3. La salud y el género
3.3 El enfoque de género en salud
En congruencia con lo establecido por la OMS, la equidad en salud debe ser concebida como la eliminación de disparidades innecesarias, evitables e injustas que afecten los resultados en salud (OMS, 1985, citado en Whitehead, 1990). Bajo este marco, la OPS manifiesta que la equidad de género en salud necesita simultáneamente establecer los lineamientos de un enfoque de género en salud. A continuación, se presenta los principales aportes respecto al tema.
Según, la OPS, la perspectiva de género en el ámbito de salud implica relacionar la distribución de los recursos entre el hombre y la mujer con sus perfiles epidemiológicos en orden de explicar y legitimar las diferencias en los resultados de salud de estos dos actores (OPS, s/f, citado en Milosavljevic, 2007: 163).
Así, en palabras de Gómez (2002: 328) estos lineamientos moldean dos pilares fundamentales de análisis, la equidad de género en el estado de salud y la equidad de género en el acceso a salud:
La equidad de género en salud no se traduce en tasas iguales de mortalidad y morbilidad entre hombres y mujeres, sino la eliminación de diferencias remediables en las oportunidades de disfrutar de salud o morir por causas prevenibles. Asimismo, la equidad de género en la atención de la salud no se manifiesta en cuotas iguales de recursos y servicios para hombres y mujeres; exige, por el contrario, que los recursos se asignen y se reciban diferencialmente, de acuerdo con las necesidades particulares de cada sexo y en cada contexto socioeconómico.
En tal virtud, respecto al primer pilar, el estado de salud, es preciso recalcar que a pesar de la mayor longevidad de la mujer (Diwan, Thorson y Winkvist, 1998; Manisha y Sekhar, 2007), lo cual aparentemente brinda una ventaja de supervivencia frente al varón, se ha evidenciado empíricamente que esto no implica estrictamente una mejor salud (Ostlin, 2002; OPS, 2011; OMS, 2014). Por el contrario, como se mencionó en el acápite anterior, las mujeres tienden a presentar mayores tasas de morbilidad, además de mayor prevalencia de enfermedades crónicas no mortales y niveles más altos de discapacidad en el corto y largo plazo (Gómez, 2002). Por otro lado, se tiene que las causas de mortalidad del hombre y la mujer presenta diferencias estructurales, producto de la condición biológica así como de la construcción social de los roles de estos dos actores (OPS, 2011; OMS, 2014a). En este sentido, se tiene que los hombres, por ejemplo, tienden a morir más por
42 razones relacionadas con accidentes y conflictos armados, mientras las mujeres por causas degenerativas (OPS, 2011). Este escenario deja entrever que tanto hombres como mujeres enfrentan retos en salud distintos entre sí, que ameritan ser visibilizados en las agendas de salud.
En cuanto a la equidad de género en el acceso a salud, frecuentemente se relaciona la mayor utilización de servicios de salud por parte de la mujer como una ventaja en el acceso respecto al hombre. Sin embargo, a pesar de que, efectivamente la mujer tiende a usar más los servicios de salud (Gómez, 2002; Manisha y Sekhar, 2007), es preciso identificar dos cosas. Por un lado, el rol biológico de la reproducción presente en la mujer, la mayor presencia de enfermedades crónico- degenerativas no mortales y la mayor longevidad explica la mayor necesidad de atención médica de la mujer (Gómez, 2002; Manisha y Sekhar, 2007; OPS, 2011). Por otro lado, en situación de pobreza, la utilización de servicios de salud de la mujer no es mayor a la del hombre, pese a las diferencias en las necesidades en salud (Gómez, 2002), lo cual deja entrever la desproporcionada vulnerabilidad de las mujeres con menores ingresos.
Adicionalmente, Grabman y Friedman (2010) destacan el rol del financiamiento del acceso a salud para la equidad de género en materia sanitaria. Así, enfatiza que en los sistemas de financiamiento no solidario, las mujeres pagan más por mantener su estado de salud debido a su rol reproductivo y mayores tasas de morbilidad (Grabman y Friedman, 2010). Este escenario se agudiza con la menor autonomía económica de la mujer debido a su prominente participación en el trabajo no remunerado (Ostlin, 2002; Cuadros y Jiménez, 2004; Weller, 2009). En este sentido, Gomez (2001: 459) advierte que las mujeres seguirán en desventaja con respecto al acceso directo a la atención de salud mientras la seguridad social y los planes de seguro médico dependan estrictamente de la situación de empleo, sobretodo tomando en cuenta la división sexual del trabajo estructuralmente establecida y las evidentes brechas en los salarios del hombre y la mujer.
