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El género como determinante de la salud

3. La salud y el género

3.2 El género como determinante de la salud

La idea del género como determinante de la salud aparece hacia la década de 1980 (Sen, George y Ostlin, 2002) cuando el debate alrededor de las inequidades en salud se expande hacia los estratos socioeconómicos hasta incluir la raza y el género. En tal virtud, una vez revisadas las diferencias

38 conceptuales entre el sexo y género, a continuación se desarrollan los principales aportes respecto al género como condición que bosqueja los resultados en salud; puntualmente el acceso a servicios de sanitarios, así como el estado de salud per se.

La literatura (Annandale y Hunt, 2000; Cuadros y Jiménez, 2004; Cavallo, Zambon, Borraccino, Raven- Sieberer, Torsheim y Lemma, 2006; Tesch-Römer, 2008; Salgado-de Snyder y Wong, 2007; Stewart, Dorado, Diaz-Granados, Rondon, Saavedra, Posada-Villa y Torres, 2009) manifiesta que el género puede funcionar como determinante en los resultados en salud debido a la estrecha relación que e iste e t e ésta di e sió gé e o el esta le i ie to de je a uías e la di isió del t a ajo, la asig a ió de e u sos la dist i u ió de e efi ios O ga iza ió Pa a e i a a de la “alud, : 16). Este cuadro se traduce en la generación de asimetrías en el acceso y control de recursos vitales como la educación, empleo y salud.

Y precisamente, los resultados en salud, expuestos como producto de las interacciones de género, establecen varios elementos a subrayar. Varios estudios (Diwan, Thorson y Winkvist, 1998; Manisha y Sekhar, 2007), concuerdan en que las mujeres, como fenómeno universal, tienden a presentar una mayor esperanza de vida respecto a los hombres en las mismas circunstancias socio-económicas (Diwan, Thorson, y Winkvist, 1998; Manisha y Sekhar, 2007), sin embargo, a pesar de su mayor longevidad, las mujeres reportan más enfermedades que sus pares varones, lo que las hace biológicamente más vulnerables. En este sentido, Verbrugge (1990: 15) añade que las mujeres tienden a experimentar mayor morbilidad que los hombres a lo largo del ciclo ital, lo ual se expresa en incidencias más altas de trastornos agudos, una mayor prevalencia de enfermedades crónicas no mortales, y niveles más altos de discapa idad e el o to la go plazo . Manisha y Sekhar (2007: 6), argumentan que la razón es biológica y, por lo tanto, relacionada con el sexo y no con el género, pero, se debe entender que la vulnerabilidad biológica cuando se complica con factores relacionados con la inequidad de género desembocan en un gran incremento de la morbilidad y resultados desfavorables para la mujer (Ostlin, 2002: 16).

En este sentido, respecto a las referidas condiciones más desfavorables para la mujer la evidencia empírica exhibe lo siguiente. Varios autores (Annandale y Hunt, 2000; Ostlin, 2002; Cuadros y Jiménez, 2004) destacan la estrecha relación que existe entre las condiciones de trabajo, la cobertura de seguridad social y los resultados en salud. Así, según información de la CEPAL (2012) la participación de la mujer en el mercado de trabajo es significativamente menor que la de su contraparte masculina en la mayoría de los países latinoamericanos, reflejando una tasa de empleo global para mujeres y hombres del 50% y 70%, respectivamente, una brecha de 20 puntos a favor del varón. Bajo la misma, el Organismo añade que cuando la mujer se inserta en el mercado laboral lo hace en el trabajo informal, donde se carece de prestaciones de seguridad social (CEPAL, 2012).

Bajo este marco, Ostlin (2002) argumenta que la menor participación formal en el mercado de trabajo de la mujer se encuentra entre los principales limitantes de la utilización de servicios de salud para este grupo en el período de vejez. Este escenario responde a la mayor presencia de

39 trabajo no remunerado en las mujeres en su vida activa, que incide en la autonomía económica e impide el acceso a planes de aseguramiento en salud y de jubilación asociados al trabajo remunerado; con lo cual se incide sobremanera tanto en la utilización de servicios sanitarios como el estado de salud de la población femenina (Annandale y Hunt, 2000: 31).

Si bien, a lo largo de las últimas décadas se contempla una sostenida tendencia al alza en las tasas de empleo femenino a nivel global11, se aprecia también que la inserción al trabajo de la población femenina se materializa en condiciones menos favorables que el hombre; puntualmente: discriminación, segregación laboral, inestabilidad, flexibilidad laboral12 y brechas salarias a favor de sus pares varones 13 (Annandale y Hunt, 2000; CEPAL, 2004; Rico y Marco: 2006; Maurizio, 2010; Gutiérrez, 2011) fenómenos vinculados a la división sexual del trabajo14 que privilegia ciertos roles y funciones en la mujer, tales como las labores domésticas (Lee, 2000; Lamas, 2002).

