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DESCUBRIR NUESTRA VOZ: DONES DE NACIMIENTO NO DESCUBIERTOS
Son tantos los dones
De nacimiento aún no descubiertos, Tantos los bellos obsequios
Que Dios te ha enviado. Al amado no le importa repetir, «Tuyo es también todo lo que tengo». Son tantos, amado, los dones
De tu nacimiento aún no descubiertos.'
HAFIZ
Figura 4.1
El poder de descubrir nuestra voz radica en el potencial que nos fue otorgado al nacer. Las semillas de la grandeza se plantaron en es- tado latente, sin germinar. Nos fueron concedidos unos espléndidos «dones de nacimiento» —talentos, capacidades, privilegios, inteligen- cias, oportunidades— que en gran medida quedarían sin descubrir de no ser por nuestra propia decisión y nuestro propio esfuerzo. Gracias
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a estos dones, el potencial de cada persona es enorme, incluso infini- to. En el fondo no podemos ni imaginar de lo que puede ser capaz una persona. Puede que un bebé sea la creación más dependiente del uni- verso, pero al cabo de unos años se convierte en la más poderosa. Cuanto más usamos y desarrollamos nuestras aptitudes actuales, más aptitudes se nos conceden y mayor es nuestra capacidad.
Todos los niños nacen siendo genios; con rapidez, sin darse cuenta, 9.999 de cada 10.000 son desposeídos de su condición de genios
por los adultos. BUCKMINSTER FUIXER
Veamos a continuación los tres dones más importantes (figura 4.2): En primer lugar, la libertad y la capacidad de elegir.
En segundo lugar, unas leyes o principios naturales de carácter uni- versal que nunca cambian.
En tercer lugar, cuatro inteligencias o capacidades: física/económica, emocional/social, mental y espiritual. Estas inteligencias/capacidades se corresponden con las cuatro partes de la naturaleza humana simboliza- das por el cuerpo, el corazón, la mente y el espíritu.
D O N E S DE N A C I M I E N T O
(En su mayoría no descubiertos)
Libertad y capacidad de elegir Principios (leyes naturales)
■ Universales ■ Intemporales ■ Manifiestos Las 4 inteligencias/capaci dades ESPIRITUAL EMOCINAL Figura 4.2
La escritora Marianne Williamson expresó a la perfección con qué frecuencia nos sobrecogen y hasta nos aterran nuestras dotes innatas, algo que en mi opinión se debe, en gran medida, a la sensación de responsabilidad que nos imponen:
MENTAL FISICA/ECONOMICA
DESCUBRIR NUESTRA VOZ [...] 57 Nuestro temor más profundo no es que no estemos a la altura. Nues- tro temor más profundo es que nuestro poder es inconmensurable. Nuestra luz, no nuestra oscuridad, es lo que más nos amedrenta. Nos preguntamos: ¿quién soy yo para tener inteligencia y belleza, para ser alguien fabuloso y con talento? Pero, en realidad, ¿quiénes somos para no ser así? Somos hijos de Dios. Hacernos los insignificantes no le sirve al mundo. No hay nada de inteligente en rebajarnos para que los demás no se sientan inseguros en nuestra compañía. Todos estamos hechos para brillar, como hacen los ni- ños. Hemos nacido para manifestar la gloria de Dios que está en nuestro in- terior. No está sólo en algunos de nosotros; está en todos. Y cuando deja- mos que brille nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a los demás para que hagan lo mismo. Cuando nos liberamos de nuestro propio temor, nuestra presencia libera automáticamente a los demás.2
Nuestro primer don de nacimiento: la libertad de elegir
Durante medio siglo me he dedicado al tema de este libro en mu- chos contextos diferentes de todo el mundo. Si alguien me preguntara qué tema o cuestión parece tener más impacto en la gente, qué gran idea ha resonado en el alma con más profundidad que cualquier otra, si se me preguntara qué ideal es el más práctico, más importante, más oportuno con independencia de las circunstancias, respondería ense- guida, sin ninguna reserva, con la más profunda convicción, de todo corazón y con toda mi alma, que somos libres de elegir. Después de la vida misma, la facultad de elegir es nuestro mayor don. Esta facultad y esta libertad contrastan claramente con la mentalidad de victimismo y la cultura de la culpa que tanto predominan en la sociedad de hoy.
En esencia, somos producto de la elección, no de la naturaleza (los genes) ni de la cultura (la educación, el entorno). Es indudable que los genes y la cultura suelen ejercer una gran influencia pero no nos determinan.