Frente a esto, varios autores se pronuncian Padilla y Larrauri (2007) y manifiestan que dado que la implantación de las políticas, en cualquier área, forma parte del proceso de desarrollo conjunto de una sociedad; difícilmente se llevarán a cabo políticas de reducción de las desigualdades de género en el sector de la salud si no se desarrollan también en los otros ámbitos. Bajo la misma línea, Torgersen, Giæver, Stigen (2007) enfatizan en que las acciones encaminadas a reducir las inequidades de género en salud deben ser abordadas desde la integralidad e identifican una cadena causal que incluye medidas para modificar tres esferas. En primer lugar el contexto socioeconómico (upstream), en segundo lugar, medidas para modificar los patrones, condiciones y estilos de vida (midstream) y finalmente, medidas para mermar las consecuencias de las desigualdades en salud (downstream) (Torgersen et al, 2007: 7) (Ver figura 7):
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Figura 7. Cadena causal de las desigualdades sociales en salud
Fuente: Torgersen et al (2007)
Elaboración: Tarina Amaguaña
Bajo este contexto, se entiende que la perspectiva de género en materia de salud implica el análisis de la interacción de factores tanto biológicos como socioculturales y económicos, en orden de observar cómo actúan sobre los resultados sanitarios, el acceso y control de los recursos y en la atención de salud (Grabman y Friedman, 2010: 4). Y precisamente de este entendimiento surge la necesidad de concebir no solo las diferencias entre hombre y mujer sino además los diferentes desafíos que enfrenta los actores según el ciclo de vida. Así, según la etapa, se muestran ciertas especificidades que ameritan ser visibilizadas e incorporadas en las agendas de salud.
Por ejemplo, según Cavallo et al (2006), las diferencias biológicas como que se dan en la adolescencia, también traen circunstancias particulares para el caso de la mujer. Las adolescentes se enfrentan a los abortos y los embarazos precoces, y de hecho este último fenómeno resulta ser uno de los mayores desafíos para los países latinoamericanos, ya que a pesar de los múltiples esfuerzos, el embarazo adolescente muestra incrementos sostenidos (OPS, 2011)15.
Asimismo, las construcciones sociales respecto a la imagen han aportado sobremanera en el padecimiento de enfermedades como la bulimia y la anorexia, que se presentan en mayor medida en las mujeres y dentro de este grupo en las adolescentes (Cavallo et al, 2006). De igual forma, en la etapa adulta, se tiene que la mayor utilización de servicios sanitarios de la mujer se concentra en la edad reproductiva (OPS; 2011). En este sentido, indicadores como la mortalidad materna siguen siendo un problema a nivel mundial, de hecho según la OMS (2014c) ningún país cumplirá la meta planteada en los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) respecto a la mortalidad materna16, para reducir el indicador de manera significativa.
Estos elementos dejan entrever que existe un importante segmento de mujeres que no reciben atención médica tanto prenatal, como en el parto y posparto, que ponen en riesgo el rol reproductivo de la mujer (OPS, 2014a). Además, debido a las funciones que generalmente se le ha
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Según información de Organización de las Naciones Unidas (ONU), la tasa de natalidad entre adolescentes (por cada 1.000 mujeres) actualmente bordea los 64 puntos, 4 puntos mayor que a principios de la década.
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Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) son ocho propósitos de desarrollo humano fijados en el año 2000, que los 189 países miembros de las Naciones Unidas acordaron conseguir para el año 2015. La meta 5 hace alusión a la salud
ate a esta le e edu i u % la tasa de o talidad ate a e t e (Senplades, 2013). Condiciones sociales Condiciones y estilos de vida Resultados en salud
44 atribuido a este actor, y como ya se ha discutido previamente, tienden a estar sobre representadas en el trabajo no remunerado (Annandale y Hunt, 2000; CEPAL, 2004; Rico y Marco: 2006; Weller, 2009; Maurizio, 2010; Gutiérrez, 2011) lo cual influye en las condiciones de vida de su próxima etapa, la vejez. Así, este último ciclo está marcado por las diferencias en el acceso a los recursos, el restringido acceso a las pensiones de jubilación y menor autonomía en los ingresos y por otro lado su mayor longevidad (Diwan, Thorson y Winkvist, 1998; Manisha y Sekhar, 2007; OPS, 2011) por lo cual necesita de mayor prestación de servicios.
