), su vestidura (batas o guardapolvos impolutos), su lenguaje (solemne, impersonal y neutro), sus objetos de culto (microscopios y notebooks) y sus ritos (doctorado, proyectos, informes, becarios, comisiones asesoras, etc.), a fin de garantizar el buen funcionamiento del Mercado Científico.
Intenciones versus realidades
En un trabajo realizado por un numeroso conglomerado colaborativo se evaluaron los cambios en la salud global mediante el análisis de 67 factores de riesgo en 21 regiones del planeta. En ese estudio, aun conociendo que el bajo nivel socio-económico es uno de los predictores de morbilidad y mortalidad prematura en todo el mundo, no se consideró en sus conclusiones la circunstancia de pobreza como un factor de riesgo modificable para las estrategias de la salud global. En sus conclusiones, además de muchos lugares comunes que no merecen ser comentados, la única mención al factor pobreza expresa que “En la mayor parte
pobreza y aquellos que afectan a los niños” (522) [el resaltado es nuestro]. Surgen preguntas elementales: ¿Hacía falta la participación internacional de 209 co-autores enfocados en factores de riesgo sanitario mundial de los últimos 20 años para alcanzar esta magra conclusión? ¿Aparte del Africa Sub-Sahariana, no hay otros sitios donde aún subsistan los riesgos para la salud con raíz en el factor pobreza? La Fundación Bill & Melinda Gates, que financió ese trabajo, ¿colaboró también en sus conclusiones? La prestigiosa revista bio-médica británica The Lancet donde se publicó, ¿hizo un control adecuado de los criterios de seriedad para publicar este estudio? Finalmente…, la pregunta se reitera: ¿En qué medida los científicos son responsables? Por su parte, en un reciente artículo publicado por otro grupo de autores, se incluyó el
factor pobreza en una importante muestra superior a 1,7 millón de individuos de ambos sexos,
estimándose la asociación del status socio-económico y otros factores de riesgo (883). En el informe, mostraron un mayor índice de mortalidad en los participantes de bajo nivel socio- económico y la pérdida de años de vida asociada a los factores de riesgo fue: 4,8 años para el tabaco, 3,9 años para diabetes, 2,4 años para inactividad física, 2,1 años para bajo nivel socio- económico, 1,6 años para hipertensión, 0,7 años para obesidad y 0,5 años para consumo de alcohol (825). Recientes informes de otro conglomerado (taskforce) de la misma revista The
Lancet asociado a la Organización Mundial de la Salud, mostraron el estrecho entramado entre
los factores económicos y el control de enfermedades no transmisibles. Una de sus conclusiones fue que “la pobreza determina y es motivada por enfermedades no transmisibles…” y que “la
forma de romper este círculo vicioso es la cobertura de los altos costos de la medicina…”,
“aportes económicos que deben ser destinados a reducir los factores de riesgo como el
tabaquismo, las dietas insalubres y las desigualdades sociales” (839).
Como se podrá deducir de los datos mencionados, quedan pocos artilugios que se puedan proponer en defensa de la supuesta neutralidad e independencia de la Ciencia, los Científicos y sus Instituciones. En ocasiones, también suelen encontrarse inesperados contrastes en el incierto devenir de la CyT globalizada. Así, un grupo de jóvenes de la región, recién egresados del área biomédica y en plena búsqueda vocacional, asociaron en un buscador informático algunos parámetros relacionados a “desarrollo científico”, “enfermedad” e “integración social”. Como colofón de la búsqueda sobre los sitios web de la OMS, FAO, ONU, Oxfam, Instituciones de CyT, Ministerios de Salud, Ministerios de CyT y Facultades biomédicas de universidades
de la región, se plantearon: “¿Por qué en el mundo del siglo XXI, cada año se mueren 2 millones
de enfermos de malaria y otros tantos de tuberculosis, y 60 millones por enfermedades infecciosas, en su mayoría niños?, ¿Por qué hay 220 millones de niños trabajadores, la mitad de ellos en agricultura, 1 millón en minería, medio millón son soldados y 2 millones son explotados sexualmente?, ¿Por qué hay 1000 millones de desnutridos y mueren de hambre 6 millones de niños por año? Y…, en nuestro país [Argentina], ¿por qué hay 3 millones de enfermos de Chagas y se mueren de hambre 3 mil niños por año, mientras [contando con 44
millones de habitantes] se puede producir alimentos para más de 400 millones de personas?”.
A estas preguntas se suele intentar responder desde diferentes enfoques, aunque nunca de
manera sencilla, ni completa, y pocas veces cierta; es donde mueren las palabras. Pero, sin
duda, las preguntas reflejan realidades que tiene relación directa con la producción del conocimiento y con su transferencia. Y son la base de problemas e interrogantes aún no resueltos y sobre los cuales se volverá. ¿Qué clase de CyT se quiere?, ¿En qué clase de país se la quiere? y ¿De qué manera los científicos deben participar, además de hacer experimentos y