Estos elementos permiten establecer dos mecanismos de vinculación entre la distribución de los recursos y el acceso a la salud. Por un lado, la disponibilidad de ingresos como medio de adquisición de servicios de salud y por otro lado, el empleo formal que materializa la posibilidad de participar en planes de aseguramiento público a largo plazo. Así, la evidencia empírica (Verbrugge, 1990; Borrell, 2004; Peiró, Ramón, Álvarez, Colomer, Moya) permite concluir que las características expuestas se traducen en un contexto de vulnerabilidad para el escenario sanitario de la mujer reflejado en varias esferas: un menor poder adquisitivo para comprar directamente servicios de salud, inserción laboral desfavorable que limitan el acceso a planes de aseguramiento y menores recursos para atender sus necesidades de salud

Por otro lado, la evidencia (Cavallo et al., 2006; Salgado-de Snyder y Wong, 2007; Tesch-Römer, 2008; Stewart et al., 2009) también reconoce que la mujer sufre con mayor frecuencia de trastornos relacionados con el estilo de vida, no así el varón. Por ejemplo, un estudio realizado acerca de las implicaciones del trabajo doméstico concluye que las mujeres que carecen de trabajo remunerado y se dedican a las labores del hogar reportan más enfermedad que las mujeres que trabajan (Obando, 2004), evento directamente relacionado con los estilos y patrones de vida. Bajo la misma línea, se ha e o t ado ue la dep esió g a e afe ta el do le a este g upo, al se las menos favorecidas dentro de la sociedad, por sufrir con más fuerza que los hombres de escasa autoestima, pocas aspiraciones y

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Según información de la CEPAL, la participación laboral femenina exhibe aumentos significativos, respecto a décadas pasadas. Así, se tiene que en 1990, la participación laboral de la mujer bordeaba el 30% frente al 50% para 2010 (promedio para América Latina), un incremento de 20 puntos (Martínez, Miller y Saad, 2013).

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Gómez (2002) argumenta que el acceso a seguro de salud en el largo plazo es más limitado para las mujeres debido a las discontinuidades laborales que se desprenden de la gestión y crianza de los hijos.

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Para el caso de América Latina, bajo condiciones similares de educación, experiencia laboral, etnicidad, segmentación laboral, capacitación y otras variables, los salarios femeninos son 15% inferiores al de los hombres (Maurizio, 2010: 45). 14

La división sexual del trabajo expone las diferencias en las responsabilidades entre hombre y mujer, situando a este segundo actor principalmente en las labores domésticas sin remuneración y el cuidado de niños y adultos mayores. Según la CEPAL, estas obligaciones dejan poca posibilidad para insertarse al mercado laboral (Weller, 2009: 66), condicionando sobremanera el acceso a distintos servicios.

40 a ada so e a ga la o al ‘o u gh, : . De igual fo a, se ha e pe ti e te e io a que las mujeres suelen ser víctimas de abuso sexual, como las violaciones por conocidos o extraños y el acoso sexual, la esterilización y el aborto forzado. Los factores que la originan pueden estar relacionados con la dinámica interpersonal y familiar, las situaciones económicas, las desigualdades sociales o los patrones culturales (Castañeda, 2007:12)

Otra característica relacionada hace referencia a la escolaridad, que si bien actúa a través de mayores ingresos y la mayor probabilidad inherente de insertarse en mejores condiciones en el mercado laboral, también puede actuar de manera independiente, brindando un mejor entendimiento de la realidad, mayor acceso a la información y por tanto mejor conocimiento acerca de cómo cuidar la salud (Glazman, 2005; Padilla y Larrauri, 2007). A nivel mundial, se aprecia un aumento de los años de escolaridad con diferencias cada vez menores entre hombres y mujeres. De hecho, la mujer hoy presenta más años de escolaridad que su par varón. Así, según la CEPAL (2012) el promedio de años de estudio de población femenina económicamente activa bordea los 10 años frente a los 9 años presentes en el varón (promedio para América Latina). Sin embargo, también se aprecia que para los mismos años de escolaridad existe diferencias salariales, que se profundiza en los niveles superiores de educación (Vega et al, 2003).

En este sentido, varios autores (Vega, et al, 2003; Gutierres, 2011; Organización Panamericana de la Salud, 2012) coinciden en que los hombres ganan en promedio entre 35% y 85% más que las mujeres con los mismo niveles de educación (Vega et al, 2003). Este panorama pone de manifiesto la desventaja en la inserción laboral de la mujer; incluso a mayor productividad, fenómeno que exige un estudio más amplio y profundo, sin embargo, para efectos del presente trabajo los principales lineamientos se encuentran establecidos.

Finalmente, la etnia también se exhibe como una esfera de producción de inequidades en salud para la mujer. Así, las mujeres indígenas muestran generalmente mayores tasas de morbilidad que los hombres indígenas y tasas de morbilidad y mortalidad más altas que las mujeres no indígenas (Organización Panamericana de la Salud, s/f.) Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS) este escenario responde en gran medida a la construcción cultural que privilegia la labor reproductiva de la mujer indígena, y por otro lado, a la distribución inequitativa de los recursos económicos y sociales (OPS, s/f.) En efecto, se argumenta que las mujeres indígenas enfrenta una doble discriminación por ser mujeres y por pertenecer a grupos étnicos históricamente excluidos, contribuyendo a eternizar los círculos de pobreza, el acceso restringido a la educación y menor acceso a salud, a lo que se debe añadir la residencia predominantemente rural de este actor, elementos que limitan sobremanera su acceso a servicios diversos (OPS, s/f.).

Es así que se puede observar, que la vulnerabilidad de la mujer se desprende tanto de su condición biológica como de su interacción con el medio sociocultural y económico que la envuelve; elementos que precisan un análisis específico para el caso femenino.

41 Por tanto, observamos que la salud de las mujeres y los hombres es diferente y también desigual (Borrell, : : dife e te po ue e iste fa to es de tipo iológico que tienen distintas implicaciones en la salud; y desigual porque hay factores sociales que establecen diferencias injustas e ita les e la salud de los ho es las uje es . E este se tido, la ge e a ió de políti as integradoras e incluyentes son vitales, ya que sobre ellas se basará el desarrollo concebido de una manera distinta. Bajo esta línea, el siguiente acápite busca indagar a la salud desde una perspectiva que recoja las interacciones del sexo y las construcciones del género.