Con estos elementos, Grabman y Friedman, (2010) argumenta que las políticas en salud deben ser t a sfo ado es e ate ia de gé e o , es de i , lo ue la auto es defi e o o p ogramas que tomen en cuenta las divergentes trayectorias de vida de los hombres y las mujeres que colocan a estos actores en situaciones diferentes de vulnerabilidad. En este sentido Snyder y Wrong (2009: 520) argumentan que las políticas y programas de salud deben buscar los problemas comunes en ambos sexos, pero a la par trabajar en el diseño de políticas que vislumbren las diferencias de género.
Bajo este marco, se entiende que la perspectiva de género permite abordar la salud como resultado de la organización y funcionamiento de la sociedad. Solo bajo este enfoque, se establece que la salud no puede ser tratada de la misma manera en hombres y mujeres, no sólo por las características iológi as, si o po ue a os dese peña disti tos oles, se les han asignado diferentes espacios para llevarlos a cabo, tienen distintos estilos de vida y responsabilidades y las circunstancias que oldea la e iste ia so ial de la uje dista de se las is as ue pa a el ho e Parilla y Larrauri, 2007). Es decir, viven de manera diferente, lo que conlleva a que las enfermedades y la exposición a riesgos tales como hábitos de alimentación, ambiente de trabajo, estrés cotidiano, entre otros, los coloquen en situaciones de salud diferentes. Además, el entramado social que existe detrás de los roles de la mujer y el hombre han puesto de manifiesto brechas estructurales entre estos dos actores, con repercusiones en materia de salud.
A pesar de las visibles diferencias, sexuales y de género entre la mujer y el hombre, la generación de políticas con enfoque de género en América Latina es un tema pendiente y sin duda también representa un compromiso urgente no con la mujer como un actor sino con la sociedad como el conjunto de actores (Stewart et al, 2009: 445).
Todos elementos permiten establecer que efectivamente la mujer, desemboca en resultados diferentes al hombre debido a que parte de condiciones iniciales diferentes. Más allá de la crítica a la estructura social, es importante la política activa que logre cambiar estas condiciones iniciales que desembocan en inequidad en los resultados de salud.
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Figura 8. El enfoque de género en salud
Fuente: Mancintyre, (1996); Williams, (1997); Sen et al., (2002), Park, (2002); Manisha y Sekhar, (2007)
Elaboración: Tarina Amaguaña
A la luz de todos estos aportes, la salud ha sido explorada desde diferentes aristas que han permitido enriquecer su concepto así como sus implicaciones para el desarrollo. Bajo este marco, se percibe necesario el análisis legitimar las diferencias entre hombre y mujer, quienes muestran retos específicos que ameritan ser visibilizados. El presente sustento teórico sirve de base para abordar el siguiente capítulo que busca explicar el perfil epidemiológico y la situación de la salud como consecuencia de las interacciones del sexo y del género.
Enfoque de género Género Sexo Biológico Estructura social Diferencias estructurales en Salud Diferentes espacios y responsabilidades Diferencias en ingreso Diferencias en educación Diferencias condiciones laborales
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Perfil epidemiológico y contexto de la salud en el Ecuador,
un análisis de las diferencias derivadas del género.
El enfoque de género en salud propone un abordaje sistémico para poder estudiar la construcción de las inequidades y las exclusiones, tomando en cuenta diversas esferas y entendiendo que las especificidades del género deben ser entendidas desde la condición bilógica así como social. Bajo este marco, el presente capítulo busca indagar en el cuadro epidemiológico tanto del hombre como de la mujer, resaltando las diferencias y haciendo énfasis en las principales causas de mortalidad y morbilidad de ambos actores. Para ello, se empieza con un contexto demográfico del país que permite tener un panorama claro del escenario en el que se desarrollan los aciertos y retos en términos sanitarios. En seguida, se analizan las causas de mortalidad y morbilidad que enfrenta el Ecuador, resaltando las disparidades en el perfil epidemiológico que se derivan del género, y se finaliza con un breve análisis de la situación de la salud sexual y reproductiva para la población femenina.