La historia del hombre libre nunca está escrita por el azar sino por la elección: su
propia elección.3
DWIGHT D. EISENHOWER
La esencia del ser humano es la capacidad de dirigir la propia vida. El ser humano actúa, los animales y los «robots» humanos reaccionan. El ser humano es capaz de tomar decisiones basándose en sus valores. La facultad de elegir el rumbo de nuestra vida nos permite reinventarnos
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a nosotros mismos, cambiar nuestro futuro e influir con fuerza en el resto de la creación. Es el don que nos permite usar los restantes do- nes; es el que nos permite elevar nuestra vida a unos niveles cada vez más altos.
Durante todos estos años, al hablar a distintos grupos, una y otra vez han acudido personas a mí diciéndome básicamente: «Por favor, dí- game algo más sobre mi libertad y mi facultad de elegir. Por favor, hábleme otra vez de mi valía y de mi potencial, de que no tengo ningu- na necesidad de compararme con otros». Muchos también han comen- tado que, aparte de lo interesante (o aburrida) que hubiera podido ser la charla, lo que literalmente había electrizado su alma era la sensación interior de su propia libertad para elegir. Era algo tan delicioso para ellos, tan excitante, que a duras penas podían reflexionar sobre ello con suficiente tiempo o profundidad.
Esta facultad de elegir significa que no somos sólo el producto de nuestro pasado o de nuestros genes; no somos el producto del trato que nos dispensan los demás. Es indudable que influyen en nosotros, pero no nos determinan. Nos determinamos a nosotros mismos por medio de nuestras elecciones. Si hemos entregado nuestro presente al pasado, ¿también debemos entregar nuestro futuro?
Una de las experiencias que ha influido en mi vida con más profun- didad —y que desde un punto de vista conceptual ha sido fundamental para mi trabajo con los siete hábitos— tuvo lugar mientras me encon- traba pasando un período sabático en Hawai. Un día me encontraba paseando sin prisas entre las estanterías de una biblioteca. Hallándome en un estado de ánimo muy meditabundo y reflexivo, tomé un libro. En él leí tres frases que me dejaron totalmente estupefacto:
Entre estímulo y respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestra facultad
para elegir la respuesta. En estas elecciones residen nuestro crecimiento y nuestra felicidad.
E S T I M U L O Y R E S P U E S T A
Estímulo Libertad de
elegir Respuesta
D ESC UB R I R N UE ST R A VO Z [ . . ] 5 9
Desde un punto de vista intelectual, ya había aprendido de muchas fuentes sobre nuestra libertad de elegir nuestra respuesta a cualquier cosa que nos pueda pasar. Pero aquel día, con aquel estado de ánimo re- flexivo, en aquel clima de tranquilidad, la idea del espacio entre lo que nos ocurre y nuestra respuesta a ello me impactó con toda su fuerza. Desde entonces he acabado comprendiendo y creyendo que el tamaño de ese espacio está determinado básicamente por nuestra herencia ge- nética o biológica y por nuestra educación y nuestras circunstancias actuales.
Para muchas personas que han crecido en un entorno lleno de ca- riño y de apoyo, este espacio puede ser muy grande. Para otras puede ser muy pequeño a causa de diversas influencias genéticas y ambien- tales. Pero lo esencial es que sigue habiendo un espacio y que en el uso de ese espacio es donde existe la oportunidad de ampliarlo. Algu- nas personas que tienen un espacio muy grande, cuando se enfrentan a unas circunstancias adversas pueden optar por derrumbarse y ceder, reduciendo así el tamaño del espacio entre estímulo y respuesta. Otras con un espacio pequeño pueden luchar contra poderosas fuerzas ge- néticas, sociales y culturales y ver que su libertad se expande, que su crecimiento se acelera, que su alegría se hace más profunda. Las pri- meras, simplemente, no abren el más preciado de todos los dones de nacimiento. Poco a poco se convierten más en el resultado de sus con- diciones que de sus decisiones. Las segundas, quizá a trompicones y con un esfuerzo grande y constante, vislumbran este inestimable don de la facultad de elegir y descubren la fuerza que liberan casi todos los otros dones recibidos al nacer. El heterodoxo psiquiatra R. D. Laing expresó con las siguientes palabras que el hecho de no reparar en que poseemos ese espacio anula nuestra capacidad para cambiar. Sólo el ser humano tiene conciencia de sí mismo. Leamos la siguiente cita, reflexionemos sobre ella, y volvamos a leerla:
La gama de lo que pensamos y hacemos está limitada por aquello que no advertimos. Y puesto que no reparamos en lo que no advertimos, poco podemos hacer para cambiar hasta que no nos damos cuenta de que el hecho de no darmos cuenta conforma nuestros pensamientos y nuestros actos.